El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
miércoles, 14 de mayo de 2008

[Publicado el 13/5/2008 a las 10:30]
[Etiquetas: Bolivia]
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Después de The Commisariat of Enlightenment (2003), su magnífica novela sobre la muerte de Tolstoi, el escritor norteamericano Ken Kalfus se ha sumado, con Un trastorno propio de este país, al numeroso grupo de escritores dispuestos a narrar la tragedia del once de septiembre y sus secuelas traumáticas. A estas alturas, hay para escoger en la forma en que los novelistas han entramado los hechos: el arco dramático va desde la versión trágica de Don DeLillo (El hombre del salto) hasta la ingenua de Jonathan Safran Foer (Tan fuerte, tan cerca). En buena parte de estas novelas, lo que predomina es el tratamiento reverencial, solemne del tema; quizás no se tiene la perspectiva suficiente para ser irreverente. Quizás hace falta que pase un buen tiempo para que alguien haga con lo ocurrido lo que hizo Joseph Heller con la segunda guerra mundial en Catch-22. Hasta ahora, el mejor ejemplo es The Zero (2006), la brillante sátira de Jess Walter. Se agradece, entonces, que Kalfus se haya decidido por la "comedia negra".
Un trastorno propio de este país tiene un comienzo prometedor: Joyce se entera de que dos aviones se estrellan contra el World Trade Center, y, como su marido Marshall tiene su despacho en el piso ochenta y seis de una de las torres, se alegra ante la posibilidad de que él haya muerto; en ese momento, ella y Marshall se hallan enzarzados en un divorcio feroz. Pero Marshall se salva, y a partir de ese momento asistimos, de manera paralela, a la lucha a muerte entre Joyce y Marshall -con sus dos hijos pequeños, Vic y Viola, en el medio--, y a los intentos desesperados de los Estados Unidos por lidiar con el ataque terrorista. Son muchas las novelas que han extraviado el camino intentando una analogía fácil entre lo que ocurre en un microcosmos y lo que significa para toda una sociedad (digamos, las luchas de una familia como sinécdoque de la desintegración de un país); por eso, la perspectiva elegida por Kalfus es peligrosa: ¿debe el lector encontrar una relación directa entre el divorcio de una pareja y la relación de Estados Unidos con el mundo?
Por suerte, Kalfus no carga las tintas, y si bien el divorcio y "la guerra contra el terror" siguen su propia, retorcida lógica, la fuerza de la analogía se debe a que ésta se mantiene implícita durante casi toda la novela. A veces, estos mundos se tocan y todo se torna explícito, como cuando, en una de las escenas más cómicas, Marshall sigue las instrucciones de un sitio web en árabe y se convierte en un "hombre bomba" dispuesto a detonarse junto a Joyce y sus hijos; los cartuchos de dinamita no explotan y Joyce, solícita, trata de ayudarlo; al fracasar en su intento, ella convierte eso en una razón más para su desprecio: "Nunca llegas hasta el final en nada; eso es lo que te pasa".
Kalfus tiene una mirada aguda para captar la atmósfera de un país confundido por el ataque. Joyce se viste de gris y negro porque ahora los estadounidenses viven en "tiempos serios" y "la moda no se llevaba esos días". Los restaurantes afganos en Nueva York cuelgan banderas estadounidenses a la entrada para demostrar su patriotismo. Los agentes del FBI están por todas partes, revisando bolsos y carnés de conducir; uno de ellos dice: "No hay que quedarse de brazos cruzados, tiene que parecer que hacemos algo". Una amiga de una amiga de Joyce se acuesta con desconocidos; es el "'sexo del terror'. Ahora, todo el mundo necesitaba algo: liberación o restitución, o tan sólo un reconocimiento de que sus vidas habían cambiado". En ese clima, sí se pueden entender las diversas estratagemas urdidas por Joyce y Marshall para hacer daño al otro como parte inevitable del ‘divorcio del terror'.
A medida que avanza la novela, el tono de comedia se entremezcla con una narración más solemne. Con la inminencia de la guerra en Irak llega la inminencia del divorcio. Joyce, una vez divorciada, ya no puede acordarse cuáles eran las razones que habían motivado la separación. La guerra se gana con facilidad, Marshall comienza a trabajar en otra empresa. Y Kalfus, entonces, decide abandonar su tono satírico y demuestra, en un final deplorable, que a él también la reverencia ante el dolor le puede ganar la partida. Uno entonces recuerda a Safran Foer, que hace que en su novela Tan fuerte, tan cerca Oskar Schell, el niño protagonista, quiera, sentimental él, que la flecha del tiempo cambie de dirección para que los muertos del World Trade Center vuelvan a la vida. A la hora de narrar los hechos relacionados con el once de septiembre, a los novelistas norteamericanos, incluso a los de "comedia negra", todavía les tiembla el pulso: resulta tentador que tanta tragedia desemboque en una muy obvia y freudiana fantasía de cumplimiento de un deseo.
(Letras Libres-España, mayo 2008)
[Publicado el 12/5/2008 a las 11:00]
[Etiquetas: Kalfus, literatura norteamericana, 11 de septiembre]
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[Publicado el 09/5/2008 a las 10:17]
[Etiquetas: Manuel Vilas, literatura española contemporánea]
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Un gran premio para Etiqueta Negra

[Publicado el 08/5/2008 a las 10:08]
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Santa Cruz: del orgullo regional al liderazgo nacional

Durante mi adolescencia en Bolivia, a fines de los años setenta y principios de los ochenta, mis vacaciones favoritas del verano eran a Santa Cruz. Mi madre, mis hermanos y yo íbamos en bus por una carretera tortuosa, en un viaje que duraba ocho horas. Me gustaba ver cómo el paisaje del valle -los colores terrosos y azulinos de sus montañas-- iba dando paso al verde intenso del trópico. Descendíamos de los dos mil quinientos metros de Cochabamba a los cuatrocientos de Santa Cruz. Nos alojábamos en casa de unos tíos cerca del monumento al Cristo Redentor; mis primas me presentaban a sus amigas y me sorprendía ante su carácter abierto, la forma en la que me decían las cosas sin reservas. Por las noches, yo leía en una habitación con las ventanas abiertas por donde ingresaban los mosquitos que no nos dejaban dormir. En la televisión se podían ver canales brasileños.
Por ese entonces, nosotros, los collas del valle y Occidente del país, veíamos en menos a Santa Cruz. Decían nuestros lugares comunes que los cruceños eran flojos y superficiales: gente que vivía para los concursos de misses y los Carnavales. Podíamos pasar las vacaciones en ese pueblo grande con pocas calles asfaltadas, podían algunos avezados emigrar al oriente, podíamos admirar la belleza de sus mujeres, pero estaba claro que si uno quería progresar debía irse a la capital, La Paz. La ciudad crecía en forma de anillos concéntricos, había en la gente un admirable orgullo regional y un gesto natural de hospitalidad hacia los visitantes, pero, para un país que todavía insistía en verse sólo como "andino", Santa Cruz era una especie de anomalía a la que no podía verse seriamente como un polo de desarrollo, mucho menos como el eje dinámico de una nueva Bolivia.
Y sin embargo, algo pasó en las últimas décadas del siglo XX. Santa Cruz continuó creciendo de manera imparable, al punto que, mientras el resto del país sufría un estancamiento angustiante, un tercio del PIB comenzó a generarse en ese departamento; la inmigración interna dejó de pensar en La Paz como la opción principal, y trasladó su destino hacia Santa Cruz (si en 1950 sólo el 9% de la población nacional vivía en Santa Cruz, hoy uno de cada cuatro bolivianos vive allí). De pronto, apareció un dicho en Bolivia: "Santa Cruz es otro país". Era y no era Bolivia: era el futuro del país, pero un futuro que ya era presente y en el que no nos reconocíamos del todo: estábamos acostumbrados a que Bolivia no funcionara, y en Santa Cruz nos encontrábamos con una Bolivia que progresaba.
El regionalismo de Santa Cruz se deriva del hecho de que, al hallarse lejos de los centros de poder en Bolivia, fue ignorado sistemáticamente por los gobiernos centrales. Cuando, en la segunda mitad del siglo XIX, se planeó unir al país a través del ferrocarril, no se tomó en cuenta a Santa Cruz; una línea de ferrocarriles con destino hacia este departamento comenzó a construirse en 1904, y recién llegó al departamento en 1954. Aislados, los cruceños aprendieron a desarrollarse por sí mismos, sin depender del poder central. Pese a la indiferencia del gobierno, los cruceños nunca dejaron de sentirse bolivianos. Andrés Ibañez, uno de sus caudillos decimonónicos, no peleó por la independencia sino por un sistema federalista que pusiera a Santa Cruz al mismo nivel de las principales ciudades de Bolivia. Los proyectos autonomistas, que aparecieron a fines del siglo XX y llegaron a un momento decisivo con el referendo autonómico el pasado domingo, nunca han enarbolado una bandera separatista, aunque el gobierno de Evo Morales ha hecho todo lo posible por demonizar el deseo cruceño de autonomía.
En la pulseada actual entre el gobierno central y Santa Cruz, arriesgo un pronóstico: ganará Santa Cruz. El dinamismo de ese "otro país" de Bolivia no puede ser frenado por el error histórico de Evo. Pronto, ya no se hablará de "otro país": Santa Cruz es la nueva Bolivia y le corresponde proyectar su orgullo regional a un liderazgo nacional. De hecho, ya lo está haciendo: en cinco de los otros ocho departamentos del país se vienen concibiendo diferentes proyectos autonómicos.
(Reportajes, La Tercera, 4 de mayo 2008)
[Publicado el 07/5/2008 a las 10:44]
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Referendo autonómico en Santa Cruz: algunos apuntes
[Publicado el 06/5/2008 a las 02:30]
[Etiquetas: Bolivia, Evo Morales, Santa Cruz]
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Río Fugitivo en El Boomeran(g)
[Publicado el 05/5/2008 a las 11:01]
[Etiquetas: blog]
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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967), estudió Relaciones Internacionales en universidades de Argentina y EE.UU., adonde llegó con una beca como jugador de fútbol. Una oportuna lesión y su vocación literaria le llevaron a concentrarse en su carrera académica: en 1997 se doctoró en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de California, Berkeley, y desde ese mismo año es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de las novelas Días de papel (1992), Alrededor de la torre (1997), Río Fugitivo (1998), Sueños digitales (2000), La materia del deseo (2001), El delirio de Turing (2003) y Palacio Quemado (2006); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Desde octubre de 2005 hasta abril de 2008 escribió el blog Río Fugitivo en Blogspot.
13/5/2008 20:29
Y gracias por tus escritos. Hoy...
Publicado por: kjdk
13/5/2008 20:20
Hoy,trece de mayo, a las 22:30,...
Publicado por: kjdk
13/5/2008 00:24
Publicado por: kdj
12/5/2008 22:54
Publicado por: edmundo
12/5/2008 14:09
Hola Edmundo: Soy periodista...
Publicado por: Rocío Lloret
12/5/2008 13:57
Publicado por: edmundo
10/5/2008 09:04
Me agrado mucho leer este post,...
Publicado por: Sergio
09/5/2008 11:02
Hola Edmundo, muchas gracias por...
Publicado por: Estudiantes de Tel Aviv
09/5/2008 00:19
Publicado por: edmundo
08/5/2008 21:57
Publicado por: Almada
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