El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 5 de septiembre de 2008
Asumir la finitud y reivindicar la libertad
Quizás el argumento más socorrido con vistas a anatematizar a la persona que toma la decisión de poner fin a su vida es el de la ausencia de entereza para asumir las vicisitudes del destino. Su huida del dolor físico, el desarraigo, la ruina o la quiebra afectiva, no serían, en última instancia, más que expresión de llana cobardía. La cosa es un tanto contradictoria pues, como señalaba Cesare Pavese, el suicidio no deja de aparecer como una suerte de heroísmo mítico, cosa que aceptan implícitamente todos aquellos que confiesan carecer de valor para matarse.
Sin embargo el argumento de la cobardía no es el único y quizás ni siquiera el principal. El mayor reproche a quien simplemente barrunta la idea del suicidio, consiste en postular que tal acto producirá una lesión en los seres que aman al potencial suicida, y que tal lesión es quizás irreparable tratándose de niños, a fortiori de hijos. De ahí que el suicida sea considerado un ser insensible a la emoción de los demás, un ser insolidario y egoísta.
Y efectivamente, la sola idea de un niño preguntándose por la razón de que una persona que ama haya decidido abandonar el mundo que comparten, puede quebrar la firmeza de quien estaba un momento antes dispuesto a dar el paso. Mas también aquí rige algún tipo de falacia, y hasta una minusvaloración de la capacidad que tenemos los humanos para entender (desde muy niños) las razones de aquellos que se hallan confrontados a los grandes dilemas de la existencia.
Dejo por el momento de lado los casos efectivamente problemáticos en los que la desaparición de la persona supone la quiebra económica, el abandono social o hasta la indigencia para alguien de cuya vida uno es, por una u otra razón, responsable; pues ahí el suicidio sí podría tener una implicación moral cuyo peso real en otro momento discutiré. Avanzo simplemente que de la vida, como de cualquier otro lugar, hay que irse sin deudas, y el caso que evoco supondría no ya morosidad, sino dejar a un ser del que se es responsable hipotecado. Ateniéndome por el momento a los casos en que la conmoción en el otro es puramente moral, me limitaré a decir, con mi amigo Federico Menéndez, que "el niño goza, sufre, siente y se interroga como el adulto, ante las cuestiones esenciales del ser humano: el amor, el sexo y la muerte".
Un niño es un ser quizás aun no pervertido por una educación a veces canallesca, en esa medida es un ser ingenuo, pero no es un "ángel", y desde luego no es un inocente. Un niño puede no sólo entender y respetar las razones del suicida, sino incluso sentir la mayor empatía respecto a las mismas y, en casos de evidente nobleza en las motivaciones que han llevado a escoger la muerte, encontrar un aliciente para enfrentarse con mayor entereza a su propia vida. Lo que debilita a un niño es la imagen de un adulto genuflexo ante el poder arbitrario, y pusilánime a la hora de contemplar lo inevitable. Su moral nunca puede ser diezmada por aquel que, asumiendo con lucidez su intrínsica finitud, busca en la misma la ocasión de reivindicar y actualizar su libertad.
[Publicado el 24/4/2008 a las 15:00]
La lectura de La terra trema,articulo que publica hoy en El País el profesor,me lleva a algunas consideraciones.Analizar la actividad politica con criterios morales es encomiable y necesario pero resulta inutil para una minima comprensión del asúnto.A la putrefacción de la Democracia Cristiana que el cadaver de Aldo Moro pone en evidencia y se contrapone una izquierda que en razón de sus intereses de clase adopta paulatinamente posiciones mas conservadoras.Ya Marcuse,a su pesar,es consciente de ello.
Y es presumible que ante el horizonte del crecimiento de la población,el precio de las materias primas y el deterioro de la situación climatica,el largo plazo parece que está llegando,esta situación se agudíce.¿ Contradicción capáz de alterar alguno de los parametros en los que se ha desarrollado la historia mas reciente?.No lo descarto,uno es de un optimismo historico recalcitrante y sin remedio.
Comentado por: maleas el 25/4/2008 a las 10:32
Ave Víctor:es interesante ese concepto de hipoteca moral a la que se subrrogaría la familia del suicida. También el suicida puede y suele ser un joven, en muchos casos adolescente e incluso niño (desgraciadamente conozco un caso), y ese ser de lenguaje que somos, no es siempre ser de comunicación. Quizá esta última, la comunicación en libertad, sea un emoliente ante algunos casos.
Comentado por: Imanol Gómez Martín el 25/4/2008 a las 09:34
Aquí como siempre que se trata del suicidio el arquetipo mítico es Catón de Útica. Incluso Sócrates puede considerarse suicida (se negó a huir de la ciudad) y hasta Jesús Nazareno, desde un punto de vista soteriológico es un suicida "dum pendet filius".
¿Y qué decir de Empédocles, que se quedó a una sandalia de la inmortalidad, al arrojarse al Etna?
El suicida puede ser vitalista, quiero decir amante de la vida.
Comentado por: lenz el 24/4/2008 a las 18:45
Desde hace muchos años ha tenido el centro de su vida en la filosofía académica, que ha enseñado en diversas universidades europeas. Recupera ahora interrogaciones vinculadas a su infancia y proyecta colaborar con un equipo interdisciplinar que tendrá una de sus referencias en la ciudad de Vladivostok.
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