El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 11 de octubre de 2008
Maldita epitafitis

Tumba de Oscar Wilde.
Acepto que el problema podría comenzar a partir de unos cuantos modales adquiridos. Desde muy niño supe que no debía pintar en muebles y paredes, ya que esas eran mañas de presidiario. Cuando lo hice, siempre bajo la protección del anonimato, bien cuidé que ninguno pudiera verme, toda vez que la fama de carne de prisión es fatal para la reputación de un niño. Dada la situación, escribíamos en lugares poco respetados -baños, pupitres, bardas, cuadernos ajenos- donde las palabrotas se amontonaban con anónima y libertaria algarabía. "Puto el que lo lea", garabateaba el más inspirado, en la certeza de haber recién causado un daño irreversible a sus innumerables lectores potenciales. Nunca escribí, no obstante, en los muros y muebles de mi casa, consciente de la clase de zurra que me habría tocado en consecuencia.
Ciertos lugares exigían mayor protocolo. Me aterraba por eso encontrar que había irredentos capaces de escribir en las bancas de la iglesia, pues de seguro sus malos modales serían castigados con un boleto de ida hacia el infierno. En el panteón también había pintas, casi siempre de corazones con flechas y nombres o iniciales, en cuyo caso yo creía que el encargado de la reprimenda tendría que ser el espíritu del muerto; motivo suficiente para guardar decoro irreprochable durante la visita semanal que mis padres hacían al camposanto donde habían guardado la zalea de tres de mis abuelos. Según mi madre, cada uno podía mirarme por dentro y por fuera, más todavía si estaba al pie del túmulo. De ahí que mis modales panteoneros fuesen generalmente irreprochables. Antes muerto -debí de pensar- que comportarme como un presidiario en la última morada de mis ancestros.
Conocí el cementerio de Père-Lachaise en el verano de 2003. Había comprado un mapa con la ubicación detallada de las tumbas de artistas ilustres: Apollinaire, Chopin, Balzac, Proust, Ingres, Piaf, La Fontaine, Nerval, Musset, Eluard... Nada del otro mundo, al fin -como no tuviera uno buena disposición para el fetichismo, que afortunadamente era mi caso- hasta que apareció la de Oscar Wilde, soberbiamente tapizada de besos. ¿Qué mejor cosa podía ser la mentada posteridad que una tumba besada y sólo besada por millares de anónimos, a más de una centuria del deceso? Había una suerte de justicia poética en el pacto secreto que unía a los visitantes a esa tumba más viva que muerta, donde el rojo-naranja del lapiz labial desvanecía los grises otrora imperantes. Habría que ser, pensé al dejar la tumba, un zopenco silvestre para no sentir ganas de acercarse al trabajo de un inquilino así reverenciado.
Volví hace dos semanas y me dio rabia. Una vez que el secreto se ha extendido y la tumba de Wilde es ahora ícono parisino, no han faltado los presidiarios del espíritu resueltos a gritar lo que ninguno pedimos oír. ¿Quién le explica a cada uno de los palurdos que hoy escriben sandeces en la tumba de Wilde que el complot de los besos era infinitamente más elocuente que sus seudoconsignas de ocasión? ¿Quién se siente capaz de sumar una dosis extraordinaria de ingenio a la obra del agudísimo inquilino? ¿No fue precisamente el cretinismo imperante lo que llevó a Oscar Wilde a la cárcel de Reading, luego de destacarse durante todo el juicio como el dueño natural de la última palabra?
Dudo mucho que el habitante de la tumba más besada del mundo aprobaría el saldo de esta reciente fiebre de epitafitis, donde curiosamente son los analfabetos quienes escriben. Funcionales, que luego se les llama. O analfabestias, que les decimos aquí, abusando de tantas bestias que por supuesto nunca se atreverían a añadir epitafios no solicitados en la tumba del hombre que escribió en vida varios de los mejores concebibles. ¿Sería pedir mucho a los profanadores del crayón que escribieran de menos las frases del autor, toda vez que su estética de mingitorio difícilmente les permite distinguir elocuencia de redundancia, y aun de rebuznancia? No sé, pues, si sea cosa de modales, pero creo preciso defender a los besos del asedio procaz de las consignas. Qué más puedo decir, son los modales que aprendí de niño.
[Publicado el 16/11/2007 a las 10:28]
Y quesentiste cuando leiste el "Viva méxico" en el costado de la tumba?
No por nada eres mi autor favorito...
Comentado por: tan el 01/12/2007 a las 22:35
Es mas que lamentable lo que esta pasando en la tumba de Mr. Wilde; tal vez lo peor sea que los seudofans tengan la creencia de estar honrando su memoria. Como llegaron a la brillante conclucion de que un beso pintado no era lo que merecia, este tipo de personajes son los que no se pueden inventar, la clase de gente que jamas ha sabido, ni sabra, lo que es un beso o lo sublime que pueden llegar a ser. Saludos.
Comentado por: Alonso el 22/11/2007 a las 04:49
Los besos, como los vasos de agua, no deberían de negársele a nadie. En la tuma de Wilde, las consignas son miniaturas; es decir: me partieron la madre, sí, pero decido quedarme con los besos... ¿cuál es el caraj
Comentado por: Belinda el 17/11/2007 a las 09:57
Sin comentarios. (es que han desaparecido hasta los besos de la escarola)
Fue un placer, Roncallolo.
Comentado por: añadir a delicious el 16/11/2007 a las 22:21
11/10/2008 06:22
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