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Editado por La Oficina del Autor

viernes, 21 de noviembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

Morir de inanición

Los cuentos de Hoffmann

Mas donde la expansión del concepto no puede, sí puede la nihilista desconfianza respecto a la fuerza de todo aquello que al hombre motiva (determinaciones conceptuales incluidas). El arte muere de inanición cuando no hay entrañas espirituales. O, a lo sumo, nostálgico, el arte se refugia en la ironía, desde Jenófanes a Duchamp, pasando por el Offenbach que ajusta cuentas con Gluck en su Orfeo en los infiernos. Cierto es que el nihilismo no concierne tanto a los autores como al mundo que indirectamente están denunciando. Se ha dicho que el Picabia de las transparencias, o el Duchamp de esa obra para exquisito voyeur del museo de Filadelfia, darían testimonio de un perdurar de una exigencia creativa y hasta de una nostalgia del Grand Art. Y algo análogo se ha dicho asimismo de ese testamento musical que son Los cuentos de Hoffmann.

El problema, sin embargo, no es quizás tanto determinar si hay nostalgia del arte en los creadores como si hay exigencia en los potenciales receptores. Y aquí sí que la imposibilidad de encontrar espacio alguno que no esté regido por la desesperanza respecto al ser humano, por la convicción de que éste es efectivamente un mero primate cuya motivación real es la subsistencia; la ausencia de revuelta y aun de protesta ante las condiciones sociales que convierten la inmensa mayoría en análogo espiritual de las bestias de carga... todo ello hace que hablar de espacio compartido para la obra de arte suene casi a sarcasmo, como suena a sarcasmo hablar de la extensión al conjunto de la ciudadanía de las interrogaciones filosóficas.

[Publicado el 22/8/2008 a las 11:47]

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Comentarios (5)

  • Cierto,nos queda la ironía. Desgraciadamente también el humor,ese hito evolutivo que nos hace mas humanos,goza de mala salud,está en franca retirada. Pocas personas conozco que posean ese sentido en su forma cabal,precisa de unas cualidades intelectuales y morales muy escasas y son legión quienes lo entienden como reirse,en la ceremonia de la necedad, de la desgracia ajena.

    Comentado por: maleas el 24/8/2008 a las 13:30

  • ¿De dónde viene esa desesperanza? ¿Por qué? ¿Tanto cansancio? Me ha gustado muchísimo el texto. No se me ocurre de dónde llegan, si debiéramos sentirnos más capacitados que nunca para alcanzar las metas. Se me ocurre que enlatarnos no fue una buena idea. ¿Somos más uniformes ahora que antes? ¿Viene de ahí el cansancio?

    Comentado por: olli el 23/8/2008 a las 16:24

  • ¿Es que las razones del arte son las mismas que las razones de la fé?. Algo que concierne a lo divino...o los divinos.

    Comentado por: F. Espresate el 23/8/2008 a las 00:16

  • Ah!, es que de la inanición sí son responsables los que viven de la cultura, al final son los que hacen y mantienen las reglas, hasta las de ingestión.

    Comentado por: en tiempos de paz el 22/8/2008 a las 16:02

  • Es que capaz que también hay que ocuparse de la educación, en los diferentes niveles. En estructuras realmente rígidas y con grave riesgo de incendio, ya sabemos que una "chispita" hace arder a las vanidades.

    Comentado por: ficciones en tiempos de paz el 22/8/2008 a las 12:43

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Biografía

Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
 
Vinculado  durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja  conjetura de que los hombres sólo quedan  redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.

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