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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

jueves, 28 de agosto de 2008

Blog de Félix de Azúa

El más cruel de los meses

Un año entero preparándose para cuando llegue la fiesta, y cuando llega resulta que es agosto. Como cada año, el mes que se propone para reposar y tomar resuello se trueca en la gótica estampa de una población diezmada por la peste negra. De nadie es la culpa, esto cae sobre nosotros por un giro inefable de la rueda de Fortuna, como erupción volcánica. No es posible prever un colapso de trenes, eléctricas, aeropuertos, la visita de la legionela y la medusa, todo ello cercado por un anillo de fuego exterminador.

Cierto que algunas de las más insignes plagas son predecibles. Ya sabemos que a comienzos de agosto irá a la huelga la aristocracia: pilotos de avión, maquinistas de trenes, servicios de puertos aéreos y marítimos, y así sucesivamente. No suelen coincidir todos al mismo tiempo, lo que aviva la sospecha de que se lo reparten: este año toca camiones; el próximo, autopistas; al siguiente, supermercados. El caso es tomar como rehenes a varios cientos de miles de trabajadores desesperados y extorsionar a la empresa.

Sin embargo, y a pesar de que todo conspira para que el de agosto sea el más cruel de los meses, siempre acaba sucediendo algo que lo redime. Es la milagrosa virtud del ocio: bastan cinco minutos para que redescubramos nuestra ínfima y sin embargo gloriosa naturaleza y accedamos a la reconciliación y a la ternura del caos. A mí me pilló la otra noche, en L'Estartit.

Había luna llena. Rielaba sobre el mar a la manera griega con una sinuosa cola de plata que vibraba agitada por millones de joviales alevines. En la negra masa marina parpadeaban dos pesqueros lejanos en eco rítmico con el farillo de posición. Las islas Medas se recortaban rotundas, amenazadoras; parecía que respiraran contra un cielo color vino. Allí, al final del espigón, nadie había aparte de nosotros, dos insignificantes humanos, pero también guardianes de la única inmortalidad que ha concebido el cosmos. Solo por esos minutos ya doy por bueno el mes infame. Estoy persuadido de que a todos ustedes les ha sucedido algo parecido.

Artículo publicado en: El Periódico, 4 de agosto de 2007.

[Publicado el 06/8/2007 a las 11:22]

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A oscuras y en celada permanente

Me parece estupendo que, tras el apagón barcelonés de cada verano, los medios de formación de masas locales se lancen en busca de un culpable. La categoría del culpable varía según los intereses del medio y es instructivo comparar a quién señalan unos y otros. El resultado es una radiografía del poder real en Catalunya y su jovial ¡viva mi dueño! La pregunta fantasma es: ¿quién manda aquí? Y la respuesta: nadie a la vista. El poder real vive a oscuras todo el año. Jamás lo veremos. Más vale: nos llevaríamos un susto.

Antes era más fácil. El patriota Juan March exprimió a la región catalano-balear hasta dejarla exangüe. Su trompa de pulgón era una eléctrica. En cada cuadrante de la Península, Franco había impuesto un cacique armado de una eléctrica a modo de trabuco. A los gallegos, Fenosa. A los del centro, la familia Oriol. Todo en buenas manos. ¿Creen ustedes que ha cambiado algo? No se hagan ilusiones: Franco sigue vivo. Está escondido en las eléctricas, en las telefónicas, en Renfe, en Iberia, en el gang de banqueros, allí en donde siempre estuvo. Con leves matices sigue actuando con la impunidad, el despotismo y la chulería que le caracterizan, ante una sociedad abandonada por sus representantes.

El otro día cambiamos el contador de mi finca. Los vecinos nos preocupamos de mejorar unas instalaciones rotundamente viejas, como la casi totalidad de la red barcelonesa. Los de Fecsa-Endesa nos presentaron un presupuesto indescriptible. Amenazados con una auditoria, lo rebajaron- ¡a la décima parte! Eso sí, lo instalaron cuando les dio la gana. Por fortuna, uno de los vecinos había sido ingeniero en una eléctrica y antes de proceder al contacto general estudió la instalación. Se quedó lívido. La compañía nos había enganchado a 380 voltios. En una finca de 220. Si llegamos a conectar, salta la casa entera. Ordenadores quemados. Teléfonos fritos. Neveras congeladas. Televisores socarrados. Y así sucesivamente.

Franco vive entre nosotros disfrazado de enchufe eléctrico. Y sigue nombrando los gobiernos de cada centro caciquil.

Artículo publicado en: El Periódico, 28 de julio de 2007.

[Publicado el 30/7/2007 a las 09:22]

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Un par de cosas que yo sé de ella

Los que busquen el París lírico y cordial tendrán que imaginarlo a solas


Las dos frases más celebradas que se han pronunciado jamás sobre la capital francesa son: "París bien vale una misa" y "Siempre nos quedará París". La primera se atribuye al rey Enrique IV, un navarro de religión calvinista dispuesto a vender su alma y convertirse al catolicismo con tal de reinar sobre los franceses. La segunda la pronuncia Humphrey Bogarth al final de la película Casablanca y es el resumen de una vida fracasada, un sacrificio inútil y haberse sacudido de encima a la mujer más interesante del norte de África.

Ambas frases se oponen del modo más absoluto, pero dan una idea rigurosa de dos modos de abordar la ciudad. La primera, de un cinismo descomunal, sabe cuánta es la riqueza que contiene la urbe y es la frase de un conquistador. La segunda, resignada y melancólica, se recrea en un París que solo es admirable en el recuerdo. Es una frase nacida bajo Saturno.

Referente mundial

Uno puede encarar el viaje parisino, sea desde la impostación del alma de Enrique IV o la de Bogarth, pero no de ambas. Es ineludible elegir entre el desalmado vencedor y el resabiado perdedor, si uno desea obtener una visión coherente de la que fue capital del orbe durante el siglo XIX, pero que sigue siendo, junto con Londres y Nueva York, la referencia mundial de la civilización. Es mejor no engañarse: ya pueden otras metrópolis hacer toda clase de contorsiones por alcanzar ese lugar olímpico, ya pueden Los Ángeles, San Francisco, Berlín o Tokio presentarse como modernos centros internacionales. Comparadas con las tres verdaderas capitales del mundo, son monos disfrazados de botones de hotel.

El París de Enrique IV es el de Balzac, el de Alejandro Dumas, el de Victor Hugo, un lugar de alma gótica y tenebrosa, con catacumbas tapizadas de huesos humanos y cloacas por las que escapan los condenados a muerte. El centro neurálgico de este París guerrero y nigromante es el laberinto de callejas de la Isla de San Luis, los muelles próximos al palacio de justicia, las tétricas naves de Notre Dame, el enjambre popular del Barrio Latino. Tiene una exposición nobilísima en el Museo de Cluny, antiguo palacio de un rico comerciante en cuyo interior se guardan las figuras del París romántico y lúgubre. Por el lado romántico, el maravilloso tapiz de la Dama y el Unicornio. Por el lado lúgubre, los calvarios policromados.

La visita de este París denso, augusto, es cada día más difícil, hasta hacerlo impracticable, pues es donde se concentra el mayor número de visitantes. El trayecto de la Plaza de los Vosgos, antiguo palacio de la corona, hasta el Louvre, que es el palacio moderno aunque hoy sea tenido por un museo, es casi insoportable debido al tsunami humano y la muralla de autocares. Su complemento, el trayecto desde Notre Dame hasta la iglesia de Ste-Etienne, en las proximidades del Panteón, terreno eclesiástico dominado por los obispos de horca y cuchillo (siempre asistidos por los teólogos de la Sorbona), no lo es menos. No obstante, nada se puede entender de la ciudad sin este esbozo geográfico de un París nuclear unido por un río que facilita la fluidez de ambas orillas, la eclesiástica y universitaria con la militar y cortesana. El turista animoso, el vencedor que se imposte en la aguerrida figura de Enrique IV, puede intentarlo.

La ciudad poética

El melancólico, aquel que se sienta inclinado a prescindir de lo más deseado, renunciar a la riqueza y el éxito con tal de que le dejen en paz, ese debe escapar del núcleo guerrero y episcopal. Ese debe internarse en el París poético y fantástico de los rincones dispersos, de los fragmentos e iluminaciones. A la manera de los surrealistas, deberá construirse un París propio en la medida de su fantasía, aunque también tan extenso como su corazón.

Si los surrealistas encontraron el cuerpo de París descuartizado en los mercados de viejo, en los traperos, en las librerías de lance, en los mercadillos y chamizos, en los bouquinistes del Sena, también el viajero saturniano deberá buscarlo, miembro a miembro, en sus cuevas íntimas.

Tanto era el desprecio de los surrealistas por el París de los vencedores que escribieron una guía de la ciudad que permitía recorrerla de arriba abajo sin toparse con un solo monumento artístico o edificio histórico. A veces el paseante debía hacer cosas raras, como meterse por la boca de un metro y salir por el lado contrario, o caminar una calle con la espalda pegada a la pared para no pillar una posible riqueza cultural. Así también deberá actuar el viajero melancólico, pero con tino. Véase el fracaso de uno de ellos, el imprudente Walter Benjamín. Este filósofo alemán se entusiasmó con los Pasajes, galerías construidas a mediados del siglo XIX para que los comercios de lujo expusieran sus productos. Cuando él los descubrió eran lugares perfectamente ruinosos solo frecuentados por rameras y navajeros.

Por desdicha, tras el éxito de Benjamín entre los universitarios (lo que atrae de inmediato a los periodistas y luego de ellos a los comerciantes), los pasajes han sido restaurados y hoy forman parte del París triunfante y guerrero, o sea, masivo.

Como ya dije al principio, aquellos que busquen el París lírico y cordial, tendrán que imaginarlo a solas y no compartirlo con nadie. Para lo cual es innecesario que viajen a París.

Artículo publicado en: El Periódico, 22 de julio de 2007.

[Publicado el 25/7/2007 a las 09:00]

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Vivir en otros mundos vidas nuevas

Las estaba espiando con suma cautela. Simulaba leer el diario, pero la verdad es que ponía toda mi atención en la conversación que tenía lugar en la mesa contigua, a mi espalda. Cuatro mujeres conversaban animadamente sin conciencia de estar siendo escuchadas. "Claro, ellos no pueden saber que el niño no es deforme. Ellos creen de verdad que es deforme. Tiene la cabeza muy grande y se le cae, no puede sostenerla. Este es el problema, que para ellos es deforme, cuando lo que sucede es que solo es distinto. No deforme, distinto".

Interviene una muchacha más joven y algo atolondrada: "Tampoco la dejaban salir a cazar, porque las mujeres de esa gente no pueden tocar las armas. Si tocan un arma, bueno, es que las matan. Pero ella se entrena en secreto y para cuando se dan cuenta ya es la mejor cazadora del clan y les da ciento y vuelta a los cazadores machos. Y eso, es que no lo pueden soportar". De nuevo la primera: "Así que es ella la que va rompiendo las tradiciones del clan, una tras otra, sin querer, porque ella es diferente, claro, pero además va superando todos los castigos y cuanto más cerca están de matarla, mayor es la transgresión que acaba imponiendo la tía".

Durante un rato he creído que hablaban de una experiencia propia (¿niña adoptada?), o sobre la familia de algún inmigrante (¿ablaciones?), tanta era la pasión que ponían en el asunto. Hasta que una frase ilumina mi memoria. La más joven dice: "¡Porque su tótem es el león cavernario, que es un tótem masculino!" Recuerdo de golpe la novela, uno de esos superventas profesionales, eficaces, que narra las aventuras de una niña cro-magnon recogida y criada por un clan de neandertales.

Me asombra el hechizo de la literatura. Me emociona que mantenga intacta su fuerza mágica desde hace siglos. ¡Cómo multiplica nuestras vidas! Estas chicas han pasado una semana de vacaciones en el neolítico y ahora se lo cuentan a todo quisque como si regresaran de Marruecos. Están más familiarizadas con los neandertales que con los gallegos. ¡Qué bendición, qué milagro, qué gloria!

Artículo publicado en: El Periódico, 21 de julio de 2007.

[Publicado el 23/7/2007 a las 10:19]

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Ahora que ya sé decir 'pennícula'

Las palabras del delegado de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, Jordi Martí, sobre Woody Allen me saltaron al cuello desde las páginas del diario de la burguesía catalana: "Reiteró que el Ayuntamiento ha aportado una subvención de un millón de euros a la productora Mediapro-". Esto ya lo sabíamos porque los directores de cine barceloneses se sentían estafados: jamás se había pagado semejante cantidad, ni siquiera cuando aquel caballero filmaba tremendos petardos históricos sobre los sufrimientos de Catalunya que sólo veían Pujol y sus hijos el día del estreno.

Sin embargo, lo mejor de las declaraciones de Jordi Martí venía luego: "-en términos de inversión". O sea, que no es una subvención sino una inversión "que (se) recuperará en parte o totalmente en función de los beneficios que obtenga la película". Cielo santo. Mi alcalde concede préstamos con mis impuestos. Espero que el porcentaje sea usurario para compensar tanto ridículo.

¿Y por qué invertimos en una película de Woody? ¿Por qué no en una pintura de Frederic Amat o en un libro de Miquel de Palol? Ya que estamos buscando beneficios con eso que pomposamente llaman cultura, ¿no sería más adecuado invertir en talento local? ¿Hemos de ayudar a los norteamericanos a hacerse una cultura? ¿Tan triste es el panorama de inversores yanquis que no pueden ni siquiera financiar a Woody? ¿O será que ya nadie da un duro por él? Pues si perdemos la inversión, ¿quién nos compensa? Casi todos los funcionarios consultados aducen que los beneficios serán de tipo publicitario. La ciudad aparecerá en todas las pantallas donde se proyecte el film. Eso es cierto. Y como buena publicidad, la Barcelona que verán será una gigantesca mentira. Ayer rodaban en las Ramblas, lugar del que huyen los barceloneses y que está tomado por masas de ociosos en calzoncillos, rondados por trileros, carteristas, lateros y gitanas con niño dopado. En la película, sin embargo, Scarlett pasea en soledad por un lugar sosegado, limpio, silencioso, tan estúpidamente onírico como todas las mentiras municipales.

Artículo publicado en: El Periódico, 14 de julio de 2007

[Publicado el 16/7/2007 a las 09:57]

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Avaros y sin embargo suicidas

Una vez superado el pueblo mundialmente conocido como La Pera, dejarás a tu izquierda el viejo lupanar amarillo tan chulo como un fotograma de Wim Wenders; entonces tomas a la izquierda por el desvío de Serra de Daró procurando que no te aplaste un tráiler polaco. En el momento de superar la cresta previa al cruce de Foixá, verás que se abre un panorama excelente, sobre todo cuando sopla la tramuntanita y todo luce como en un Memling. Hasta ese momento, el turista ha cruzado poblachones crecidos a velocidad vertiginosa en los últimos diez años, enterrados por naves industriales, almacenes ruinosos, alpendres de Uralita, basura industrial, camionetas oxidadas y chalets de infame construcción para munícipes. Es un tramo abrumador con una vía nacional, la que cruza Celrá y Bordils, siempre atestada gracias a los camiones y a los semáforos impuestos por ayuntamientos que se negaron a permitir circunvalaciones. Son vías de línea continua ideales para el conductor local montado en una moto o en un cochecito con tuning. Te parece estar viendo la publicidad de la tele.

Por el contrario, desde la carretera de Serra, tras el desvío y el descrestar, divisarás un panorama casi intacto, respetable. Los campos ordenados y fértiles se extienden hasta el mar en dameros que sugieren trabajo y riqueza. La línea del horizonte la forman el femenino perfil del Mongrí y las peladas islas corsarias del Estartit. Es un paisaje que da idea de cómo pudo ser el Ampurdán de la invasión napoleónica y de cómo ha sido sistemáticamente machacado por todos los gobiernos (fascistas, nacionalistas, socialistas, conservadores o secesionistas) y por todos los ayuntamientos en sus complicados apareamientos, hasta hacerlo desaparecer. La causa de tan portentosa unanimidad en la destrucción es sencilla y rotunda: el dinero, el parné, la pasta. Aquí no hay ideología que valga, sólo codicia.

Un país raquítico, con una incultura secular, sediento de todo lo que se atribuía a "los europeos", desde las gabardinas hasta el bidet, y con una clase dirigente que no haría mal papel en Liberia, no ha dado más de sí en los dos últimos siglos. Las costas valencianas, gallegas, catalanas o andaluzas han sido laminadas sin misericordia. Cierto que hay también una cierta matización en el desastre, según sea la región; sin embargo, ese cromatismo lírico es un considerable misterio. De momento, ningún historiador o sociólogo ha sido asaltado por la curiosidad de investigar la España plural de la codicia. Un asunto tan interesante...

¿Ha sido el mayor grado de barbarie lo que ha creado en Murcia esos monstruos que sólo encuentran pareja en los secarrales de La Mancha? ¿El gen morisco? ¿Será la venganza del arroz lo que ataca con flatulencias dolorosas todo el Levante y su urbanismo excremencial? ¿Es el metódico destrozo catalán más sensato que el que asuela la costa asturiana, gracias a la herencia noucentista? ¿A la protección de la Moreneta sobre tanto varón célibe y ahorrativo? ¿Y qué decir del espanto de las rías cocainómanas? ¿Ataques de la gaita paranoica? ¿De la empanada alucinógena? Algún día alguien estudiará el episodio de salvajismo más interesante de la Europa de posguerra, sólo igualado por la Sicilia del cemento y la heroína (inyectable). ¿Cómo fue posible que el franquismo se prolongara tantos decenios hasta dejar el país convertido en una sartén donde hierven de sed los rascacielos vacíos? ¿Quién lo sustentó, a quién enriqueció el caos y el expolio?

Que los ciudadanos apenas cuentan en la política española es bien sabido y explicable dada la peculiar herencia eclesiástico-castrense del país, así como la no menos curiosa biografía de sus dirigentes jamás editada. A pesar de todo, que no se haya producido alguna corrección democrática en nuestro tradicional despotismo, sino quizás todo lo contrario, desconcierta. El equipo que gobierna en el Ayuntamiento de Barcelona, por poner un ejemplo, ha sido elegido por un veintitantos por ciento de la ciudadanía, pero, viendo actuar a los ediles, se diría que lo respalda el ochenta por ciento, como a Sarkozy. Una mayoría de ayuntamientos que han logrado componerse son el hijo putativo de negocios y pactos perfectamente opacos y por completo ajenos a los programas de los partidos. La ciudadanía sabe que tales bastardías son consecuencia de la más cruda codicia, pero no puede oponerse a ella, no tiene medios y sabe que en las próximas elecciones volverán a las andadas. Por eso va dejando de votar. También es cierto que, aunque pudiera oponerse, quizás tampoco lo haría, como han demostrado los protectores de la mafia del ladrillo en las últimas municipales. En España, la ideología política, como la fe religiosa de hace unos años, es el disfraz que dignifica la más cruda explotación económica y el exterminio del insumiso. En este punto, la España plural es una.

La zona geográfica que nos sirvió de entrada y sobre la que Pla escribió algunas de sus mejores páginas ha sido para mí como el hijo de un matrimonio amigo al que has ido viendo crecer sin participar seriamente en su vida. Le has visto pasar del potito de zanahoria al cochinillo asado como en una secuencia de diapositivas. Así que, aunque sus padres lo tengan por un cráneo privilegiado y la flor de Olmedo, uno sabe la verdad y no le ciega ni el sentimiento, ni el interés, ni el orgullo. Cuando lo conocí de niño aún guardaba un aire de criatura rústica, algo bruto, pero de buena madera, un muchacho con ilusión por no morir tan idiota como sus padres y abuelos. En la actualidad es un anciano que no sabe despojarse de la ropa infantil y simula bailar el twist, como en los viejos tiempos, cuando ya le conviene la danza macabra de Saint-Saëns. Dio el primer estirón con la masificación del turismo y las segundas residencias que brotaron como hongos venenosos en los años setenta. Los servicios y la pequeña industria consecuentes lo pusieron en la edad adulta, pero luego ya no hizo nada más y se dispuso a gozar de lo conquistado con aire de galán verbenero, se acomodó a la haraganería nacional. En la actualidad, unas carreteras que construyó Primo de Rivera para las diligencias soportan el paso de millones de vehículos entre los que se cuentan miles de camiones de hasta ocho ejes, pero también ciclistas y tractores, una belleza argelina. Al nene del Ampurdán todo se le ha quedado pequeño, pero persiste en el gesto de estar esperando a que las suecas se sienten a comer una ensalada por ver si liga y les saca unos duros para Varón Dandy.

El viajero que ha constatado cómo las zonas turísticas de Francia, de Inglaterra, ¡incluso de Italia!, mejoraban con el tiempo, eliminaban los restos de barbarie, añadían silencio y verdura a las zonas residenciales, se civilizaban y organizaban racionalmente separando lo industrial de lo turístico, lo agrícola de lo urbano, aunque se perdiera la pátina arcaica y romántica, se pregunta por qué en España el desarrollo y la riqueza han de dar siempre como resultado la hecatombe, el triunfo de lo cafre y de lo cutre. ¿Será por un atávico temor a la miseria acumulada durante siglos de bocio y malaria? ¿Por la inexistencia de una educación sensata, la cual, por cierto, ha ido empeorando de legislatura en legislatura? ¿Será el catolicismo, su desprecio de la vida terrena y su respeto por los depósitos bancarios? ¿O el nacionalismo y el hábito de esconder los billetes de quinientos bajo la bandera? ¿Qué componente de todas las regiones españolas es el que nos condena a vivir peor cuanto más ricos somos?

No todos, por supuesto, no estoy loco. Quienes vivieron en la más completa desesperación durante generaciones ahora gozan de una situación confortable. Las aldeanas ya no visten sayas y tocas negras como en los chistes de Forges, sino que exhiben estupendos piercings ombiliculares y se depilan los artejos pedestres. Los aldeanos ya no arrean la mula, sino que ponen a doscientos por hora el Golf. No obstante, eso también sucedió en la Francia, la Alemania y la Italia de posguerra, el paso de la miseria a la comodidad, pero con resultados opuestos a los nuestros. También allí se produjo un rápido enriquecimiento, pero no dio lugar al desbarajuste del territorio y al desierto de cemento.

El lugar infernal de la carne de cañón lo ocupan en España, ahora, los inmigrantes llegados por millones en los últimos diez años, justo en el momento de la explosión cementera. ¿Será esa la explicación? ¿La mano invisible del Zeitgeist está diseñando nuestro país para acercarlo a Quito, Turquía, el Magreb o Rumania, porque estamos creando un hábitat digamos que "mediterráneo" de igualados caracteres físicos y espirituales? ¿Está la Providencia diseñando un bloque urbano del sur, con un paisaje homogéneo, sin sobresaltos ni transiciones bruscas, desde Ankara hasta Algeciras, lo que explicaría, de paso, las quejas identitarias de los vascongados? ¿Sube Oriente y baja Occidente? En todo caso, me parece que nos ha tocado la china.

¡Qué extravagante, qué inexplicada condena la de los nacidos en el Mediterráneo, y que me perdone Serrat, que es un santo y no tiene la culpa de nada de todo esto!

Artículo publicado en: El País, 10 de julio de 2007

[Publicado el 11/7/2007 a las 09:00]

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Juan Martínez bailó en el infierno

Al principio, cuando todavía se exhibía delante de la emperatriz María Fedorovna, ya tuvo un anticipo de lo que se le vendría encima. El gran chambelán le prohibió salir a escena con aquel pantalón tan ajustado y abotinado porque le pareció una indecencia. Juan Martínez hubo de bailar con un pantalón de frac. "¡Quién ha visto bailar el bolero con fondillos en los pantalones, señor!", se lamenta. Seis años más tarde bailaría cubierto de harapos y por un mendrugo de pan: tuvo la mala fortuna de coincidir con la revolución y desaprovechar cuantas ocasiones se le presentaron para escapar del infierno. "A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos 10 días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto".

Las peripecias de aquel hombre y su mujer por tierras de Rusia y Ucrania, con las monstruosas matanzas de Kíev como centro de la desventura, son uno de los más espeluznantes relatos que se han escrito sobre la Revolución rusa. El bailarín dictó sus recuerdos a Manuel Chaves Nogales, un hombre nacido con el siglo y muerto en el exilio a los 47 años. Excepcional periodista, pero detestado por fascistas y comunistas españoles y, en consecuencia, casi desconocido en España. Solo su magnífica biogra- fía de Belmonte ha tenido alguna notoriedad.

La razón por la que Chaves Nogales no se estudia junto a Bergamín, Pla, Baroja, Ruano y otros cronistas del momento republicano, es que nunca mintió. No se sometió a la castración española de ser sumiso de los unos o de los otros. Como dice Trapiello en su agudo prólogo, "encontramos en las crónicas y opiniones de Chaves Nogales la desinteresada e inteligente reflexión de quien supo que el mayor pecado que un hombre podía cometer en aquellos años era mantenerse libre". En aquellos años y también en estos.

El libro, que se editó en 1934 y forma parte de la narrativa completa publicada por la Diputación de Sevilla, ha sido rescatado por la editorial Libros del Asteroide. Muchas gracias, Asteroide.

Artículo publicado en: El Periódico, 7 de junio de 2007

[Publicado el 09/7/2007 a las 09:37]

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La pereza viaja en diligencia

A Zapatero le ha perdido su falta de fe en el esfuerzo, el tesón, la autoridad y el trabajo: es un vago

Los siniestros comunicados del diario Gara ponen de manifiesto cuántas facilidades se daba José Luis Rodríguez Zapatero. Tras el asesinato de los ecuatorianos en el aeropuerto de Madrid, aún andaban los funcionarios del Gobierno regateando con los terroristas sobre Navarra. Ahora ya no importa. Toda esa basura moral no es sino la constatación de que Zapatero no sabe trabajar con seriedad. Se guía por la ley del menor esfuerzo: creyó poder negociar contra la oposición, es decir, contra diez millones de españoles, y con una mano a la espalda.

La ingenuidad de Zapatero, o su frivolidad, tanto en este asunto como en la Alianza de Civilizaciones, la Memoria Histórica o el Estatuto catalán, obedece a una escasa preparación para el sacrificio, unida a la pereza intelectual que le impide analizar asuntos que exigen esfuerzo, trabajo, tesón, unidad y sacrificio. Zapatero comparte un peculiar defecto con muchos de sus coetáneos: no admite que haya problemas irresolubles, o que solo los resuelven el tiempo, el estudio, la fatiga, la obstinación.

Cuando de niños leemos cuentos y novelas, o vemos películas y series televisivas, construimos nuestra capacidad de intelección con las herramientas que nos ponen a mano. Hasta mucho más tarde no accederemos a otros útiles más críticos que nos permitan calificar todo lo anterior de fantasía. Muchos niños ya no vuelven a leer ni a estudiar en su vida, su intelecto permanece anclado en un mundo donde lo más difícil parece posible. Los niños antiguos escuchaban las hazañas de los héroes y sus sacrificios, los modernos nos educamos con relatos de esfuerzo y tenacidad como los de Dickens o los de Julio Verne, pero a partir del dominio del espectáculo sobre la realidad, los relatos para inmaduros detestan el esfuerzo y el sacrificio. Incluso las mejores lecturas, como las del joven Potter, dan por sentado que los problemas se arreglan mágicamente. Es un delirio que los psiquiatras infantiles diagnostican cada vez con mayor frecuencia en niños y muchachos que se creen omnipotentes, superhéroes.

El paso de la pereza de vicio a virtud tiene una historia corta. El valor de la pereza es un invento posterior a Marx: fue su yerno el primero en escribir un tratado sobre El derecho a la pereza, pero todavía no se apartaba de la sensatez de la clase media europea. La conquista de las vacaciones y finalmente la imposición de una inactividad muy rentable para el sistema económico, han hecho de aquel derecho a la pereza una verdadera caricatura. Desaparecida la pereza que podía reivindicar un marxista del ochocientos, convertida en una obligación anual llamada ocio que casi arruina a las familias y da beneficios gigantescos a las empresas, la pereza que se reinventa en los años setenta es de otro calado. Los movimientos libertarios odiaban el trabajo, y basta repasar los cómics de la época para constatar hasta qué punto se insultaba, se humillaba y se hacía befa de cualquier trabajador, físico o intelectual. Los okupas siguen en esa estela de ridiculización del trabajo.

No es extraño que tanto Tony Blair como Nicolas Sarkozy, (los primeros políticos europeos en asumir que la guerra fría ha terminado) se esfuercen por dignificar el trabajo y, naturalmente, remunerarlo. Para los okupas, para los hippies de los setenta, para los mafiosos de barrio, para algunos grupos libertarios, los que trabajan son idiotas. La figura del pobre hombre que va al trabajo con su cartera o su maletín, o el empollón de la clase, son figuras grotescas en casi todas las series de la televisión española. En nuestro país, al descrédito del trabajo se le une un señoritismo ancestral: la vagancia del hidalgo muerto de hambre.

La recuperación del trabajo como actividad moralmente encomiable es una novedad. También lo es el intento de restaurar la autoridad, otra víctima de Mayo del 68, sobre todo en colegios e institutos, aunque en ese terreno ultraconservador va a ser mucho más difícil avanzar. A la nefasta influencia televisiva se une la envilecedora y machacona presión de la publicidad, la peor de las manipulaciones a la que están sometidos los niños. Proponer la recuperación del trabajo como un derecho a la dignidad y de la autoridad de los maestros como un valor moral es una tarea casi suicida. A los beocios les parecerá una propuesta de derechas, pero lo triste es que desde el siglo XIX había sido una reivindicación de la izquierda. Se la dejó arrebatar por los aristócratas del 68, como tantos otros valores que han ido desapareciendo por el sumidero relativista de la posmodernidad.

Ahora podemos volver al comienzo, al delirio del superhéroe como síntoma de pereza. Algunos problemas, como el del fascismo en el País Vasco, no tienen más solución que la resistencia colectiva. Sus antecedentes, las guerras carlistas, nos persuaden de que es algo endémico, como los conflictos cainitas de los árabes o de las tribus balcánicas. Eso no quiere decir que no deba intentarse encontrar una salida, pero quien lo intente ha de saber que solo mediante el esfuerzo, el tesón, la autoridad, el trabajo, muchísimos años y otros valores detestados por la progresía se podrá vencer a los terroristas. A Zapatero le ha perdido su falta de fe en tales valores: cree ser omnipotente, pero es un vago.

Artículo publicado en: El Periódico, 2 de julio de 2007.

[Publicado el 04/7/2007 a las 10:00]

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¿Cuál es la vida perfecta?

Había ya escrito mi columna cuando ayer el país se vio conmovido por una noticia inesperada. Esta mañana todas las radios (en el breve tiempo que les deja la publicidad), las televisiones (que no estaban ocupadas con anuncios para niños), las portadas de todos los diarios, eran unánimes: el regreso de Rodrigo Rato es un suceso histórico.

Primero pensé que lo más chocante y quizás lo que llamaba la atención de los profesionales era que, por retirarse antes de hora, Rato renunciaba a un sueldo monumental, una de esas facturas que pagamos los contribuyentes la mar de contentos para que los empleados de purpurina puedan vivir como potentados. A mi me alegra que vivan bien, la verdad, pero no niego que verles renunciar a sus privilegios me conmueve.

Sin embargo, tras leer las informaciones me percaté de que ese asunto no importaba a nadie. El nerviosismo universal obedecía a dos sospechas. La primera, que el buen hombre volvía para casarse, que estaba harto de que le pasearan como a un Santo Padre por el globo, y que más le apetecía jugar al parchís con sus hijos. Pronto entendí que esta hipótesis solo se respetaba porque la había adelantado el propio Rato, pero se descartaba de inmediato: ¿Quién puede creer que casarse a los sesenta años y pasar más tiempo con tus hijos sea comparable a ganar una pasta cósmica y viajar en primera con Iberia? Eso no podía ser.

No obstante, me desconcertó que la segunda hipótesis, la verdadera, fuera que Rato abandonaba el oro y el moro y volvía a España para incrustarse en las filas de la oposición. Me desconcertó porque, aunque yo sigo creyendo a Rato cuando dijo que volvía para casarse y estar con sus hijos y le admiro por haber renunciado a un espejismo bien pagado, a lo mejor mentía, a lo mejor tienen razón los profesionales y Rato nos engaña y lo que quiere es ser el segundo del PP, o candidato a las Cortes o cualquiera de esas trivialidades que a toda persona sensata le parecen un consuelo, un placebo, lo que se hace en esta vida cuando te ha fallado lo más importante. Pero anda que como sea verdad...

Artículo publicado en: El Periódico, 30 de junio de 2007.

[Publicado el 02/7/2007 a las 09:53]

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Cuando ya todo es historia

Hasta hace pocos años los labriegos, terminada la jornada, regresaban al hogar y pasaban horas ensimismados ante el fuego viendo saltar las chispas de algún recuerdo. Era su televisión. Hasta bien entrado el siglo XX la población campesina era mucho más numerosa que la urbana, así que para la mayoría de los humanos no había otra diversión. Se le podía añadir el rosario y entonces la televisión conectaba directamente con Dios jugando solitarios. En aquellos hogares el tiempo era eterno y carecía de historia.

Nosotros, sin embargo, hemos nacido con un horizonte que nos cruza los ojos y al que llamamos “historia”, modo disimulado de admitir que ya ningún tiempo es eterno y somos personajes de una tragedia o comedia cuyas sucesivas escenas son tan efímeras como nosotros mismos. Paradójicamente, la historia nos ha permitido perder la memoria.

En la monumental pero de todo punto imprescindible Postguerra de Tony Judt (Taurus, 2006), se expone la historia de Europa a partir de 1945. Mientras uno lo va leyendo, ve convertirse en cuadros históricos sus recuerdos, las experiencias íntimas, incluso los olvidos: la sintonía de la BBC en tiempos de Franco, el inverosímil tañido de la guitarra eléctrica, el vuelo de las faldas acampanadas, la desaparición de los caballos por las calles de la ciudad, el aroma de las motocicletas. Los adultos nacidos después de 1950 ven su retrato colgado del museo y deben renunciar a muchas fantasías. No éramos como suponíamos, sino como la historia nos ha congelado para siempre. Los nacidos después de 1960 hallan aquí la explicación de su herencia: cómo se hizo obscenamente rico el tío Manuel y por qué nadie habla de tía Celia, aquella belleza frágil y perfumada.

Leyendo este libro admirable, el pasado se convierte en destino. Lo que creímos una vida libre y caótica se muestra como algo fatal y ordenado. Nuestras exaltadas decisiones eran mera obediencia. Las pasiones, hilos de marioneta. Creíamos vivir una vida irrepetible, pero lo cierto es que ya estaba escrita en las chispas del hogar, en los solitarios de Dios.

Artículo publicado en: El Periódico, 23 de junio de 2007.

[Publicado el 25/6/2007 a las 10:00]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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