El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 30 de agosto de 2008
Una corriente a favor de la intuición, la emoción, el instinto o el golpe de vista ha dado la vuelta al lema de "las apariencias engañan".
Las apariencias, a las que se atribuía el engaño, han venido a ser la manera más cierta de conocer la verdad. Por la impresión o el impacto se decide la compra o la adhesión consumidora. Pero también, según la neuroeconomía, inversiones de mayor categoría. De la misma forma, en la selección de candidatos para casi cualquier actividad, la entrevista personal de unos minutos decide con más fuerza que otros contrastes objetivos.
La subjetividad o, mejor, la capacidad de transmisión positiva del sujeto abre las puertas. Así, frente al mundo dominante de la técnica de hace unas décadas, asciende la importancia del sector personalista.
Las personas en el sector servicios, cada vez más amplio y determinante, ganan valor. Casi todas las mayores novedades tecnológicas se producen en las comunicaciones interpersonales y, cuando no es así, se refieren a la biología o la medicina que atiende también directamente a sus vidas. El objeto es el sujeto. Y el sujeto se manifiesta ahora, especialmente, en aquello que no procede de la razón o la reflexión, sino de la emoción y la inmediata reacción. En el supuesto claro está de que estas alternativas no lleguen a ser, en breve, partes de un concepto único.
[Publicado el 18/3/2008 a las 07:00]
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Ilustración de Fernando Vicente.
La inspiración no es el secreto de un escritor, dijo Pamuk, sino el afán de querer expresar lo que sabemos de nosotros pero no sabemos todavía sin la turbulencia de escribirlo.
La turbulencia, la fiesta o la simple distracción. La escritura -como otro ejercicio cualquiera en que la mente se implique sentimentalmente- conduce a través de sus llanos y pendientes a una conciencia de sí que nunca se habría producido sin esos contactos asociados al imprevisto paisaje.
Como en la pareja del amor en que, por relación feliz o infeliz, nos hacemos cargo de quienes somos a través del contraste, el rencor o el perdón, con la escritura -otra alta forma de intimidad- accedemos a imágenes de nosotros mismo que nunca antes habían sido reveladas. En el amor, como en la escritura, sin proponérnoslo, nos hacemos fotos continuas, de perfil, de frente, de cuerpo entero, en la turbulencia de conocer y reconocer lo dicho y lo no dicho.
[Publicado el 17/3/2008 a las 11:15]
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Más que admirable, parece asombroso que escritores o pintores de una edad avanzada interesen a varias generaciones más jóvenes. La cultura de consumo ha enseñado con tanta elocuencia e intensidad que la moda es el patrón y lo pasajero el modelo que permanece más allá de la temporada se opone ontológicamente a la virtud de la vigencia.
Algo es vistoso y penetrante en tanto que novedoso y deja enseguida de serlo sustituido por otro accidental elemento de innovación. ¿Cómo esperar así que el pensamiento o la estética de un autor despierten atracción más allá del inaugural intervalo que les correspondería?
La respuesta podría hallarse en la evolución paralela del pensamiento o la estética del autor, pero lo verdadero, sin embargo, es que los pintores, por ejemplo, suelen repetir sus fórmulas como una marca ya apreciada y los escritores procuran, por asiduo consejo de sus editores, no despistar a los lectores con fuertes cambios en sus temas o tratamientos. La perdurabilidad es un atributo del valor pero ¿cómo conciliar esta categoría clásica con la expectación posmoderna?
La manera de hacerlo conciliable reside exclusivamente en la conciencia coherente del productor. Alguien, sea en la moda textil o en el diseño de interiores, en la arquitectura o en la literatura, se "consagra" -se hace "conspicuo", aparte de otros factores azarosos- gracias al respeto (casi sagrado) que se profese. No hay en este respeto (casi sagrado) egolatría, narcisismo ni superioridad sino, por el contrario, servidumbre y acopio de serenidad. La agitación de seguir el raudo perfume de cada día lleva al ahogo y la única forma de mantener una relación rítmica con la actualidad es atenerse a la cierta respiración de uno mismo. Por uno mismo respiran -teniendo suerte- legiones de receptores y siempre que la fortuna provea de un aire saludable se hallará capacidad para transmitir salud. Salud en forma de gozo, de estremecimiento, de compañía. La salud es la entrega más pura de una obra de arte. Nos sanamos mediante la belleza y nos embellecemos mediante la oferta honrada o depurada del autor. Ofertas, en ocasiones, suculentas, casi inmortales.
[Publicado el 14/3/2008 a las 11:00]
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¿Qué distingue al triunfador del que, siendo tanto o más valioso en la misma profesión, no logra ni siquiera aproximadamente la resonancia del aquél?
Un libro, The tipping point, sigue vendiéndose dentro y fuera de Estados Unidos (dentro, especialmente) porque millones de personas quisieran apresar esa molécula de oro que decide el éxito después de haberse esforzado en el trabajo, haber sido ciudadanos ejemplares y haber rezado fervorosamente a Dios.
El punto que hace explotar una melodía, un libro o una película, reside en algún secreto lugar del público pero ¿cómo acertar con él? ¿Es el público un organismo y requiere ser explorado como el cuerpo humano, el cerebro de los mamíferos o el emplazamiento del punto G? No cabe duda. Pero acaso una confabulación general mantiene el mito de que ese punto que impulsa al superéxito es tan incognoscible como los antiguos secretos del universo.
El libro de Malcolm Gladwell abunda aún más en esta mitología que mantiene, sobre la racionalidad de todas las cosas, el culto y la admiración por lo irracional. Pero ¿debe dejarse al albur un fenómeno del que se deducen tan ricas, suculentas y trascendentes consecuencias? El boom de un candidato o una candidata política, el boom de unas zapatillas, el boom de una marca de arroz, ¿puede dejarse sin una extenuante investigación las fuerzas que concurren en la Gran Sorpresa? ¿Desaparecería la magia y con ella el fenómeno mágico? Mantener a oscuras las razones del boom conserva la facultad del boom, de la misma forma que todo pronóstico de la sorpresa aniquila el asombro. Pero ¿cómo no sospechar que alguien, algo, Algo, conoce la clave de Harry Potter, de Hush Puppies o de Rollings Stones?
[Publicado el 13/3/2008 a las 11:00]
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Ilustración de Fernando Vicente.
La revista digital Smith, alimentada casi exclusivamente por minibiografías de personas anónimas, pretende promover a la gloria lo desconocido y manifestarse como una maniobra de subversión.
Ser actualmente un desconocido parece parte de lo insufrible. Parte de lo peor que se puede ser puesto que el ser pero el no estar forman un monstruo, o una criatura imposible. Pero ¿cómo hacer depender el ser personal, la minibiografía de un Gran Ojo público, electrónico, digital?
Hasta ahora mismo bastaba una determinada mirada. ¿Será necesario, en adelante, una cámara? Resultaba hasta ahora suficiente un amor vecino y entrañable, ¿será necesario, en adelante, una admiración distante, imposible de engastar, fuera de los límites de la familia, el barrio, la amistad o la compañía?
La mirada cercana nos acercaba al corazón, tanto al órgano del otro como a la organización y el organismo propio. La mirada distante nos extrae el corazón sangrante y lo lanza, tratado cosméticamente, al circuito de la mercancía luciente.
La mirada cercana tiene, sin embargo, algún nombre pero la mirada distante es progresivamente la del público indefinible. De este modo, el círculo se cierra en forma de paradoja. Se desea salir del anonimato mediante la exposición pública y general del smithmag.net y se alcanza el resultado de ser acaso contemplado por una pupila tan amplia como anónima que plasma la nebulosa de la ceguera sobre nuestro anhelo de publicidad radiante.
[Publicado el 11/3/2008 a las 07:00]
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Todos los amantes consiguen estimular su relación mediante las oportunas sorpresas, siendo la sorpresa -en el regalo, en el beso, en el encuentro, en el viaje- el mole del buen amor. El mole que mola en la relación picante y que la adoba hasta el apetitoso punto de su reinauguración.
Como un paño que saca brillo a la superficie de un objeto, la sorpresa realiza sobre lo conocido la función de devolverle luz. Cuando la relación se alarga y las sorpresas decaen, una humedad melancólica (una algia del corazón) se posa en la bandeja donde hasta momentos antes se servían acontecimientos impronosticados y conmovedores.
La previsibilidad es la madre de la descomposición. La rutina siempre actúa como un eficaz roedor de casi cualquier cosa y sólo cuando la edad no desea saber más, cambiar nada más, no conocer a más gente, lo rutinario cumple un papel feliz. La felicidad consistente en la conclusión o el acabamiento en un perfil personal y circunstancial que define y cerca la seguridad del territorio.
La edad avanzada halla en la rutina una confiada forma de protección porque un más allá desconocido se hace temible y un trastorno, cualquiera que sea, no conllevará sino algo peor. Antes, sin embargo, de ese último intervalo biográfico, la sorpresa es adrenalina, composición de color y sabor. Con la sorpresa, aumenta el nivel de deseo y degustación puesto que en el sistema general de la comunicación, la noticia es su máxima materia prima. Noticia y sorpresa se cruzan en su búsqueda de impacto. Es tanto más valiosa y emotiva una noticia cuanto más sorprendente es. En la prensa, en la televisión, en la publicidad, en la ciencia o en la religión, la noticia, el milagro, la hecatombe, la serendipity forman una comunidad de la misma naturaleza. Gracias a lo sorprendente creemos que el mundo no ha revelado todavía la totalidad de sus secretos, ni el amor o la película ha dado todo de sí. En consecuencia merece la pena permanecer aún en la sala. Vivir para ver.
[Publicado el 10/3/2008 a las 20:00]
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Comprobados los pésimos resultados de la enseñanza pública en España, Rajoy propone incrementar la autoridad de los maestros e imponer la ética del esfuerzo en el aprendizaje de los estudiantes. Proyecto inútil. Ni los maestros actuales lograrán mayor autoridad con sus procedimientos y conocimientos demasiado vetustos ni los alumnos se aplicarán con abnegación viviendo como viven entre una cultura general del hedonismo. Unos y otros no se entienden debido al gran abismo cultural que hoy sustituye a lo que fuera el conocido gap generacional.
No es la edad que separa a docentes y discentes sino la época. Los maestros pertenecen todavía a los profesionales que amaban el libro, creían en el esfuerzo, el valor del sacrificio y la sagrada importancia de la cultura superior. Los chicos no tienen de la cultura superior una opinión positiva. Su saber se obtiene del picoteo, los juegos, los viajes, las informaciones cortas, los impactos audiovisuales y no de un sistema apoyado en la reflexión y concentración que exige la lectura. Su mundo es otro mundo. El otro mundo posible que ya se desliza bajo los malos resultados del informe Pisa, se manifiesta en el presente fracaso escolar y se proclama en la desatención dentro de las aulas.
No sirven estos espacios, estos programas, este personal, para mejorar la educación. Esta época es de crisis y con ella se viste, se acicala y se define. El ajuste entre el saber y el querer, entre el profesor y el receptor, tendrá acaso lugar en otra fase, cuando el desfase de hoy llegue al punto crítico en que se admita la falla telúrica, la imposibilidad de volver atrás y remediarlo mediante los antiguos sistemas y valores.
[Publicado el 07/3/2008 a las 07:00]
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La adhesión a un partido ha dejado de coincidir con el compromiso militante. Ahora todo es más laxo y vagoroso.
Sin embargo, en nuestra España, la partición entre derechas e izquierdas se ha instalado como una idiosincrasia secular que acaso sólo encuentra correspondencia en los pares de marrajos y californianos en la Semana Santa de Cartagena o en las rivalidades Madrid/Barça de toda la eternidad. La dicotomía es, de una parte, hermosa y, de otra, pesadísima. Es hermosa en cuanto proporciona fácilmente una acalorada conversación, propicia la identidad más rápida y ayuda a creerse con alguna causa concreta. Pero es también una formidable tabarra cuando muestra la dificultad para escapar de ella.
Todos los debates políticos televisados tendrán un ganador y un perdedor inequívoco de acuerdo a esta adscripción idiosincrática. Así que el debate, a despecho de la expectación que convoca, no enseña nada nuevo puesto que de antemano la investidura del discurso se aprecia y escucha como un fuerte ropaje de piedra inseparable de la condición partidaria del candidato. No hay más que leer los titulares de los periódicos al día siguiente de la confrontación para constatar que unos por aquí y otros por allá se han ahorrado cualquier reflexión libre a propósito de la liza televisada. La crítica negativa existe pero se concentra abusivamente en el otro. De este modo no sólo el debate, donde no se intercambian argumentos sino agresiones, parece inútil, también carece de utilidad la lectura de los comentarios y hasta la existencia misma de sus soportes.
Esta sociedad española ha fraguado en derechas e izquierdas de toda la vida y a la manera de una maldición histórica que como a Lot ha convertido en materia estatuaria la inteligencia y a la emoción en un duopolio que se reparte entre lo mío y lo tuyo, lo blanco y lo negro, sin importar el tono, la pinta, la dicción o la posible idea (¿innovadora?) de una maciza facción.
[Publicado el 06/3/2008 a las 07:00]
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El número de divorcio de matrimonios de mayores de 60 años ha sido considerado espectacular en la última década española. De una parte parece comprensible que muchos se hayan hartado, tras decenios de resistencia, de la convivencia repetida pero otros han añadido a esta cruz la sensación de que todavía no ha terminado todo. No ha terminado la opción de vivir, ida, especialmente.
Algunos protagonistas se atribuyen un suficiente porvenir que pretenden orientar hacia otras ilusiones de libertad y compartir esa peripecia con nuevas personas. Al fin y al cabo, si un buen número de sexagenarios abandona a su pareja histórica la oportunidad para nuevos enlaces aumenta inmediatamente.
Un actual anuncio en la televisión (referido ¡al metro de Madrid!) muestra los preparativos de una boda en el campo y juega con el equívoco de quién es realmente el novio. O este señor de unos cuarenta años que se calza el chaqué ayudado por su padre o, como se revela al final, el anciano padre que con unos 90 años se acerca a una novia que le espera con el ramo de flores y una fisonomía octogenaria. Con tal pretexto nupcial el spot nos dice que en la vida hay muchas paradas y que el metro de Madrid ofrece una parada para cada uno. Una parada y una chorrada.
El malestar que crea este desafortunado anuncio proviene de la boda necesariamente grotesca y que en lugar de lucir como una oportunidad de vida adicional despide un tufo de últimas voluntades. ¿Se trata de algo parecido con las bodas de sexagenarios? Más o menos. Porque ¿casarse de nuevo? ¿reproducir la vieja y desvencijada fórmula en la que se vivió hasta la hartura?
Más bien cabría pronosticar que precisamente la población que se separa a los 60 años es la pionera de una sobrada experiencia que proclama la inconveniencia de casarse. No lo dicen ya legiones juveniles que descreen de las instituciones sino cohortes de personas experimentadas, necesariamente instruidas en esta materia y que, cargadas de razones profundas, descalifican el beneficio del matrimonio. La boda fue un rito y un mito. La boda nos embotaba: nos metía en el bote a los hombres y abotargaba la pasión de las mujeres. El modelo tradicional reproducía, más o menos, estos efectos repetidos. Prácticamente nadie escapaba a ellos pero faltaban pruebas rotundas de su desolación total.
La estampida de los mayores de 60 años con 30 o 40 años a las espaldas expresa los soterrados padecimientos de la relación, hasta ahora silenciados en nombre de la veneración casi sagrada al vínculo. Las rupturas masivas en la tercera edad proclaman el principio de una gran transformación porque no se trata ya de la renuencia a comprometerse con el ser amado sino de la denuncia de los males del compromiso y tanto más nefasto cuanto más prolongado, asiduo y envejecedor se hizo en medio de la penitencia, la represión y la degradación desde ambos lados.
[Publicado el 05/3/2008 a las 11:51]
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He leído que Céline, tras las tribulaciones carcelarias y el desprestigio ideológico, batalló los últimos diez años de su vida para recobrar su consideración pública como escritor excepcional.
Bien ¿pero cómo se hace una cosa así? ¿De qué modo se planea esa intangible batalla? ¿Qué debe hacerse para que se acepte y ame tu propia escritura? ¿Habrá diferencia entre la dificultad de esforzarse por ser apreciado como escritor y entre llegar a ser amado como persona?
De la impotencia aprendida en los varios afanes de seducción romántica se deduce la incapacidad para conquistar al público si el público, como aquella persona anhelada, no quedan por sí mismos mágicamente atrapados. Hacer algo predeterminado para gustar al otro lleva fácilmente a la depreciación ante él y, consecuentemente, a un empeoramiento del empeño. Avenirse a lo que se supone que debe agradar a quien estimamos convierte, a ojos de aquél, en vasallaje nuestra maniobra y se pierde fácilmente la imprescindible estatura para admirar. Amar no es sólo admirar pero ¿quién duda que todo encendido amor se felicita a sí mismo cuando ha encontrado la incandescencia de lo admirable? Y, ¿puede intentarse, entonces, alguna estratagema para admirar cuando, con gran frecuencia, la base de esa emoción reside precisamente en no poder mirar al otro sin alguna ceguera, no poder abarcarlo por completo a causa de su atribuida dimensión y en suma, sufrir -gozosamente- la imposibilidad de poseerlo totalmente? La imposibilidad de suscitar admiración de acuerdo con nuestro gusto se corresponde con la impotencia que vive el admirador espontáneo para degustar plenamente al admirado. Porque si de algo estamos seguros es de que el fenómeno de seducción conlleva necesariamente la independencia del seductor, su autonomía, su libertad incondicional, más allá de nuestro abrazo. Se enamora así desde un cierto e incontrolado grado de desamor, punto crítico a través del cual se despierta el arrebatado deseo del otro.
[Publicado el 04/3/2008 a las 07:00]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de Jefe de Opinión y Jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008) y Passé Composé (Alfaguara, 2008).
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Condenas)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
30/8/2008 02:25
Publicado por: Historia Zen 2
30/8/2008 02:24
No es posible robar la luna ...
Publicado por: Historia Zen 1
29/8/2008 23:38
Publicado por: Jaime J
29/8/2008 23:26
Publicado por: Jaime J
29/8/2008 23:24
Publicado por: jui... qué?
29/8/2008 23:22
Si, claro. La vida se la da la...
Publicado por: Jaime J
29/8/2008 23:14
Publicado por: Juicioso?
29/8/2008 23:11
Publicado por: Jaime J
29/8/2008 23:09
Es curioso lo que dice. Hasta...
Publicado por: Jaime J
29/8/2008 23:08
Publicado por: Juicioso
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