El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 20 de julio de 2008
Hace más de un siglo, el 25 de septiembre de 1889, escribía Jules Renard: "Leo novela tras novela, me atiborro, me empacho, me indigesto, a fin de asquearme de sus trivialidades, de sus repeticiones, de sus artificios, de sus convencionalismos, y poder hacer algo diferente".
Y soltaba antes (13 de septiembre de 1887): "Lo propio del artista no será consagrarse a una gran obra, como por ejemplo la fabricación de una novela, en que todo el talento debe someterse a las exigencias de un tema absorbente que él se ha impuesto; lo propio del artista será escribir a salto de mata sobre cien temas que surjan de improviso; desmigar, por así decirlo, el pensamiento. Así, nada es forzado. Todo tiene el encanto de lo involuntario, de lo natural. No se provoca: se espera."
En suma ¿puede decirse algo más positivo y estimulante respecto al blog? Y, de paso, no faltaba más, contra el mostrenco viviente que es en el siglo XXI la (canónica) novela.
[Publicado el 04/7/2008 a las 11:45]
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Los males de amor suelen ser de los más dolorosos pero, a la vez, de lo más vulgares. Basta escuchar una letra de una ramplona canción romántica aludiendo a desengaños, traiciones, separaciones, melancolías, o desentendimientos para sentir un alivio personal notable e inmediato. El mal de muchos consuela a listos y tontos pero consuela a quienes se creen más listos que los demás hasta que los tontos reproducen punto a punto sus penas seleccionadas. Una pena, en fin, necesita el prestigio de la excepción para mantenerse alta y activa. Por el contrario, cualquier contrariedad, se abarata y reduce si la observa repartida masivamente y sin importar el destinatario. He aquí, en fin, el supremo beneficio de la comunicación y la información en la sociedad de la información y la comunicación de masas. En la medida en que constatamos que nuestro dolor amoroso lo siente a la vez una multitud de gentes pasamos de cultivarlo con esmero a repelerlo, de saborearlo a rechazarlo. Aquello que nos iguala a la muchedumbre nos anula, aquello que nos hace desaparecer como receptor singular tiende a introducirnos en el anonimato, aquello que descubre la naturaleza no excelente sino común de la experiencia, reduce lo más extraordinario a la ordinariez, convierte el banquete en rancho, la tragedia en folletín, la obra maestra en panfleto y el padecimiento en pasto.
[Publicado el 03/7/2008 a las 11:30]
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En pocos signos se representa tanto la aspereza de la vida, la hosca dificultad de ser, como en esos insultos que inesperadamente, al lado, caminando por una acera, se escuchan de un marido a su mujer, de una señora a su esposo.
En las poblaciones pequeñas, sería casi imposible asistir a esta expresión pública de rencor pero en la ciudad grande, donde no somos conocidos, esas injurias matrimoniales se registran impunemente, se lanzan tan anónimamente que, a la vez, hieren a cualquiera que esté circulando por allí.
De las antiguas reyertas a puñetazos entre hombres, que veíamos brotar en los núcleos rurales, cargadas de odio y machos dispuestos a matarse entre sí, queda muy poco. Los hombres se matan a menudo dentro de las películas y las peleas con sus mujeres suceden bajo techo y con los periodistas a punto para convertirlos en protagonistas de la actualidad en el apogeo del maltrato conyugal.
La circunstancia que sustituye, sin embargo, a las tradicionales y brutales palizas en la calle de pueblo son las palabras terribles entre él y ella, no obreros ni amas de casa, no jornaleros ni multíparas, sino figuras de clase media alta que poseen un coche de tres litros a cuatro litros aparcado a unos metros del escaparte en la bien urbanizada zona comercial. Los participantes continúan, a lo que se ve, siendo pareja estable pero ¿de qué modo sería posible liberarse de esa penitencia que desestabiliza sus almas, astilla sus vidas y enferma crónicamente el mutuo deseo de vivir? ¿Cómo no deshacerse de ese sujeto infame que nos humilla, nos amarga, nos asfixia?
Hace cincuenta o sesenta años, en los tiempos de las ruidosas trifulcas callejeras, alguien pedía auxilio a la policía pero también a una tranquilizadora pareja de loqueros que se apeaban de la ambulancia con la camisa de fuerza en las manos y, repitiendo los expedientes de los encargados de la perrera y sus lazos para canes rabiosos, intervenían en el alboroto y seleccionaban a un de los litigantes como el ser demente que merecía ser encerrado, tratado y separado de la convivencia en paz.
Ahora, los loqueros no existen ni acuden. Sólo llegan los servicios de urgencia cuando hay víctimas sangrantes y tumefactas agonías, porque en su defecto los paseantes no telefonean de ningún modo a las autoridades asumiendo así que estos altercados, por desgarradores que parezcan, forman parte de la vida común y esa unión, matrimonial o no, persistirá todavía por su cuenta. Persistirá hasta el punto en que, si no hay asesinatos periodísticos relativamente pronto, las heridas que se inflijan entre sí irán conduciéndoles al expediente, cada vez más sencillo, del divorcio o la separación. Se trataría en fin, de acuerdo a los censos oficiales, de enfermedades sentimentales autónomas e incluidas en el ámbito de la sostenibilidad social y cuyo equilibrio requiere su correspondiente ración de ofensas. De ofensas, deteriores y hasta mutilaciones puesto que las partes aquellas que ya no pueden compartirse se cercenan y las que no contribuyen en adelante a la nutrición afectiva se desecan. De ese proceso más o menos simbiótico pervivirá la pareja hasta que la muerte los separe. Los disgregue entre sí de una u otra manera final, sea esta la muerte real, la compartida muerte cerebral, o la indolora muerte simbólica. Esa muerte decisiva que se hila, en fin, de un conflicto a otro, de una indignidad casera o callejera a la siguiente, de una crueldad a la otra, siendo todavía la pareja, para otros tantos, el máximo reino de la amistad y el amor, el supremo anhelo para existir alentado.
[Publicado el 02/7/2008 a las 07:00]
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Así como los silencios de la música crean la música y los reposos deportivos generan una potencia superior, en la producción de un cuadro los momentos en que el pintor mira el lienzo, y sólo mira, pintan tanto o más que aquellos otros en que interviene el pincel.
La ausencia crea tanta o más realidad que la presencia, como también las apariencias son tanto o más intensas que las sustancias. De una se pasa a la otra y de la otra se pasa a la una mediante un vaivén incesante que viene a ser el modelo general de la existencia.
De la enfermedad a la salud, del amor al odio, de la felicidad a la desdicha, de la vitalidad al desfallecimiento. Este binomio de todos los tipos y cuya constelación preside la Gran Pareja vida/muerte, opera como el código radical de nuestro destino y asumirlo debe llevar a la paz: la paz que se opone a la guerra, la serenidad que sin tregua se alterna con la inquietud, el desasosiego que repetidamente nos impide disfrutar del acuerdo con nosotros mismos. Ni en los veranos o en los veraneos, ni en los bailes y las vacaciones, ni en las epifanías, las onomásticas o las verbenas, se acaba con el insufrible dúo del sí y el no. Parece que vivimos para vivir escindidos. O al revés: vivimos escindidos como la forma inevitable de ser. Seres diseñados para la muerte cuando el ser sólo se concibe como un dibujo vivo.
[Publicado el 01/7/2008 a las 10:45]
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Un amigo ilustre que gozaba de notable fama de gandul, me reveló una vez el misterioso secreto de su éxito. Éxito en los asuntos económicos, éxito en las reuniones sociales, éxito en las disputas política. Si no logró un nivel parecido en los asuntos con las mujeres debe atribuirse, desde luego, a que su extrema fealdad y arrogancia no le permitía aspirar a más.
Respecto a las otras conquistas en que se mostraba tan brillante como astuto y tan persuasivo como trapacero, la clave se hallaba, según me decía, a que todas las mañanas, antes de levantarse de la cama, dedicaba unos tres cuartos de hora a hacerse perfecto cargo de la situación. De la situación saldada el día anterior y de las particularidades de esa mañana de cuyo ensamblaje pensaba extraer el mayor provecho. En su parecer, quienes pasaban de la cama a la acción sin mediar algún ejercicio de la mente se enfrentaban a altas probabilidades de resbalar, tropezar, equivocarse. Porque así como se recomendaba generalmente la práctica de algunos ejercicios físicos antes de abordar el día, creía indispensable ejercitar la mente, flexionarla, reflexionar-la para presentarse públicamente en forma. Estos minutos diarios entregados al análisis se traducían a la vez en lucidez y autoconfianza. Bastaba poco, al empezar la jornada, para constatar que el resto de individuos con quienes trataba apenas se habían preocupado de ninguna preparación mental y, como consecuencia, fácilmente les sacaba ventaja. Su praxis intelectual o su inteligencia práctica o la práctica deportiva de su inteligencia, aumentaba incomparablemente su capacidad de maniobrar y obtener posiciones privilegiadas. De hecho, así fue como su fama de haragán se compaginaba con su poder social y su aparente pasividad con la intervención astuta. Realmente, más incluso que en el mismo deporte, la quietud del cuerpo se revelaba un factor decisivo para ganar fuerzas. Una fuerza que podría parecer incoherente con la molicie corporal pero que, de hecho, daba cuenta de su formidable eficiencia. Conclusión: de la potencia que procura la contemplación se obtiene la acción más certera, de la energía que procura la meditación se logra saltar los obstáculos... En definitiva, los muchos beneficios que se derivan de la nada aparente se traducen en la máxima cosecha de bienes.
[Publicado el 30/6/2008 a las 07:00]
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El sentimiento melancólico que tanto predicamento posee, constituye el estado más propicio para componer meticulosamente el veneno personal, exclusivo y caro.
Toda melancolía es del orden de los fluidos capitales y así originalmente la bilis se asociaba a este talante alicaído que caracterizó con tanto ahínco a los románticos del siglo XIX.
Gracias a la melancolía se viaja dulcemente hacia el pasado sin quedar por ello amarrado a las columnas del pretérito. Es una inclinación postural que sorbe de ese paisaje cultural un regusto amargo pero sin hacerse repugnante sino tan adictivo que la atracción melancólica se incluye entre las más altas categorías de la seducción y el amor.
Ser duraderamente cautivado por la memoria de lo perdido podría parecer una rara orientación pero, sin duda, la complejidad del movimiento que el alma interpreta hacia ese punto lejano consigue, mediante su arco, transformar la tristeza en una airosa estética de la tristeza y la pena en una plateada peana del yo.
El ser melancólico se ama del modo perverso que dicta el narcisismo pero con la diferencia de que lejos de procurar alguna exultación del yo logra su efecto, precisamente, en su precisa declinación. Se trata en fin de una conquista de sí mismo en la sede de la decadencia siendo entonces la decadencia no una penosa degradación sino un elegante punto de vista. El narcisismo a secas es obsceno pero el narcisismo bañado en melancolía puede ser brillante. Todo lo melancólico se parece, en general, a una lámina de agua levemente turbia sobre una superficie pulimentada e impermeable. No hay incursión alguna del sentimiento propio en los poros de otro cuerpo sino que la emoción resbala sobre el objeto y el sujeto de mí tal como si nos bañara una delicada pócima que, obviamente, será venenosísima y en su peligro contiene el obsequio de máximo valor. El juego, en fin, con la muerte y sus distintas versiones ocupa el centro del caldo melancólico. No se trata nunca de la muerte concreta, sólida ni ordinaria sino por el contrario del barniz mortal entra fulgurante e inaprensible. O bien, se trata, en niveles de mayor riesgo, de la muerte tibia y destilada extraída de una cuidadosa reelaboración del charol letal, del alquitrán fúnebre o del final falso y travestido en un principio creador, una vacuna que envenena para no morir nunca de aquello, un vicio que nos hace incomparablemente mucho más santos que cualquier conjura de la virtud.
[Publicado el 27/6/2008 a las 10:55]
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Contra lo que se dice tópicamente no es sólo el hombre el que ha quedado desprendido de papel en cuanto padre, en cuanto a jefe patriarcal, en cuanto a icono, sino que también las mujeres, cuando el hombre ha perdido su puesto tradicional ha extraviado también el suyo y hasta ha balanceado hacia un inesperado abismo inverso.
Los sistemas operan y se mantienen cuando sus elementos con funciones distintas consiguen hacer viable el conjunto. La teoría de la complejidad ha descrito de sobra estas conexiones múltiples, tan intrincadas como una red neuronal y la interacción del cosmos.
No es posible, como enseñó la mecánica de la Ilustración, que reparando o reforzando una pieza se logre mejorar el sistema anterior. Los sistemas son complejos por antonomasia y cada uno de sus componentes interacciona con los demás en condiciones de interdependencia, no sólo de subordinación o sometimiento patológico. El mal de cualquier órgano humano no se resuelve bien mediante su extirpación sino atendiendo a las razones de su disfunción que sin duda no se explican localmente.
El mal del hombre o lo que ha venido a llamarse así con el tiempo no es sino una degeneración de su función precedente y la patología del macho no como energía negativa sino como energía caduca o improductiva. Pero, a la vez, por causa de la interconexión indefectible, el mal del hombre no se arregla mediante otra masculinidad sino a través de la transformación general que permita el funcionamiento en otra clave sistémica. No es sólo la masculinidad, sino la feminidad y sus valores, sus solicitudes, sus funciones, sus posiciones en una trama que cambia de paradigma, cambia de lo mecánico a lo digital, del machihembrado a la proximidad, de los émbolos y las excavaciones, a las pantallas y las navegaciones.
Es ahora la totalidad de la producción social la que se encuentra en una mudanza fundacional y en este trance, precisamente, asistimos a una intensa y extraña sensación de ausencia. Se ha vaciado el espacio de la ordenación tradicional, se han abatido muros y compartimentos, se ha optado por un entendimiento del sexo como género y, simultáneamente se ha enfatizado la sociología sobre la biología, lo flexible sobre lo fijado, lo relativo sobre lo absoluto, lo edificable sobre el solar de lo edificado. De este modo la especulación ha creado esta gran burbuja de los derechos inmarcesibles de la mujer que se extienden sin criterio desde el saqueo de la lengua, al saqueo de la genitalidad, desde la igualación de las emociones a la homogenización de los cuerpos. En esta coyuntura que en otros asuntos aniquila la ideología, aniquila aquí la simbología. Será reaccionario el imaginario de la mujer puesto que reproduce la repudiada imaginación patriarcal del hombre. No hay sueño más repugnante de mujer que el sueño del ominoso hombre. Pero ¿entonces que nuevos imaginarios se alzan en el pensamiento simbólico de la colectividad? No existen o es temible su enunciado. Todo imaginario, como efecto de la condena del imaginario, queda proscrito. ¿Consecuencia? Un gran vacío se expande en el lugar de los sueños, un ámbito desnudo, blanco y en silencio, se alza en el espacio donde gritaban los más oscuros anhelos.
[Publicado el 26/6/2008 a las 10:56]
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Sigo aplicándome el "no hay mal que por bien no venga" pero en tanto no viene nada de nada, sólo puede mantenerse en pie la fe sin más.
Pero, ¿a cuento de qué creer? ¿Quién garantiza que no va a cumplirse verosímilmente la lógica de lo peor? Creer tan sólo para no de-cre(c)er.
La creencia religiosa desempeña desde el principio de los tiempos este papel fundacional y funcional: no es Dios quien creó a los hombres sino los hombres quienes crearon a Dios. No será el Gran Poder quien sostiene mantiene la altura de Dios sino, precisamente, la falta de poder humano la que eleva desesperadamente el fantasma de la Divinidad.
¿Para degradación de la especie? ¿Para superación de la especie? Lo misma da. Lo capital radica en la sustentación y su agregado de sustento. Dios es como un pan. No importa si candeal o falso. Basta que sea un como si fuera y, de este modo, se represente vivo en la conciencia.
La idea que quien no se consuela es porque no quiere coincide con que el consuelo necesita el deseo de la consolación: del deseo de consuelo nace el ser palpitante del consuelo. De la misma manera, de la escritura nace el deseo de escribir y, al cabo, del amor al deseo nace la ocasión de amar. Como también, de la necesidad de felicidad nace la fe consoladora y hasta la vida brota gracias a la necesidad de vivir.
[Publicado el 25/6/2008 a las 11:05]
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Me confiesa un joven amigo pintor que se encuentra en un punto de su vida en que todo marcha bien. En mis sesenta y cinco años no recuerdo un sólo día en que todo estuviera en su debido lugar, menos aún en su bienestar. La admiración que me despiertan sus palabras, incuestionablemente sinceras, se corresponde con el asombro que para mí significa la posibilidad de que un ser humano, vivo y consciente, no detecte ningún punto triste o negativo, aún por instantes. Esta capacidad es máxima pero todavía significa un mayor prodigio si se corresponde efectivamente con ese presente real al que no cabe poner una pega. La pintura le fluye ante el lienzo o la tabla, el amor le asiste mientras crea, el sexo compartido le enloquece en la alcoba, las expectativas profesionales son insuperables. Este futuro no ya despejado sino recamado de nácar constituye el mejor ámbito para su ánimo henchido. Su ojo otea el horizonte y en su bandeja le esperan las manos divinas, recién lavadas apara acogerlo y perfeccionar su suerte.
En esa visión del futuro terrenal se cumple el verdadero milagro del bienestar completo. No es difícil atribuir a la supuesta eternidad después de la muerte las mil providencias del Destino, los dulces más personalizados, exquisitos y caros pero esperar esa donación en esta turbia atmósfera y sobre la tierra, entre circunstancias injustas que se comportan como alimañas o entre el azar que con su hambre nos mutila, representa el cenit de la fortuna o, lo que viene a ser lo mismo, la bendición exacta de la candidez.
Porque no importa ya, a estas alturas de la vida y la ficción, qué es o no real, qué forma parte de la física o de la fe, de lo tangible y lo inasible, de lo fotografiado y lo imaginado. La única idea, la única imagen válida y decisiva es la convicción del sentimiento. El sentimiento, en fin, tan convincente que desencadena todos los frutos de la inteligencia absoluta y su correspondiente verdad. Siendo esta Verdad, aquella que imponiéndose absolutamente posee además el certero de que marchamos de Dios. Lo que se cree a través de la fe viene a ser, por antonomasia, lo absolutamente verdadero puesto que, al ser una creencia y no una existencia, una ilusión y no una vista, nada de este inmundo mundo podrá atentar contra ella.
El mundo es traidor, imprevisible, arbitrario, inocentemente cruel y, en consecuencia, nada contribuirá mejor a garantizar la felicidad aún momentánea, que la sustitución de la óptica del mundo. No exactamente de su negación frontal y ciega sino de su sustitución mediante una mirada que salta su bulto y se desliza, como los campeones en los saltos de sky, sobre el nivel de una nueva superficie pura. El nivel de la superficie inmunda, la sucia superficie del mundo común, actúa como un cuchillo eléctrico que gira y mata. Su nivel saja, degüella, despedaza, aniquila. Ese nivel de la superficie real, sin ilusión alguna, debe considerarse la cota más temible del dolor. En el abismo nos sumimos como ángeles o demonios, nos despeñamos como héroes o víctimas sin nombre pero a ras del territorio vulgar la acción de la normalidad nos parte en dos o en tres o en múltiples partículas que nos descuartizan, asaltan nuestras sedes y nuestra constitución, deshacen nuestro sentido y nuestra razón y nuestro destino. Y, apara mayor desesperanza, aquellos criminales o depredadores que a través de su arma blanca sacian su sed con nuestra sangre, son a menudo, criaturas inocentes sin norte. Piezas sin ensamblar que circulan sin control, hombres y mujeres (mujeres) que en su atropellado amor o desamor, en su sueño de poseer o ser poseídas a la manera de órganos, desencadenan tragedias indecibles y un desorden semejante a las masacres desorganizadas a cargo de la electricidad neurológica. A cargo del instinto, la torpeza, el amor y el temor. A cargo sin más de la carga que cada uno trasporta como una pila de hidrógeno o de oxígeno o de óxido sin más función que respirar. ¿Cómo dictaminar en consecuencia que cualquier instante que la luz brilla sin una arista amenazante, sin un ínfimo sabor de oscuridad? Acaso sólo la droga pueda proporcionar un gozo así. Acaso sólo este efecto por sí mismo legitima la adicción a la locura.
[Publicado el 24/6/2008 a las 07:00]
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Hay una ausencia que duele y otra, en cambio, que se comporta como un antiguo lenitivo. O incluso como una depurada luz que, al mostrarse en sus amplias dimensiones sorprende de qué modo pudo haber sido ignorada o reprimida. La ausencia abre un espacio propicio a que la herida sane en su espacio de seda, se exprese la herida clamante de la pérdida del otro pero también cuando la opresiva presencia de un otro indeseable acaba, en su lugar acampa una inauguración, un temible abismo de luz al comienzo y tras él un alegre vértigo que estrena una vida, un amor, una potencia acaso gigantesca. Eliminar al enemigo en la guerra hace reinventar la patria. Eliminar al enemigo en la pareja nos permite reiventarnos desde el agostamiento. De este modo las separaciones por dolorosas que sean procuran potenciales toneladas de alimentos. De esa valiosa provisión cabe hacer usos distintos, desde el despilfarro al ahogo, desde el acopio a la siembra. En cualquier supuesto esa nutricia luz recibida no será una luz reciclada sino como un flamante nacimiento de claridad y tanto más cuando en la ofuscación precedente cruzaron repetidos momentos de llanto.
La ofuscación del lloro, la amargura que atoraba la boca, se corresponderá más tarde con la placidez del sabor y el tino del punto de vista.
Toda separación amorosa procura, entre sus ásperos costes, un nuevo yo dispuesto a sentir con mayor ahínco lo bueno. Toda unión sostenida a pesar, en el pesar, no es otra cosa que un vicioso sinsentido o incluso un vicio central orientado al cabo hacia el suicidio. Lo que no es en absoluto tan insólito porque la muerte es el más potente imán una vez que se consigue superar la repugnancia a las tinieblas.
El suicidio es así una tentación para pasar la vida sin más enredos psicológicos. Enviscarse en el martirio de la relación y construir un maltrato recíproco obsequia con un significado profundo donde nada había. Más que el trabajo rutinario, la distracción efímera, el alcohol vulgar, la destrucción mutua y feroz genera una necesidad de la que muchas parejas no saben ni ven razón mayor para sustraerse. Morir naturalmente constituye un pobre desenlace pero aplicarse con esmero en el proceso de la muerte y el crimen doméstico llena de significado a la cotidianidad.
Sufrir, destruir, no es un mal absoluto. Como tampoco gozar o edificar es un incuestionable bien. En una u otra especialidad la extensa gama de posibilidades permite crear una rica sinfonía del padecimiento o del placer, recorrer sin tedio las mil caras del pesar.
Pero incluso en determinados puntos, el dolor recobrado allí donde prevemos que está, nos asiste como un seguro de vida. Duele allí donde incidimos y sin fallar a la cita. Se sufre allí donde conocemos la sede del sufrimiento que fijamos. Así nos fijamos y afirmamos como teas. Izándose tan brillantes como ardientes hacia la excitante desaparición.
El dolor insoportable deja sin aliento pero aquél que permite ser racionado con astucia y habilidad consuela porque ocupa una sede conocida donde no sentirse a solas y llega como efecto de nuestra voluntad sin asolarnos. Dolor obediente al estímulo, destrucción controlada hacia una gradual y prolongada demolición vital que acaba con la triunfal eliminación de los agentes, el éxito de la maldita pacificación del mal.
[Publicado el 23/6/2008 a las 11:15]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de Jefe de Opinión y Jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008) y Passé Composé (Alfaguara, 2008).
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Condenas)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
20/7/2008 16:04
Publicado por: B.H:
20/7/2008 16:02
Publicado por: M.W.
20/7/2008 10:30
http://es.youtube.com/watch?v=wH...
Publicado por: cante y baile
19/7/2008 01:45
Contra la virtud d comprar esta...
Publicado por: MCArmen
18/7/2008 22:35
Publicado por: ö-ö
18/7/2008 21:39
Publicado por: y control de derrape
18/7/2008 21:21
Esta semana he comprado una...
Publicado por: Abur
18/7/2008 21:14
Publicado por: Enea
18/7/2008 21:04
Publicado por: poema
18/7/2008 18:38
Publicado por: Ô-Ô
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