A pesar, sin embargo, de todo ello, un día, una mañana inesperada en cualquier lugar de la vivienda, sea junto a la cama o en las cercanías del sillón dentro del salón aparece quieto o moviéndose un borullo de pelusas. Saber cómo ha llegado esta sedosa inmundicia hasta aquí es el problema de segundo orden, el problema principal radica en que la pelusa ya se encuentra instalada en casa y corretea de una habitación a otra desde la oscuridad del espacio bajo el diván a la ancha pista que cubren las camas, desde uno a otro extremo del pasillo con una desenvoltura libérrima.
Esa pelusa que, de acuerdo a las estimaciones higiénicas, puede haber nacido precisamente desde el mismo interior doméstico acentúa con ello su efecto de asco y más cuando debe tenerse en consideración de que su naturaleza ha necesitado un tiempo suficiente, quizás largo, para llegar a la formación en que se encuentra. O lo que sería, dentro del horror, lo mismo: ha dispuesto dentro de la casa de un tiempo propio, libre y sin vigilancia para crecer a sus anchas y gracias a la dolosa desidia de la criada.
La casa se presenta pues como una estancia sin guardián, dejada a su albur en manos de nadie y abocada, por tanto, a cualquiera de las sevicias que fomenta el descuido y el desarreglo.
No una mancha en la tapicería, no un rastro de polvo en una repisa. Más allá de esos signos de incuria con que la encargada nos burla, la pelusa viene a ser la culminante seña de una dejadez sin paliativos ni pretextos. No será desde luego mucha la pelusa. No necesitará serlo. Basta que uno de sus tenues ovillos corra soplado por la corriente de aire que sigue al abrir un armario o al abanico de una puerta que gira para que sentir que la casa ha sido invadida y hasta tomada por estos volubles pigmeos.
Una pelusa no mata, ni hiere ni, probablemente, enferma, pero ¿quién puede comparar la aprensión ante cualquier patología regulada, por contagiosa que sea, con una pelusa que brotando sin causa aparente se libera en nuestro propio espacio y no hace posible conocer ni su tiempo de formación ni hasta dónde llega su enjambre.
Por cada cucaracha que vemos, se dice, hay diecisiete más que, ocultas entre los tabiques o la fontanería, nos acechan y que más tarde, cuando apaguemos la luz, salen de sus madrigueras para cubrir como una alfombra el suelo.
Las pelusas son, en cuanto estrategia de sistemas, de un orden parecido pero incluso suman a su proceder fantasma la idea de que viven aquí, como las ratas o los insectos, en virtud de la suciedad que reina en nuestro espacio doméstico.
Son como ínfimas nubes, leves manifestaciones de una mugre que de ser por completo invisible ha pasado al equívoco estadio intermedio, entre lo sólido y lo intáctil. Su repugnante ambigüedad se hace patente pero prácticamente nadie, exceptuando los laboratorios, se declara predispuesto para tomar entre sus dedos una muestra de esa roña.
Por una parte el borullo está formado por filamentos y celajes demasiado finos, todos de extraña procedencia, pero además entre ellos se enreda un cabello, dos o tres de diferentes longitudes, colores y cualidades.
Su formación evoca pues, observada en conjunto, las visiones radiadas de los tejidos más lábiles del organismo y también ella puede parecer el principio de un tumor en sí mismo.
Un ser, en cualquier caso, indefiniblemente autónomo y fácil de emerger en sitios donde previamente eran imposibles de detectar y menos asistir a su copulación y su consecutivo aumento de tamaño. En todo caso, no son, de acuerdo a su instinto de supervivencia, ni muy grandes ni muy pequeñas. Son, desde luego, menudas pero en un grado que responde justamente a la proporción que más inquietud genera y al asco que menos capacidad de consolación permite.
Su presencia, en suma, parece calculada para inaugurar un trasmundo de inmundicia o, exactamente, un cosmos preparado para exacerbar nuestro malestar y trasmutarlo en el origen del malestar mismo. En este diabólico bucle viven las pelusas. Provocan malestar a los seres humanos pero ellas mismas, como los vómitos, indican el malestar mismo del ser y los enseres. Vómitos de la suciedad casi impalpable pero ya poseída por fuerzas nefandas. De hecho, las pelusas, al movilizarse, toman siempre una dirección contraria a la que elegible por los seres puros.
No huyen sino que hacen torbellinos, no se esconden sino que se dejan ver azarosamente y sin el instinto del miedo. Causan estupor, desequilibrio pero ellas mismas son flores del estupor y el desequilibrio las rige. Irregulares, heterogéneas, insistentes pero livianas, obstinadas pero sutiles, las pelusas brotan, se multiplican o inesperadamente se desvanecen. Productos casi gaseosos de una suciedad pulmonar que las viste de una envoltura blanquecina y tal como sucede con los gusanos de la oscuridad que sin haber recibido la luz nunca salen a la superficie trasparentes.
[Publicado el 18/3/2010 a las 11:00]
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Efectivamente, respecto a la ya numerosa colección de enseres apoyados en la electrónica es un lugar común que al menos un par de generaciones todavía habitantes del hogar no conocerán jamás su proceder ni la secuencia de sus postulados.
Pero, además, si antes la radio o el televisor se consideraban elementos de los que jamás obtendríamos una explicación completa, han venido paralelamente a sumarse de una manera más cercana o casera, los ya habituales recursos del congelado o el de calentamiento a través del ya omnipresente microondas.
Tanto una como otra aportación las debemos al progreso de la física aplicada pero ninguna de las dos ha perdido todavía, como le ocurrió al televisor y a la radio, la relación directa con su invención y, en consecuencia, la resignación a no comprenderlos.
La física o el físico se hallan muy próximos en la cocina, a un paso del congelador y el microondas pero ni aún así damos hemos llegado a desentrañar su funcionamiento.
Puede aceptarse con toda razón que el prodigio de escuchar y ver una imagen producida a kilómetros de distancia constituya un avance muy superior, asombroso e incluso espantoso que el hecho proporcionado por un congelador, por ejemplo, pero en tanto el televisor no ha podido prescindir todavía de un sinfín de resortes internos, su complejidad nos libra de pretender hacerlos comprensibles.
Lo que sucede con el congelador, sin embargo, es de una naturaleza muy distinta, una naturaleza demasiado cercana y no ya tanto al dominio de los laboratorios tecnológicos y sus prodigios.
La congelación de los alimentos no es otra cosa que un asunto consistente en inculcarles frío y el frío, como el calor, pertenece al orden de las categorías más primarias u originales. Resulta asombroso ver en la pantalla el rostro de una persona ubicada en otro continente pero justamente por la magnitud del fenómeno miles nos decidimos a aceptarlo sin requerir su porqué.
Pero ¿y el frío? ¿Puede consumirse un alimento mucho tiempo después sólo porque se congele, se compre bloqueado y se guarde bajo cero? Los precedentes de esta tarea que realiza tanto el cajón comercial de congelados como el nicho del frigorífico deben hallarse entre los esquimales y los hombres de Cromagnon pero en el siglo XX, en España y países similares de Occidente, era usual que la totalidad de los alimentos, como cualquier cuerpo o fragmento corporal de ser vivos, se descompusieran o se amustiaran hasta su pudrición.
El congelador vino a instalarse pues, en nuestras vidas, como un riguroso salvador de kilos de carne o aglomeraciones de guisantes que de una manera insólitamente "natural" ya no morían con el criminal paso del tiempo sino que el paso del tiempo quedaba detenido "congelado" como se dice de los fotogramas en cine.
El pollo, la lechuga o el filete, en vez de incrementar su presencia hedionda que era lo habitual de su vida, en toda nuestra vida, vinieron a convertirse en una nueva especie de vivos cadaverizados, con un tamaño más o menos igual a cuando vivían y que si ahora se sumían sordos, inodoros y pétreos en su un sueño mineral era para protegerse de la muerte.
El helor los preserva de una muerte conocida y les aplaza esa pestilencia hasta una fecha cómodamente aceptable. Fecha fija o fecha de caducidad que ya ha quedado asimilada a la general ampliación de la esperanza de vida aunque simbólicamente la sensación no coincide del todo con esa concepción global.
Efectivamente, los alimentos ganan capacidad para ser consumidos a lo largo de un nuevo plazo pero ¿quién puede decir que no los consumimos igualmente muertos, igualmente cadáveres e incluso con la extraña lacra de acumular más frío en su interior.
Todo guisado, toda carne, toda sopa o pescado que se sirviera frío o en llegara a enfriarse en el plato perdía casi todo crédito para el paladar. Lo que se hace ahora mediante la congelación no es, de ningún modo inmediato, dar a comer lo congelado de lo congelado, el grado infinito del frío pero, sin duda, cada uno de los víveres ha debido pasar por el gélido túnel de la muerte bajo cero para emerger delante de nosotros. ¿Cómo degustar pues serenamente, despreocupadamente, esta especie de muertos revividos? ¿Cómo apartar de la imaginación el trance en el que han dejado la muerte natural detrás?
Toda el rechazo o incluso la aversión que durante años se ha dirigido a los alimentos congelados radicó en esta inoportuna experiencia de vida y muerte, criogenización y descriogenización a la plácida hora de comer. Con fundada razón se pensaba que toda la oferta alimentaria que hubiera atravesado las honduras del congelador no podría regresar a la vida con los mismos caracteres luminosos de antes, previos a esa tortura termal.
La congelación de los alimentos, además, no sólo retrasa la acción de las enzimas -sea lo que quiera que sean- que a una determinada velocidad destrozan la comida, sino que emprende una maniobra tan sagaz como cruel contra un innumerable enjambre de microorganismos al acecho.
Porque la congelación, el extremo incremento del frío convierte la gran proporción agua que contienen todos los alimentos de este mundo en materia cristalizada. En principio, el efecto del frío viene a ser su helor pero lo particular del congelado es la cristalización del agua que impide servir de medio esencial para los microorganismos que la necesitan para vivir y devorar. Con el paquete cristalizado los microorganismos no pueden penetrar, ni nutrirse por tanto de las esencias de la carne, el pescado o la verdura; quedan en consecuencia fuera de esa fortaleza de hielo y probablemente mueran o se congelen a su vez en espera de una descongelación general. Sea como sea los congelados que fueron hace unos años recibidos como pobres subproductos del ser principal han ido perdiendo mala fama porque a través de unos u otros métodos refrigerantes no sólo han llegado a ofrecer el color primigenio sino que, gradualmente, el sabor y el olor.
En definitiva, su consumo ha crecido hasta ser actualmente la normalidad de una mayoría en la alimentación. El producto fresco, sin congelar, es por el contrario la apreciada excepción. ¿Porque sepa mejor, porque tenga mejor vista? Los especialistas repiten que la diferencia no es fácil de establecer pero, sin duda, los alimentos frescos se prefieren porque no pasan por el túnel de la muerte para conservar la vida. Poseen la vida y la mantienen sin necesidad de prolongación como tristemente se ha de hacer en institutos y clínicas de vida para rejuvenecernos y devolvernos el color o incluso el hermoso aroma de aquel sudor.
[Publicado el 17/3/2010 a las 12:24]
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Efectivamente tratándose de un olor con origen en cada habitante dormido, no llega a oler igual en el cuarto de los niños que en el cuarto del matrimonio o de la criada.
Ese tupido olor que desprenden involuntariamente los habitantes de la casa es sin duda el olor más inconsciente, verdadero y auténtico. Puede ser tan difícil de soportar como otros tantos olores en la vigilia pero posee la peculiaridad precisamente de que se desenvuelve de modo que sobrevuela sobre los bultos dormidos.
En los contrastes entre el olor de un bebé y el olor de un adulto se lee el compendio de historias. Y no sólo alimenticias sino rastros de aventuras, dolores y placeres que el niño todavía no conoce o ha pasado por ellos. En estas dos clases de olores, el infantil y el adulto, se evidencia cómo si el olor infantil es resistible e incluso amable llega poco a poco a revenirse y a empeorar con el paso de los años.
De hecho la firma japonesa de cosmética, Shiseido, una de las mayores del mundo, lanzó hace años un perfume destinado a borrar ese venteo de la edad debido a la emisión progresiva del ácido palmoteico y le llamaron genéricamente en su propaganda el aging odor que ellos venían a tratar y anular con eficiencia.
Ese olor de la edad debido al ácido palmoteico empieza a sentirse poco después de los 30 años y va incrementando su presencia hasta hacerse una categoría miasmática inseparable de una persona con setenta. En ese largo intervalo se desarrolla la vida de la mayoría de los matrimonios que siempre, al despertar y simplemente por haber permanecido unas horas en el mismo lugar cerrado, dejan empapado el aire de su fetidez correspondiente.
Los muertos, en efecto huelen mal, pero muchos de ellos, inconvenientemente dispuestos para ser enterrados limpiamente, despiden una característica y muda fermentación que puede considerarse una silenciosa bandera de su muerte recién conquistada.
Las casas cuentan también con ese anticipo de la defunción en estos dormitorios de los seres adultos mientras que, por el contrario en el cuarto de los niños puede respirarse una atmósfera (¿bendita?) que acompaña a la felicidad o la candidez de haber estrenado hace poco la vida.
Ese olor que el niño desprende es, con toda probabilidad, una señal de no haber madurado todavía, una fragancia fresca que trae desde su reciente origen y que aún, como es lógico, no se ha pringado con la grasa de la muchedumbre.
Toda reunión de niños sigue produciendo un aire del mismo tenor que cada niño por separado, mientras que la masa de la muchedumbre aumenta los olores de los adultos puesto que entonces forman la grey, fatalmente unida a la miseria. Una grey de la que enseguida y naturalmente se alza un vapor envolvente, una mezcla de olor a cuerpos y ropas, una anulación de la bondad que la fragancia infantil transmite y una inmersión integral en el llamado mundo inmundo.
El mundo y su inmundicia se componen pues de esta fluencia creciente y que va dejando tras de sí como un combustible de la vida perdida. Aunque también, esa envoltura odorífera es la huella olorosa que la Humanidad va imprimiendo a lo largo de su propia Historia y que, en ocasiones, cuando consultamos un libro de siglos atrás se recobra como si de todo lo que fuera real sólo hubiera quedado la tactilidad del olor o bien que de toda aquella realidad sólo se hubiera salvado el corazón de ese hedor, al cabo tan rancio como obligadamente querido.
La pareja, en fin, se reconoce en la mezcla de ese olor matrimonial que se alza en el cuarto y presume que el resultado final llega del cruce sin luz de sus respectivos efluvios. Un cruce que sin duda viene a ser como la mezcla final de un intercambio sin planeamiento, moléculas que se han entrelazado y confundido en pleno sueño y cuando cada cual ha sido incapaz de retener su verdad y su inconsciente, llegados hasta el otro y viceversa.
La habitación se convierte entonces en un peculiar recinto de una unión demasiado exacta, unión que huele y cuyo olor asusta. Unión que se ha por su inevitable densidad indica el paso del tiempo y el espesor, querido o no, de los vigentes pactos de convivencia.
No se trata, y esto es relevante, de un simple olor sexual como a menudo desprenden los animales sino de una esencia compleja donde se recoge, además del sexo o el intestino, otras notas ilocalizables del cuerpo y quién duda que también del alma. En ese jeroglífico se encuentra, sin duda, la salud reinante pero todavía, con más ahínco, el perfil de la enfermedad y el entorno de sus suspiros. También la tufarada bronca de los ronquidos, la reunión de lástimas fugadas y todos las posibles cociembres que en el sueño bullen y danzan en el espacio exterior.
Cada mañana, pues, la habitación, las sábanas, las mantas o las colchase se orean coincidiendo con la presencia de los residuos nocturnos, decargas sin orden de la noche encerrada que ha repartido su quehacer por todas partes. Y lo ha hecho, además, en un grado que el aire fresco viene a sorber esa herencia y desvanecerla, repartirla infinitesimalmente sobre el aire del mundo donde simultáneamente el sueño de tantos otros va produciendo un semejante elemento natural, ácidos de diferentes composiciones convergiendo o no hacia el ácido palmoteico donde terminamos naturalmente palmando.
[Publicado el 16/3/2010 a las 10:42]
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Un hogar nuevo aporta una de las mayores y más intensas sensaciones de experimentar el privilegio de estrenar otra vida más. Y de este cambio supremo, capital, no se benefician necesariamente los mayores capitalistas o los ciudadanos más desahogados económicamente. El cambio de domicilio puede producirse en cualquier clase social porque, en la gran mayoría de los supuestos, no es tan decisivo que tenga unos metros de menos o de más como que, de repente, la nueva vivienda elegida se presenta junto a nosotros habiendo perdido, ella nosotros y nuestra historia, un peso tan grande como incalculable: incalculable en años, en disgustos, en celebraciones y acontecimientos colectivos, en fiestas y accidentes, en nacimientos y en muertes horrendas.
Tras un determinado tiempo el hogar original va cargándose de objetos y memorias, manchas y vicios, caricias y restregones que atestan la cotidianidad de rutinas. Unas rutinas, y algunas de ellas cargadas de afecto, que en su ejercicio conocido asfixian más que los muebles deslucidos, los libros iguales y desgarrados, los objetos alineados o perdidos, recordados u olvidados de todo tipo.
Después de un tiempo de vida en esa casa concreta, invariable, constante, ese hogar no da más de sí y lo esperable es que repita sus taras más que sus virtudes o que sus virtudes, incluso, se nos presenten como menospreciadas debido a su peso y su repetición.
Efectivamente cada casa como ser vivo y sus enseres en cuanto prole contenida en su interior siguen una tendencia hacia la degradación, su misma luz participa de la misma entropía y su olor de una familiaridad tan acogedora como agotadora.
El hogar, cualquier hogar, hace de refuerzo o trinchera frente al mundo exterior y parecería que en la medida en que más se llena de elementos queridos o conservados mejor nos preserva. El revés, sin embargo, de esta realidad es que la suma por acumulación ciega o impide la suma que favorecería su holgura, la suma de lo acoplado nos reduce para acoplarnos o flirtear con otras realidades que se hallan un poco alejadas o incluso alrededor. Esta suma es igual a la resta de contactos nuevos y la pérdida de agilidad o aforo se comporta como un pesado anclaje que a poco que se pondere conduce a vislumbrar con demasiada precisión el fin de la vida. Un fin para el que gradualmente se preparan los pasillos, los baños, el cuarto y la cama donde perecerá sin falta de detalle alguno tal y como ahora se nos permite reconocer.
Hogares felices y magníficos acompañantes para otros son después como decaídos mausoleos que anticipan la conjunta defunción de su habitat y sus habitantes.
En arquitectura, el espacio se comporta como una crucial fuerza activa y de la misma manera que otras potencias motoras quedan rebajadas en su vigor con el paso del tiempo, ese espacio que al principio fue un acicate se momifica y su actividad persistente roza la penalidad.
Hallarse muy a gusto en el hogar encuentra su límite en el paso de la confortabilidad a la pasividad, de lo lozano a lo mustio y del encanto a la decantación.
Si ese lugar donde vivimos y donde supuestamente nuestro dominio es el más alto se resiste a ser transformado por efecto de su fosilización interna, la única alternativa hacia la salvación es abandonarlo. Sustituirlo por otro en donde aún seremos capaces de imaginar un nuevo proyecto de vida. Y lo que deberá, además, ser consustancial a este posible proyecto: la recuperación de vitalidad, la sustitución de la historia por la novedad y la eliminación, de paso, de todo aquello que nunca funcionó apropiadamente en la residencia de toda la vida.
Aferrarse pues a los domicilios, domiciliar la existencia antes de hora, es sellar antes que lo determine la enfermedad o la talla del nicho que nos acogerá eternamente.
Un hogar de antes, nacía y moría en el mismo lugar y con las mismas o muy parecidas personas dentro. Estas personas todavía cerradas componen el oscuro rastro de una época acabada y en donde ellas pasean como desplazadas.
Más que verse pues confinado por el tiempo y la quieta estructura de un determinado hogar, el nuevo hogar brinda espontáneamente, naturalmente, una dosis de un tiempo adicional recién fabricado y para la aventura de un porvenir sin hacer.
La inauguración de un nuevo amor de pareja podría servir para hacer muy parecidas consideraciones. Todo cambio de pareja es también un cambio de paraje. Quizás la diferencia, a favor del hogar o complementándose con el otro cambio personal de alcance, es que en ese nuevo lugar, por el hecho de ser un nuevo "establecimiento", permite sentir otro mundo por virtud de su nueva incardinación. Nuevas vistas, nuevos vecinos, nuevos colores y nuevos olores que se introducen y forman nuevos y curativos sueños. Puede que, en algún momento, en algún país se asuma como un principio ineludible de la felicidad humana la proposición de cambios de domicilios, bajo la recomendación de la medicina. Pero ya, ahora mismo, sin planes sanitarios de tipo alguno, cada individuo sabe, por experiencia directa o delgada que un nuevo domicilio es igual a una nueva celebración del mundo.
[Publicado el 15/3/2010 a las 11:15]
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Se llaman bebidas alcohólicas porque contienen siempre alcohol en diferentes grados pero algunas de ellas, con las que nos familiarizamos habitualmente, sean la ginebra o el whisky no pueden considerarse sólo asuntos químicos y derivados de una destilación industrial.
Se trata, en suma, que así como es inexacto o aberrante describir la atracción de una persona hermosa en términos de brillo en las pupilas o de efectos sobre nuestra tensión arterial, el whisky, por ejemplo posee la virtud de ofrecerse a través de sus múltiples propiedades organolépticas de ardua l enumeración, y de conjugarse, al cabo, con la prestancia esencial de un poderoso, inteligente y amable caballero.
No hay que pasarse en confianza con las bebidas de este tenor porque precisamente el encanto de su caballerosidad inicial, su generosidad y su talante dispuesto para desarrollar una dichosa senda de amistad puede perjudicar la franca bondad de la relación primera.
En puridad, la relación con estas bebidas culmina el gozo en la primera parte de la relación y empeora su carácter en una segunda o tercera etapa que aturulla el sentido y la dicha de la primera conversación.
Todos los buenos bebedores conocen esta regla de estilo que, sin embargo, no les protege de la desregulación y, en ese caso desregulado, pasan ya a ser tenidos por alcohólicos o borrachos, consecuencia de haber simplificado el cortejo inteligente y haber traspasado la cortesía de la inaugural interrelación.
Sin embargo, entre el organismo y la bebida, entre el paladar y su sabor, entre su presencia y la consecuencia pueden vivirse estadios efusivos o, sencillamente felices que hacen del consumo un tiempo alcohólico imprescindible y semejante a la cariñosa costumbre de los besos y afecciones del hogar.
Dentro de cada casa se erige en una enseña potencial, la sortija de una hermosa y fresca relación que luce cuando el placer no ha cegado su repetición y aún se presenta con las irisaciones de una singular piedra preciosa.
El whisky significa para algunos el colofón merecido de su jornada adusta, pero también el whisky para casi todos de la vida adversa se bebe como un disolvente del mal y actúa, en sus efectos, a la manera de un dócil compañero tan comprensivo de nuestra desgracia que ni siquiera necesita oírnos ni exponerle ninguna razón más. Se introduce de hecho en el interior de nuestro desaliento como un elixir cien veces más sabio que nuestra inteligencia y al que será evidentemente ocioso ofrecerle los pormenores de nuestra adversa situación.
A diferencia de los seres humanos que sólo nos ayudan eficazmente cuando han empatizado con nuestro problema y, a través de su empatía, guían su emoción, su palabra y su razón, las botellas con bebidas alcohólicas nos hablan como desde una voz interior. El whisky, por ejemplo, elude todos los fatigosos pasos preliminares que necesitan nuestras explicaciones desde el comienzo y deshacen en un santiamén, por su veloz comprensión del conflicto químico, la contradicción, la impotencia o la frustración principal.
El whisky es el anverso de la psicoterapia: ofrece la solución sin necesidad de pasar por el calvario de la reflexión. Hace decrecer la escala del problema mientras incrementa nuestra capacidad de resolución. Pero, incluso más: mediante el whisky se trivializa la gravedad del asunto y el asunto se ahoga o medio agoniza en el medio que se ingiere. Y, más francamente: se disuelve en el nuevo ser que llegamos a ser y asentir mediante la contribución de su influencia.
El whisky en fin nos abraza como si la botella contuviera una entera destilación de amor. Nos entiende de esa manera ideal en la todos los ingredientes de nuestro problema se disuelven en los centímetros cúbicos de su contenido y como si cada una de sus gotas hubieran sido seleccionados para conectar atinadamente con nuestras moléculas tristes y cada una de ellas lavara el óxido de nuestra tristeza, el cardias de nuestra angustia y el desolador espejo de una realidad que nos empujaba a creer en lo peor.
¿Botiquines con ibuprofeno, mercromina o trombocid? Cualquiera de estos inconvenientes se relaciona con el remedio en una relación de tú a tú. El whisky , sin embargo, llega al problema con un halo de soberanía donde el problema se turba, se debilita y muere o se adormece. El whisky ( o la ginebra o el vino) trasmuta la asprreza y pedregosidad del dolor a un dulce reblandecimiento donde el martirio parece ser un ridículo modo de vivir y la noticia humillante o el despido una ocasión para que el whisky invente una orgullosa identidad frente a la cual el mundo deja, aparentemente, de ser duro y se aviene a los deseos más banales como la plastilina de diferentes colores al juego de la primera edad.
[Publicado el 12/3/2010 a las 09:00]
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No hay ya película de acción en la que el teléfono, cada ve complicado y multifuncional no forme parte asidua de la peripecia hasta el punto que, en no pocos casos, el móvil actúa ya en el film como un importante actor y a través de cuyas prestaciones discurren las intrigas, se muñen las conspiraciones y se condensan las mayores operaciones financieras.
El tradicional teléfono fijo, instalado en la oficina o en casa, aumentaba la escala de la boca y de la oreja. Hacía saber que con su auxilio crecía aparatosamente la facultad de hablar y de escuchar. Su robusto micrófono potenciaba la voz y el auricular magnificaba el pabellón que oía. Pero en el móvil ocurre casi lo contrario. Ni el oído ni la boca se encuentran esbozados y su tamaño, cada vez menor, disimula la trascendencia de su uso.
Colgar el teléfono, aquel teléfono pesado y grande, significaba dejar efectivamente humillado al otro. Frente a esa metáfora del rotundo abandono físico, el móvil actúa como un dispositivo que en lugar de aplastar hace como que desintegra la voz del interlocutor.
Los dos ingenios nos llaman cuando suenan pero el teléfono tradicional no anticipaba que fuéramos nosotros los elegidos y de ahí el misterio unido a su timbre convencional.
El móvil, sin embargo, señala directamente a un yo y nos refiere inequívocamente aunque también, según la multiplicación de mensajes y ofertas comerciales, es propenso a hacernos sentir una masa anónima o sin cabeza. En su diseño tradicional, igualmente, el teléfono mimetizaba la boca y la oreja humanas mientras el móvil se libera del remedo antropológico y su tipología se relaciona con el mundo general de los aparatos.
No trasluce pues su función comunicadora a través de su aspecto y sólo hacen pensar que pertenece a una constelación tecnológica desarrollada en la electrónica. De hecho, los móviles pueden comportarse como teléfonos pero también como calculadoras, como televisores, como cámaras fotográficas, Google, GPS, etcétera y, en tan diferentes cometidos, la idea del tradicional se deslíe en ellos.
Nos comunicábamos a distancia gracias a la benevolente providencia del teléfono que hacía posible, como altísima novedad, hablar sin cuerpo, escucharse sin desplazarse. Pero ahora el teléfono móvil hace olvidar -con su movilidad incesante- el milagroso don de establecer los contactos a distancia.
La voz telefónica, la voz sin la máscara del rostro que tanto admiraba Proust en 1913 (En busca del tiempo perdido. El mundo de Guermantes), ha perdido casi toda encantación puesto que ha llegado a ser uno de los repertorios comunes. Más aún el rostro aparece en el móvil superando con su fuerza la identidad del aparato. De hecho, poco a poco, la biografía de cada cual va dejando su rastro en ese artefacto y anticipando el día en que el código genético se sume a los circuitos. De hecho, en las películas se constata que el enemigo sucumbe con facilidad tan pronto pierde su móvil, suerte de ADN extracorpóreo y arma crucial para el socorro o la defensa.
El teléfono fijo era igual para todos pero en el móvil se plasma la individualidad sea a través del diseño de las grandes marcas, sea mediante esto y el añadido del tuning que cada cual aporta a su aparato.
Si el teléfono tradicional se comportaba, en consecuencia, como un juguete con su inconfundible aspecto, normalizado y homogéneo, importante de por sí, superior incluso a la identidad de su amo, el móvil tiende hacia el imaginario de la vida personal. El milagro de recibir la voz sin la máscara del rostro se ha invertido en la ecuación de recibir la cara completa del otro, a través de la pantalla menuda, hasta la definitiva desaparición de la faz del artefacto.
Ahora todos los ciudadanos occidentales tienen teléfono. Y no sólo móvil sino móvil y fijo y, en ocasiones, dos móviles o más. Hace apenas medio siglo, en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, tener una casa con teléfono constituía en España un signo de status. Pero también, tanto entonces como ahora recibir más o menos llamadas sirve como un indicador de la relevancia personal y profesional del propietario. Cierto grado de afirmación de un individuo se plasma en el funcionamiento del móvil y más a través del número de llamadas que recibe que de las llamadas que emite. Quien llama solicita, acaso se subordina, mientras que el sujeto llamado es requerido, necesitado.
Los primeros teléfonos domésticos se colocaban en muchos casos clavados en la pared y obligaban a hablar a la altura dialogante de las bocas. Este diálogo, espacialmente cara a cara, no eludía sin embargo los recursos a la mendacidad para cuya práctica el teléfono ha sido el rey del disimulo y la mentira: "ha salido", "no puede ponerse","le llamaremos. Y, también, de acuerdo a las películas y las novelas negras un instrumento temible en malas noticias y amenazas.
Esta sensibilidad criminal del teléfono y el temor básico a su proceder indeterminable que si, en la práctica una conversación se corta, uno y otro de los interlocutores se apresuran a comunicarse que ninguno de ellos fue el causante. Esta urgencia en la aclaración trata de rehuir la interpretación de haber sido "colgado" que, de una u otra manera, se aproxima a las analogías del despecho, el desprecio o la simulación de una ejecución con muerte o asesinato. .
De hecho el teléfono antes y ahora se ha mantenido como importantísimo y poderosísimo. La gente abandona sus tareas, dejar de hacer el amor, ase echa de la cama, corre por el pasillo jadeando para no perder su llamada. El teléfono se revela en estos casos como representante de una fuerte ficción de vida, vida irrepetible, crucial y, de hecho, cuando los futuros suicidas han decidido la irreversibilidad de su plan, descuelgan antes y definitivamente el teléfono.
[Publicado el 11/3/2010 a las 11:25]
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El cuerpo ha venido a convertirse en todo lo que somos. Queda una extraña parte oculta que no se halla visible en él pero, si fuera notable, ¿dónde está?
Frente a la vieja doctrina del cuerpo como recipiente del alma "ha tomado cuerpo" la idea inversa: la noción del alma plasmada o impresa sobre la totalidad de la corporeidad. Y no para bien o para mal de los seres humanos sino como conclusión objetiva del conocimiento.
La Grecia clásica pretendía unir la perfección del cuerpo a la perfección del espíritu y animaba a gobernar los impulsos carnales o instintivos como vía para la deseable estabilidad y beneficio de la mente. La diferencia de este proyecto respecto al de nuestra contemporaneidad radica en la actual tendencia a sintetizar en la estampa carnal el mapa psíquico y a leer meticulosamente en él nuestra película del dolor, del gozo, de la peripecia, el conflicto, el amor o la desazón. No somos absolutamente penetrables pero el crédito alcanzado por la noción de transparencia (en la moral, en los negocios, en la carne de vacuno) sitúa a todos los individuos en la circunstancia de exponerse ante el omnipresente plató.
Todos, en efecto, vamos pasando de la condición de ciudadanos a la de actores (actuantes, clientes, votantes, escuchantes, espectadores o lectores que opinan) y, en este proyecto de aparición social cada cual se ve expuesto a análisis y examen de su imagen. El cuerpo llega como la cata a la entrevista de trabajo, se muestra y se sopesa para la tarea política o profesional, se brinda como garantía anticipada o etiquetada en la presunta relación de amor.
¿Qué sucede con él dentro de la casa? Tal como si se tratara de una vestimenta o un disfraz, muy a menudo los habitantes del hogar se comportan en su interior desocupados de su apariencia. Esa apariencia que en la vida social se confunde con la personalidad tiende sentirse como una pesada pantalla, iluminada hasta la ceguera, observada hasta la extenuación, vigilada hasta el despido.
Dentro de la casa el cuerpo haría dejación de estos aderezos estratégicos y la vestimenta desgastada, el pelo revuelto, la barba sin afeitar compondrían un sistema de desobediencia u oposición a la etiqueta.
En casa se abandonan las formas societarias y sus incomodos para hacer de la informalidad la manera perfecta de sosiego, Los demás seres domésticos, indulgentes o cómplices, nos autorizarían a olvidar la tarea de causar buena impresión puesto que ante la familia, se ha alcanzado, supuestamente, el máximo extremo de las impresiones y el grado cero del asombro o la sorpresa.
Hay, en todo ello, una idea positiva y optimista de la privacidad que permitiría despojarse de máscaras, pero también una idea negativa de la privacidad que olvidaría la importancia del saber estar en compañía.
Este saber estar viene a ser, no obstante, una condición que no acaba en el puesto de trabajo o en el ascensor sino que se encuentra en todo momento en que se ofrece o se demanda amor.
Habiendo sido conquistado hasta el mismo matrimonio el amor del otro y habiendo engendrado hijos de amor ¿qué más amor formal puede reclamarse en la escena familiar? ¿Qué conducta o actitud suplementaria, qué planta o prestancia añadida puede añadir algo más?
Parece que la ventaja marginal de cuidarse en el interior doméstico es desdeñable y, sin embargo, este cuidado podría mejorar en mucho los condiciones para la convivencia.
Una casa en la que se practica colectivamente, masivamente, el abandono de las formas, las posturas, los gestos o el vestido, convierte el recinto en un lugar peor. Nadie desea que fuera así y la relevancia que se otorga a sentirse cómodo acaba en la trágica paradoja de hacer incómoda la vida de los otros.
Vidas juntas es igual a vidas armonizadas para reunirse en una felicidad armónica. Y aromatizada. El abandono de uno cualquiera del grupo debería observarse como un perjuicio para la confortabilidad de los demás pero el abandono conjunto deberá entenderse como una abdicación colectiva de la convivencia.
Más que disfrute de la privacidad, la privacidad se convierte en el infierno de la habitabilidad recíproca. Cuerpos y almas, almas y cuerpos forman un duo que se respeta recíprocamente o un frangollo y de cuyo interior se desprende una flecha que, tarde o temprano, alcanza al otro: con su olor a mierda y su desportillado querer.
[Publicado el 10/3/2010 a las 13:42]
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Entre comer en casa y comer en el restaurante discurre una diferencia tanto escénica como simbólica. Sin embargo, en los dos ambientes, un objeto, "el convoy", pone sobre la mesa del comedor doméstico un aire de fonda y lleva al restaurante una enseña de familia.
El "convoy" uno de los utensilios menos sugeridores en su estética posee en cambio una carga simbólica que viene a convertirlo en metáfora fundamental. Es por ello que, pese a algunas de sus negativas connotaciones, su presencia siga siendo clave y crónica en la mesa de comer y pertenece , por derecho propio, por derecho de carácter, a esa pequeña colección de enseres con una fortísima resistencia a la sustitución. Las razones son, examinando desprejuiciadamente su mediocre morfología de un orden poco menos que trascendental.
De una parte, el convoy cumple con una eficiencia intachable la misión que se le atribuye y si ciertamente su nombre comunica con una pasajera memoria industrial, ajena al domicilio, su perfecto acoplamiento, su movilidad servicial, su mismo bastión lo amparan como un todo superior a las partes o un todo cuya aglomeración ha sido diseñada para procurarle la condición de herramienta única y multiuso, singular y plural. Más aún, el convoy, a pesar de su mediocridad estética, no presenta más que hermosas ventajas, prestaciones tan prácticas como sencillas y todo ello desde su reducto o fortaleza en donde la inteligencia formal ha logrado un complejo representativo de una familia unida y feliz. ¿La reunión misma de la familia católica, abroquelada y dichosa?
El vinagre y el aceite que tan frecuentemente se aúnan en los aliños y aderezos adquieren en el convoy la planta de dos alfiles esenciales en cuyo diálogo se vislumbra la concordia y la indulgencia entre el sí y el no. Cuando el convoy sólo cuenta con estos dos recipientes, uno para el vinagre, el otro para el aceite, la pareja se asemeja a la convención de un matrimonio tradicional, hombre y mujer de talante opuesto pero que bien a través de la unidad paternal o funcional, bien a la costumbre adquirida a lo largo de las décadas han logrado parecer como inseparables, mutuamente dependientes y ejemplarmente destinados a vivir y perecer en el mismo lugar.
La ingeniosa peana que enlaza inseparablemente a los continentes iguales de lo distinto (el vinagre y el aceite) en color, sabor, densidad u olor viene a enseñar como la conyugalidad , a despecho de las diferencias incompatibles, consigue parejas preservadas de la desunión, bien aferradas a sus bases, bien encajadas en una institución común que preserva su indisolubilidad. En esta misma línea de pensamiento, no cabe la menor duda de que el concepto de la unión en el convoy se corresponde con la negación del divorcio en las parejas.
Unidos para siempre en la institución matrimonial, aherrojados en el paralelismo tan próximo como invariable, cohabitantes eternos en el tu y yo de los receptáculos donde el vinagre y el aceite se colocan con todas las garantías del ayuntamiento fatal.
Las mesas en las que el aceite va por un lado y el vinagre por otro, las mesas familiares. Sin convoy alguno el sentido de la conyugalidad delira. Precisamente, pasar el convoy de uno a otro de los comensales es producir repetida y tácitamente la idea de la pareja matrimonial que halló, aún sin quererlo, aquí o allí, su yugo esencial, fielmente representado en la miniatura de la boda interminable que el convoy comporta.
Y existen, además, muchos convoyes que no se conforman con representar a la pareja casada y fija, imperfectible y eterna. Son los convoyes que agregan además a este icono de matrimonio católico, la compañía de la sal y la pimienta en recipientes de estatura claramente inferior y a la manera de hijos pequeños que ni crecen nunca ni se separan jamás del estatuto que emprende y marca la unión entre sus padres.
Hijos atados a la autoridad paternal, aunados a la unión directriz de la pareja del convoy. Chico y chica, sal y pimienta, son las figuras de un gemelismo feliz, chico/chica, que no sólo no ha dañado la perfecta unión matrimonial sino que la ha reforzado con su unidad agregada al principal puente presente en la mutua fidelidad de los padres.
Con todo ello pues, el convoy constituye un prodigio de acoplamiento o un ejemplar objeto destinado a proclamar la cohesión familiar, gracias a su carácter de artefacto con-voy que siendo diferencial en sus caracteres logra que las particularidades no rompan la unidad de dirección.
De hecho, el convoy viene a ser de las piezas que menos se rompen y que nunca, prácticamente, se pierden. La idea preformativa que conduce a la evocación del restaurante en plena escena doméstica se supera con el pensamiento cristiano que, sin lugar ni residencia concreta, traspasa la acción desde el espacio público al privado.
Gracias a este cambalache espiritual, la figura familiar que el convoy realiza con patente elocuencia llega hasta el restaurante donde se repite la ideología de la célula familiar y se mueve, aquí y allá, como un emblema.[Publicado el 09/3/2010 a las 13:45]
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Antes y después del plato se extiende un mundo menos y más civilizado puesto que la misma escudilla la comida aparta el rancho más simple del contexto natural y comestible. En la escudilla viaja el alimento hasta el comensal a bordo de una construcción humana. Se come de ella
,acaso con los dedos, pero ella significa preparación y opera en el momento de comer como una base o una ofrenda de servicio esencial, encimado en ella para que la especie humana obtenga, más allá del gusto del condumio el regusto de su participación funcional.
El plato o la escudilla así un nivel que poniendo a la comida sobre él mismo, diferencia a la condición humana a través del ejercicio de alimentarse. No obtenemos el sustento desde el medio primordial y caótico sino que, precisamente, el sustento llega sustentado por una peana, con un apoyo evidente que le confiere tanto un beneficio higiénico como un agregado ritual.
El plato es la plataforma sobre la que se encima el alimento civilizado. A través de su materia y de su forma que conjuntamente denotan su fabricación especial se revela deliberadamente la cultura del alimento. De este modo el plato es indicio de una culturalización de la alimentación, posterior al uso de hojas/plato en algunas tribus y culturas.
Comemos productos elaborados sobre un recipiente particular elaborado, no productos crudos sobre bases crudas y con las manos. La relación del cuerpo con la comida queda mediatizada, no ya mediante las abluciones rituales, sino a través del empleo del plato y, más tarde, de las cuberterías cada más complejas.
De este modo mediador, ornamentado y retórico, cada vez que la mesa se prepara para comer se establece un intervalo cultural entre el hambre y la saciedad, un hiato o una holgura inspiradora en cuyo espacio se encaja el ritual.
Pero el plato mismo, en cuanto enser concreto y objeto elaborado, contiene a través de su diseño y su estructura la condensación del rito. El plato actúa substrayendo a la comida de su original medio salvaje y obligándola a cumplir un tratamiento civilizatorio o coercitivo, opuesto a lo que sería un simple arrancamiento de sustancias al medio natural y su ingestión sin la presencia simbólica de una loza sin poros, una bandeja pulidas (o un cobijo blindado) que bautiza de voluntad humana a la espontaneidad animal y de preciada demora ceremonial a lo descarnado e impulsivo.
El plato, llano u hondo, cumple la misma función de acotar la vitualla. Una vitualla que así enmarcada y sensibilizada pasa de ser de pitanza a condumio, de condumio a un yantar cuyos manjares pueden ya unirse a las artes y vicios, concupiscencias inimaginables sin el vibrador de la cultura gastronómica. La gula será la cima de este proceso masturbatorio gracias al cual la necesidad pasa a ser un lujo y los víveres pueden ser banquetes y hasta la adefagía ingresa en la bromatología.
En el curso de estas evoluciones debe distinguirse, no obstante, una cualificación más relacionada y es la relacionable con el sentir de la vida doméstica y es cuyo sistema emocional la diferencia entre el plato llano y el plato hondo se refiere no ya a las condiciones volumétricas de uno y otro sino al diferente valor de su significado.
El plato hondo remite a un foco culinario en cuyo ámbito se ha preparado el sustento para muchos o varios y no, en general, para uno. Se ha cocinado para el grupo y no para el viudo o el soltero.
El plato hondo se corresponde con una distribución del producto entre varios comensales, contados por encima o a granel y no a un número contado con rigor para obtener las raciones aritméticas y atribuibles y exactas.
El plato hondo admite un más o un menos que, desde la cuchara grande, se hacen partícipes del estofado, la sopa o el consomé y que, sobre la marcha, según las bocas, deposita sobre el plato una distinción particular atendiendo a su edad, su salud, su apetito o su deseo particular.
En el plato hondo cabe casi todo lo demás. Cabe en el sentido que cabe casi cualquier nombre y estado del ser. Un plato llano lleva fácilmente a la comida en casi cualquier lugar mientras el plato hondo se siente más atado a las instituciones con mesa, hospitales, colegios, refectorios, hogares donde se come juntos frente a la probabilidad solitaria que conlleva el plato llano.
Se diría que no hay comida rápida con plato hondo de manera que su forma dicta también la profundidad que se invierte en una temporalidad alimenticia que llega a componerse desde el prolongado periodo de ejecución del guiso hasta el de su paulatina ingestión.
Un plato hondo, viene a ser así, correspondiente a la clase de comida característica del cobijo hospitalario,, doméstico o de caridad. La acción de bajar la cabeza hacia el plato, hundirse hasta cierto grado en él y repetir una y otra vez este movimiento a coro, colectivamente, transporta a una escena de rezos o jaculatorias, inclinaciones sucesivas que llevan el sencillo placer de comer a los entresijos de la oración y la profana manera de llevar el alimento a la boca a una comunión colectiva que sólo fue allanándose y en la individualidad del plato llano y aún más la insoportable réplica del platillo de postre que viene a ser como la miniatura del alma de la mesa y el retrato, tan concreto como reprimido, de cada alma engolosinada con su porción. Soborno de toda la mesa, ignominia de la gloriosa comida en común. Resto y prótesis de la verdad natural de la misa gastronómica.
[Publicado el 08/3/2010 a las 12:42]
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Nunca las flores se hacen de verdad caseras y su mayor oferta así como su principal sexy, y radica en su desafío radical a la institución casera y su manifiesta autonomía respecto a lo que en el hogar se desarrolla y la institución representa.
Nunca las flores son domésticas, son domesticables o se acomodan a la vivienda establecida pero, por esencia, son silvestres, antinaturalmente domésticas. Son frutos de la naturaleza y en ello percibimos su excepcional interés, su despliegue de olor y color, cuando las adquirimos.
Las compramos como pájaros vivaces que ignoran o no aguantan el cautiverio y de hecho, una y otra vez, las flores se mustian, mueren en el borde de nuestros jarrones como manifestación de que su medio de vida no es el nuestro y sólo se hallan en el cuarto de estar o el comedor porque no pueden resistirse a nuestro dominio sobre sus cuerpos sin apenas fuerzas que oponernos.
En verdad, ellas pertenecen al mundo vegetal considerado como un estadio inferior al de los animales pero aún así su vasallaje, aunque sin éxito alguno, se deniega. En este caso de las flores se hace tan evidente que se a busa sobre su condición que, siendo tratadas con deferencia, como niños, no podemos ocultar la desazón de explotarlas, como pederastas. Explotarlas incluso corrientemente como objetos y no sujetos decorativos. es decir, rebajando su condición de seres vivos, a la de adornos inertes. Cualquier tratamiento de las flores en términos de seres vivos auténticos, auténticos, seres vivos, nos situaría en el papel de compradores de siervos, destruiría moralmente el encanto de su pertenencia y convertiría su posesión en una suerte de aplastante genocidio o su corte del tallo en una degollación o emasculación sangrante.
Convertiría en fin a esas flores, con las que pretendemos alegrar nuestra habitación, en cadáveres exquisitos cuya fecha de mortalidad insufrible se cumplirá, además, en apenas unas horas. De este modo, las flores llevadas al hogar poseen la doble condición de la festividad presente y del funeral a plazo fijo. Parecen animar nuestras vidas al traspasar nuestro umbral pero podemos saber y aceptar, fácilmente, que sus vidas se hallan condenadas a muerte por nuestra voluntad y tan sólo por el motivo de convertirlas en nuestro recreo.
Los ejemplos más terribles de la explotación de los seres vivos por otros seres vivos se realiza hoy, secretamente, en el hábito implícito de tratar a sujetos vivos como objetos materiales y someterlos como antes con las mujeres ociosas en signos de ostentación o de banal entretenimiento.
Las flores que se llevan al cementerio para honrar a los difuntos dan razón plena de esta ecuación. Las flores que se ofrendan al muerto cumplen desde el principio al fin con una secuencia paralela. Son arrancadas de su vida en el arraigo de la planta para ser emplazadas junto al cuerpo del cadáver, vecinas al cual se aproximarán plenamente cuando se marchiten.
En esta secuencia reproducen, cabalmente y miniaturizada, la película de la vida. Flores que se hallaban alentando en una existencia natural, sin plazo fijo, son condenadas a morir en un medio reconocido como imposible para su supervivencia.
Como los muertos que momentos antes respiraban en su mundo propio, vivían, sentían o respiraban, en su ámbito, las flores son ahora encerradas como ellos en vasijas o féretros inexorablemente dirigidos a contener su descomposición.
Flores en apariencia risueñas, alegres sin término, caen muy pronto como desmayadas y desprovistas de aliento. A la fiesta del ramo recién cortado y regalado sigue la progresiva visión de las flores oxidadas, ajadas o moribundas, representando dentro del mismo jarrón que las contuvo ilusionadas el recinto de su asesinato.
Crimen usual y de cuyo patetismo los hogares se protegen con la misma disposición que antes les insensibilizaba en la faena de cortar el cuello a los pollos para la paella, ahogar a las palomas en el fregadero o desnucar a los conejos de un golpe seco.
Esta persistente crueldad cultural, referida también a las flores, nada tiene que ver con la triste esclavitud que lleva consigo la manutención de las plantas de interior. En este caso, las plantas, confinadas en macetas, se comportan como unos seres mansos que se someten resignados e impotentes a la vida que se les desea otorgarles.
Sin embargo, en el caso de las flores, la fresca alegría con que llegan confiadamente a la casa se transmuta en una agonía premeditada y en un desdichado cementerio final en donde deliberadamente acaban.
No existe esta voluntad expresa en el acto de comprar el ramo de flores pero ¿quién puede negar que el destino de ese ramo será irreversiblemente el siniestro espectáculo de su defunción entre el turbio caldo de su muerte?
[Publicado el 05/3/2010 a las 09:00]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).
Galería de cuadros del autor
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
21/3/2010 07:05
Publicado por: Martin Eduardo
21/3/2010 05:03
Me encantaria encontrar no solo...
Publicado por: Beldelpasado
21/3/2010 01:13
Y ADEMAS DE TODO POR DONDE SALE...
Publicado por: oscar andres
20/3/2010 19:50
Publicado por: Suntory time
20/3/2010 14:29
y.. si bebes no conduzcas. ok! ...
Publicado por: Enea
20/3/2010 14:26
Publicado por: Enea
20/3/2010 10:01
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
19/3/2010 12:14
Publicado por: Félix
19/3/2010 11:59
Publicado por: Félix
19/3/2010 11:45
Es preciso acicalarse aunque...
Publicado por: Félix
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