El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
jueves, 28 de agosto de 2008
Tendría poco más de siete años cuando de manos de mi madre recibí la primera agenda de bolsillo. Era una del año anterior, pero igual me sentí un niño importante porque era el único de mi edad con agenda. Además, no tenía citas que atender. Podía llenar todas esas hojitas de cuantos garabatos o dibujos quisiera. Y a la postre duró varios años, durante cuyo transcurso me acostumbré a salir cada mañana con la agenda debidamente oculta en el bolsillo. Traía algunos números telefónicos, mismos que rara vez llegué a marcar, más diversos apuntes que yo creía útiles aunque nunca llegara a utilizarlos. De entonces hasta hoy, cargo siempre con una agenda más o menos inútil, que en todo caso sirve como mera bitácora del caos.
Las agendas no siempre le arreglan la existencia a su dueño, pero de cuando en cuando le calman los nervios. Especialmente cuando la agenda es nueva y su sola llegada sirve para llenarse de buenos propósitos. Que es lo que sucedía cuando empezaba el curso y mis querúbicos padres forraban de plástico transparente los nuevos libros y cuadernos, donde ahora sí el niño sacaría verdadero provecho académico, y haría sus tareas y cumpliría con todas las exigencias escolares. Puras patrañas, pues, mas uno se las cree como si provinieran de una persona confiable. Será por eso que pasan los lustros y todavía espero que una agenda venga a cambiarme la vida. Lo cual sería plausible si me tomara la molestia de llenarla, pero eso exige la disciplina férrea de quienes acostumbran reservar un lugar para cada cosa y poner cada cosa en su lugar. Gente rarísima, en mi experiencia. Nunca seré como ellos, aunque aún puedo darme el lujo de estrenar agenda y asumirme persona organizada.
Hoy las agendas son majaderamente poderosas. Sus diferentes mecanismos electrónicos no sólo simplifican el puntual cumplimiento de los compromisos, sino que hacen difícil esquivarlos. Traen alarmas, recordatorios previos y avisos de colores, entre otros adelantos que deben de ser cómodos para quien no ha encontrado como sacudírselos. Por si esto fuera poco, han contraído algunas la maña de amafiarse con la computadora o el teléfono, de forma que no pueda uno ignorarlas. Pero el caos también tiene sus mañas, demasiadas para que un simple grillete electronico se adueñe de la voluntad de un voluntarioso. Cada vez que a la agenda, el teléfono y la computadora les sale lo mandón, no me queda más que desconectarlos; a ver si así se ubican en su papel.
Más que una simple agenda, mi aparato portátil es una sucursal del cerebro. Es decir que está lleno por igual de cosas útiles e inútiles, como teléfono, procesador de palabras, cámara de video, calendario lunar, teclado, mp3 y un adictivo juego de boliche. Prefiero no decir cuáles son los programas que más utilizo, baste con recordar que a estas alturas sigo considerando a la agenda un juguete sin mejor atributo que el de entretenerme durante los tiempos muertos y hacerme creer que soy serio y puntual por el solo hecho de tener una agenda electrónica. A veces, si amanezco insoportablemente optimista, me da por instalarle un programa pomposo que se piensa capaz de controlar ingresos y gastos, pero más tardo en comenzar a ingresar numeralia que en rebelarme contra su autoridad y devolverle todo el control al descontrol.
Creo, con Wilde, que la única excusa para hacer una cosa útil es no guardarle admiración alguna, y la verdad es que admiro a una agenda sólo cuando es muy útil para llevar a cabo cosas inútiles, como escribir por nada y para nada, o anotar más de 280 en una sola línea de boliche, por 250 del aparato. Llego a creer, con imbécil frecuencia, que mi suerte para el resto del día dependerá de mis tempranos números en el miniboliche, igual que a veces temo que si no sirve el texto que pergeño tampoco sirvo yo... ¿Para qué? Para seguir haciendo cosas inútiles. Por lo pronto, ésta que nos ocupa ya está lista. Ay de quien ose hallarle utilidad.
[Publicado el 29/10/2007 a las 11:01]
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No sé si sea porque desde siempre me temo carne de diván, pero hasta hoy nunca me había enfrentado a un psicólogo. Siempre me han parecido interesantes, y no bien habla uno suelo guardar silencio y atender, no sea que me quede en la penumbra en torno a cierta parte básica del manual. Pero de ahí a pedirle que me arregle hay gran distancia, pues temo ingenuamente que no quiero arreglarme, y hasta le tengo horror a la salud mental, tomando en cuenta la posibilidad de que instalarme en la plena cordura redunde en una plena esterilidad. ¿Qué haría en ese caso? ¿Meterme a estudiar contaduría?
“Superstición”, sentenció mi psicólogo, el doctor Juan Carlos Muñoz Bojalil, entre las risotadas de los presentes. Estábamos en el auditorio de la Facultad de Psicología, entre estudiantes de ésa y otras ciencias, conversando sobre literatura desde el punto de vista de mi interlocutor. O sea que cuando menos no me iba a cobrar, aunque tal vez con gusto le hubiese pagado, considerando cuánto me estaba divirtiendo. Tal vez me habría gustado salir a la defensa de mis supersticiones, a las que considero parte de mi más entrañable patrimonio sentimental, pero esas cosas no se hacen con el analista, que a diferencia de los críticos literarios me concedía todo el derecho a equivocarme. Y esas cosas relajan a cualquiera, pues pocas situaciones existen tan incómodas como entablar público diálogo con el cuello estirado y el culo fruncido. Andreu Martín me enseñó una expresión idónea para aquellos gravísimos coloquios: misas de tres padres.
Tal vez la próxima etapa de la era Big Brother consista en someterse a pública terapia, como en una sesión de doble A donde todos podrían opinar, y eventualmente echarse a perder mimando los caprichos de Narciso. Y ahora, queridos amigos, una nueva pareja de anales-retentivos nos mostrará sus respectivos esfínteres. Por eso digo que el chiste es comenzar por relajarse, y eso es lo que me gusta de los terapeutas. Su papel es llevar la vida suavecito y su virtud jamás espantarse de nada. Propongo, pues, que en adelante las presentaciones literarias no se lleven ya a cabo con la complicidad de colegas amigos prestos a la exégesis, sino bajo el relajador escrutinio de un psicólogo amante de la literatura. ¿Quién no querría asistir a un strip-tease así?
Por experiencia sé que las presentaciones literarias ayudan poco a reforzar el ego del autor, pues incluso las más concurridas —y sobre todo ésas— no evitan una honda sensación de soledad cuando uno está de vuelta en el hotel y conversa sesudamente con el techo, de paso preguntándose qué hacer con los resabios de tanta intensidad. Lo cual no pasaría si en lugar de salir a emborracharse con otros neuróticos se tomara un café con el psicólogo, ahorrándose los tragos, los honorarios y la resaca a medio aeropuerto. Con el ego en su sitio, además. Dado de alta.
No sé si sea por la terapia de esta tarde, pero me ha mejorado el humor. O será por la luna inmensa allá afuera. O porque en una ventana del monitor tengo, desde el principio de estas líneas, a Joss Stone perturbando dulcemente mi trabajo, arriba a la derecha del procesador de palabras. No dudo que padezca una fijación con Joss Stone. Debí contárselo hoy al psicólogo. Aunque si en realidad quisiera progresar, tendría que ir y decírselo a Joss Stone. ¿O no es verdad, doctor? Are you there, Jossie Darling?
Ñáñaras, llamamos en México a una forma de súbita carne de gallina. Siente uno ñáñaras si a estas horas suena el teléfono y quien llama es la señorita Stone. O si habla de psicólogos y recuerda de pronto que ahora mismo trabaja con un personaje que es, entre otras cosas, terapeuta impostor. Me encantaría armar a un personaje psicólogo, pero me temo que en ese caso el impostor acabaría por ser yo, y eso le jode el ego a cualquiera. En fin, que se me está pasando la mano. Escribo con nostalgia por el diván. Mierda, ahí vienen las ñáñaras.
[Publicado el 26/10/2007 a las 11:47]
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Uno entiende que un libro es importante cuando contrae con él una deuda impagable. Sólo que a diferencia de otros débitos, éste no mortifica, y hasta abundan los casos en que dignifica. Esto último lo constato de memoria: “El estarse muriendo de ganas de que le llamen a uno por teléfono y darse el gustazo de no contestar es prueba de respeto por sí mismo.” Cuando llegó a mi vida la novela que acabo de citar, merced a un accidente de la fortuna que puso frente a mí un paquete para otro destinatario, apenas si tardé en asumir que no había opción más digna que huir con ella oculta de inmediato.
Unas cuarenta páginas más tarde, ya embebido, reivindicaba el hurto ante mí mismo aduciendo que en realidad la novela me había robado a mí. Hasta donde recuerdo, más tardé en alcanzar el segundo capítulo que en aprenderme el título completo: Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire: I. La vida exagerada de Martín Romaña. Era uno de esos libros que pasan frente a uno como lo haría una mujer intempestivamente indispensable, y nos colgamos de ellos como de la cintura de esa ninfa sin la cual ni la Gloria parece interesante. La narración chisporroteaba, literalmente, y uno brincaba de la carcajada al asombro presa de una empatía similar a la de una amistad que nace a media cárcel. Sólo un tequila doble se habría hecho entrañable en menos tiempo.
Ahora bien, si a las entrañas he de referirme, no me atrevo a ignorar Un mundo para Julius, una de esas novelas cuya lectura pronto se convierte en un acto consciente de atesoramiento (recuerdo haber besado repetidamente la cubierta de cuatro libros: La inmortalidad, de Kundera, El retrato de Dorian Gray, de Wilde, La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa, y éste). Costaba algún trabajo creer que el autor de Julius fuese el mismo que el de Martín Romaña, pero no bien acabé de cranearlo me vi sumando deudas con interés compuesto y extendiendo el crédito de un narrador agudo y un hombre taciturno que respondían al nombre de Alfredo Bryce Echenique.
Hace casi un par de años, en esa disneylandia literaria que es el lobby del Hilton de Guadalajara durante la Feria Internacional del Libro, vi salir a Juan Cruz del elevador, acompañado justamente del narrador que tantas veces me había sacado del presidio de la realidad. Bryce Echenique Live. ¿Cómo explicarle que éramos viejos cómplices? Lo sabría, supongo, toda vez que una gran cualidad de sus escritos está en hacer de lectores compinches (no en balde en la dedicatoria de La vida exagerada…, el autor certifica que “uno escribe para que lo quieran más”). En todo caso, la complicidad creció. El tipo era un tipazo, pero igual resistí el legítimo impulso de pedirle que hablara largo y tendido de Octavia de Cádiz; así como el de confesarle solemnemente que en sus cuadernos de navegación —el rojo, el azul— encontré tantas risotadas convulsivas como francas y añejas dolencias del alma.
Desde entonces, y en realidad mucho antes de entonces, a Bryce le creo virtualmente todo. Soy su lector asiduo y agradecido, de modo que no tengo el motivo ni las ganas de sumarme al pelotón de fiscales que ahora le piden cuentas como si alguna vez lo hubieran leído. Francamente no sé qué sucedió con el reciente entuerto periodístico que tanta saña ha suscitado en su contra, ni me provoca husmear en la basura. Le creo y ya. No tengo que firmarlo, ni que apostar por ello, ni que sacar la cara por una obra entrañable y espléndida que en consecuencia se defiende sola. Bien harían en acercarse a ella sus detractores de ocasión.
Ignoro si algún día vuelva a verlo, mas persisto en citar la deuda que nos une. No sé cuánto le debo, aunque es bastante para vivirle agradecido, más allá de las furias jacobinas de tantos indignados no-lectores. No soy fiscal, ni detective, ni alcaide. Por el contrario, y como ya lo he dicho, en repetidas ocasiones me valí de la escritura de Alfredo Bryce Echenique para escapar del cautiverio de la realidad. Desde ahí y hasta el fin, suyo es todo mi crédito.
[Publicado el 25/10/2007 a las 12:22]
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La escritura nocturna y la diurna son bichos diferentes, y con frecuencia hostiles entre sí. En mi caso, los tengo en diferentes jaulas, aunque al final sean ellos quienes se dividen mi tiempo sin preguntar. Algunos entre mis seres queridos piensan que debería encontrar una manera de repartir el día entre ambas fieras y consagrar la noche a otros empeños, como sería el caso de conseguir dormir a horas decentes, pero siempre que intento no solamente no logro conciliarlas, sino que hasta las enemisto más. La novela se aferra a sus horas de sol, mientras el blog espera hasta la media noche para enseñar las garras y pelar los colmillos. No hay que tomarlo mal; así nos entendemos.
Cualquiera sabe que pasar noches leyendo o escribiendo difícilmente es una costumbre sana, como no sea para la bestia nocturna que se alimenta de este desvarío. Especialmente si la consigna es tóxica como la canción: Mucho para mí es tan poco… y poco no quiero más. Alguna vez oí a Chavela Vargas excomulgar a los que duermen de noche, pero justo es decir que lo hago menos por virtud que por vicio. Aunque eso sí, detesto hacerlo a solas. Hay en la noche demasiados cómplices para rondarla solo como cualquier coyote malcomido. Hoy mismo, por ejemplo, me he valido de cómplices como Astrud Gilberto y Elis Regina para ayudarme a creer que su noche es la nuestra y es preciso pasarla en intensa vigilia.
Hay una deliciosa sensación de derroche en la escritura nocturna. Sobra el tiempo, los límites se olvidan pasada cierta hora en la que uno se torna clínicamente inútil para apagar la luz. Porque incluso parando de escribir lo que menos se tiene son ganas de dormir. Es como si la fiera nocturna se regocijara robándole las horas a la diurna. O como si una y otra se las arreglaran para encerrarme entre ambas obsesiones, como lo harían dos amantes paranoides y además coordinadas. ¿Quién, no obstante, que viva entre los arrumacos de una amante nocturna y otra diurna puede sensatamente considerarse menos que privilegiado?
Escribir noche y día es también habituarse a vivir bajo una sensación de insuficiencia tardía. Nunca parece demasiado tarde, pero siempre podría ser más temprano. Pasa uno el tiempo en deuda consigo mismo, y todavía más con el juego de locos al que pomposamente llama trabajo. Todo lo cual no impide, por decir algo, hacer crecer la deuda invocando a Bebel Gilberto o Paula Lima y jugando un ratito a que es de día. Si de noche no hay reglas y todo se vale, ¿cómo no va uno a querer escribir a esas horas? ¿Es justo, inteligente, sano, beneficioso padecer de insomnio, cuando hay tantos caminos para disfrutarlo?
No tengo claro si debería seguir con el final de un concierto de Tony Bennett o el principio de uno de Hedwig and The Angry Inch. Afortunadamente la noche es lo bastante hospitalaria para que todo pueda caber en sus recovecos, y esa es otra ventaja para las palabras, que por algún motivo parecen más creíbles durante la parranda: ese tiempo que toma uno prestado sabiendo de antemano que no habrá de pagarlo. Lo bueno es que de noche cobra sentido lo que nunca lo tuvo; por eso no queremos que termine, tanto que hasta acudimos a quien sea con tal de estirarla. Y aquí estoy, estirándola, en compañía de Tom y Paula, que tampoco parecen tener sueño. Si ven a la novela, díganle que hace horas me fui a dormir.
[Publicado el 24/10/2007 a las 12:27]
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Esto de perpetrar todos los días un texto intempestivo conduce a situaciones circulares, como pasarse el día siguiente dándole vueltas a algo que pudo faltar o sobrar. En el caso de ayer, una sola palabra se quedó en el camino, tal vez porque su mera mención habría redundado en la necesidad de abrir un nuevo frente argumental: McLaren. Preciso, en consecuencia, invadir la segunda persona del singular para mejor entrar en una materia donde es fácil juzgar desde el graderío sin tener que calzarse zapatos de otra talla.
El problema es muy simple: tú eres Fernando Alonso. No son unos zapatos fáciles de llenar, especialmente cuando llega el momento —y esto sucede con fatal frecuencia— de dar la cara por Fernando Alonso. Que hace tiempo eras tú, pero ahora quién sabe. Tanta publicidad, entrevistas, chismes y fruslerías han terminado por hacerte dudar quién ese Fernando que cada día que pasa se parece menos a ti. Especialmente durante el último año, que ha sido francamente muy jodido. Echemos, pues, reversa: llegaste al 2007 como campeón mundial, listo para estrenar coche y escudería. Por supuesto, la gente de McLaren te ofreció condiciones tan evidentemente ventajosas que te creíste aún mejor situado que en los dos años anteriores. Pero luego empezaron los problemas, porque aparentemente la gente de McLaren no terminaba de enterarse del piloto que habían contratado, prueba de ello era el impulso que el equipo le daba —bajo una incomprensible fachada de “igualdad”— al novato que habían preparado para correr el otro auto.
No puede uno andar repitiendo por ahí que es el campeón del mundo sin señalarse como un mamarracho, pero estos de McLaren parecían decididos a convertirte en algo similar. ¿Qué le hacía pensar a Ron Dennis, estratega y cabeza visible del equipo, que a un bicampeón mundial se le puede tratar igual que a un novato aventajado? Es probable que Lewis Hamilton todavía no acabe de entenderlo, pero el hecho de ser novato en cualquier cosa implica la necesidad de enseñarse a comer mierda. Agachar la cabeza. Acatar órdenes. Tragarse el propio orgullo. Callarse y observar. Quien no aprende siquiera un poco de eso se condena a asumir la conducta de un pelmazo arrogante decidido a vivir prendado del espejo. Una tentación fácil cuando se es de la noche a la mañana piloto de F1, y encima de eso se goza el privilegio de ser el niño mimado de la escudería. ¿No le bastaba a Hamilton, y aun le sobraba, con recibir el fogueo invaluable de correr junto al bicampeón del mundo?
Solamente tú sabes la clase de viaje que es tener que abordar cada día en ese monoplaza volador que es el nombre de Fernando Alonso. De modo que rehuías en lo posible la interminable diplomacia de ese circo social que nada tiene que ver con el placer de hacerte con la pista, y sin embargo había que apechugar. Soportar a esa hilera de golfos y fantoches que desde siempre constituyen la corte de un campeón mundial de pilotos, y encima simular que te afectaba poco o nada el menosprecio de tu propio equipo, empeñado antes en mimar al novato que en ayudarte a refrendar el título con el que ingenuamente llegaste a McLaren. ¿Qué clase de gaznápiro tendrías que haber sido para cumplir con esas expectativas sin cuando menos alzar la voz? ¿Esperaban acaso que el competitivo noviazgo de Lewis Hamilton con Sara Ojjeh —la hija del magnate Mansour Ojjeh, accionista mayor de la empresa— te ayudara a ubicarte en un segundo plano?
Piénsalo una vez más: eres Fernando Alonso. Has corrido una temporada completa con un equipo recién multado y descalificado por espiar ilegalmente a Ferrari. Has ayudado a desenmascararlos, mientras eras encasillado en una “rivalidad” tan publicitariamente rentable como funesta para tu quehacer. Te has pasado ya largos meses devorando la mierda de tu equipo, la de los medios y la de todo aquél que ha encontrado oportuno vaciártela en el plato, mientras tu compañero recibía ya trato de campeón mundial. De manera que sólo perdiendo podías vencerlos, y eso tenía que ser preferible a compartir con esa gentuza un premio que jamás supieron merecer y ya consideraban de su propiedad. Con tanta humillación absorbida, la última carrera debe de haberte dado un regusto entre triste y suculento, luego de ver cómo los de McLaren perdían su campeonato junto al tuyo por tramposos, insolentes e imbéciles.
Lo pienso por mi parte: soy Fernando Alonso. Al fin, esos mediocres me han devuelto el hambre.
[Publicado el 23/10/2007 a las 10:55]
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“Muerto de pies a cabeza”, describió alguna vez el corredor inglés David Coulthard a su colega finlandés Kimi Räikkönen, hoy día convertido en el cadáver más veloz del mundo. Y es que estar muerto es una ventaja cuando es preciso pasar de los trescientos kilómetros por hora sin hacer mucho ruido, tal vez aprovechando el barullo infernal que acostumbran armar los vivos con el fin de que nadie se atreva a descartarlos. Durante las recientes semanas, ha habido tanto ruido en torno a los dos grandes rivales y compañeros en la Fórmula Uno que apenas quedó tiempo para considerar al fiambre escandinavo que casi no habla, rara vez sonríe y nunca gesticula. Todavía hace un par de semanas, durante el Gran Premio de China, fue más noticia la renovada cercanía entre los puntajes de Fernando Alonso y Lewis Hamilton que la bandera a cuadros para Räikkönen, quien convenientemente continuó gozando del bajo perfil de las carnes frías.
No había ni que presenciar el famoso comercial de Mercedes Benz —donde se les veía compitiendo ferozmente por ser cada uno el primero en todo— para entender que la bien promovida rivalidad entre el campeón Alonso y el novato Hamilton no pasaba de ser un juego para niños del que cualquier peatón podía hacerse parte. Los seguidores de uno detestaban al otro como si les hubiera despojado de algo, y más que eso como si el resultado final fuese a cambiar sus vidas para siempre. En mi caso simpatizaba con Alonso, por motivos que hasta hoy no aspiro a tener claros, pero el hecho es que no había comenzado la carrera y ya estaba sufriendo de sólo revisar las posiciones de salida. Se decía que Alonso todavía necesitaba de un milagro, y apenas importaba el hecho de Räikkönen precisara de dos.
Emerson Fittipaldi lo vio con claridad: difícilmente Hamilton a sus veintidós años podría con los nervios. ¿Pero Alonso? ¿Cómo iba a sustraerse el campeón del mundo de 2005 y 2006 a esa disyuntiva magnificada día tras día, según la cual no había más que dos grandes opciones? ¿Y quién, sino el piloto muerto de la Ferrari, podía beneficiarse de aquella reducción? Apenas se inició la carrera, dos obvios perdedores se trenzaron en un duelo instantáneo que pronto dejó a uno bien atrás y al otro solo tras el par de ferraris. Cómodamente adscrito a un segundo puesto provisional, el finlandés difunto debió de ser el único en divertirse: nadie lo molestó en los días previos, ni sufrió la presión que terminó bloqueando a sus dos contrincantes, cada uno obsesionado en superar al otro. Y al final le tocó bailar con la más guapa, ya instalado en el primer sitio por cortesía de su compañero de equipo, el brasileño Felipe Massa; los dos lejos de Alonso y lejísimos de Hamilton.
Al final del citado comercial —donde las voces de dos niños fanfarrones competían cantando “todo lo que tú puedas hacer, yo puedo hacerlo mejor”— la entretenida rivalidad entre Alonso y Hamilton culminaba con la aparición inesperada de otro finlandés: Mika Häkkinen, dolor de cabeza de Michael Schumacher y dos veces campeón del mundo. Algo muy similar sucedió durante la carrera de ayer mismo en el circuito de Interlagos: pendientes sin descanso de las ruedas del otro, ninguno vio venir al muerto alegre que en sus narices se iba a llevar el pastel. De manera que a veces no es un eufemismo, ni necesariamente una tragedia, sugerir que alguien “pasó a mejor vida”, pues al cabo la vida será siempre mejor para quienes han conseguido deshacerse del peso —ese sí muerto— de las expectativas ajenas.
La resistible resurrección de Kimi Räikkönen ha traído la paz a tantos aniñados beligerantes, tras un inesperado final feliz donde los favoritos no han salido vivos, luego de tantas muestras de vitalidad vana e improductiva. Al final de la mítica Por un puñado de dólares, Clint Eastwood abandona el pueblo dentro de un ataúd y regresa entre truenos de dinamita, invulnerable cual mesías resurrecto. Pienso entonces en Kimi Räikkönen, virtual hombre sin nombre y no puedo evitar que resuenen los ecos funerarios de cierta pieza triste de Morricone.
Sólo los muertos saben de sus privilegios.
[Publicado el 22/10/2007 a las 10:46]
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Úsese antes de la expresión “je-je”
Si los diminutivos pudieran venderse, una buena campaña publicitaria tendría que poner énfasis en su exclusivo efecto suavizante. Y eso en México todos lo sabemos: sin el auxilio de los diminutivos, hasta una conversación amigable nos suena áspera, mandona, desafiante. “¿Qué le pasa a este güey?”, se interroga uno, dudando ya en cambiar las interrogaciones por interjecciones sólo porque al sujeto no acaban de salirle los diminutivos. “¡Nada más no me grite!”, lo provoca uno, sobre todo si no estaba gritando. Cuando por fin lo haga, tendrá uno los elementos suficientes para enviarlo al carajo, por majadero. Si los diminutivos fueran en realidad objetos de compra-venta, este país sería uno de sus mercados más generosos. Ya imagino el eslogan: Más que un suavizante verbal, una contraseña a la gentileza.
Todavía mejor: una contraseñita. Siempre que un mexicano debe justificarse y no encuentra cómo, echa mano de los diminutivos. “Estoy en una reunioncita”, murmura en el teléfono el estudiante, cuidándose de no delatar la clase de bacanal en que se mira inmerso, y así de paso se disculpa tácitamente, impostando ese falso delirio de pequeñez que dará un leve toque de humildad a su ligereza. Vamos, un toquecito. No se gozan los privilegios de vivir en uno de los países más tolerantes del mundo si no se aprende antes a manejar el sutil abretesésamo de los diminutivos.
A ninguno nos gusta hacer favores, pero es preciso ser un infame para negarle al prójimo un favorcito. A nadie le sobran los momentos, aunque los momentitos están siempre a la mano. El que llega después peca de impuntual, no así quien sólo llega despuesito. Es decir que nuestros diminutivos no están allí para empequeñecer al sustantivo, sino para absolver al verbo. ¿Cómo iba uno a atropellar sucesivamente los derechos del prójimo y salirse una y otra vez con la suya sin el porfavorcito, el compermisito y el nomás un ratito? Uno queda completamente desarmado cuando le anuncian que algo estará listo en un-ra-ti-ti-to, cuya medida equivale a un ratito —esto es, un rato quizás largo y de seguro impune— de dimensiones incomparablemente más inciertas. ¿Para qué entonces agregamos uno o dos nuevos “ti” al diminutivo ratito? Para pedir perdón por anticipado. Cualquiera sabe que un ratitititito es más largo que un rato, y hasta que un ratote. Pero nadie te va a pedir que esperes un ratote. Sería un cinismo, una descortesía y una ordinariez.
Sólo la humildad propia del diminutivo reivindica la impunidad del abusivo. Si un policía nos detiene en un estado etílico lindante con el coma, reconocemos que nos tomamos unas copitas. En una fiestecita. Con unas amiguitas. Luego, cuando el uniformado nos haya recitado la cadena de multas y castigos a los que nos hicimos acreedores, procederemos a suplicarle que nos eche una manita. Porfavorcito, pues. Claro que no trae uno el dinero bastante para salir del trance frente al juez, pero seguro carga una lanita. Y eso lo arregla todo, porque antes que de la cartera del infractor, los policías locales se alimentan de la humildad ajena. Les reconforta ver al ciudadano totalmente rendido a los diminutivos. Es decir, puestecito para negociar.
Miente, no obstante, quien atribuye sólo hipocresía al pago de indulgencias con diminutivos, ya que éstos también sirven para expresar con toda honestidad cierto deseo carnal y al propio tiempo disculparse por cuanto pueda ocurrir a resultas. Ma-ma-ci-ta, rumia y babea el fogoso callejero, con la mandíbula cerrada y la mirada torva, rechinando las muelas de antojo visceral, y aun si la homenajeada tiembla de miedo por el solo talante del troglodita, ambos saben que al fondo de ese diminutivo pringoso late el signo fatal de lo irrefrenable. “¿Qué tanto es un tantito?”, insinúa el agresor, estirando los límites de la tolerancia mediante uno más de esos diminutivos lúbricos que con alguna galanura adicional le ayudarían tal vez a hacerse perdonar. Aunque fuera un tantito.
¡Cinco minutitos!, le imploraba a mi madre mañana con mañana (cuando era chiquito), esperando una gracia de cuando menos quince minutos de verdad. Reloj en mano, me despertaba al cuarto para las siete y me hacía levantarme a las siete en punto, con suerte siete y cinco. Desde entonces entiendo que un minutito vale por un promedio de tres minutos con treinta segundos. Es decir que con la sola aplicación del diminutivo puedo comprar un margen de tolerancia del 250 %. Un tantito, por tanto, es igual a un (1) tanto multiplicado por 3.5. Según los otros, eso es demasiado. Según nosotros, solamente un poquito.
[Publicado el 17/10/2007 a las 11:51]
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Cómo reconocer a un escritor malito
(25 síntomas prácticos) *
1. Profesa el ateísmo con fervor musulmán, rigidez mormona y vanidad católica.
2. Considera sus textos terminados cuando los engalana un lamparón de ron.
3. Sufre cuando lo entrevistan; llora si no lo entrevistan.
4. Encuentra errores en los mejores libros, no sin algún orgullo reconfortante.
5. Es más elocuente cuando habla de lo que no le gusta.
6. Se ve como colega de las putas, por más que él les regale sus libros y ellas insistan en seguir cobrándole.
7. Encuentra una Conspiración de Estado tras el sospechoso hecho de que su mejor texto permanece inédito.
8. Descansa en paz si sabe del sensible deceso de un crítico a su juicio demasiado escéptico.
9. Usa seudónimos para defender y promover su obra en los chatrooms. “Es que este libro me tiene flipao”, escribe en madrileño aspiracional.
10. No es que lleve diez días sin escribir, sino que no ha encontrado la música precisa. ¿Debería volver a la tienda de cds, o esperar a que llegue el paquete por correo?
11. Distribuye entre amores, parientes, amigos y proyectos sus regalías futuras como si fueran las de J.K. Rowling.
12. Odia tener que hacer textos publicitarios; esquiva las miradas cuando viene saliendo de la agencia.
13. Publicarlo: el único camino seguro para salir de su lista negra.
14. Cuando bebé, le arrullaban con Erik Satie; luego creció escuchando a Philip Glass. Cualquier insinuación en torno a una secreta preferencia por José José le parece una infamia.
15. Encuentra algún sadismo revanchista en la buena fortuna de sus ex amigos.
16. Si fuera inquisidor, emèzaría por J.K. Rowling.
17. Instruye a los empleados de la librería sobre cómo exhibir sus libros.
18. Haberlo publicado: el único camino seguro para volver a su lista negra.
19. Abusa de sus invitados mediante la lectura en voz alta de decenas de miles de caracteres hechos en casa.
20. Ama a sus traductores hasta que le traducen el primer libro.
21. Clasifica sus textos de acuerdo al enervante que inflamó su escritura.
22. Sueña que escribe un bestseller de autoayuda; despierta y no se para de la cama durante el resto del día.
23. Se mira traicionado por sus amigos cuando advierte que siguen sin leer alguno de sus libros.
24. Si fuera un asesino serial, empezaría por sus traductores.
25. Diariamente alimenta un blog literario.
* Fuente: un profundo e incriminante examen de conciencia.
[Publicado el 16/10/2007 a las 10:08]
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Cómo reconocer a un lector infernal
(25 síntomas prácticos) *
1. Tiene sueños extraños con cada libro y necesita contarlos.
2. Guarda en su agenda las direcciones y números telefónicos de sus autores más queridos.
3. Jamás perdona que a su pareja le sean indiferentes las líneas que le subyugan.
4. Interrumpe las fiestas para leer en voz alta parrafadas oscuras y profundas.
5. Memoriza las citas que saca de los libros, con los datos exactos de la edición y el número de la página.
6. Regaña a los empleados de la librería si no ofrecen sus títulos favoritos.
7. Si lee a Bernhard o Cioran, lo hace como si fueran manuales de superación personal; eventualmente se elimina solo.
8. Se le ve de rodillas y rezando durante los días previos al Nobel de Literatura.
9. Abunda con generosidad y precisión en cada una de las diferencias entre su novela favorita y la película del mismo nombre.
10. Encuentra coincidencias astrales en el hecho de haber empezado a leer una cierta novela en un determinado día. “No puede ser casual”, añade.
11. Sabe nombres completos de cónyuges e hijos de sus autores más queridos.
12. Escanea capítulos y los envía por correo electrónico.
13. Ha perdido algunas amistades durante discusiones sobre libros.
14. Encuentra emociones vertiginosas en la enumeración de las diferencias entre una edición original y otra corregida y aumentada.
15. Estigmatiza a quienes hablan mal de sus autores más queridos.
16. Si encuentra alguno de sus títulos favoritos en el anaquel, reacomoda los ejemplares sobre la mesa de los más vendidos.
17. Ha ganado numerosas enemistades durante discusiones sobre libros.
18. Experimenta contra los críticos un rencor contenido, listo para brotar como las ronchas fruto del despecho.
19. Encuentra inspirador al personaje Rupert Pupkin en El rey de la comedia.
20. Aborrece las referencias cinematográficas en un blog literario.
21. Escribe furibundas cartas a los críticos... “¡Y usted qué se ha creído, imbecilazo!”
22. Memoriza las referencias literarias en el cine.
23. Emplea sus títulos favoritos como contraseñas en los sitios web.
24. Una vez que se mira decepcionado por ellos, estigmatiza a sus autores más queridos.
25. Diariamente alimenta un blog literario.
* Fuente: un profundo e incriminante examen de conciencia.
[Publicado el 15/10/2007 a las 10:00]
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Pues sí, me contradigo. Creo además que tal es el trabajo del narrador, que a diferencia de políticos e intelectuales reclama su derecho a la incongruencia, ya que sin él difícilmente podría hacer lo suyo. Hay por supuesto quienes tienen por orgullo haber pensado siempre lo mismo, pero algunos creemos que ello implica pensar sólo una vez, y a partir de ese punto ya sólo autocitarse. ¿Qué es cool y qué cursi? Temo que la respuesta a tan vana pregunta es susceptible de modificarse cada cinco minutos, pues nada como el tiempo cambia la forma y percepción de los estándares. Lo que hace pocos años parecía ingenioso no ha tardado en hacerse lugar común, y lo que era meloso cualquier día despierta convertido en clásico. ¿Qué sería de Travolta sin Tarantino? Pero si el tema son los estándares, me permito acudir a uno muy personal, que ante algunos me exhibe como kitsch y a mí me da el placer de desafiarlos: ven a mí, Linda Ronstadt.
Antes de ella, poco o nada sabía de estándares. Tenía un álbum de Billie Holiday, escudado en el dato de que había sido heroinómana y eso la hacía so cool, pero la aparición de Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald en mi vida hasta entonces gobernada por Pixies y Banshees, me dejó una profunda comezón por los hermanos Gershwin. Y en eso me topé con For sentimental reasons, aquel álbum donde la linda Linda interpretaba no sólo a George e Ira, sino también a Rodgers y Hart. De los cuales sabía poca cosa, exceptuando que Lorenz Hart había muerto víctima de un alcoholismo tenaz y ambos eran autores de My Funny Valentine, cuya versión en labios de Nico ya desde entonces me sacaba las lágrimas. No bien cayó en mis manos, me fui a vivir al disco de la Ronstadt.
No pude dormir, ni quise dormir, cuando Amor vino y díjome que no debía dormir, rezaba otra canción de Rodgers y Hart, y mientras mis amigos le vendían el alma al grunge, yo me movía de la escena merced a unos audífonos que me llevaban tan lejos de allí que tardaría algunos años en volver. Cierto es que en ese lapso Linda se aprovechó de mí, aunque jamás tanto como yo de ella. Según los oficiosos anticursis que a menudo me criticaban de sólo ver una de las portadas de las tres joyas que la Ronstadt grabó con la orquesta de Nelson Riddle —nunca las escuchaban: alguien podía verlos— me había convertido en poco menos que un degenerado, y muy justo es decir que tales opiniones me honraban y envanecían igual que alguna vez lo habían hecho las de mis mayores ante las epatantes portadas del duque Bowie.
¿Qué necesidad tenía una cultivadora consumada del country de meterse a grabar estándares? La misma que después la llevó a convertirse en una extraordinaria cantante de ranchero, asumiendo en cada aventura riesgos tan grandes como pródigos serían los frutos. ¿Cómo entonces no verse en idéntico trance cuando alguien se extrañaba de que uno considerase tan cool lo que un día, siguiendo a la manada, se atrevió a etiquetar como cursi? Para más y mejor confusión, quienes se miren escandalizados por la osadía retro de la tremenda diva bien harían en asomarse a lo que una ultracool como Amy Winehouse ha hecho con la Ronstadt y su antiquísimo You’re No Good.
Fuera definiciones: ninguna sirve cuando se trata de saltar la barda y averiguar lo que hay del otro lado, no sin la excitación de quien teme ser reprobado por los otros; un premio inmerecido que siempre se agradece, pues tiene la virtud de aumentar el placer de dar el salto. Escribo estas palabras escuchando la voz de Nnenna Freelon cantando una versión de esa misma ‘Round Midnight que en un día dichoso redescubrí por intermedio de la intrépida Linda. Esto es, por estrictas razones sentimentales. Mismas que hasta la fecha me siguen visitando y a veces me convencen de escribir una carta de amor. Que es justamente, creo, lo que acabo de hacer.
[Publicado el 11/10/2007 a las 11:08]
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