Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

jueves, 28 de agosto de 2008

Blog de Xavier Velasco

Negocio para viudas

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Nancy es una mujer como tantas otras. Viuda y desamparada, debe aplicarse a fondo para sostener a los suyos. Ello incluye aceptar la inminencia de riesgos y peripecias cotidianos, como vivir un poco a salto de mata y eventualmente verse obligada a prender fuego a su propia casa. Cualquier cosa con tal de sostener el negocio familiar, que en el primer descuido bien podría venirse a pique, con todo y la esperanza de sus seres queridos. Nada conmovedor, a fin de cuentas, si tomamos en cuenta que es un negocio tan ordinario como lucrativo. Otros en su lugar usan pistolas y pistoleros; Nancy tiene un encanto personal que la hace ver desprotegida, frágil y apetitosa, de manera que nadie se atreva a suponer que su oficio consiste en proveer a su comunidad de marihuana.

     Weeds, se nombra la serie. Lleva tres temporadas y ya inició la cuarta, si bien su difusión es limitada. Para verla en el territorio mexicano, donde los traficantes de drogas no pueden aspirar a tanta fotogenia, es preciso comprar los dvds o suscribirse a larga distancia y plantar tres antenas de diversos tamaños en la azotea. Gracias a ellas, cada semana asisto a la vida de Nancy con una honda codicia de risotadas. Hoy mismo, mientras vuelo hacia el sur del continente justo cuando se está transmitiendo el capítulo cuarto de la nueva temporada, me tranquilizo bajo la expectativa de que la lluvia no haya echado a perder la señal y Weeds se haya grabado como Dios manda. A estas alturas, antes puede faltarles el material didáctico a los clientes de la buena de Nancy a que uno se quede un lunes sin Weeds.

     Es de creerse que si Weeds se transmitiera en México, pocos ingenuos tomarían en serio esa guerra a las drogas que por lo visto las leyes norteamericanas preferen librar en otros territorios. ¿O es que alguien se interesa en refundir en la cárcel a una pobre viuda y arrebatarle su modus vivendi? Capítulo a capítulo, Nancy Botwin va reduciendo las aristas de su ingenuidad y relajando esos viejos conceptos según los cuales ciertas cosas no deberían hacerse. ¿Cómo evitar entonces relajarse con ella uno mismo, si lo que menos quiere es que la atrapen y hasta se alegra cada vez que las ventas se elevan y la ve celebrarlo con la satisfacción del deber cumplido? Weeds es de esos programas indispensables que hacen de cada televidente un cómplice.

     Hasta el final de la tercera temporada, cada nuevo capítulo permitía una diferente banda sonora, con la misma canción -Little boxes, se llama- interpretada cada vez por diferentes músicos. Asistimos después a la vida cotidiana de Agrestic, una comunidad californiana donde ya se iniciado el proyecto de convertirla en un fraccionamiento nombrado Majestic. Nancy, con sus dos hijos y un cuñado más o menos disfuncional, va haciéndose de proveedores y clientes, amparada por esa bendición celestial que en teoría protege a las viudas desamparadas. A todo esto, valdría añadir que Judah, el marido fallecido, desempeñaba en vida un oficio íntimamente emparentado con el que ahora sostiene a su familia: agente federal de narcóticos. ¿Qué clase de infraespíritu mezquino se atrevería a sospechar de la viuda de un hombre de la D.E.A.? ¿Quién creería que su hijo adolescente distribuye la mercancía con tremendo éxito, ayudado por una novia fanática cristiana que a su vez se la vende a su comunidad de iluminados?

     Hoy día, con Agrestic-Majestic consumido por las llamas, Nancy y los suyos se han refugiado en casa de su suegro, cerca de la frontera que va a dar a Tijuana. Asociada con una banda de mexicanos, Nancy comienza a ir y venir por ella con cargamentos progresivamente comprometedores, mientras la policía comienza a ubicarla. Debemos de ser muchos, millones tal vez, quienes oramos para que no la agarren.

[Publicado el 09/7/2008 a las 20:49]

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El día del Matador

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Pasa cada año, entre el final de junio y el principio de julio. Llevo una doble vida en el nombre de Wimbledon: seis o siete horas diarias de tenis compulsivo. Nunca es lo mismo ver los juegos a partir de la segunda semana que comenzar desde el primer lunes, como quien zarpa hacia un destino secreto. Cuando al fin llega uno a las semifinales, puede decir que ya comparte tanto el cansancio como el hambre de tenis de los que quedan. Sólo que este año ha sido diferente, por decir lo menos. Como bien lo explicó el cronista Bud Collins a mitad de la edición 2008: parecería que un par de jugadores celebraron su fiesta particular e invitaron a ciento veintiséis amigos a hacerles compañía. Nada más.

     A diferencia de los otros años, cuando se emocionaba uno imaginando que en un golpe de suerte cualquiera podía ganar, los cierto es que esta vez algunos -¿la mayoría, tal vez?- no hemos logrado hacer cosa mejor que esperar la final inminente de Nadal contra Federer, y entre tanto entregarnos al deleite de la especulación precoz, al igual que cada uno de los comentaristas de la televisión. Nada que quiera uno dejar de hacer cuando ha caído la noche en Londres y en México no han dado las cuatro de la tarde; ya por la noche, apenas conseguía despegarme de los anchos resúmenes del Tennis Channel, con el pretexto cierto de que al día siguiente por la mañana tenía nueva cita con la transmisión de ESPN. No había que ser experto en la materia para saber de cierto que algo bien grande estaba por ocurrir.

     Como cualquiera que conozca su juego, admiro la elegancia perfeccionista de Roger Federer. Su modo de plantarse al centro de la cancha, obligando a los otros a orbitar en torno a su zona de confort. Esa ecuanimidad envidiable que le permite jugar con el cerebro frío. El inmenso catálogo de golpes y posturas que le hace propietario natural de cada metro cuadrado de la cancha. Sus maneras aun más caballerescas que caballerosas. Me gusta así de Federer todo aquello que, temo, me es inalcanzable, ya no en el tenis como en la vida misma, igual que no me queda sino mirar de lejos a la luna. Por eso fue que hoy, como hace uno y dos años, y obviamente en las últimas cuatro finales de Roland Garros, mi favorito ha sido siempre el monstruo.

     Matador, le han llamado algunos periódicos ingleses. Otros, más específicos, lo apodan Carnicero, de seguro por esa intensidad demoledora que hace de cada punto que juega una gesta de dimensiones heroicas. Algunos, incapaces de heroísmo, miramos hacia allí y no podemos invitar la identidad profunda de los que creen que vida sólo hay una y hay que exprimirla a toda hora, a como dé lugar. A gritos, a pujidos, a la fuerza. Esta vez, lo he seguido a lo largo de seis juegos, en los cuales descuartizó a sus oponentes sin encontrar más que fugaces resistencias. Beck, Gulbis, Kiefer, Youzhny, Murray, Schuettler, no más que meros trámites para llegar al juego del domingo. Ninguno suficiente para quitar del todo la comezón por ver al Matador pelear en la final como sólo él pelea. Monstruosamente, pues.

     Quien haya estado frente a la televisión durante toda la final de Wimbledon sabrá conmigo que no hay forma de contarla. Jamás antes vi nada parecido, ni siquiera entre ambos protagonistas. Según John McEnroe, en su papel de insuperable cronista televisivo -ya en Roland Garros narraba las intervenciones de Nadal con pasmo y reverencia-, se trata del mejor partido que alguna vez presenció. Una de esas batallas que lo llevan a uno de paseo por multitud de sentimientos y emociones inefables, al punto que a partir del final del tercer set ya no puede parar de gritarle a la pantalla. Mil perdones, Rod Laver, Bjorn Borg, Peter Sampras: tampoco creo haber visto antes a un tenista de ese tamaño, menos aún a dos.

     "Lo intenté todo", ha dicho Federer al recibir la charola del segundo lugar. "Gracias", exclama McEnroe desde la cabina. Luego lo hace ante Federer, a un lado del pasillo, recién devuelto de la cancha central, con los ojos llorosos que a uno también le duelen porque nunca quisiera ver perder a un jugador de esta categoría -inaugurada a solas por él, compartida hoy con Rafa Nadal-, menos después de una batalla así. "Para ganarle a Federer tienes que ser Nadal, corretear por la cancha como conejo y tirar winners desde todos los ángulos", había declarado Marat Safin antes de su partido semifinal.

     Han pasado diez horas desde entonces y todavía no sé bien lo que vi, pero me queda claro que muy difícilmente volverá a suceder. Qué razón tuvo McEnroe en recordar lo afortunados que somos por haber visto todo lo que vimos. Han pasado diez horas desde el último golpe del Matador y todavía me queda la carne de gallina.

[Publicado el 07/7/2008 a las 10:25]

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Escape de Nahualópolis / y VIII

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VIII. ¿Alguien dijo jaqueca? 

Puede que cielo sea más inspirador, pero cierto es también que alguien dentro de uno resucita cuando al fin vuelve a ver el suelo. Caminar por la alfombra libre de trebejos, tenderse y retozar en ella con los canes, abrir los párpados para estrenar el miércoles y contemplar, todavía con pasmo e incredulidad, el paisaje del territorio liberado. Probar el viento fresco que sopla desde dentro del cerebro, asumir que hasta ayer cargué aquel tiradero sobre los hombros, preguntarme cómo lo pude soportar, recordar que uno siempre es más fuerte de lo que creía y sospechar, de paso, que poco o nada le fortalece más ni mejor que sus debilidades.

     Una debilidad es como un personaje. Nos fascina, en principio. Le otorgamos confianza y crédito sin límite, como a ese nuevo amigo que se ostenta capaz de volar siempre gratis. La miramos crecer, embarnecer, engordar. Creemos por capricho o terquedad que es la misma de siempre y no se empeña en controlarlo todo. La soportamos y la defendemos, aun si ella persiste en ser ingrata y responde con esos golpes de soberbia que erosionan toda probable nobleza. Hasta que llega la hora de sacar el chicote, o la soga, o la espada, y mostrarle a ese coco quién manda en este coco.

     (Coco: pocas palabras hay en tal modo compactas y versátiles. Una fruta, un árbol, una cabeza o un golpe en la cabeza. Coco es también la némesis a la que en teoría no podemos vencer; o el nahual invocado por las dominanas para espantar y extorsionar a los niños pequeños a su cargo; o el infeliz que se complace inhalando ese polvo antipático y prepotente sabiamente apodado caspa de Satanás. Es asimismo sobre la superficie frontal del coco que a los cuernos les gusta crecer, por no hablar de la inmensa cantidad de chamucos que caben dentro de él, cómodamente. No es, pues, casual que se abuse del término. Haber decapitado a uno o más nahuales, inclusive con lujo de sevicia, no lo exime a uno de la sabrosa tentación de volver a invocarlos. ¿O acaso serán ellos quienes se hacen llamar, tal como alguna vez se hicieron querer? Lo cierto es que ni muertos se hacen del rogar.)

     Esta mañana, no bien di un paso afuera de la recámara amplia y despejada, noté que una manada de diablos rencorosos, a los que masacré durante la víspera, se lamía las heridas en las otras recámaras, donde el nahual del caos hace tiempo fundó sendas repúblicas, según él soberanas. Mismas que, según yo, quedarían despejadas días después; promesa tan dudosa como la inviolabilidad presunta de los Diez Mandamientos. Entre tanto, temíme, los nahuales mantendrían la recámara en riguroso estado de sitio, cada uno con decenas de monstruos habilitados como perros de presa.

     ¿Que esperaban? ¿Que huyera o corriera a postrármeles? Escapé, desde luego, pero no a la velocidad bastante para perdérmeles, sino a la suficiente para hacerme seguir por ellos como un flautista medio taciturno. Quería que creyeran que les temía tanto como a mí mismo, que al final soy el que los trajo al mundo. Salí, pues, al balcón, resuelto a acomodar la parafernalia. El tapete, la silla reclinable, la sombrilla por si salía el sol; luego el control remoto, la pluma, el cuaderno y un gin-and-tonic a manera de provocación, nacido de una mezcla macumbera de Tanqueray Ten con Bombay Sapphire. Una vez instalado frente al parapeto, con la barranca a un lado, la ciudad al frente y varios gangs de pájaros intercambiando trinos, procedí a oprimir play y subir el volumen.

     (Es una canción vieja de Paul Williams, cuyo protagonista escribe una cantata, y para conseguirlo abre las puertas del coco a cada uno de los héroes y villanos que alguna vez ha sido. Demonios que me perturban y los ángeles que no sé como los vencieron: entren todos en mí ahora. Habré visto aquella película sobre el diablo plagiario, dirigida por el también plagiario Brian De Palma, un mínimo de diez veces. Las últimas, quizás, sólo por escuchar la voz chillona de Williams practicándose un lujuriante endorcismo.)

     Los llamé uno por uno, con el coco repleto de trampas para osos y un orden por lo pronto impecable. Ya podía el demonio del caos resucitar, reproducirse, regresar equipado con los más variopintos semblantes, que llegando a mi coco enfrentaría tantas catapultas y ballestas como pelos tuvieran todos sus monstruos juntos.

     "Nombrarlos es dominarlos", reza, según recuerdo, una línea de la novela de A.R.S. * que bastaría para explicar al propio tiempo la urgencia de invocarlos y la muy relativa utilidad de combatirlos. Aunque lo cierto es que, como espero que haya quedado claro, no los enfrento en nombre de un objetivo edificante y comedido, sino entregado a la quimera obsesiva de construir algo enteramente inútil y ojalá de algún modo indispensable. Algo superfluo como la cola de un demonio y elemental como su cornamenta. Algo igual de tramposo y casi tan temible. Algo que me permita echar abajo el mismo título de esta historia y no ser yo quien huya de los nahuales, sino ellos quienes corran despavoridos.

     De siempre los conozco, hatajo de granujas. Son los mismos que merodeaban mi cama y me hacían gritar a media madrugada. Los que entraban por las rendijas del salón de clases, ávidos de lunáticos en ciernes, argonautas mentales y dispersos a ultranza. Los que después prendían fuego a la cama donde el deseo hacía huir al sueño y éste volvía trayendo a rastras al amor. Nahuales todos, claro. Vengan pues, ya les digo. Vengan y jódanme la vida a cornadas, confúndanse con cuantos querubines quieran, copulen aquí dentro de una vez, aterricen y atérrenme, que ese es el juego. Cuando ya no tolere la temblorina, tendré que deleitarme en degollarlos.

Epígrafe tardío injertado en epílogo.

"Cabe la posibilidad de que constantemente en las conversaciones más ordinarias que sostenemos, aparezcan pronunciados sus nombres; al enunciarlos sin saberlo, sin la voluntad de exorcizarlos, los estamos invocando, los acercamos a nuestra boca.  Así pudiera ser que obsesiones como las del goloso, el lujurioso y el avaro se nutran específicamente, y a la callada, del solo hecho de hablar una lengua.  Cabe otra posibilidad, más atroz, si es pensable:  que una vez que conociéramos sus nombres, el lenguaje se suspendiera de una vez por todas, los demonios quedaran exorcizados y los hombres cayéramos en la mudez extrema por el solo hecho de que eso que llamamos la lengua hablada fuera simplemente la imposibilidad de nombrar a los demonios."

Jaime Moreno Villarreal, en torno a
* Los demonios de la lengua,
de Alberto Ruy Sánchez.

(Ilustraciones animadas a partir de las originales de Albert Dubout.)

[Publicado el 03/7/2008 a las 11:34]

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Escape de Nahualópolis / VII

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VII. Cállate y decapítalo. 

El demonio del caos dispone de una sola arma letal: su desmedido poder de intimidación. No es un diablo muy fuerte, en realidad, pero uno insiste en verlo corpulento. O lo que es igual, en verse a sí mismo como un pobre alfeñique en su presencia. Durante un tiempo ridículamente largo, contemplé las montañas de libros y papeles y demás elementos autosaboteadores como un problema que me superaba en tamaño. No era que lo pensara, sino peor: lo asumía. Semana con semana, conforme iban creciendo las cordilleras, encontraba más fácilmente las coartadas ideales para dejar las cosas como estaban. O sería que ya cualquier pretexto me alcanzaba. Una vez que consigues relajar los estándares hasta que propiamente desaparecen, no hay excusa mejor que la falta de excusas. Soy así, acepta uno, qué más se le va a hacer.

     Ahora bien, algunos mortales cambiamos de opinión por cuestiones de higiene. Sólo eso me faltaba, díjeme una mañana, tener que suscribir mis ideas de ayer, si ahora mismo tengo otras recién cocinadas. Esas cosas le mueven el tapete a los demonios, habituados a siempre ser ellos los que le hacen a uno mudar de parecer intempestivamente. No bien me vio pararme a las nueve de la mañana (de un salto, para impresionarlo), hacerme con un par de refrigerios y trepar por las faldas de la primera montaña de papeles, el demonio del caos se me colgó del cuello, zalamero. Acto seguido, se esmeró en recordarme cada una de las dificultades que entrañaba el empeño insostenible de hacer de aquellas sierras planicies. Nunca vas a acabar, sentenció, tal vez sin calcular que no estaba logrando más que desafiarme. No suena verosímil, pero es verdad que ciertos demonios se pasan de ingenuos.

     Ay de quien ose creer que estoy contando aquí una historia edificante. Guerrear contra un demonio sobrealimentado no es más que un acto crudo de supervivencia, nacido de la súbita y airada convicción de que el pueblo es muy chico para los dos. Pero antes de eso hay que elegir el campo de batalla. Es iluso creer que al demonio del caos se le puede vencer en sus dominios, donde cualquier iniciativa en su contra parece una proeza irrealizable, cuya sola mención podría despertar -furibundo, se entiende- al demonio tenaz de la pereza.

     -Una cosa es estar dentro del caos, y otra muy diferente que él esté dentro de uno -me arengué, enfrente de él, mientras entresacaba tres meses de periódicos y los acomodaba cronológicamente, en pilas verticales que a partir de los treinta centímetros de altura comenzaban a proyectar una angustiante ausencia de desorden. Para un observador, el desmadre imperante habría evidenciado la superioridad indiscutible de mi enemigo, pero dentro del coco le estaba ganando. En mis meros dominios, qué carajo.

     -"Somos irresistiblemente arrastrados hacia ese estado cuasiorgiástico que se crea a partir de la muerte y la destrucción. Está en todos nosotros. En él nos deleitamos" -declara gravemente el demonio del caos, de pie sobre dos pilas de periódicos. Lástima que no sean ideas suyas: se le olvida que vimos juntos la película (las comillas son mías, con perdón). Waking Life, se llamaba. Una pequeña joya de animación rotoscopiada. En la escena de marras, un bonzo de ocasión diserta sobre el caos mientras llena de gasolina un garrafón.

     -"Decirle sí a un instante es decir sí a toda la existencia" -cito a mi vez. De la misma película, para exhibirlo.

     -"¿Cuál es la más universal de las características humanas, el miedo o la pereza?" -cita de vuelta, ya con cinismo y hasta pedantería.

     -¿Tú qué crees, que me tienes medio muerto de miedo, o que me mediomata la hueva de humillarte? -sin otras citas para contraatacar, no me quedaba más que ponerme sardónico.

     -Lo que creo es que tienes que rematar la historia, y ya se te hizo tarde para seguir peleando -encima me lo dice tronándome los dedos.

     -¿Que tengo yo que qué? ¿Desde cuándo un guarrazo con ese aliento de albañal me dice dónde tengo que acabar? -no lo puedo evitar, mientras peleo con el diablo caótico brinca detrás de mí el de la soberbia. No sé por qué en los cuentos se aparecen los diablos de uno en uno, cuando en la realidad trabajan en equipo.

     -Tú lo dijiste, idiota. El final del capítulo anterior anuncia claramente: próximo desenlace. Si lo cambias ahora, vas a acabar trayendo agua a mi molino -¿de modo que llegaban los insultos? Con permiso, pensé, ya se van los escrúpulos.

     -¿Al molino de quién, perdón? -repuse, al tiempo que me levantaba, y antes de que pudiera sobreponerse al súbito terror a verme una vez más cambiar de opinión (y entonces someterlo a un capítulo entero de vejaciones), alcé la espada de mi propio capricho y de un solo sablazo le corté la cabeza, como con ganas de mostrársela al pueblo. Ahí tenía, por fin, su desenlace. El final de esta historia podía esperar.

 

     Muerto el nahual, ¿qué se hace con los monstruos?

     ¿Cuáles son las secuelas conocidas del clásico exorcismo jacobino?

     ¿Qué destino le aguarda al malagradecido que se lanza a la cacería de sus propias brujas?

     Próximo final: VIII. ¿Alguien dijo jaqueca?

[Publicado el 01/7/2008 a las 10:25]

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Escape de Nahualópolis / VI

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VI. El festín de los instintos.  

Es más fácil meter a un centenar de monstruos en cintura que expulsar a un demonio del reparto; pero antes los echa uno a todos a la calle que meterse en cintura a sí mismo. Si los monstruos descienden de los demonios y los demonios vienen del interior convulso de la conciencia, debe entenderse así que no hay demonio más poderoso y temible que aquel que se ha encargado de cuidar y alimentar a tamaña manada de alimañas. Pero qué hacer, si a uno también le gusta tener sus animalitos, y eventualmente sacarlos a pasear. Vamos, no es que cosechen muchos amigos, menos con esos modos arrebatados, pero tampoco es cosa de tenerlos guardados entre catacumbas.

     -Deja eso y vámonos, antes de que se empiecen a soltar los monstruos -me advirtió aún a tiempo el diablo del capricho, no bien me vio peleando a solas y en total desventaja contra el nahual de la página en blanco. Ver perder las maneras a un demonio impulsivo y temperamental es tan sencillo como hacerlo esperar. Odia las antesalas, los preludios, las sobremesas, los paréntesis y las listas de espera. No comparte, ni entiende, ni soporta argumentos independientes de su comezón.

     Habemos quienes no sabemos conducirnos en la autopista recta del deber sin tomar unos cuantos atajos entre las numerosas brechas del capricho. ¿Cómo es que una vereda sinuosa y empedrada puede llegar a ser más expedita que el camino pavimentado y sin curvas? He ahí el poder secreto del capricho, cuyas antenas captan y traducen los mensajes cifrados del instinto que a la razón le pasan de noche. En su carácter de necesidad ilegítima, se asemeja el capricho a esas relaciones subrepticias que cualquier día despiertan exigiendo derechos patrimoniales. ¿Quién quiere ver la clase de monstruos que se desamarran una vez que se enoja el diablo del capricho y salta de las matas un tropel de pasiones indocumentadas, revanchas resurrectas y bestias cobradoras de todos los tamaños? Para qué iba a cantar el capricho, si no para que el mundo baile con él.

     Cuando muy niño, me gustaba bucear en la basura. A menudo regresaba a la casa cargado de papeles y cartones que había rescatado del basurero, intuyendo que luego me servirían quién sabría para qué. Me recuerdo chillando del berrinche cada vez que a uno de mis padres se le ocurría echar a la basura lo que a mi entender no era basura, sino pertrechos para actividades futuras. Caprichitos, decían, aduciendo que no me enviaban a la escuela para que un día me hiciera pepenador. ¿Cómo explicarles que ya desde entonces incluso mis caprichos más arbitrarios tenían una fuerza que ya hubieran querido mis mejores propósitos? En vista, sin embargo, de que esa costumbrilla de hurgar en la basura tampoco me granjeaba el éxito social entre los de mi edad, debí aprender a someter a los propósitos a la orden de ciertos caprichos fundamentales. Dotarlos de motor, ruedas y combustible. Cargarlos de basura recobrada entre los tiraderos de la memoria.

     De entonces hasta ahora, me sobran varios dedos para contar las veces que me ha jugado sucio el instinto, y me faltan cabellos para representar cada uno de los engaños de quien se presentó como el buen juicio. No me cuesta, por tanto, seguir la juerga con el diablo del capricho sin mirar ya el reloj, ni el mapa, ni la brújula. El capricho, me digo, tiene sus propios campos magnéticos. No sabe uno lo que hace cuando se encapricha, pero igual que los perros hambrientos aprende por olfato a procurarse eso que necesita, dondequiera que esté. ¿Malos instintos? Según opina el diablo del capricho, un aliado vital como el instinto sólo puede ser malo cuando funciona defectuosamente. Hasta donde recuerdo, mis mayores decían algo así de la basura que no era basura.

     Pelear contra el demonio del caos no es propiamente hurgar en el basurero, sino en el basural. De ahí, no obstante, a expulsarlo de la propia conciencia existe una distancia comparable a la que separa al analfabetismo de la erudición. Ya me verán cadáver y el demonio del caos apenas estará pensando en esfumarse, pero entre tanto me urge darle unas cachetadas. Ponerlo en su lugar, a él que tanto le irritan esas cosas. Y ya no por deber, ni pundonor, ni horror al qué dirán, sino por mero capricho guajiro. Se me antoja saber si como ronca, duerme. Se sabe, mientras tanto, que el cornudo caótico ha sobornado a todos los instintos, con excepción de uno: el de conservación. Será por eso que nadie sale sin él a un campo de batalla de los mil demonios.

 

     ¿Al demonio de caos se le mata, se le encierra, se le ahuyenta, se le orilla, se le quema, se le olvida?

     ¿Cómo se hace para vencer a un invasor que cada vez pelea en nuevos frentes?

     ¿Es factible mirarse cualquier día completamente corrompido por él?

     Próximo desenlace: VII. Cállate y decapítalo.

[Publicado el 27/6/2008 a las 10:53]

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Escape de Nahualópolis / V

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V. Trínchame a tu capricho.  

El del capricho es un diablo elegante. Seductor instantáneo, tirano intempestivo, hetaira ciclotímica, este demonio dandy se aparece como una urgencia del instinto, que sin razón que valga se declara renuente a seguir trabajando si no satisface uno sus nuevas exigencias, seguramente exóticas y un tanto improcedentes. ¿Cómo se las arregla el glamoroso malandrín para que uno se sienta libre y pleno cuando a la letra sigue sus dictados? ¿Por qué se adorna con tamañas ínfulas de independencia quien obedece al diablo del capricho? ¿No es él, y nadie más, quien besa a la doncella sin permiso y perpetúa la especie a costa del poseso?

     Hay quienes creen -con cierta envidia a cuestas, aunque a lomos de alguna ingenuidad alada- que el caprichoso es dueño de sus caprichos. Ja, ja, ja. ¿Es la pasión acaso mucho más que capricho? Verdad es que a menudo tilda uno de suyos a los caprichos que le soliviantan, mas ello es sólo para hacerse cargo de su cumplimiento (igual que se adjudica la propiedad del amor que le truena el chicotito hasta hacerle caer de bruces a sus pies). Una vez que el demonio del capricho ha irrumpido en escena para circunvolar los espacios obsesos de su víctima como la mosca que asedia la oreja, nada parece haber más apremiante -y, ojo, deleitoso- que mimar sus antojos y rendirse a sus arbitrariedades, que en adelante parecerán las propias. De poco servirá al encaprichado, en situación así de constreñida, confesarse a merced de un diablo veleidoso, toda vez que al chamuco en cuestión le complace ocultarse bajo las auspiciosas enaguas del ego. ¿Quién, que cabalgue a lomos de caprichos imperiales, va a tropezar en la guarrada victimista de confesarse pobre esclavo suyo?

     -Humildad, que le llaman los soberbios vestidos de piadosos -escupe, con notoria displicencia. Pocas cosas fastidian tanto al nahual posh como el mal gusto en el arreglo personal. Vamos, el mismo tufo a azufre que inevitablemente lo acompaña despide cierto aroma de Eau Sauvage Extrême, y él tampoco hace mucho por ocultar el alto rango de su indumentaria.

     -¿Siempre usas trajes Boss, Demonio del Capricho? -se lo digo acentuando las mayúsculas, no sé por qué me sale lo obsequioso cuando se me aparece este fantoche.

     -Siempre que se me antoja, nada más. Y si no te parece, hazle como quieras -ya conozco sus celos. Suele ponerse así cuando sabe que vengo de tratar con un hada.

     -¿No te da gusto que por una vez sea yo quien te procura? -Dios mío, qué papelón. Las cosas que hace uno por huir de la rutina...

     -¿Dios tuyo, ¡yo!? -sonríe al fin, con esa autoridad perdonavidas que hace de cada rictus un imperativo, como refocilándose en mi rubor, al tiempo que lo miro y me propongo detener la máquina indiscreta de mis pensamientos (impresos, a sus ojos omniscientes, a 120 puntos en Times New Roman)- ¿Crees que no he percibido que me tachas de fantoche, justo cuando pretendes postrárteme? ¿Olvidas que mis peores defectos serán también los tuyos, y sólo tú tendrás que responder por ellos?

     -Eso ya suena a crítica literaria.

     -¿Qué esperabas? ¿Que no pasara de la narrativa? Mi trabajo no quedaría completo, ni mi oficio sería así de entretenido, si además de orillarte a hacer lo que haces no empujara a los otros a juzgarte por eso. Soy un demonio, al fin. Te prefiero en la horca, y si es posible luego en el infierno. Y lo más divertido es que para salvarte necesitas primero obedecerme. Debe de ser mortal eso de ser mortal.

     -Lo es, mi querido aliado antojadizo. Razón de más -ahora elevo la voz, con una suerte de solvencia argumental que delata su pronta asesoría telepática- para ponernos juntos al mando de la nave y arremeter contra el demonio hueco de la página en blanco.

     -No tan rápido, Champ -levanta el dedo índice mi sponsor, con la clase de ritmo sugestivo que distingue a los diablos de mucho mundo-. Espero que no esperes que yo te garantice que me voy a amafiar con un mortal para armarle la guerra a uno de los míos.

     -Y espero que no esperes que yo espere que guerrees conmigo contra uno, sino una infinidad de cornudos entrinchados, aunque ninguno de ellos mejor vestido que tú. Tendrías que ver las fachas con las que anda el demonio del caos por la vida.

     -¿No por casualidad esperarás capitalizar la escandalosa envidia que me tienen esos, excuse my french, pinches gañanes imbañables?

     -No es que espere, es que me florece la Real Gana que así sea. ¿Y?

     -That's my boy! -levanta el puño, pega un golpe en la mesa y me mira con simpatía embarradiza; juraría que el azufre le brota como lava de ambas córneas. Esperemos que no sea una hepatitis.

 

     ¿Usa brújula o mapa el nahual del capricho?

     ¿Qué esperar de unos cuernos, que no sea una cornada?

     ¿Cuántos antojos entran en una misma juerga?

     Próximamente: VI. El festín de los instintos.

[Publicado el 24/6/2008 a las 06:22]

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Escape de Nahualópolis / IV

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IV. En el fondo están las formas.

Cuentan que la rutina no tiene fondo, y que sus formas son un tanto difusas. Aseguran que uno se diluye en ella como el veneno en los flujos vitales, y que más tarda en ser uno con ella que en darse a corromperla sin mas tregua o recato que el oficial cuidado de las formas. Cada vez que uno ingresa en nuevos cautiverios, se le informa de cuán estrictas son allí las rutinas: patrañas, casi siempre. El fantasma de la rutina no soló es corruptible, sino también profundamente corruptor. Uno acaba amafiándose con la rutina no porque sea obediente ni disciplinado, como porque no tarda en volverla su compinche, tapadera y secuaz. Ella acepta torcerse un poco a mi medida si yo convengo en moderar mis caprichos. Un tráfico penoso, según la experiencia. 

     Nadie que sea tan permisivo como Miss Ruth puede aspirar a disciplinar a quien sea, y todavía menos a quienes, aun armados de los mejores propósitos, vivimos gobernados por una minoría, de modo que sacar adelante un proyecto nos obliga no exactamente a moderar, sino a atender, privilegiar e inclusive mimar a los caprichos, esos parlamentarios independentísimos -más de uno entre ellos inflamado por cierta vocación de autócrata insular- que en muy rara ocasión reconocen otra soberanía que la suya y ejercen un letal poder de seducción sobre la voluntad, cuya fuerza de pronto se alimenta de ellos. ¿Cómo es que los soldados de la voluntad abandonan las filas de la rutina para unirse a las tropas mercenarias del primer capricho dispuesto a sobornarlas? Nada que no se explique si se toma en cuenta que a doña Ruth le basta con soltarse las fajas para perder las formas, y al propio tiempo hacérselas perder a sus adeptos. Lerda, tragona y burocratizada, el hada ofrece a sus seguidores un menú de compensaciones a largo plazo que incluyen sendas versiones económicas de paz de espíritu y estabilidad emocional. Una oferta atractiva para quien vive libre de caprichos mayores.

     Ser mediador entre rutina y capricho es tener que enseñarse a pelear cuerpo a cuerpo con la culpa, y después seducirla, envilecerla, anularla. Imposible ignorar la dosis de barbarie atrabiliaria requerida para tan arduos menesteres, pero ya en el transcurso de esta guerra descubrí que entre mis caprichos abundaba esa clase de caballero incorruptible que a ninguno se vende, pero a todos compra. ¿Quién me creía el hada de la rutina para esperar que moderara las exigencias de aquellos barones, afectados de formas especialmente rígidas y nada transigentes? No pretendo justificar mi actitud posterior, ni aligerar las culpas consecuentes con una confesión a destiempo, pero es verdad que la rutina fomentó, antes que combatir, un estado de anarquía licenciosa que acabó alimentando el caos imperante. ¿Está bien que una sosa como Miss Ruth, con tal de ya no ser tachada de rígida, baile en cueros encima de la mesa, en perjuicio del apetito de la tropa? ¿Qué moral de combate va a conservar un soldado de la voluntad cuando combate por una causa sin fondo, ni fondos, ni forma, ni formas? ¿Cómo seguir al mando de esta guerra sin antes dar la espalda a la rutina y volver a aquel puesto, todavía vacante y bien pagado, de ejecutivo de los propios caprichos?

     Quieren los obedientes y sus comandantes que a los deberes los veamos como ángeles y a los caprichos igual que a demonios, pero hasta donde alcanzo a distinguir unos y otros están dotados de alas, cola y sendos cuernos paralelos. En cuanto a demonología íntima, nada parece menos democrático que asignar a deberes y caprichos valores diferentes, con el pretexto amargo de que unos aportan los recursos y otros sólo se encargan de derrocharlos. Antes que obedecer al gobierno corrupto de la rutina, me entrego a los demonios del deber y el capricho, de forma que éste alcance el noble rango de aquél; y el deber, por su parte, despliegue el sex appeal del capricho. Ignoro si la fórmula funcione, por ahora me basta para escapar de los brazos del hada de la rutina. La veo venir lenta tras de mí, profiriendo amenazas y maldiciones. Al final saca cheques a mi nombre, me ofrece que sea yo quien ponga los ceros. Me grita que sin ella nunca voy a ganar la guerra contra el caos. Me da un poco de lástima, verla tan deformada y desfondada. Y todo, pobrecita, por no saber bailar.

 

     ¿Qué vale más, un demonio expedito o un hada burocrática?

     ¿Quién, que tenga caprichos insatisfechos, va a contentarse con el deber cumplido?

     ¿Cuál es el precio de formar pandilla con el demonio de los antojos?

     Próximamente: V. Trínchame a tu capricho.

[Publicado el 20/6/2008 a las 08:20]

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Escape de Nahualópolis / III

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III. Apuntes de alpinismo emocional. 

Hasta donde se ve, las rutinas sirven menos para alcanzar las alturas que para abandonar los agujeros. No es extraño, por tanto, que a la larga echen mano de las maternalistas artes del chantaje. Es costumbre, entre sus obedientes devotos, rendirse a su capricho redentor con tan avasallada sumisión que ya la mera idea de incubar por ahí un caprichillo propio que contradiga sus precisos dicterios parece poco menos que una traición de sangre. O poco más, quién sabe.

     Para mejor mandar en nuestros actos, la rutina crea la percepción de un precipicio negro que se abre más allá de sus fronteras. Se supone que basta con saltarse esas trancas una vez para correr el riesgo de nunca regresar, pero no están las cosas para supersticiones. Si he venido tras ella, poseído por este arrojo abochornado, no es pensando en subir piedras a la montaña, empeño meritorio, loable y decorativo, sino apenas sacarlas del agujero, quehacer a todas luces más sufrido y menos fotogénico. Según recuerdo, una de las promesas de campaña del demonio del caos rezaba: No se admiten rutinas.

     -El caos -exclamó Lady Ruth, con la vista en los cielos, como si se apiadase de mi candor- es también una rutina. La rutina del limbo, cuando las horas pasan como autobuses y sabes que a ninguno vas a subirte y las semanas se confunden con los meses y los años parecen estaciones. La rutina de los días idénticos que se sientan contigo a esperar el colapso, igual que otros esperan por sus trenes. La rutina de no enterarte qué pasa y esperar que por eso no pase nada. Aunque de menos te queda el orgullo de comer cada vez a una hora distinta, y si te da la gana quedarte sin comer. Eso es lo que proteges de mí, ¿no es cierto? Tu sagrado derecho a malograrte.

     -Perdona -interrumpí, ligeramente demasiado tarde-, pero tienes mala fama. Son demasiados los que se quejan de ti. Como si algo muy dentro se quebrara en el instante que uno recurre a tus auspicios. Lo que llaman venderle el alma al diablo.

     -Déjame adivinar. Tienes miedo de que te lleve a un lugar confortable del que podrías nunca querer salir.

     -Adivinaste. Menos miedo me da la zona roja que la de confort.

     -¿Y dónde estás ahora, zopenco? Hay quienes piensan que el gobierno despótico del caos otorga las mayores libertades. Puede que sea verdad, en un principio. Luego, cuando más cómodos están, se enseñan a creer que lo más natural es jamás tener tiempo ni espacio para nada, como no sea para crear más caos, y todavía osan preguntarle a una si trae prisa, que es lo que menos tiene quien trabaja conmigo. ¿No te da algo de pena describirme con el semblante de un himen y además los esfínteres apretados? ¿Pedir mi ayuda y caracterizarme con la caricatura de una guarra encuerada, peluda y adiposa?

     -Las hadas nunca son como son -me defendí, sin gran convencimiento- sino como las vemos. No cuenta lo que creen, como lo que uno cree.

     -La última vez que te propuse un trato -el desdén rencoroso de sus ojos me insinuaba el despecho mudo y, ay, rutinario que persigue a los labios malbesados- me dijiste que podías arreglártelas sin mi humilde respaldo.

     -Mea culpa -me di un golpe en el pecho, teatralmente-, creía que el infierno estaba hecho de rutinas, y aun ahora siento que necesito realizar un esfuerzo constante para no rechazarte con la primera excusa que se me atraviesa. Me preocupa, además, que puedan vernos juntos. Podrían pensar cosas, tú me entiendes. ¿Te importa si te niego, cuando se ofrezca?

     -Solamente si lo haces por triplicado y antes de que ponga el gallo -me desafió, con esa megalomanía evangélica de la que tanto abusan a los aparecidos. Reparé sólo entonces en que ya era de noche. Me era imposible verla, pero podía sentir el latir burocrático de sus ventrículos, y acto seguido relamerme los bigotes calculando hasta dónde la rutinaria dama esperaría de mí respeto absoluto, o tal vez lo contrario, por ventura.

     -Una cosa es negarte, y otra sería negarme -me rendí, ya en sus brazos pegajosos. ¿Quién sabría si no trepando por aquellas laderas escarpadas encontraba la piedra y la montaña?

 

     ¿Entiende Lady Ruth la sutil diferencia entre alcoba y mortaja, clímax y catalepsia, santos óleos y sacras secreciones?

     ¿Es un hada tan rígida como se cuenta, o tan flexible como será preciso?

     ¿Hay vida humana en el seno de la rutina?

     Próximamente: IV. En el fondo están las formas.

[Publicado el 17/6/2008 a las 11:33]

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Escape de Nahualópolis / II

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II. Llámame Ruth. 

No es cuestión de pereza, sino de principios. Proponerse pelear contra el demonio del caos es asumir, primero, que está uno metido en sus dominios, y en consecuencia no sabe siquiera por dónde diablos debe principiar. Los fundamentalistas aconsejan levantarse temprano y bañarse de inmediato, pero la práctica me ha demostrado que a esas horas agrestes basta con el cobijo del agua caliente para darse a desear con desenfreno el retorno al edén del edredón, y en un par de minutos proceder en friolenta consecuencia. De modo que termina uno resucitando ya demasiado tarde para apelar a ideas constructivas, y en cambio muy a tiempo para mirarse a tono con el caos reinante y declararse siervo de su capricho. Nada de fanatismos, me dije, así que comencé estableciendo que al día siguiente pondría manos a la obra no temprano ni tarde, sino a buen despertar.

     Para los que llevamos una doble vida, dormir ocho horas diarias es puerto inalcanzable. Inmerso en dos proyectos que demandan las horas más intensas del día y la noche, abro y cierro los ojos en horarios lo bastante disímbolos para ser cualquier cosa menos horarios. Otro punto a favor del demonio del caos. Imposible enfrentármele sin el concurso de viejos enemigos, como sería el caso del fantasma de la rutina, que tantas veces uno despreció en el nombre de sus derechos humanos. ¿La rutina... conmigo?, reculé, como si un hada oscura me empujara hacia el lecho de la bruja Hermelinda.

     -Ya deberías saber a estas alturas que un pleito con Don Caos produce extraños compañeros de gang-bang -disparó, al tiempo que se materializaba, mi recién adquirida hada matrona. Para quienes se jactan de ser tan cool que ni siquiera lo conocen de vista, el de la rutina es (digo esto en descargo de presuntas memorias selectivas) un fantasma de esfínteres algo tensos. En contraste con la sonrisa de malandro carioca que hace de Dom Caosinho un seductor nato, la siempre señorita Rutina tiene por rostro un himen de talante inexpugnable y grave; lo cual no la hace mucho más fea, pero subraya su halo de valquiria inflexible, para pesar de tantos perezosos. En sus labios, incluso la gustada expresión gang-bang tenía los ecos de una orden terminante al pelotón. O en fin, al pelotudo, que en su esquema tenía que ser yo.

     -¿Vienes con prisa o con sueño? -le cambié el tema, con un vago sentido del sarcasmo.

     -Más prisa tienes tú cada vez que no encuentras las llaves del coche, y de seguro me ganaría el sueño si tuviera que esperar a que aparecieran en medio de tamaño tiradero -disparó a quemarropa, con el resentimiento que desde muy pequeños experimentan los oficiosos hacia los morosos. Pero un indigno instinto de conservación insistía en prevenirme contra la posibilidad de enfurecerla y verme, en plena guerra contra Mr. Chaos, privado de una aliada fundamental.

     -¿Qué quieres que te diga? ¿ "No puedo vivir sin ti"? -desafié a Miss Ruth, aunque ahora que lo pienso no estoy seguro de haber aplicado correctamente los signos de interrogación. Puede que haya afirmado, más que preguntar. Tampoco me afané mucho con las comillas. En una de estas lo entendió como una declaración de amor, y en otra de éstas era así como yo quería decirlo.

 

     ¿Será verdad que desde ciertos ángulos, inaccesibles a las desorbitadas córneas del libertino estándar, tiene la señorita Ruth sus encantos secretos?

     ¿Qué tan sano es seguir guardando en la alacena los principios podridos, habiendo tantos fines perfectamente frescos?

     ¿Qué hacer para evitar que un hada matrona despierte convertida en hada matriarca?

     Próximamente: III. Apuntes de alpinismo emocional.

[Publicado el 13/6/2008 a las 10:54]

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Escape de Nahualópolis / I

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I. En caso de caos en casa. 

Hará un mes que le declaré la guerra. No es que lo viera débil o me sintiera fuerte, pues todo lo contrario, el demonio del caos me tenía perfectamente apergollado. Luego de varios años de ir invadiendo mis distintos espacios, pocos metros cuadrados le faltaban ya por arrebatarme. Tenía en su poder tres recámaras completas, más numerosas zonas de la mía, donde los montes de periódicos, libros, películas, cuadernos y álbumes hacían de cada búsqueda una excursión inmersiva por hondas y enlamadas lagunas mentales. ¿Qué hace esto aquí?, se dice uno búsqueda tras búsqueda, como si la botella de yoghurt que caducó al principio del invierno pasado hubiera conseguido escapar del refrigerador y luego camuflarse bajo cuatro cables, tres libros, una pila de copias fotostáticas, otra más de recibos, invitaciones y estados de cuenta de los que nunca quise acordarme, más dos controles inalámbricos, tres videojuegos, un psp, dos cargadores de corriente, la guitarra del wii, seis revistas iguales, cuatro instructivos diferentes y un número indeterminado de cintas de video digital que nunca etiqueté, seguro cada vez de que lo haría más tarde. En un ratito, pues.

     De pronto me pregunto cuántos ratitos de estos son necesarios para que suene la alarma principal, pero no los conté. Como eran pequeñitos, les di poca importancia, y ahora cada uno regresa a mí injertado en temporada, con un precio que así lo certifica. De sobra está contar que Mr. Chaos, soberbio como es cuando se ve en ventaja, se carcajeó de mi beligerancia.

     -¿Quién te ha dicho que puedes vivir sin mí?- repuso el adefesio aparecido, apenas se repuso del ataque de risa.

     -Hablas como si no supieras que eres mi hijo tarado. El caos que engendré porque así quise. Con esas ínfulas de dealer cósmico, cualquiera diría que llegaste antes que yo -lo atajé, al tiempo que tomaba uno de mis cuadernos y dábame a trazar un plan de ataque numerado.

     -¿Qué haces? ¿Una lista buenos de propósitos? ¡Cosita, que me vas a hacer llorar! -canturreó, con medido afeminamiento, y rompió en otra de esas risotadas a las que tan afecta suele ser cierta especie asquerosa de villanos sardónicos.

     -No es una lista de buenos propósitos -atrapado in caganti, mentí en defensa propia- y te ruego que tomes tu distancia. Cosita la más perra de tu casa, con todo respeto.

     -Ojalá que de aquí a treinta días sepas de menos dónde quedó tu lista. Pero como ya sé que una vez que la pierdas nunca vas a encontrarla, te anticipo que vamos a acabar riéndonos juntos. De la lista y de ti, ingenuote -dicho esto se esfumó, dejando tras de sí una de sus famosas humaredas, cuya sola absorción por los pulmones induce a placenteros y elásticos accesos de pereza autocompasiva. Antes de caer presa de sortilegio tan suculento, me dije que mañana mismo empezaría.

     No crean ustedes que vivo de espaldas al hecho de que Don Caos goza de buena prensa entre quienes alguna vez abrazamos estilos de vida alternativos, quién sabría si a falta de otra alternativa. Nada parece haber más cool que asilarse felizmente en el caos luego de haber librado, a lo largo de tantos episodios de pedagogía contraproducente, batallas desiguales contra los fundamentalistas del orden. Pero de ahí a cederle los controles y claves de la propia existencia al vándalo risueño para que la contrahaga a su capricho, media tanta distancia como la que separa a la inconformidad del terrorismo. Una cosa es llevarte bien con los borrachos y otra llevártelos a vivir a tu casa.

     Luego de pocos días de incubar esta raza de reflexiones inofensivas y autoerotizantes, entendí que no me iba a bastar con saber dónde estaba la lista -veinte puntos titánicos, cuya mera escritura resultóme tiránica-, pues el nahual igual se burlaría de mí cuando pasara el mes y, lejos de ganarlo, hubiérale cedido más y más territorio, inmerso en esa inercia de tiempos apilados sin conciencia. Con el pretexto cómodo de que tal vez así podría despistarlo, comencé por burlarme de mi lista. Menospreciarla, ridiculizarla, darle el trato que suelen recibir los ñoñotes propósitos de Año Nuevo. Humillarme delante de ese enemigo vaporoso a quien recién había desafiado. Ya después, cuando la marea bajara y el regusto de sus inciensos corruptores se desprendiera al fin de mi voluntad, encontraría la forma de burlarlo.

     Con el paso de algunas cordilleras de horas escarpadas y nebulosas, fui comprendiendo que la lista de marras era en tal modo fatua y autoritaria que acabaría por servir a la causa enemiga, pues como ya se ha visto la autoridad tiene un problema conmigo. Pero no iba a romperla como un principiante. No, señor. La dejaría ahí, limpiecita. Sin palomas, ni taches, ni asteriscos. Intacta como novia de difunto. A la vista de tan desfachatada negligencia, nunca imaginaría el coludo enemigo que en sus plenos dominios se ocultara un enclave de mi orgullo industrioso, alzado en armas en rigor secretas, y ojalá que también devastadoras...

 

     ¿Es, en efecto, el del caos nada más que un nahual mustio, colonialista y permicioso?

     ¿Qué tan cool te parece combatir con remilgos de beata-bien-reciente a quien sabe tu precio, tu vicio y tu sabor?

     ¿Es el de la rutina espectro preferible, y en tanto serán éstas las últimas tardes con pereza?

     Próximamente: II. Llámame Ruth.

[Publicado el 11/6/2008 a las 09:38]

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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