El calcetín y la media
Cuando el pie emerge de su obligada ocultación no histórica pero ya casi permanente, enseguida brinda lívidas noticias de ultratumba. Una gramática de huesos y anfractuosidades que todavía no han abandonado la geología se aunan a su herencia paleolítica. tal como Tàpies interpreta.
El calcañar, el empeine, el túmulo a menudo tumefacto del tobillo, el racimo vermicular en la corriente venosa más su tremenda culminación en el cartucho de los dedos, enfatizan su ser sin expresión, con parentesco en las diferentes fisonomías de la piedra. Si los amantes se centran de vez en cuando en el argumento de los pies, lo hacen recreándose en su necedad radical y su aspecto tan burdo que invita a maniobras que ronda tanto el satanismo como la perversión asociada al trato con la esclavitud.
El pie soporta, se humilla, no rebasa el nivel del suelo. ¿Para qué disimular su proximidad con la pezuña y su comportamiento animal sin viso alguno de inteligencia? El calcetín viene a encubrir esta pieza casi prehistórica a la manera que se hace con un oprobio o una tara, de manera que jamás el calcetín supera su carácter obtuso o rudimentario.
En los desarrollos de la moda, con frecuencia tan morosos en el universo masculino, el calcetín fino y elástico que imitaba el lujo sexual de la media vino a adherirse a la brusca orografía del pie masculino como una capa que sí estaba concebida, supuestamente, para mejorar la apariencia, acabó convirtiéndose en el decepcionante vendaje de una piel, seguramente dañada, erosionada, encallecida, imperfecta y enferma.
Mientras una mujer, por beneficio de sus medias, puede hacer de sus movimientos al calzarlas o descalzarlas una ceremonia erótica tan catalogada como eficiente, el hombre maniobrando con el calcetín potencia una estampa de menesterosidad o de disfunción eréctil.
Manifiestamente, el calcetín provoca en el orden de lo masculino un indefectible descenso de valor, una baja tan grande de su estima que cualquier contacto con ellos se realiza sumariamente, con intención de acabar pronto, mientras la media solicita, por el contrario, un trato despacioso en cuya solemnidad se destila su atracción y por poca destreza que se ponga en su manejo.
La media en sí es un estilo mientras que el calcetín, en sí, es una pieza átona, sin ideas ni sugerencias: una marca residual proveniente de un presidio ancestral del que todavía no se ha liberado el cuerpo y la antropología de los varones.
Como consecuencia, una sucesión de sentimientos desalentadores se congregan en torno a los calcetines, dentro y fuera de ellos, en su envés y en su revés insoportable. La media tiende río continuo, una velocidad que se ignora hasta dónde llevará pero el calcetín secciona y diseca el apéndice del pie como un órgano en torno a la muerte o el castigo. Porque ¿qué podrá hallarse bajo esa funda inanimada o y mortuoria?
La imaginación persigue con la mayor atención el itinerario de la media, se apega a sus curiosas oscilaciones, sus frunces surgidos en el jarrete o su extrema tensión esclareciendo la transparencia de la rótula, pero en el calcetín toda opacidad produce ahogo y cualquier pequeña transparencia, a su vez, aboca a la angustia.
En cada hueco del calcetín anida un halo aciago, una lavaza impura que comienza a absorberse por los pies y asciende hasta encharcar al cuerpo entero. Se muere por los pies o los pies son, por anticipado, la proa de una sentencia terrible en el desfile de los féretros calzados.
De hecho, el efecto del calcetín lleva su expresión letal tan lejos que, paradójicamente, será preciso desnudarse el pie para desmentir el pronóstico de una patología inconfesable. Las medias han sido concebidas para deslizar mentiras sobre superficies brillantes pero el calcetín es el redoble de la calamidad sobre lo peor de lo verdadero, la máscara insuficiente sobre la pobreza o su estulticia.
Permanecer con las medias puestas hasta el momento de hacer el amor acentúa el deseo pero manteniendo los calcetines puestos, el hombre, tan sólo por ello, desmejora su galanteo.
En el juego amoroso es indispensable pues apartar los calcetines enseguida puesto que prácticamente en ningún caso la mujer ha palpitado ante ellos. Más bien el calcetín despierta en ella su maternidad serena, su antigüedad y su prevalencia de madre sobre la idea de amante, el predominio de la estampa vistiendo al hijo sobre la de reconocer al hombre como un ser ajeno, apartado de su propia concepción y, en consecuencia, relativamente secreto.
En la vida de los varones y tras sobrepasar el periodo en que la madre actúa, le lleva hacia pensamientos taciturnos. El calcetín es, en sí, taciturno y esta condición empieza en el mismo momento de realizar su compra. Así, a diferencia de las mujeres que eligen las medias con profesionalidad de meretrices, las constatan sobre la mano abierta, calibran su color y su efecto estético entre los dedos tensos y erectos, el hombre llega al calcetín sin aliciente alguno. Adquiere la prenda cumpliendo un deber puesto que no encuentra indicado llevar zapatos sin una protección reglamentaria.
La media ensalza la pierna pero con el calcetín el hombre oscurece deliberadamente el porte de su extremidad a la que anula más que resalta, que amputa más que ama y que lleva en frecuentes ocasiones como una pieza sin sentido, fuera de los placeres de la intersexualidad y castigada por la inequidad de la cultura.
[Publicado el 29/1/2010 a las 12:53]
Comentado por: socks can be fun el 02/2/2010 a las 00:20
Oda a los calcetines
Me trajo Mara Mori
un par de calcetines,
que tejió con sus manos de pastora,
dos calcetines suaves como liebres.
En ellos metí los pies
como en dos estuches
tejidos con hebras del
crepúsculo y pellejos de ovejas.
Violentos calcetines,
mis pies fueron dos pescados de lana,
dos largos tiburones
de azul ultramarino
atravesados por una trenza de oro,
dos gigantescos mirlos,
dos cañones;
mis pies fueron honrados de este modo
por estos celestiales calcetines.
Eran tan hermosos que por primera vez
mis pies me parecieron inaceptables,
como dos decrépitos bomberos,
bomberos indignos de aquel fuego bordado,
de aquellos luminosos calcetines.
Sin embargo, resistí la tentación
aguda de guardarlos como los colegiales
preservan las luciénagas,
como los eruditos coleccionan
documentos sagrados,
resistí el impulso furioso de ponerlas
en una jaula de oro y darles cada
día alpiste y pulpa de melón rosado.
Como descubridores que en la selva
entregan el rarísimo venado verde
al asador y se lo comen con remordimiento,
estiré los pies y me enfundé
los bellos calcetines, y luego los zapatos.
Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos calcetines
de lana en el invierno.
Pablo Neruda
Comentado por: poema el 01/2/2010 a las 21:07
Lo de VV parece un conflicto irresoluble. "El pie carga, pese a una literatura piadosa, con una naturaleza irredenta" escribía. Esperaba yo que el azar le hiciera fijar su atención de nuevo sobre los calcetines, esta vez en el blog, ¿pasados más de diez años acudirían "emociones" nuevas ante ellos? ¿despertarían ahora sentimientos amorosos los calcetines revisitados? ¿Habría cedido la fascinación que ejercían las medias de sus compañeras sobre él y habría aprendido a amarse? ¿se habría hermanado con ellas mediante los juegos de los calcetines compartidos? Pues no, éste podría haber sido el escrito de hoy. Aunque no sea un callejón sin salida, el mundo cambia más lentamente de lo que podría parecer.
"En la vida de un hombre se fijan diariamente dos momentos culminantes- el de ponerse los calcetines y el de quitarse los calcetines- que propician pensamientos taciturnos. ¿Pero qué decir además de la resignada actitud con que se aborda su compra? Un variado sistema de tristes reflexiones inspiradas en el significado de este atuendo rodea la meditación de muchos hombres. Hombres imposibilitados para empezar a amarse por su extremo más pedestre e incapacitados para concebir, cuando llega el caso, la idea de enunciar su cuerpo con la voluptuosa manera que, sin embargo, usan, a partir de ese punto, las mujeres."
Comentado por: sandalias al sol el 31/1/2010 a las 20:49
No no era ninguna sugerencia envenenada, es que pensé que si le gustaba el futbol tal vez las escenas de rugby no permitirían que esa película le aburriera, como me sucedió a mí. Aunque por lo demás, tampoco me entusiasmó, sólo la magnífica interpretación de Morgan Freemann se salva de esta película correcta, que deja entrever la obra maestra que pudo haber sido.
Comentado por: escarola el 31/1/2010 a las 20:39
A mi tampoco me gusta el futbol, Escarola, creo que no he conseguido ver un partido completo en mi vida, pero, ya ve, fue un comentario de una amiga, hace muchos años, mientras leíamos el periódico, lo que me hizo relacionar el futbol con el post de hoy. En un café, compartíamos lectura matinal, aparté la página de deportes, y se la ofrecí. Os habéis fijado, preguntó ella, en las magníficas piernas de los futbolistas. Confieso, que desde entonces, aun sin saber de qué color es la camiseta del Villareal, pongamos por caso, no se me escapa la ojeada a las piernas de los jugadores de turno. Creo que hasta hoy, los calcetines me habían pasado inadvertidos.
Le haré caso e iré a ver Invictus, aunque si como dice se trata de un biopic convencional, no sé si será un poco envenenada la sugerencia. De Leni Riefenstahl me gustaron siempre sus fotos de los Nuba; bellísimos ellos sin calcetines y ellas sin medias.
Me alegro, como siempre de verla por aquí, que anda el blog muy alicaído.
Saludos
Comentado por: María el 31/1/2010 a las 18:27
Creo que le gustará Invictus, María, la forma de rodar el partido de rugby exaltando las figuras de los jugadores, la geometría de la alineación recordaba mucho a la de Leni Riefenstahl, pero sin su contenido ideológico, claro.
Yo debo confesar que al llegar al partido de rugby, a pesar de la poesía hipnótica de las imágenes, perdí casi todo el poco interés que tenía hasta entonces. No sólo no me gusta el fútbol, es que la película me pareció un biopic bastante convencional.
Comentado por: escarola el 31/1/2010 a las 17:03
¿Feminidad y masculinidad? ambas cosas. Luego cada cual es muy dueño de calificarlo como autocrítica de masculinidad inoperante, ironía en la contemplación de unos modelos que se desmoronan o, porqué no, como un callejón sin salida; una pura construcción de un no lugar en el que se atrinchera una confrontación de conductas estereotipadas. “mujeres que eligen medias con profesionalidad de meretrices” y hombres taciturnos que acuden resignados a comprarse calcetines.
Una receta de urgencia para superar esta aversión al calcetín. En el próximo partido de futbol concéntrense ustedes en las estupendas piernas de los futbolistas, enfundadas en nada taciturnos calcetines, calcetines que en absoluto provocan en lo masculino “un indefectible descenso del valor”.
Sin necesidad de buscar otro punto de vista, la casualidad hizo que este post de VV coincidiera con mi lectura de estos días. Una niña aporta una visión de las medias de su madre y de los calcetines (peales) de su padre que se superpone al post que hoy nos ocupa y contribuye a resquebrajar el estereotipo; copio el fragmento en cuestión, se trata de un texto de Herta Müller, en su libro Tierras Bajas,
“Luego se quitó las botas. Eran de una piel de vaca durísima y muy estrechas.
Papá sacó de las cañas sus peales, empapados por el agua de lluvia y el sudor, y arrugados por la caminata.
El pie de papá tenía una planta, y esa planta tenía un talón áspero y agrietado también en invierno. Y cuando por la noche papá se restregaba sus talones ásperos y agrietados con una teja, no se le ponían más lisos ni más suaves. Formaban parte de él tal cono eran, duros y ásperos. Y creo que no había en el pueblo nadie que no tuviera sesos mismos talones ásperos y agrietados.
El liguero de mamá le deja marcas profundas en la cintura y le encabalga el estómago sobre el bajo vientre encorsetado. El liguero de mamá es de damasco azul claro con tulipanes descoloridos y tiene dos verrugas de goma blanca y dos hebillas de alambre inoxidable.
Mamá pone las medias de seda negra sobre la mesa, Las medias de seda tienen pantorillas gruesas y transparentes de cristal negro. Las medias de seda tienen talones redondos y opacos y dedos afilados y opacos de piedra negra.
Mamá se sube las medias de seda negra. Los tulipanes descoloridos nadan desde las caderas sobre el vientre de mamá. Las verrugas de goma se vuelven negras y las hebillas se cierran.
Mamá introduce sus dedos de piedra, mamá comprime sus talones de piedra dentro de los zapatos negros. Los tobillos de mamá son dos gaznates de piedra negra. “
Herta Müller. “En tierras Bajas”
Comentado por: María el 31/1/2010 a las 15:47
Comentado por: escarola el 31/1/2010 a las 14:27
No percibo en el texto una auténtica autocrítica, sí una ligera autoironía, pero una ironía autocomplaciente en ese sentido ancestral de lo masculino en oposición a lo ancestralmente femenino que busca anhelantemente su mitad para completarse. Ese hombre que no puede por sí mismo elegir unos calcetines, esa mujer maternal que sí sabe elegirse las medias, y podría si no se hubiera autocensurado Verdú elegirselos a él.
No encuentro por ninguna parte voluntad de superar ese modelo anticuado, un poco de contención. De todas formas, a pesar de no estar de acuerdo, por otra parte se aprecia la sinceridad en la autoinspección, la autenticidad frente a la impostura.
Comentado por: escarola el 31/1/2010 a las 14:25
Más que sobre la feminidad el texto trata sobre la masculinidad:
“ el calcetín provoca en el orden de lo masculino un indefectible descenso de valor, una baja tan grande de su estima que cualquier contacto con ellos se realiza sumariamente, con intención de acabar pronto”
Es la manifestación autocrítica de una masculinidad inoperante que, consciente, se cuestiona. Según Vicente Verdú el calcetín supone en el reducto de la intimidad el reflejo de la torpeza, la fealdad y la estupidez frente a la eficiencia, la destreza, la inteligencia, la voluptuosa sensualidad de la media femenina, del fluir de su lujo sexual.
El calcetín, metáfora de la masculinidad actual en crisis, “secciona y diseca ” al pie, al ser, al varón “ como un órgano en torno a la muerte o el castigo” una masculinidad caduca que ante cualquier “pequeña transparencia” parece abocada al ahogo o a la angustia junto a una feminidad sin acotar, de largo recorrido, que se extiende, se desvela en oscilaciones, frunces, tensiones o transparencias. La opacidad es la cárcel de los varones que sólo bajo amenaza, acorralados bajo sospecha de padecer alguna patología encubierta, han de desnudarse.
A diferencia de las mujeres, que eligen con profesionalidad , constatan y calibran entre “los dedos tensos y erectos”, “los hombres llegan sin aliciente alguno”. Mientras la mujer adopta una actitud maternal y deja de ver a sus compañeros como amantes e iguales, el hombre, desorientado, se oscurece, anula, amputa hasta el sinsentido, castigado –ahora él- por “la inequidad de la cultura”.
Comentado por: interpretación libre de una sandalia el 31/1/2010 a las 07:55
Resulta difícil conciliar el concepto estrecho y decadente de la feminidad que muestra en este post -en el que ni siquiera considera la posibilidad de que las mujeres usen calcetines- con el esfuerzo que hace en el artículo de hoy para aproximarse al actual concepto de lo femenino.
Comentado por: escarola el 30/1/2010 a las 17:45
Comentado por: el clacetín perdido el 29/1/2010 a las 20:09
Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).
Galería de cuadros del autor
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
22/3/2010 09:55
Publicado por: Félix
22/3/2010 09:49
Publicado por: Félix
21/3/2010 22:31
Publicado por: ...
21/3/2010 22:14
Publicado por: alice
21/3/2010 21:02
He leido su articulo en el-pais,...
Publicado por: michele corleone
21/3/2010 20:42
Publicado por: Igor
21/3/2010 16:52
Publicado por: Enea
21/3/2010 07:05
Publicado por: Martin Eduardo
21/3/2010 05:03
Me encantaria encontrar no solo...
Publicado por: Beldelpasado
21/3/2010 01:13
Y ADEMAS DE TODO POR DONDE SALE...
Publicado por: oscar andres
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