En el jardín corren ríos subterráneos, hay árboles con troncos gigantescos, tantas frutas que no habría tiempo de probarlas. Aves de cantos como liras, fuentes de aguas traslúcidas y una luz que baña de oro los semblantes.
Nos han dicho que de allí fuimos expulsados. Que el jardín, pues, nos pertenece. Vemos su sombra proyectada en todas partes -una piel, una promesa- y nos lanzamos, aterrados o sedientos, en su busca.
El jardín perdido. El jardín que nos aguarda. Y, en medio, este collado.
[Publicado el 02/5/2008 a las 07:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [72 comentarios] [Enviar a un amigo]
El título de esta entrada es engañoso. Éste no es el final, no puede serlo.
Es sólo un alto en el camino. La pausa necesaria antes del final, si es que estas historias pueden tener un final.
En la primera entrada, hace varias semanas, imaginé un espacio en el cual disecar a ese insecto, a esa criatura que soy yo mismo. Mi propia historia y, también, la historia de mis abismos. Y, acaso, de los abismos de nuestro tiempo.
Una inmersión en el dolor ajeno. En la imposibilidad del dolor. Del dolor que es la imposibilidad del dolor.
El modesto recorrido me ha llevado a hablar sobre mi regreso a México. Ha transcurrido justo un año de que volví a mi patria (¿de hienas y fantasmas?). Como era de esperarse, el viaje me devolvió, más bien, al pasado.
A Ana y a lo que Ana significa.
Necesitaba explicarme a mí mismo. Y explicarle a ella.
El fracaso era evidente desde el principio. Pero, si las respuestas unívocas no existen, existe la memoria. La voluntad de preservar la memoria. Y de preservar a quienes se han ido.
A quienes hemos abandonado.
Quizás estas líneas no sean una explicación, ni una expiación pública, ni un ajuste de cuentas, sino una llamada.
Una llamada en medio del desierto.
Última conclusión (provisional). La exploración de mí mismo me condujo a Leila. El mundo, de manera obvia, es mi mundo. Afuera es adentro. Leila está allí y me lo recuerda a cada instante. "Leila c'est moi", me atrevería a decir si la frase no fuese sólo una postura estética, sino ética.
¿Y ahora?
Ahora hay que concluir, de algún modo, estas historias.
El regreso.
Ana.
Leila.
¿Acaso ustedes, mis lectores, mis semejantes -nunca mejor dicho-, imaginan las entradas subsecuentes, las líneas faltantes, los nudos, los cruces?
Un experimento como éste exige dejar la puerta abierta.
Para que, si así lo desean, ustedes entren y compartan, al menos por unos segundos, este mundo, mi mundo.
El mundo de otro.
"Mi casa es su casa", decimos hipócritamente los mexicanos. Una verdad a medias. Perfecta para la ocasión.
[Publicado el 30/4/2008 a las 21:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [17 comentarios] [Enviar a un amigo]

Juan Goytisolo (izquierda), con el escritor Jean Genet en Amsterdam, en 1958.
Recuerdo un documental francés sobre grandes personajes. Alguien entrevistaba a Jean Genet, ese maldito. Y él decía -o pienso que decía- que su vida cambió en un segundo, a los setenta, mientras viajaba en tren de París a Normandía. Eso creo.
Frente a él, un hombre enjuto de edad indefinible. Cualquiera. Genet lo mira, nada lo distingue de los otros pasajeros, y se sobresalta. Ese desconocido vale lo mismo que él. Lo mismo.
Eso descubrió Jean Genet, mientras viajaba en tren de París a Normandía, a los setenta.
[Publicado el 29/4/2008 a las 18:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [11 comentarios] [Enviar a un amigo]
La fecha límite está próxima y no he escrito una sola línea: la humanidad, qué desatino. Me distraigo con los noticieros
-el horror en dosis homeopáticas-, esquivo las llamadas de mis padres y camino por esta ciudad donde caminar es imposible.
Reconozco un sitio conocido y me arredro. Subo al metro sin dirección, sin horario. Escudriño a los otros pasajeros pero nada me ilumina. Regreso a casa sin un rostro en la memoria.
No estoy deprimido: sé que ante mí comparecerán otros cuerpos y que mancillaré cientos de páginas futuras. Sucio consuelo.
[Publicado el 28/4/2008 a las 11:15]
[Enlace permanente] [Imprimir] [11 comentarios] [Enviar a un amigo]
La oposición al fin se organizaba: tras décadas de impotencia, fraudes y amenazas, el cambio se antojaba impostergable. Los puños en alto auguraban la elección más reñida de la historia. Muchos temíamos que el Partido incubase otra masacre -su esencia cavernícola- pero aún así le reservábamos un lugar a la esperanza.
Ana y yo compartíamos el entusiasmo por la concentración de aquella tarde: nuestro candidato cerraría su campaña y se esperaba la asistencia de una horda de inconformes.
Quedamos de encontrarnos frente a Bellas Artes para marchar rumbo a la plaza. Le di un beso en los labios -ese beso- y me fui a dar mis clases.
Ana nunca llegó a Bellas Artes y yo no asistí al cierre de campaña: malos presagios. Volví al departamento y me encontré Ana convertida en una furia. Los párpados hinchados, las manos crispadas, los pómulos como cerezas. Pero sus ojos no eran suyos. Tampoco su sonrisa.
Se abalanzó contra mí. Sus débiles puños se estrellaron contra mi pecho como ráfagas. Apresé sus muñecas e intenté tranquilizarla. ¿Por qué me haces esto?, gemía. ¿Por qué a mí?
Te quiero pero ya no puedo estar contigo, le dije. No sé por qué, no lo entiendo, no me entiendo, esto me mata. Ella sollozó y apenas dejó que la abrazara.
Hicimos el amor. Olvidamos. Dormimos unas horas. Pero a la mañana siguiente éramos los mismos.
[Publicado el 25/4/2008 a las 17:33]
[Enlace permanente] [Imprimir] [8 comentarios] [Enviar a un amigo]
Me desprendía de su cuerpo y la miraba, atónito, como se mira un cuerpo anónimo en la prensa.
[Publicado el 24/4/2008 a las 17:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [6 comentarios] [Enviar a un amigo]
Cuentan -pero sólo Dios puede hurgar en el corazón de sus criaturas- que Leila duda por un instante. Reconoce el camino hacia Bagdad y piensa en volver sobre sus pasos. Cobijarse en el desierto y en la noche. Enterrar el dolor a imitación de sus vecinos. Dejarse vencer por el miedo y esa estúpida fuerza que otros llaman vida. Apenas un instante.
[Publicado el 23/4/2008 a las 17:11]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
Esta historia no me pertenece. Puedo negarlo, invocar el arte o el poder de las mentiras, la ética superior de los profetas. Pero esta historia no me pertenece.
Al contarla traiciono la confianza de los otros. Banalizo su dolor o lo corrompo.
No saldré indemne.
[Publicado el 22/4/2008 a las 17:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [9 comentarios] [Enviar a un amigo]
¿Cómo contar una historia? ¿Y qué contar exactamente? La pregunta aquí ya no es retórica, ni siquiera poética. O, en todo caso, de esa verdadera clase de poética que es la ética.
Vuelvo a algunas de las preguntas del principio.
¿Qué derecho tengo de contar el final de esta historia? ¿De exponer su desgarramiento? ¿De exhibir su desequilibrio?
¿Puedo hacerlo?
¿Debo hacerlo?
¿La ficción o, más ampulosamente, el arte justifican esta maniobra? ¿No se tratará, más bien, de otra manera de resaltar la indiferencia?
¿Escribir el dolor no será, también, acaso, una forma de neutralizarlo? ¿Una simple justificación de mi distancia?
¿Ha de narrarse la degradación del amor paso a paso, como si se tratara de una secuencia de hechos tersa, impecable? ¿Cómo si observase, ya lo he dicho, a una bacteria bajo el microscopio?
¿O se vale alterar los hechos, protegerla con metáforas desligadas de lo vivido?
¿Qué historia nos pertenece? Y, repito, ¿cómo contarla?
[Publicado el 21/4/2008 a las 17:29]
[Enlace permanente] [Imprimir] [9 comentarios] [Enviar a un amigo]
Los caminos están a punto de cerrarse. Desde el principio quise forzar la forma, aventurar cien entradas de esta bitácora. Y, en ellas, mezclar estas tramas. Las tres corrientes que, como señaló una lectora, no aspiran a enredarse sino a superponerse como palimpsestos. Una capa encima de otra. Lo íntimo suplanta a lo público. La historia a la Historia. La contemplación del dolor a la contemplación del dolor. El fracaso al fracaso.
Hace un año ya que he vuelto a México. El regreso -aún si es imposible- adquiere cierta naturalidad. Pero la extrañeza se mantiene. La extranjería. Y el abismo que me separa de los otros.
Del pasado. De mí mismo. De Ana. Me duele que su dolor no me duela. ¿Y qué hacer entonces? ¿Cómo cerrar este malentendido? ¿Puedo, acaso, cerrarlo?
Mientras tanto, Laila -que pronto se convertirá en Leila- también se acerca al final de su trayecto. Ha recuperado a sus hermanos. El último resquicio de ella misma que le queda. La última esperanza. O su negación. ¿Y ahora?
Estos textos han buscado explorar la indiferencia, conjurarla. Imaginar que el otro existe. Que existió Ana. Que existió Laila.
Que existen ustedes allá afuera. ¿Y ahora?
[Publicado el 17/4/2008 a las 13:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [13 comentarios] [Enviar a un amigo]
Jorge Volpi (México, 1968) Es licenciado en Derecho y maestro en Letras Mexicanas por la unam y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca.
Es autor de las novelas A pesar del oscuro silencio (Joaquín Mortiz, 1992; Planeta, 2000), Días de ira, en el volumen Tres bosquejos del mal (Siglo XXI, 1994; Muchnik Editores, 2000), La paz de los sepulcros (Aldus, 1995; Seix Barral, 2007), El temperamento melancólico (Nueva Imagen, 1996; Seix Barral, 2004) Sanar tu piel amarga (Nueva Imagen, 1997; Algaida, 2004) y El juego del Apocalipsis (DeBolsillo, 2000) y de los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (Editorial Era, 1998) y La guerra y las palabras. Una historia del alzamiento zapatista (Editorial Era en México y Seix Barral en España, 2004).
En 1999 obtuvo el Premio Biblioteca Breve por su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999), con la cual inició una "Trilogía del siglo xx", y de la cual se han publicado ediciones en veintisiete idiomas y más de treinta países. En 2004 publicó la segunda parte de la trilogía, El fin de la locura (Seix Barral) y en 2006 la última parte, No será la Tierra (Alfaguara).
Ha sido profesor en las Universidades de Emory, Cornell y Las Américas de Puebla y ha dado conferencias numerosas instituciones educativas en México, Europa, América Latina y Asia. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de México y becario de la Fundación John S. Guggenheim. Actualmente es director del Canal 22, televisión cultural del Estado mexicano.
No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España
Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España
Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España
Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España
La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España
El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España
Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España
En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España
El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España
Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España
09/2/2010 03:10
sgfgdfgdtueyfelprofkimerdekibhgf...
Publicado por: alexandra
25/1/2010 19:06
Publicado por: samyadeep sengupta
25/1/2010 05:37
Dear Mr. Volpi I am a reader...
Publicado por: Vidyanand Jha
19/1/2010 02:33
Publicado por: Agustín Yirigollén
10/12/2009 23:51
Reitero mis saludos segunda...
Publicado por: Noe Sánchez
10/12/2009 23:27
Saludos Jorge Volpi Hablando...
Publicado por: Noe Sánchez
30/11/2009 21:43
Publicado por: Leoncio Acuña
29/11/2009 20:29
Publicado por: yeison
28/11/2009 06:33
Dr. Volpi P R E S E N T E Le...
Publicado por: Juan Enrique Ortega Rousset
28/11/2009 06:32
Dr. Volpi P R E S E N T E Le...
Publicado por: Juan Enrique Ortega Rousset
© 2005 | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS
Página desarrollada por Tres Tristes Tigres