El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 20 de julio de 2008
Quienes hayan tenido la fortuna de vivir en algún país civilizado habrán constatado que la publicidad suele ser muchísimo menos invasora que en el nuestro. Ahora mismo (y me he puesto a la máquina como quien desenfunda una Magnum) acabo de oír a un delicado portavoz, quien, tras inquirir si yo era yo, me ha dicho que tenía el honor de anunciarme una promoción de Orange, don Félix. En este caso era un zumo de naranja, pero cada día diez o doce vocecillas telefónicas tratan de colocarme alguno de sus productos (a veces tan improbables como un tal Oso Yoigo) con musicales acentos colombianos. Como tantos otros, cuelgo el aparato sin piedad e imagino el ánimo abatido de la vocecilla y me siento fatal.
En las radios procuro saltar de anuncio en anuncio hasta pillar algo de música o una voz humana, pero es casi imposible. Como muchos, me he jurado no comprar jamás ese colchón que impide oír la voz de Carlos Herrera en Onda Cero, entre otras cosas porque aseguran que si les compro un col- chón me regalan un autobús de línea y yo no sabría qué hacer con un autobús de línea. Y encima, a las primeras 50.000 llamadas les añaden de regalo unas gafas de soldador. Todos los días. Es mucho colchón. Ya no veo las películas de la tele si no es previa grabación en vídeo o DVD para saltar como un gamo sobre las dos horas y media de anuncios que impiden ver la hora y cuarto de filme. Y me juramento para no comprar jamás a los más paranoicos y totalitarios de los anunciantes. Y así sucesivamente. A todas horas.
Yo creo que si no tenemos una ley de la publicidad como la francesa que nos proteja de la fanática persecución a la que estamos sometidos, ello se debe a que el cuerpo de políticos en activo es una rama menor del sistema publicitario, un enjambre de hombres-anuncio que está como el pez en el agua entre yogures y tampax. Algunos medios políticos, como Catalunya Rà- dio, TV-3 y el Canal 33, son empresas de publicidad incluso cuando no pasan anuncios. No pienso comprarles nada, claro, pero a ellos les da igual: ya se han quedado con mi dinero.
Artículo publicado en: El Periódico, 29 de septiembre de 2007.
[Publicado el 03/10/2007 a las 09:00]
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La enfermedad infantil de la ignorancia
De vez en cuando recuerdo que los dos males supremos de la sociedad española son la inexistencia de un sistema judicial razonable y la destrucción educativa. Todo lo demás, el encaje de bolillos de las autonomías, la financiación estructural, las alegres subvenciones y otros asuntos, son tan sólo negocios. Mejores para unos, peores para otros, pero negocios. Justicia y educación, por el contrario, no son negocios: requieren inversiones gigantescas sin beneficios contables. Por eso siempre han sido reivindicaciones de la izquierda clásica, la extinguida. La que a su manera están adaptando a Europa gente como Blair, Brown, Sarkozy o Angela Merkel. Una derecha que se apropia del cartel gracias a la decadencia de la izquierda apoltronada.
A mi modo de ver y mientras la sanidad pública funcione razonablemente, como es el caso, no hay mayor calamidad en nuestro país que los sistemas judicial y educativo. Nada puede compararse en términos de aplastamiento de los débiles y privilegio de los fuertes. La nulidad jurídica y educativa perjudica, como no puede ser de otra manera, a quienes carecen de recursos para protegerse, sea mediante abogados y propinas, sea mediante colegios privados y clases particulares. Es evidente que el franquismo no habrá concluido mientras subsista el desprecio a los ciudadanos en dos aspectos esenciales: la defensa jurídica del débil y la preparación de los jóvenes contra la desigualdad competitiva.
Dejo de lado el sistema judicial, aunque comparto la extendida opinión de que su ineficacia está protegida por la administración ya que en los conflictos jurídicos ella es el primer cliente y puede esperar plácidamente diez años o veinte a que “se haga justicia”. El segundo cliente son los poderosos, a los cuales favorece una justicia incompetente. Pero me gustaría compartir con los lectores algunos aspectos de la educación que se me presentan cada año en cuanto comienza el curso y me veo inerme delante de cientos de alumnos que querrían saber, pero que quizás han llegado tarde.
Me baso en la información contenida en el excelente artículo de Fernando Eguidazu “Viva la ignorancia” (Revista de Libros, Septiembre 07). Algunos datos son del dominio público: que España se mantiene desde hace años en el peor lugar de la clasificación europea y -ya que este artículo se edita en un periódico catalán- que Cataluña se encuentra en el peor lugar de la clasificación española. Es preciso subrayar que los responsables de esta catástrofe no son ni los maestros ni los alumnos, sino la política educativa. Han sido los sucesivos y cada vez más insensatos planes educativos los que han ido demoliendo la posibilidad de que los jóvenes posean conocimientos que sí tienen sus colegas europeos a pesar de la extensa caída de la educación. Porque el problema es global, pero ha afectado mucho más a países que, como España, tratan de remediar un atraso secular.
Los universitarios españoles no pasarían los exámenes de cualquier país europeo, excepto Grecia. Si bien pueden ser competitivos en un par de carreras técnicas, carecen de esa red de conocimientos que permite formarse una idea del mundo en el que vivimos. La nebulosa en la que tratan de orientarse incluye una ignorancia abismal de toda historia que no sea la ideológicamente local, el desconcierto ante los materiales con que abordar la complejidad (desde la biotecnia al terrorismo), el vacío cultural que impide situarse en un contexto mundial, la pavorosa inepcia en lectura, escritura y razonamiento o el desamparo ante la responsabilidad y el esfuerzo. Todo les empuja a actuar como una masa gregaria y sumisa. Nada les anima a confiar en sus propias fuerzas.
Que lleguen a la universidad en tan pésima disposición es, como todo el mundo admite, consecuencia de una educación primaria y secundaria de bajísimo nivel. Para disimular el fracaso, los políticos, con un desprecio total hacia los alumnos, van rebajando las condiciones de aprendizaje. La última: poder pasar curso con cuatro suspensos. En lugar de agudizar el deseo de saber, lo trituran para que el gobierno obtenga cifras aceptables. No importa la educación sino la publicidad educativa.
Los efectos secundarios de la mala educación son inevitables: banalización de la vida cotidiana, masivos botellones, raves o simulacros de experiencia comunitaria, y una separación tan abismal entre jóvenes y adultos que convierte esa etapa de la vida en un gheto autista. Aun cuando pueda parecer el modelo opuesto, es como si vivieran aparcados en un campamento. La mili, ahora, dura treinta años. Es muy agitada y caótica, pero no ofrece mejor formación que la antigua.
La tarea de imponer una educación que apareje a los jóvenes contra sus posibles fracasos requiere sensatez y coraje. Las reformas que exijan mayor dedicación, exigencia, disciplina y esfuerzo, que protejan a quienes quieren saber de los que prefieren ignorar, encontrarán resistencias enormes. Será una lucha contra el nihilismo que va a redropelo del espectáculo cultural y el clientelismo político. Sin embargo, de no producirse esa innovación sabemos que será inevitable una sociedad cada vez más empobrecida, violenta, explotada y gregaria. Justamente la contraria de la que predican los ministros.
Artículo publicado en: El Periódico, 28 de septiembre 2007.
[Publicado el 01/10/2007 a las 09:39]
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Publicaba el jueves en este periódico el notario López Burniol un artículo en el que comentaba la creciente atracción por el separatismo que va seduciendo a las clases pudientes catalanas con las que él trata habitualmente. Como es lógico, aquí todos hablamos a ojo porque nadie está dispuesto a realizar estudios serios sobre el asunto. De modo que el notario aseguraba, de oídas, que "se ha producido ya una ruptura sentimental con España". Tiene razón, sin duda, pero es una ruptura muy rancia. La burguesía catalana siempre fue antiespañola. Franquista y antiespañola, aunque parezca raro. Todos aquellos catalanes que tenían cuentas corrientes, menos los directamente implicados en el Gobierno de la República (y no todos), se unieron a Franco. Lo que no impidió que luego se pasaran cuarenta años abominando de Franco e incrementando el patrimonio. Los 30 años que llevamos de nacionalismo democrático no han hecho sino seguir la senda tradicional de las clases dirigentes catalanas cambiando "Franco" por "España" o "el PP".
Dice también que "bastantes catalanes --ignoro cuántos-- han emprendido un camino sin retorno hacia la independencia de Catalunya". Cierto: lo ignoramos y seguramente lo ignoraremos siempre porque nadie está dispuesto a averiguar de verdad cuántos son. De hecho, no importa. Lo esencial para dar ese paso es la creación de un núcleo potente de negocios. Si la clase dirigente lo aprueba, se producirá la independencia, la sigan 12.000 o siete millones de ciudadanos catalanes.
Su conclusión es: "¿Para qué esperar al 2014?". No puedo estar más de acuerdo. Cuanto antes acabemos con ese mito, mejor. Pero ya verá el señor notario que en cuanto lo plantee seriamente se le va a escapar por la ventana casi todo el que tenga algo que perder. Como antes. Como siempre. ¡Ojalá pudiéramos montar un referendo con garantías que acabara con tanta pérdida de tiempo y el inmenso despilfarro de talento y dinero que han supuesto 30 años de nacionalismo oficial! A lo mejor entonces Catalunya avanzaba un poco hacia el siglo XXI.
Artículo publicado en: El Periódico, 22 de septiembre de 2007.
[Publicado el 24/9/2007 a las 10:36]
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De lo malo, lo mejor es lo peor
Una suicida atracción hacia el abismo ha marcado con sello de fuego la piel de este país, y me refiero a España, en los últimos siglos. Si una situación era insufrible, siempre aparecía un salvapatrias que la convertía en inaguantable. En su combate por el reconocimiento, la clase dirigente española se va dando empujones hasta ponerse en el borde del precipicio. Y el que da un paso atrás es una nena.
Escribo con la olla de grillos de la pasada Fiesta Nacional catalana en la cabeza. Fiesta que debería celebrar la victoria de los borbones sobre los señores de horca y cuchillo de la región, y el inicio de la modernización de una Catalunya sometida a la brutalidad feudal y la teocracia clerical. Ese día, sin embargo, lo dedican los secesionistas a exaltarse a sí mismos en ausencia de cualquier ciudadano moderno. Un cómico de la tele catalana dio la campanada al presentarse como el heredero del cura Xirinacs. Y a fe mía que lo es. Pero gente con familia, una abultada cartilla en La Caixa, otra en Suiza, y responsabilidades adultas también se apuntó a la rebelión.
Es muy posible que la República de Catalunya tuviera un lugar en el mundo, como lo tiene Eslovaquia porque a nadie le importa. Sin embargo, estoy persuadido de que los separatistas saben que es muy duro ascender a la nada y que en una Catalunya independiente deberían conformarse con la cuenta de La Caixa. Y muy mermada. ¿Por qué, entonces, hacen el indio? Por amor al abismo. En España ha sido y es un honor ser fascista, carlista, comunista, anarquista y, en algunos medios burgueses, terrorista. Lo que no se puede ser es liberal. La tradición anglosajona, la re- pública de los ciudadanos, es lo más odiado.
Quizá por eso ha dimitido Josu Jon Imaz. Era un tipo sensato, respetuoso, pragmático. En las provincias vascongadas estaba condenado al fracaso. El abismo de convertirse en la república de San Marino 2, paraíso fiscal y Disneylandia aberzale, es demasiado atractivo para aquella gente. Ya se sabe, los humanos necesitan chutes de adrenalina cuando se sienten flojuchos.
Artículo publicado en: El Periódico, 15 de septiembre de 2007.
[Publicado el 17/9/2007 a las 09:24]
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Todos: jóvenes, viejos, hombres, mujeres, sedentarios, nómadas, tenemos una geografía anímica sin la cual no podríamos pensar en nosotros mismos. Ésa es nuestra patria. En el paisaje biográfico de cada cual van entrando, desde que nacemos, muebles, rostros, panoramas, edificios, avenidas, cuerpos, monumentos, habitaciones, climas, parques, y cada uno de esos lugares está habitado de un modo peculiar. Para uno, los signos primeros de un espacio propio vendrán por el camino de la escuela entre choperas y junto a un arroyo. Para otro será el autobús del colegio donde una docena de niños le miran subir con ojos soñolientos. O bien el cuarto de jugar con todas las posibilidades dispersas por el suelo y la lluvia de domingo en las tediosas ventanas.
Luego se van añadiendo nuevos lugares y nuevos habitantes. La cafetería de la facultad, con medio centenar de ingeniosos colegas tratando de imponerse. El taller donde un bronco maestro nos enseña el ensamblaje de las maderas recién aserradas. La primera caza del pulpo. Un viaje en tren nocturno. Todos los lugares van fundiéndose con las personas que les dan sentido y al cabo de los años apenas hay un rostro que no se encuentre unido a un paisaje. No hay un solo espacio de la memoria que no esté habitado por un rostro.
También llega el día en que esos paisajes, esos lugares, esos espacios que nunca estuvieron quietos (sólo en nuestra memoria están detenidos), comienzan a esfumarse prontamente de tal modo, que al cabo de muy poco sólo la memoria de los veteranos mantiene intacto el lugar, el paisaje, el espacio tal y como fue alguna vez. Para mucha gente de mi generación, la Barcelona que puso escenario a nuestras vidas primeras apenas existe. No es sólo que se alcen bloques de viviendas, grandes almacenes, hoteles o escuelas técnicas allí en donde antes jadeábamos sobre la bicicleta por terrenos baldíos en los que pastaban mulas; es que también el centro histórico cuenta ahora una historia que no es la nuestra. Así, donde antes había una rambla abigarrada y popular, pecadora y lumpen, hay ahora un intestino grueso que digiere turistas. Aunque sin duda ésa es ahora la fuente de nuevas memorias.
Los escenarios se transforman, pero lo que fueron queda fijo en la memoria de quienes los vivieron. Su testimonio es la única prueba de que alguna vez hubo vacas que mugían por la noche en la calle Muntaner. Por eso, cada vez que desaparece una memoria, desaparece también una parte del paisaje y del espacio. La ciudad en la que aún vivo, Barcelona, es para mí inseparable de unas cuantas personas. Y una parte importante de ese grupo de ciudadanos lo forman los Trías, familia extensa e intensa. El pasado 20 de agosto hubimos de amputarnos un Trías. Fue como si a la ciudad le hubieran arrancado el mar. Sin mar, Barcelona podrá ser una ciudad interesante para quienes nazcan a partir de ahora, pero ya no puede serlo para quienes hemos conocido la Barcelona marítima. Sin Carlos Trías, la ciudad parece haber perdido el mar.
Casi todos los que le han recordado estos días han subrayado su estupenda presencia. Daba gozo verle. Alto, desgarbado, cargado de espaldas como para hacerse perdonar los casi dos metros de estatura, con un mechón de pelo siempre en guerra entre los ojos y el humo del cigarro, la voz de bajo ruso, la cerveza peligrosamente inclinada, el tartamudeo a la inglesa, los cabezazos y el índice alzado cuando repetía con entusiasmo deportivo "¡e-xac-to, e-xac-to!" cada vez que su interlocutor decía algo tan sólo razonable: era el hombre feo más guapo que he conocido.
Algunos privilegiados muestran tanto espíritu en el cuerpo como en el alma, de modo que es perfunctorio alabarles el intelecto. Los libros de Juan Benet son muy buenos, pero no son nada comparados con haberle visto en vivo con un mazo de folios en la mano y perorando sobre la teodicea de Leibniz, sobre la que no tenía ni puñetera idea. Carlos Trías era uno de estos individuos magníficos, y por eso su ausen
-cia física es más dura de sobrellevar que la de otros que también han escrito libros, pero que eran más cansados de mirar.
Conocí a Carlos Trías cuando yo tenía nueve años y él seis. En una pelea a pedradas entre bandas de ambos lados de la riera de Vilasar, coincidí con el otro gran Trías de Barcelona, Eugenio, cuando por poco me descalabra de un cantazo uno de su banda. Eugenio era someramente pacífico y medió para que ambos bandos hiciésemos las paces. No deseábamos otra cosa, así que nos fuimos todos con Eugenio, que siempre ha sido el mayor, hasta la verja de su casa. Una vez allí, nos invitó a sentarnos por el suelo y dijo que iba a llamar a su hermano para que le conociéramos. Al rato llegó Carlos, que ya entonces era larguirucho y (aunque es imposible) lo recuerdo con una colilla en la boca. Eugenio dijo: "Éste es Carlos, mi hermano. Saluda, Carlos". Y Carlos dijo: "Caca, pedo, culo, pis". Y se fue. Eugenio, feliz, sonreía como si ya llevara bigote. De entonces dura nuestra admiración. No sabíamos que pudieran decirse esas palabras, ni mucho menos todas juntas, sin caer fulminados por un rayo celeste; tan delicada era la infancia de aquel siglo. Desde entonces, ya no hemos dejado de decirlas. También cuando militó en la extrema izquierda más tremenda, Carlos seguía diez años por delante de los demás diciendo lo que no se debe decir, pero que más tarde dice todo el mundo.
El día de la despedida, Eugenio confesó que no se le había escapado un hermano, sino un amigo. En efecto, Carlos sólo sabía ser amigo. Era amigo incluso de Cristina Fernández Cubas, la chica más interesante de Arenys de Mar, con quien había vivido cuarenta años y eran íntimos. Cuarenta años de amistad, Dios mío, indica una capacidad amistosa descomunal. Por ambas partes. Pero es que era inútil tratar de enemistarse con Carlos. Alguno que lo intentó se enfurecía cada vez que lo cruzaba por la calle, porque Carlos, que evidentemente había olvidado por completo la pendencia, se avanzaba con una enorme sonrisa para abrazarle y, cuando el otro salía huyendo, bermejo y apoplético, Carlos nos miraba atónito. "¿Qué le pasará a este tío?", musitaba, alzando unas cejas a lo Breznev.
Eugenio nos hizo llorar a mares el día 20. Por pura coincidencia, yo estaba leyendo un monumental libro suyo sobre filosofía de la música que prepara para este otoño. La pasión de Eugenio por la música ha dirigido su vida. Aunque no soy buen juez dada mi amistad hacia él, creo que el libro culmina una obra inmensa del modo más extraordinario: escapando de las palabras. Muestra Eugenio en su ensayo la concordia de la matemática y la música, la preeminencia de la música sobre la palabra, la necesaria presencia de un orden anterior al lingüístico en cuyas moradas y recintos puedan acomodarse los conceptos cuando se hagan palabra. De Monteverdi a Xenakis, la historia de la música que cuenta Eugenio es la de una armonía posible cuyo significado puede oírse, pero no hablarse.
Tras la despedida sonó una canción de Schubert y pensé que Eugenio debía de estar considerando la vicisitud del amigo, su disolución en sonidos aún audibles, su entrada en una armonía alejada de nosotros, pero no separada. Luego hubo que hacerse a la idea de que todo había concluido, excepto el paisaje que en nuestra memoria siempre será inseparable de aquel rostro. Salimos de allí abatidos, porque la vida había perdido a Carlos Trías.
Artículo publicado en: El País, 10 de septiembre de 2007,
[Publicado el 11/9/2007 a las 09:39]
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Invitación a una larga lectura
Algunos sucesos históricos como la revolución francesa, las campañas napoleónicas o las dos guerras mundiales han tenido una apreciable traducción literaria. En cambio, un capítulo nefasto de la civilización cristiana, el genocidio de los judíos por obra del pueblo alemán con la colaboración de franceses, holandeses, italianos, polacos, rusos, ucranianos y demás admirables naciones, parece imposible de trasladar a la literatura. Durante la última mitad del siglo pasado, la dificultad de un relato o un poema convincente sobre el Holocausto fue tema frecuente de discusión filosófica. La frase era: ¿Para qué poesía después de Auschwitz? Yo no creo que hasta el momento haya habido nada superior al muy reciente Les Bienveillantes, de Jonathan Littell.
Mientras tenía lugar la destrucción del pueblo judío se estaba produciendo otra gigantesca matanza, la que llevó a cabo el estalinismo. Esta segunda barbarie comenzó a dar fruto literario con Soljenitzin, pero fue ocultada hasta hace pocos años por la disciplinada red de los partidos comunistas. Como por milagro, un comunista, Vasili Grossman, que había sido oficial en la batalla de Stalingrado y conocía de primera mano la alianza de heroicidad popular y criminalidad de los jefes políticos que dio la victoria a los rusos, era uno de los mejores escritores del siglo XX. Su relato de la batalla decisiva es un monumental documento sobre las atrocidades de los estalinistas y de los nazis.
Con seráfica fe en el Partido, Grossman trató de editar su colosal novela (más de mil páginas) durante los años 60. Y es posible que el feroz ataque de que fue objeto por parte de los funcionarios bolcheviques le sorprendiera tanto como él dice. ¿Creyó de verdad que se publicaría un testimonio que ponía en paralelo los campos de concentración nazis y los soviéticos? El libro no se editó, evidentemente, hasta 1980 y en Occidente. En España tuvo una primera salida frustrada y solo ahora, gracias a Galaxia Gutenberg, aparece por fin el texto completo y traducido del ruso. Se titula Vida y destino. Y es una de las mejores novelas de los últimos cien años.
Artículo publicado en: El Periódico, 8 de septiembre de 2007.
[Publicado el 10/9/2007 a las 09:29]
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A poco que uno emprenda un viaje por España descubre con alegría el éxito enorme que ha tenido el nacionalismo, esa vieja ideología española, la única del pensamiento político de los dos últimos siglos peninsulares. Por fin está cuajando de verdad. Con un poco de suerte, en España vamos a tener más naciones que Europa.
Es estupendo ver cómo espabilan los políticos aragoneses, navarros, andaluces, baleares, gallegos, valencianos, asturianos o murcianos. Basta con dar un vistazo a la prensa comarcal para descubrir que todos tienen un montón de derechos históricos y están decididos a que nadie les quite el pan de la boca. Menos los castellanos. Esos andan un poquito retrasados por miedo a Madrid, pero cuando se lancen será para echar cohetes.
Mientras tanto, en Catalunya ya casi todos los políticos son independentistas y empiezan a discutir qué clase de independencia venden unos y otros. Los de Esquerra se están quedando un poco viejos y ya solo piden un referendo de autodeterminación, como si fueran del PNV. Los de Convergència, la derecha católica de toda la vida, les hacen una competencia muy elegante. Su portavoz, Felip Puig, dice lo que todos sabíamos: que los de Convergència no se pasan a Esquerra porque tienen estudios, pero que vienen a ser lo mismo. Y la mitad de los socialistas se montan en el carro con el truco del catalanismo, que, como el soberanismo, es otro nombre para la misma cosa. Solo el PP y Ciutadans afirman ser españoles, pobre gente. ¡Pero si españoles ya no quedan en ninguna región de España! ¿Para qué los necesitamos? Aquí andamos sobrados de talento.
Yo también me he hecho secesionista.Autosecesionista. Lo único que me preocupa es que en los últimos 30 años hemos conseguido que en Barcelona no funcione absolutamente nada, aunque todo sea más caro que en ningún otro lugar. Seguro que es por culpa de los españoles, pero lo cierto es que aquí solo han mandado y cobrado los nacionalistas, incluidos los socialistas nacionalistas. Durante 30 años. ¡Qué talento! ¡Qué eficacia! ¡Menudo futuro nos espera!
Artículo publicado en: El Periódico, 1 de septiembre de 2007.
[Publicado el 05/9/2007 a las 09:00]
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Durante muchos y repetidos días terminales de agosto hemos asistido al espectáculo del dolor popular retransmitido en directo con una autenticidad muy infrecuente en la televisión. El dolor popular está presente todos los días en los entierros del mundo islámico, en las familias destruidas por huracanes, incendios o bombardeos, en la omnipresencia del terror, la miseria y la crueldad, una constante en los diversos canales porque es un componente esencial sin el cual la televisión sería inútil. El contrapunto de los concursos, culebrones, series, deportes, galas y programas de obscenidad sentimental ha de ser necesariamente una presencia del dolor, la miseria y la muerte en espacios prime rate. Sólo de ese modo es posible salvar a los informativos del resto de la producción y darles un simulacro de realidad que permita pensar en el medio televisivo como algo que informa sobre algo. De no ser por la acumulación de muerte y terror, la televisión sería una play station y los adultos buscarían otros espectáculos más excitantes.
Sin embargo, la intensidad y emotividad del duelo producido por la muerte del joven futbolista del Sevilla ha superado con mucho todo lo habitual. En realidad, el suceso pertenece a un orden distinto al de la muerte en directo y no había sido planeado: escapaba por completo a la muerte televisiva habitual y por eso fue necesario un sobreesfuerzo para recuperarlo y domesticarlo.
Las familias arrasadas por un suicida en Bagdad o por un huracán en Nueva Orleans parecen de ficción si se comparan con la veracidad evidente que aparecía en los rostros de los ciudadanos trastornados por el suceso. Y ello, no por la proximidad geográfica o cultural que nos haría compartirlo con simpatía, sino porque las imágenes de desolación no venían incitadas por un daño personal, una pérdida material, una violencia en carne propia, sino por una desdicha ajena. La muerte inesperada e incomprensible de un muchacho, el espantoso aparecer del sinsentido. Algo de lo que la televisión huye desesperadamente.
Yo sólo recuerdo un movimiento popular comparable, cuando ETA compuso un escenario macabro para asesinar a Miguel Angel Blanco. En aquella ocasión la banda mostró el fondo profundo de la trivialidad política en la que se escuda, su mediocre alma funcionarial, y puso fecha a una pena de muerte dictada por el amor a la patria vasca. Aquellos dos días de reflexión les explotaron en las manos. La espontaneidad del dolor popular fue tan colosal que asustó incluso a los beneficiarios del terror, los que recogen las nueces, de manera que hubieron de retroceder algunos pasos en sus narcisismos nacionales durante unos meses, espantados ante la verdad que se había abierto a los ojos del mundo por un capricho de la banda.
Uno de los jóvenes que lloraba al futbolista sevillano ante las cámaras dijo que habría preferido perder la liga antes de que sucediera algo tan tremendo. A aquel chaval no le cabía en la cabeza posibilidad más terrorífica que perder la liga, pero la muerte del futbolista le había abierto un abismo vertiginoso. Para su horror, sí que había algo peor. La causa de tanta desesperación es la irrefutable presencia de la muerte, no como consecuencia de un acto previsible o contabilizable (una guerra, un huracán, un incendio, un atentado terrorista, los celos del macho, la carretera, las drogas), sino como absurdo absoluto. La muerte como algo natural, inevitable, fatídico y que nos agrede a todos sin excepción. Desde la pantalla, desde el lugar de la paz y la felicidad.
Al ver cómo un joven atleta caía fulminado sin otra causa que su propio corazón, simplemente porque le había llegado su hora, todos nos hemos visto señalados por el dedo de la muerte real, la que no puede domesticar ni la administración, ni los psicólogos, ni los filósofos, ni los curas, ni absolutamente nadie. Una muerte para la que no cabe buscar culpables o responsables. La muerte de aquel muchacho es la acusación más grave que se pueda pensar contra la vida misma: que no tiene sentido. Eso es lo que desespera hasta el punto de desear perder la liga. O cosas peores. Cosas que la administración política, la garante de la paz y la felicidad, no se puede permitir.
La similitud con la espontánea manifestación que tuvo lugar cuando ETA asesinó a Miguel Angel Blanco se debe, a mi entender, a que los terroristas, llevados de su alma publicitaria, lo presentaron como un espacio televisivo, es decir, con una secuencia diseñada y previsible: proponían como premio la vida de la víctima y las pruebas a superar eran aquello que exigían de los concursantes a cambio de no asesinarle. La independencia de las provincias vascas, por ejemplo. Estaba mal planificado. La espera se hizo insoportable y las gentes salieron a la calle para exigir que los directivos anularan el programa.
En ambos casos la aparición de la muerte en pantalla provocaba un sinsentido insufrible: el asesinado de todos los días, el asesinado normal, como los dos ecuatorianos casi imperceptibles de Barajas, aparece ya muerto, como una consecuencia o un daño colateral de una causa reglamentada, y no produce espanto. Lo intolerable es la expectativa que obliga a una reflexión. O la reflexión que nos asalta a pesar de los esfuerzos que hacemos para evitarla. Cuando el horror se lleva en privado (una enfermedad, un accidente) no hay escándalo, todo queda en casa, el estado no interviene más que para recoger lo sobrante, es decir, el cadáver. Otra cosa es cuando la muerte aparece como espectáculo.
En un extraordinario ensayo titulado El arte, el terror y la muerte, el filósofo Arturo Leyte argumenta que la administración política se las entiende mucho mejor con el terror que con el pensamiento. Al fin y al cabo las víctimas del terror, como las de un huracán o un incendio, son contabilizables, forman la materia de una estadística, se pueden integrar en el sistema de la muerte televisiva o del programa de partido sin peligro. Lo en verdad insoportable es la reflexión que provoca la insignificancia de una muerte imposible de contabilizar, sea porque hay que esperarla, sea porque nos asalta sin haber sido programada, desde las pantallas de la paz y la felicidad, interrumpiendo el continuo de la publicidad.
La del joven Antonio Puerta rompió la infinita serie de partidos sedantes, la repetición serial y tranquilizadora de goles, derrotas, victorias, ligas, copas, contratos, lesiones, árbitros, directivos, equipos, y vuelta a empezar, día tras día, mes tras mes, año tras año, el ciclo repetitivo como garantía de una eternidad feliz. La misma felicidad que esa repetición de las elecciones, los ganadores, la oposición, ahora me toca a mi, han ganado los míos, nuevas elecciones, nuevos ganadores, garantía de una vida tranquila y sin fin encadenada por la lógica de la publicidad.
Sin embargo a veces lo real, como una peste hedionda, se cuela en la aséptica programación y hiere por sorpresa el corazón de millones de personas que, como suele decirse, sólo trataban de pasar un rato distraídos. Lo real no es otra cosa que la muerte, esa rareza. Y la muerte no es sino una interrupción. El momento en que algo que se daba por seguro se interrumpe. Habla Leyte del momento de inquietante suspensión que sufren los espectadores cuando se estropea el proyector y la película queda momentáneamente rota en un fotograma que muestra la entraña oculta del film, su discontinuidad, el simulacro de actividad formado por miles de escenas estáticas. Ver la interrupción, lo que hay en medio del continuo espectáculo de paz y felicidad publicitaria, unido sin diferencia al dolor y el terror espectaculares, esa nada, ese vacío, ese fotograma ciego, es lo que solemos llamar “conocer la verdad”. Y está oculta porque es lo que más tememos. Cuando de repente nos asalta por sorpresa, todo se difumina en la niebla del sinsentido, nada tiene ya importancia. Ni siquiera la liga.
Artículo publicado en: El Mundo, 1 de septiembre de 2007.
[Publicado el 03/9/2007 a las 09:25]
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Fatalidad universal de las destrucciones
En la zona subártica de Québec y sobre una superficie similar a la de España, viven los indios Cri. En esa inmensidad blanca, costera de la bahía de Hudson, dispersos en un puñado de poblaciones, los Cri tratan de mantener su identidad. No llegan a veinte mil y su vida ancestral en los bosques, así como el nomadismo propio de las tribus cazadoras, hacen difícil la supervivencia. Durante tres años mi amiga Clara Valverde convivió con los Cri gracias a un programa de cooperación entre las autoridades sanitarias canadienses y el Consejo Cri de la Salud. Cuando aterrizó en Whapmagoostui, primera de sus etapas, la temperatura era de cuarenta grados bajo cero, lo normal durante la mayor parte del año. Su primer contacto, la responsable del programa por parte Cri, le advirtió: “Nosotros llevamos seis mil años aquí, en iyiyuuschii, “la tierra de las personas”. Cuando vinieron los primeros europeos, hace ciento cincuenta años, nosotros no sabíamos de dónde venían, pero ellos no sabían a donde llegaban”. Era su manera de advertirle que no se hiciera muchas ilusiones.
Casi todos los libros que relatan convivencias entre culturas sumamente distantes suelen adolecer de un aire novelesco. No sucede lo mismo con los recuerdos de Clara porque su transparente escritura delata un alma cristalina, tan cándida como la de los indios con quienes vive. La candidez no excluye severas turbulencias de carácter, pero es un don que algunas personas poseen para no interponerse entre el lector y lo narrado. Lo que Clara cuenta sobre los Cri tiene el brillo de la evidencia.
El drama de los Cri, como el de tantas tribus de indígenas americanos, es su incapacidad para vivir según el modelo técnico cristiano, eso que solemos llamar “civilización occidental”. Un modelo al que, en cambio, se adaptan los coreanos, los hindúes o los indios mejicanos. ¿Por qué unos pueblos pueden adaptarse y otros no? Lo ignoro, pero la inadaptación suele denunciarse como un problema para los colonizadores, cuando a todas luces es un problema de los colonizados. Quiero decir que son ellos quienes sufren los efectos de la inadaptación.
La gran amenaza que pende sobre los Cri es la construcción, en sus tierras, de enormes presas proyectadas por Hydro-Quebec. El brutal cambio de hábitat que traen los pantanos hidroeléctricos hace imposible mantener sus usos ancestrales: la vida en los bosques, la caza, los viajes rituales. De manera que la alternativa es, o bien la adaptación, o bien la extinción. A lo largo del relato uno comparte con cariño la arcaica existencia de este pueblo de carácter pacífico y bellas tradiciones, de manera que no puede sino indignarse ante la progresiva invasión de la técnica más destructiva, el abuso del poder blanco, la injusticia de ver expulsados a los indios de sus tierras y todo el cúmulo de vilezas a que nos han habituado los directivos de las grandes compañías. Vivimos, una vez más, el consabido triunfo de los fuertes sobre los débiles y la incapacidad de las naciones tecnificadas para respetar los enclaves vírgenes, las culturas silvestres, los restos de vida premoderna.
Luego, casi sin quererlo, uno se traslada a los países industrializados y comprende que tampoco en ellos la situación es muy distinta. También aquí hay una fuerza que empuja y destruye y otra que se resiste a desaparecer. Por ejemplo, en Cataluña, la cuestión tan debatida de la Línea de Muy Alta Tensión que debe electrificar el país con torres gigantescas que lo cruzarán desde la frontera francesa como una muralla de hierro. Los habitantes de los pueblitos de la provincia de Gerona por donde ha de pasar el río de kilovatios se defienden como fieras ante la invasión de las eléctricas. Como los indios Cri, son gente habituada a vivir en lugares apacibles, hermosos, en los que todavía la “naturaleza” (sea ello lo que sea) mantiene un aspecto acogedor.
Sin poderlo remediar uno piensa en los miles de ciudadanos para los que se está proyectando la red eléctrica. Los centros turísticos cada vez más escasos de servicios básicos. Los hogares cada vez mejor dotados de aires acondicionados. Las líneas férreas hipertécnicas, como el AVE. El déficit tremendo de flujos energéticos denunciado todos los días por los políticos catalanes. Y uno entiende que Hydro-Quebec no ha de ser muy distinta de Endesa, ni los Cri serán muy diferentes de los ampurdaneses.
De modo que uno se queda suspenso porque, o bien se detiene toda tecnificación para que unos pocos mantengan una vida ancestral (también llamada, abusivamente, “ecológica”) a la que tienen todo el derecho, así como a que no cruce por sus huertos ni un solo tendido eléctrico; o bien uno se pone del lado de la tecnificación (también llamada, abusivamente, “progreso”) y decide que el mayor número de beneficiados es el que manda, según reza el despiadado orden democrático.
Es difícil tomar una decisión que enfrenta minorías de vida limpia y mayorías de vida sucia. ¿Aunque quizás no son tan limpios? Porque tanto los indios Cri como los ampurdaneses también gastan electricidad: tienen aparatos de TV, neveras, microondas, ordenadores, radios, lámparas, planchas, hornos y teléfonos. Y cuando van al hospital, rayos X. Quizás si renunciaran a todo eso nos facilitarían la elección.
Artículo publicado en: El Periódico, 29 de agosto de 2007.
[Publicado el 31/8/2007 a las 11:35]
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Finales desprovistos de principios
Cuando Lord Byron estaba escribiendo su célebre poema Don Juan, el más hermoso canto jamás dedicado a la figura del diabólico libertino, había cumplido ya los 30 años. Era, para su época, un hombre en el umbral de la vejez. Además, su aspecto era lamentable: había engordado, se estaba quedando calvo, la cojera era más conspicua que nunca y él mismo se consideraba físicamente acabado. No obstante, en Venecia perseguía cualquier cosa que tuviera el aspecto aproximado de una hembra y tras poseerla se dedicaba a divulgar por toda la ciudad los caracteres internos de su conquista.
Entonces conoció a Teresa Guiccioli, condesita provinciana de 19 años destacadamente tonta, según todos los biógrafos, de una vanidad y una testarudez colosales, pero graciosa de cara. A los ojos de Byron tenía un atractivo peculiar: estaba casada con el conde Guiccioli, tipo riquísimo, sin escrúpulos, de izquierdas (o sea, enemigo del Papa), posible asesino y con un robusto físico de 60 años. La joya del viejo conde era una presa irresistible. Sería la última.
La historia de Lord Byron y Teresa no tiene nada de romántico, aunque los personajes se empeñaran en creerlo. El marido se dejó poner los cuernos porque el dinero y los contactos de Byron le gustaban más que su esposa. A la niña le chiflaba que la vieran con el célebre lord a sus pies. Los burgueses de Ravena y de Venecia se morían de risa. De modo que fue el pobre Byron quien hubo de poner sensatez en aquella cabeza de chorlito, el que limitara la codicia del marido, el que mantuviera una actitud convencional y prudente para evitar la difamación, y quien, tras producirse la separación, propusiera el matrimonio. En aquella historia, todos menos el poeta actuaron como diabólicos personajes byronianos.
Quizá asqueado por el papelón, Byron no tuvo más remedio que convertirse en un héroe. Salió huyendo de la condesa hacia el Egeo para ayudar en su lucha por la independencia a los nacionalistas griegos (que le robaron ipso facto), y al poco murió decentemente en Missolonghi. De enfermedad.
Artículo publicado en: El Periódico, 25 de agosto de 2007.
[Publicado el 27/8/2007 a las 10:24]
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Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
Ensayo
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
20/7/2008 00:33
Publicado por: Onagro
19/7/2008 14:51
Publicado por: Viviana
19/7/2008 13:52
Publicado por: copia/pega
18/7/2008 17:03
Publicado por: copia/pega
18/7/2008 16:44
Publicado por: Yanisé
18/7/2008 10:52
Publicado por: Ramon
18/7/2008 09:53
Publicado por: ifigenia morales
17/7/2008 19:33
Publicado por: albert
17/7/2008 19:16
Para Albert, por si le interesa....
Publicado por: gato p.
17/7/2008 09:55
Publicado por: provoqueen
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