Tierra de mezquites

Los mezquites no siempre son bienvenidos. Hay gente que prefiere aniquilarlos, quemarlos, arrancarlos de cuajo; pero ellos se resisten a desaparecer. Vuelven a crecer con facilidad, a veces de una raíz olvidada o una vaina lanzada por los fuertes vientos de junio en medio de los conciertos de chicharras muy comunes en esta época del año.
La placidez de mi infancia esta ligada a los mezquites. Aparecen en mis sueños de manera recurrente. Son símbolos de bienestar, de felicidad infantil. Desde sus brazos han colgado maravillosos columpios que hacían las delicias de mis días de verano. Su leña es estupenda y esta unida irremediablemente a mi memoria olfativa.
Los mezquites son ahora los testigos mudos de una transformación inusitada del paisaje de mi niñez: el progreso producto del narcotráfico. Toda esa tranquilidad que envolvía la vida de los pobladores del lugar donde nacieron mis padres se ha acabado, particularmente desde los últimos tres años, cuando Felipe Calderón decidió sacar a la calle a 36 mil militares para hacer labores de policía. Fue entonces cuando inició una guerra fraticida entre carteles para apropiarse del norte de la república. El Cartel del Golfo ganó y se apropio del tráfico de droga a Estados Unidos que pasa obligadamente por los estados norteños.
El corredor entre Marín y Cerralvo, Nuevo León es ahora una zona neurálgica del tránsito de la droga enviada al vecino país. Los Zetas, el brazo armado del cártel del Golfo, son un grupo de desertores del Ejército mexicano que nació a finales de la década de los noventa. Dominan esta parte de México. Su presencia ha dado un vuelco al lugar donde pase los veranos de mi infancia. No solo porque talan los mezquites para sembrar droga o construir aeropuertos clandestinos, sino porque han surgido de la noche a la mañana autopistas y sofisticadas antenas que permiten todo tipo de comunicaciones que antes eran impensables.
Entre los inhóspitos montes del desierto hay ahora veredas de terracería por donde transitan camionetas cargadas de droga. Las pistas clandestinas anuncian el subir y bajar de avionetas durante las madrugadas. El ruido de helicópteros de la policía o de ellos es común en el día. Las redadas y los retenes de los militares abundan. Y los tanques o camiones cargados de soldados recuerdan a una película bélica.
Ayer la plaza principal de Cerralvo lucía semi vacía. Se acabaron aquellos domingos bulliciosos: "La gente se está yendo a la ciudad" --- me dice un comerciante del pueblo--- "Los Zetas llevan meses pidiendo dinero a cambio de protección. Yo me pregunto ¿protección de qué? Si lo que queremos es protegernos de ellos".
Mientras platico con él en la plaza, una camioneta Chevrolet pick up de color negra pasa a nuestro lado. El conductor usa su mano izquierda para grabarnos con una cámara de video: "Nos graban a todos, especialmente se fijan en los forasteros que visitan el pueblo. Son los halcones encargados de la vigilancia. El pueblo ya es de ellos", dice mientras me señala a un grupo de jóvenes con pelo corto estilo militar que sale de una heladería.
Los Zetas no solo se han ido apoderando de los pueblos del Norte, se han adueñado de las zonas marginadas de las ciudades, especialmente donde viven los pandilleros, su nueva base social. Este ejército de sicarios han constituido un Estado por encima del Estado mexicano. Los Zetas cobran el racket como dicen en Estados Unidos al "impuesto" cobrado por los mafiosos a cambio de seguridad. Se han adueñado de los negocios ilegales: piratería, narcomenudeo, contrabando, tráfico de indocumentados... y exigen una participación en las ganancias de la mayoría de los negocios legales: "La primera vez, me pidieron un millón y medio de pesos. Se los di por miedo" --- me cuenta el dueño de una tienda de automóviles de la zona--- "A los tres meses volvieron por más y les comenté que me acababan de robar y necesitaba la seguridad prometida. Me mandaron cinco patrullas del municipio para vigilar mi negocio las 24 horas del día. En ese momento supe que ya no había nada que hacer. Tienen dominado al gobierno local, a la policía, al sistema económico... Cerré el negocio a los seis meses".
La presencia de los Zetas es trasnacional en el mercado de cocaína, marihuana y anfetaminas. Opera también en Centroamérica y Estados Unidos, incluso tiene representantes en España e Italia. Es una de las organizaciones del narcotráfico más violentas. Sus torturas y asesinatos llenan los informes de organizaciones de derechos humanos. Su jefe se llama Heriberto Lazcano, alías "El Lazca". Sustituyó a Osiel Cárdenas Guillén extraditado a Estados Unidos.
Los Zetas han llegado para quedarse y arrasan con todo, incluso con los mezquites.
[Publicado el 22/6/2009 a las 10:05]
Sanjuana Martínez es egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Continuó sus estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha investigado asuntos relacionados con la defensa de los derechos humanos, violencia de género, la actividad terrorista y el crimen organizado, tanto en México como en Estados Unidos y Europa. Ha trabajado para Milenio Diario de Monterrey, Canal 2, la revista Proceso y el periódico La Jornada. Por sus investigaciones sobre los delitos de pederastia cometidos por el clero, recibió el Premio Nacional de Periodismo 2006. El Club de Periodistas de México le entregó en 2007 el primer Premio Nacional de Periodismo por sus reportajes, crónicas, entrevistas y artículos. Y en 2008 por sus trabajos difundidos en La Jornada recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Ha publicado los libros: Manto púrpura. Pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera (Grijalbo), La cara oculta del Vaticano (Plaza y Janés), Si se puede. El movimiento de los hispanos que cambiará a Estados Unidos (Grijalbo). Por su libro Prueba de fe. La red de cardenales y obispos en la pederastia clerical (Editorial Planeta) recibió en 2008 el premio "Rodolfo Walsh" de la Semana Negra de Gijón. Sus último libros son: Se venden niños (Editorial Temas de Hoy), Periodismo incómodo (UANL) y Verdades que no mueren (Ediciones Oficio). Es coautora de los textos: Los intocables (Editorial Planeta), Un día sin inmigrantes (Grijalbo) y Voces de Babel (Alfaguara).
Actualmente desarrolla su labor periodística como freelance. Radica en Monterrey y colabora con varios medios mexicanos y extranjeros.

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