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El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

jueves, 28 de agosto de 2008

Blog de Félix de Azúa

Lanzas, espadas, rostros y nada

Aunque se va atenuando, no es difícil todavía encontrar aquí y allá voces quejosas sobre la bajísima calidad de las (vamos a llamarlas así) obras de arte actuales: narrativas, músicas, plásticas, arquitectónicas. La melancolía de un tiempo en el que los Reyes del Arte eran coronados por un tribunal de expertos sólidamente formados (casi siempre profesores de prestigio capaces de un razonamiento complejo), aunque mermada, no ha abandonado por completo el lamento. Todas las semanas se asoma alguien a la prensa y declara: "¡Hay que ver cómo está la literatura!", como si hablara del precio de la merluza.

Es desde luego casi imposible de creer que todavía en la década de los sesenta del siglo XX pudiera Bernstein mantener con enorme éxito un programa televisivo dedicado a explicar la música clásica o que los conciertos de la orquesta de la BBC tuvieran una audiencia millonaria por la radio. Eran tiempos en los que grandes maestros como Thomas Mann o Camus podían encabezar simultáneamente la cima literaria y la de superventas. Todo eso se acabó. Y no va a volver. Seguramente, para nuestro bien.

La causa es, sin duda, la inconcebible extensión del campo llamado "cultural" y la entrada como consumidores de miles de millones de ciudadanos que hasta hace pocos años no manifestaban el menor interés por esos productos. La masificación de los museos es cosa reciente: yo me he paseado por un Louvre absolutamente vacío, excepto en dos salas contaminadas por la notoriedad. Los escritores norteamericanos de la posguerra sabían que caracterizar a un personaje como aficionado al béisbol le daba un inconfundible sello popular, pero que si visitaba un museo o leía un libro quedaba marcado como blanco de clase media y posiblemente judío. Hemingway era sutilísimo en esas pinceladas que hoy pasan inadvertidas.

Cuando hablamos de masificación cultural deberíamos en realidad emplear otra expresión para ser más exactos: democratización cultural. El proceso de masificación no es sino el efecto industrial de la democratización aplicada al campo "artístico". Y los viejos escritos de Th.W. Adorno contra lo que él llamaba "cultura popular", así como los de tantos otros elitistas inconscientes que escribieron contra la "industria cultural" no estaban sino tratando de prolongar el sistema rotundamente clasista de la Europa más tradicional. No en vano casi todos los críticos de la "industria cultural" provenían de la izquierda. Una izquierda que creía en la clase política, es decir, en ellos mismos, como vanguardia de una población ignorante ("alienada", se decía) a la que despreciaban. No han cambiado mucho las cosas en España.

La democratización del Arte, en el terreno literario, comenzó entre nosotros con Cien años de soledad. Nadie podía negar su calidad literaria, sin embargo la venta de millones de ejemplares puso en evidencia un desfase entre las escrituras minoritarias, en general alabadas, y las populares, siempre atacadas por la izquierda. Recuerdo perfectamente a ciertos mandarines "progresistas" que ensalzaron el libro cuando se publicó, pero pronto lo consideraron una "concesión al comercio" en cuanto el libro superó el margen que ellos habían puesto a la élite lectora. Entonces dijeron que "lo bueno de García Márquez es El coronel no tiene quien le escriba". Pocos años más tarde sucedió algo similar con las primeras y admirables novelas de Vargas Llosa.

En realidad el proceso estaba comenzando y es lógico que despistara a los happy few, pero su avance, mundial y poderoso, es hoy ya tan evidente que sólo gente muy nostálgica sigue atacando "la baja calidad", "la comercialización" o "la trivialidad" de las (llamémoslas así) obras de arte populares. Hay incluso algún izquierdista, como Zizek, que ya ve como algo indispensable hablar seriamente sobre esos "productos industriales". Ya era hora: Stanley Cavell lleva décadas haciéndolo.

Esta muy larga introducción pretende situar la última novela de Javier Marías, un escritor que jamás ha despreciado la "cultura popular", sino todo lo contrario: es un apasionado defensor (e incluso editor) de novela negra, gótica, de misterio y horror. Lo cual no impide que distinga con toda claridad cuál es la cima artística de la novela española actual, indudablemente Juan Benet. Mantener una actitud objetiva e incluso interesada por la literatura "comercial", sin por ello perder de vista cuál puede ser el mérito de una escritura difícil, densa, rica y ambiciosa, me parece admirable y digno de imitación.

De hecho, en su recientemente publicada Tu rostro mañana III, se dan aspectos que fusionan el uso de elementos democráticos con la hipertécnica de una escritura para profesionales. Y esa ha sido siempre una característica de Marías cuya primera novela, Los dominios del lobo, era ya un homenaje a las narraciones de aventuras que, por cierto, Juan Benet (quien tampoco tuvo jamás pretensiones elitistas) alabó con énfasis. Posiblemente la predilección por la literatura anglosajona que compartían Marías y Benet (Mendoza es el tercer hombre y Cercas el cuarto) les salvó de los errores que cometimos los que andábamos deslumbrados por la literatura francesa de la época, esa híspida profesora vestida de cuero que nos agredía con un volumen de Althusser al grito de: "Cerdo burgués, te voy a hacer llorar cerdito mío".

La voluminosa parte final de la trilogía de Marías es, creo yo, un ejemplo de literatura artística con la máxima exigencia, pero sin la menor pretensión de encerrarse en un territorio especializado, ese que antes se llamaba "literatura de experimentación". Contiene elementos architípicos de la literatura popular, de los cuales el más sobresaliente es la pertenencia del protagonista a una sociedad secreta. Este sueño de todo adolescente viene de lejos, posiblemente del "Wilhelm Meister" de Goethe. Y ha provocado siempre una emoción intensa en el lector, como ha demostrado con creces Harry Potter. No obstante, la sociedad secreta a la que pertenece el protagonista de Marías no enlaza con la tradición romántica de los brujos, sino con la muy contemporánea de los agentes secretos, una especie de James Bond en zapatillas que no por eso deja de ser un individuo peligroso. Gracias a la pertenencia a ese grupo de privilegiados de la información, el protagonista accede a un conocimiento del mundo que le está vedado al común de la gente y que le va a permitir intuir cuál será "su rostro mañana". Una vez lo averigua, como está mandado en el género, puede abandonar la sociedad secreta.

En una escena espléndida, el protagonista debe mirar por obligación los vídeos que obran en poder de esa sociedad secreta, en los que se exhiben escenas pavorosas que Deza observa entre horrorizado y fascinado a través de los dedos de sus manos. En esas cintas se esconde un poder terrorífico que es, simultáneamente, grotesco: palizas, torturas, asesinatos, actos sexuales ridículos, la vil simpleza que exhibe constantemente la televisión en sus programas. Y que, sin embargo, es real para aquellas personas que la sufren. Es cierto que al ruso lo liquidaron, que a la pobre mujer le quemaron el rostro, que al muchacho le partieron la cabeza a la salida del colegio, que el jefe de la CIA iba a las orgías vestido de señora. Esa idiotez criminal, intrínseca al poder político contemporáneo, es el gran secreto de una sociedad que no tendría por qué ser secreta, hasta tal punto la vida cotidiana consiste en esa criminalidad imbécil desde los medios de formación de masas. Sin embargo, la criminalidad imbécil es un material muy valioso en el mercado y ciertas sociedades comercian con ese material en nombre de la Patria.

El argumento de la trilogía cabría en dos carillas. Si bien Marías elige con astucia sus escenarios y son decididamente democráticos, en cambio, para la exposición utiliza las herramientas más difíciles de la literatura exigente. Quizás por eso hay lectores que se declaran fatigados, del mismo modo que los hay que afirman haberse aburrido con las novelas de Benet. Como es lógico, esa es una cuestión de elección personal. Yo no creo que sea más arduo leer a Benet o a Marías que soportar la prosa periodística. Incluso tiendo a entender con mayor dificultad las declaraciones de un ministro que las páginas de una novela de Benet. A veces debo leerlas dos veces para encontrarles algún sentido, cosa que no me ha pasado en las casi mil páginas de Marías.

La prosa de Marías es densa porque es creativa, no es fácil porque es preciso aprender a usarla (lo mismo sucede con Bernhard o con Schoenberg), en ningún momento apela al latiguillo, al tópico, al lugar común, a la frase hecha para facilitar las cosas, sino que, por el contrario, dedica bastantes páginas a desentrañar expresiones, a mirar con lupa una palabra, una frase, a obsesionarse con las equivalencias lingüísticas entre idiomas. Hay críticos que le reprochan un uso poco ortodoxo de la sintaxis. Yo creo que eso debería ser una alabanza.

La justificación de una prosa heterodoxa, sin embargo, ha de nacer de una necesidad reconocible, presente en la novela. La prosa de Marías es claustrofóbica, repetitiva, agobiante, obsesiva, casi demente en ocasiones, pero es que la novela no trata de otra cosa: obsesiones, demencias, agobios. El verdadero asunto de la novela no es el amor, o las relaciones entre los humanos, o las dificultades económicas, sexuales, políticas habituales. El tema de la obra es sencillamente el tiempo como apelativo abstracto de una destrucción imperceptible y repetitiva. A diferencia del tiempo proustiano, que tiene enmienda y se recobra o reencuentra, el tiempo de Marías es unidireccional, no tiene regreso, es irrecuperable. Ese tiempo se escinde en varias dimensiones, pero en todas ellas destruye sistemática y tercamente hasta hacernos desaparecer. A nosotros, a quienes amamos, lo que conocemos, lo que sentimos, la totalidad de nuestro ser, es decir, la totalidad del mundo en el que nos representamos; todo, hasta convertirnos en nada.

Proponer como asunto de una novela la aniquilación, requiere un tratamiento específico. Si Proust hubo de inventar una frase inacabable, retorcida, de una complejidad inaudita y sin embargo transparente al entendimiento hasta el punto de que su novela es en realidad un tratado filosófico, Marías ha tenido que ir puliendo una frase exasperante, asfixiante, insoportable como la misma destrucción a la que procede. Una frase que se destruye a sí misma y que sólo sirve para eso, para escribir novelas de Marías sobre la destrucción, y cualquier pardillo que trate de imitarle no hará sino escribir malas novelas de Marías. Esa armonía entre la necesidad artística del material y la extremada complejidad del mismo es lo que despista a algunos lectores; no así los escenarios, que pertenecen al orden pluscuamdemocrático. En el extenso monólogo de la novela, el narrador va aniquilando todos y cada uno de los personajes, incluido él mismo, aun cuando en realidad sólo dos de ellos mueren o se extinguen realmente. Al finalizar, uno cree haber leído el Eclesiastés contemporáneo.

En la actual efervescencia, en el mundo que se está inventando (yo creo que vivimos una fundación y que somos primitivos de nuestra propia era), la extensión ilimitada de lo "cultural" parece conducir inevitablemente al bodrio. Bien, pues no es así. La novela de Marías debería indicar a los más escépticos que es posible la máxima ambición literaria unida a la más lúcida y simpática mirada sobre "lo popular". Y que, con mucho esfuerzo y talento, se puede demostrar su fraternidad, su mutua necesidad.

Artículo publicado en: El País, 10 de octubre de 2007.

[Publicado el 10/10/2007 a las 13:38]

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Comentarios (11)

  • La prenda (por lo del que no lo aprenda): al tenor de lo dicho sobre el argumento de la novela, y reflexionando con un café, me pregunto si Marías después de todo no retoma la cosa donde la dejó el Bafomet de Pierre Klossowski. Es en ese sentido en el que yo le echaría un vistazo largo al libro propuesto. Sintaxis gótica o latinizante incluída. ¿Por qué no lanzarse, si uno tiene tiempo?

    Comentado por: M.M. el 26/11/2007 a las 09:15

  • Postscriptum. Aunque la alimenticia es desgraciadamente la que más salta a la vista. Lo social necesita ese trabajo en frío del ideólogo para que todos los demás resortes alimenticios funcionen. Espero no haberme pasado. Simplemente no sé a dónde se quiere llegar con tanto énfasis en el bestseller y sus calidades inefables. Cien años de soledad está muy bien, en general los premios Nobel son muy amenos. Pero querer estar, como dice mi madre, en misa y repicando...

    Comentado por: M.M. el 26/11/2007 a las 06:51

  • Ni Azúa mismo lo habrá leído, salvo que adore el aburrimiento. Morgan, me he desvelado esta noche y ha sido un placer encontrar su lacónica nota. Se lo digo de noctámbulo a noctámbulo, por si no nos vemos mañana. Yo en todo caso tengo suficiente con ver el aspecto pulposo de casi todo lo que se publica y la generalizada afición al fútbol y las cervecillas. Y todos esos que se dirigen al lector medio, al hombre normal, voy a terminar llamándolos como los llama el reventador (¿héroes?). Estoy en contra de los reventadores, y me encanta desde siempre adular... pero no sirve de nada, se me ve venir de lejos. Menos mal que las fidelidades a los escritores se les tienen por los buenos libros, aunque pocos, que hayan escrito, y no por la escritura que Buñuel llamaría "alimenticia".

    Comentado por: M.M. el 26/11/2007 a las 06:17

  • Comparar a marías con Schoenberg o Bernhard me parece cuanto menos una exageración.

    Comentado por: morgan el 26/11/2007 a las 03:41

  • Vengo leyendo sus artículos desde hace algún tiempo, y me da la impresión que Azúa nunca desaparece de sus textos. Si a eso le unimos que últimamente le salen panfletos algo intolerantes, fundamentados en sus prejuicios, escriba de lo que escriba, entonces falla el sujeto y falla el objeto. En fin, que huele a objetivo y a problema únicamente de Félix. ¿Cómo sentirlo nuestro? ¿Cómo fiarse de un objetivo de otro tan alejado de la sutileza, del contraste calmado que da el saber encontrar lo bueno sin pensar en buenos y malos, tan alejado en fin de una pasión común o compartible, sea como sea el lector? A los lectores tan diferentes (pero que comparten la seducción por la literatura) hay que seducirlos respetando su inteligencia, no sermoneandolos o vendiéndoles la enésima recriminación a los izquierdistas metida en una supuesta crítica literaria con más prólogo adoctrinador-tendencioso-explicativo que generosa invitación a las infinitas búsquedas y descubrimientos que propone el verdadero escritor (y que van mucho más allá de su propia búsqueda en la escritura de su obra).
    ¿Cómo instruir si no es deleitando al lector? Eso vale para un escritor y para un crítico que pretenda compartir el goce de la lectura de una auténtica novela. Es una opinión.

    No viene a cuento pero encontré esto en un buen libro:
    "Le pido que recuerde que no todos los que llevan la marca del naufragio son náufragos de corazón"

    Comentado por: Long Acre el 10/10/2007 a las 18:51

  • Don Félix, espero que esas arduas mil páginas le hayan servido para desintoxicarse de la vena política que últimamente lo traía un poco alejado de algunos de sus seguidores. La política sí que es una perdida de tiempo, en mi opinión. Claro, se requiere valor y honestidad para decir lo que usted dice, por otra parte; merece la pena...? Yo me uno a los que se alegran de su regreso a la literatura...pero dénos pronto algo suyo. Marías no lo necesita. Su público sí lo necesita a usted. No hay que ser su alumno, ni usted el Maestro, para pertenecer a ese público.

    Comentado por: Chiqui el 10/10/2007 a las 18:02

  • QUEREMOS TANTO A FÉLIX DE AZÚA !

    (desde que leímos y seguimos releyendo su Diccionario de las Artes y sus artículos)que sentimos en el alma no estar de acuerdo, por primera vez, con su ártículo-crítica sobre la escritura de JAVIER MARÍAS aparecido hoy en EL PAÍS.
    Señalo alguna frase en que se fundamenta ese desacuerdo:
    [...]"se dan aspectos que fusionan el uso de elementos democráticos con la hipertécnica de una escritura para profesionales". (¿?)
    Más adelante justifica que los lectores encuentren arduo leer a Benet o a Marías y por eso no les gusten. Pero cómo se puede mantener eso en lectores que leen toda la obra de Bernhard, Coetze, Sebal, Dostoiesvki, Salamov...Bellow...?
    A lectores que han ido progresando desde la adolescencia, que son lectores compulsivos...que ven en la lectura una forma de placer y conocimiento?
    Benet no es casposo, pero sí aburrido y a Marías personalmente no hace literatura. La construye, en el sentido de artefacto. Mientras le leía la última vez no podía evitar sentir sus jadeos, los esfuerzos que hacía para ser moderno.Le faltaba la fluidez de los verdaderos escritores. Bernhard nos envuelve y su prosa no resulta difícil sino musical, surge de él con aparente naturalidad...en fin, yo creo que Javier Marías es un chico muy listo,muy culto que ha leído mucho y que juega a esto.Yo, por mi parte, seguiré adorando y leyendo a Félix de Azúa

    Comentado por: Kolymá el 10/10/2007 a las 16:53

  • Uff! don Félix ¿y usted saca tiempo de lecturas para meterse el tocho de Marías?. Yo prefiero, personalmente, ese tiempo gastarlo para otro tipo de historietas...y no es esto que digo 'el vapuleo de los propios' es sincero...es que casi mil páginas se pueden emplear en otra muchas cosas...y plagio casi la frase de Gadamer...y además como usted nos cuenta, como parece que la novela o novelón trata del tiempo...'tempus edax rerum'... ay, ese Kala esculpido en el Angkor Vat, que podero es al fin!, me disculpará segurísimo el autor si no inicio su mamotreto.
    Por otro lado hablando de Hemingway, considero que 'el viejo y el mar' es un peñazo del quince y que para relatos cortos prefiero a los 'dublineses' por poner a dos aglos coetáneos y muy 'de escritores' como ejemplo. En resumidas allá cada uno según su...

    saludos

    p.s.: además espero que no ponga bien la novela por ser él quien es y el autor quien es

    Comentado por: vic el 10/10/2007 a las 15:21

  • Las cifras de ventas tendrían que formar parte de la obra, ser su corolario, para que la novela fuese definitivamente redonda. Como lo es la trama, como lo es el lenguaje, como lo es cada detalle incluida la relación de necesidad que se establece entre la obra y su propio ver la luz.
    Pero no sé si está en manos del autor controlar cada detalle de su novela hasta ese punto. Al menos, tras su muerte.

    Comentado por: provoqueen el 10/10/2007 a las 14:45

  • Bravo, Félix, gracias. Gracias por reconciliarme con este lugar pese a todo, por hablar de literatura o de la vida..., por hablar de Marías como yo lo siento aunque no sé cómo decirlo. Resulta liberador estando como estamos todos sometidos por el tiempo, ése que nos conduce a la nada. Pero mientras tanto...
    Gracias, Maestro.

    Comentado por: Isis el 10/10/2007 a las 14:29

  • Muy buen artículo, Azúa.

    Tendré que leerme ahora como Marías explica literaria y acabadamente mi historia sobre como he sido victimizada por el poder mediático, los subcomandantes de Marcos y la mar en coche.
    Y después, aplaudirlo. Porque el asunto de los servicios y la existencia de una cultura popular desvalorizante no es sino el corolario de lo que estoy denunciando hace tiempo.


    Hugo Chàvez suspendió el concierto de Alejandro Sánz.
    ¿Sabe sobre qué escribirán Marías, Savater y sus amigotes del ruedo del bar?

    Sobre la caída de los imperios pseudo democráticos de las monarquías anglo-holando-españolas. Y la protagonista será una mujer común y silvestre. Una profesora de barrio.

    Los curadores de la intelectualidad, como usted y sus cómplices secuaces verán caer el prestigio de las Iglesias (condenaron a Von Wernich por prisión perpetua por delito de genocidio).

    Los progres de izquierda con piso y viajes por el mundo irán directamente al infierno por callar la evidencia.


    Cuídese hombre. Siga escribiendo bonito pero diga la verdad de una vez por todas, porque se me terminó la paciencia.

    Comentado por: Lucía Angélica Folino el 10/10/2007 a las 14:20

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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