El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de marzo de 2010

 Blog de Jorge Eduardo Benavides

Presos políticos

 

Mientras nuestros representantes políticos balbucean sin decidirse a condenar de manera enérgica y efectiva al régimen de Castro -ya saben, aunque sea el otro Castro, siempre será el mismo, hermanados no tanto por la sangre como por la infamia- algunas plataformas ciudadanas empiezan a buscar que el mundo no siga mirando a Cuba con esa mezcla de incómoda perplejidad con que siempre la ha mirado. La isla caribeña es una herida abierta en la conciencia de todos y la indiferencia que la sociedad civil ha mostrado es el alimento de regímenes como el de los Castros. Ya sabemos que nuestros dirigentes políticos no moverán un dedo más que para rascarse incómodos la nariz y mirar a otro lado o sonreír gaseosamente como Lula Da Silva mientras uno de los Castros, a su vera, explicaba sin rubor ante las cámaras que Orlando Zapata era un delincuente común, tesis que suscribe con entusiasmo el actor Guillermo Toledo  para quien, al parecer, la activista saharaui Aminatu Haidar -a la que acompañó en su lucha- vale más que Zapata. Ya sabemos: los buenos son los que corresponden a mi perfil ideológico.

No es Toledo el único por supuesto, y aquí mismo, en España, hay innumerables intelectuales -vamos a llamarles así- que defienden a capa y espada un régimen cuyos despropósitos, atropellos y sevicias tienen al borde del colapso a todo un pueblo y en cambio a ellos, a sus defensores, los hacen exclamar horrorizados de que se trata de un complot contra "el pueblo cubano" (nunca dicen "contra el régimen") y que los presos políticos son infiltrados de la CIA. Recalcitrantes, frívolos, cómplices y estultos, suelen llamar fascistas a quienes levantan la voz contra el dictador clonado, exactamente como hacen los etarras cada vez que se refieren a quienes luchan contra ellos.

Por fortuna ahora tenemos redes sociales y la rapidez de Internet para que los ciudadanos nos organicemos  contra el régimen de Castro y contra todos los regímenes que han izado la bandera del terror en sus países. Nuestros representantes siguen demostrando que no tienen la dimensión moral suficiente para enfrentar de manera decisiva tales horrores. La historia los recordará con vergüenza. Que no nos ocurra a nosotros lo mismo. Desde el pasado 10 de marzo ha salido a la luz oficialmente la campaña a favor de la liberación de los presos políticos cubanos. Juzguen ustedes y piensen si es necesario firmar.

 

[Publicado el 16/3/2010 a las 11:46]

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Kafka en Buenos Aires

 

Con muy pocas páginas y la lenta dosificación de una trama más bien frágil -en apariencia- "El Oficinista", de  Guillermo Saccomanno, va edificando frente al hipnotizado lector un escenario desolador, contaminado de un desasosiego que por momentos amenaza con convertirse en un verdadero Apocalipsis social que de inmediato nos hace pensar en "Blade Runner" de Ridley Scott y en "Brazil" de Terry Gilliam: perros clonados, furiosos mendigos, coches bomba, apagones, una ciudad decrépita, la crueldad sin ley de una población joven y sin esperanza, pero sobre todo el perturbador espectáculo de una oficina que parece no tener ninguna finalidad financiera aunque sí todos los despropósitos para envilecer al alma humana.  Saccomanno, ganador del más reciente premio Biblioteca Breve con esta novela,  ha encontrado una nueva veta para seguir indagando en ese territorio árido y terrorífico que ya nos mostrara Kafka y algunos otros seguidores del escritor checo: un espejo donde cuesta reconocerse y reconocer la sociedad que tan minuciosa como fieramente hemos construido durante el siglo pasado.

Un oficinista sin nombre se enamora enajenada, arbitrariamente, de una compañera de trabajo. Está atrapado en el laberinto del desencanto familiar -su mujer y "la cría", es decir, los hijos-; también está aniquilado por el temor absoluto y cotidiano de perder su empleo tan gratuitamente como cualquier otro compañero de trabajo; está aferrado a la mezquina bajeza de hacer todo lo posible por conservar su lugar en la oficina y no ser expulsado de aquel infierno que sin embargo es lo único real que tiene: allí fue donde inició su romance. La vida de este oficinista de perfil kafkiano es un largo pasillo con olor a encierro que conduce de su casa a la oficina y de esta a la primera. Las calles turbias de este Buenos Aires que al mismo tiempo es cualquier capital hispanoamericana-y si me apuran, del mundo- son un campo minado donde los tiroteos, los ajustes de cuentas y la omnipresencia de un ejército vagamente vinculado a una hipotética dictadura agravan la situación. Y tal situación, el drama minúsculo y cotidiano de quien se enamora de otra mujer tiene aquí la consistencia elusiva de las pesadillas, de ese emplazamiento tumefacto y algodonoso del que uno siempre quiere despertar.

Saccomanno trabaja un lenguaje pulcro, de palabras pulidas como guijarros en el lecho de una corriente narrativa tan intensa que termina por llevarse a su paso toda objeción, toda posible incredulidad del lector al adentrarse en esta novela que, increíblemente, se lee de un tirón. Quizá porque el horror que muestra no es el horror brutal y sin paliativos que hay en otras novelas sobre la terrible situación de las grandes ciudades hispanoamericanas, sino un terror más sutil, más emparentado con la fatalidad, con cierto desgaste existencial que nos emplaza a todos los seres humanos con nuestros temores más básicos: perder la seguridad de un hogar o de un trabajo, lanzarse a un nuevo amor, a una aventura que somos incapaces de dominar, perder incluso la ilusión de la vanidad. "No me conocen", dice en algún momento el Oficinista, "no saben de lo que puedo ser capaz", alardea con una fiereza patética. Pero al momento cae en cuenta de que él tampoco se conoce, tampoco sabe de lo que puede ser capaz. Como casi todos.

 

[Publicado el 09/3/2010 a las 11:17]

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I Congreso Virtual de la Lengua Española

 

Todavía sobrecogidos por la catástrofe que ha dejado tanta muerte y destrucción en Chile, algunos han tomado la iniciativa de intentar volver a la normalidad lo antes posible y darle cauce a experiencias truncadas por el terremoto. Una de esas actividades, como muchos de ustedes saben, es el V Congreso Internacional de la Lengua Española, en el que han trabajado tantas personas y durante tanto tiempo con ilusión y perseverancia y que, naturalmente, fue suspendido. Entre esas rápidas iniciativas para paliar esta parcela del desastre, el suplemento Babelia ha decidido ampliar el especial que empezó a publicar hace dos días en este blog: http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/ sobre dicho Congreso. Lo han transformado en un Congreso Virtual de la Lengua Española que empezará a funcionar desde hoy y hasta el viernes. Cada día habrá chats con académicos y escritores, audios de autores hablando de la lengua, un adelanto de palabras del nuevo Diccionario de americanismos (que se iba a presentar en el Congreso) y una pregunta a los lectores para que entre todos los hispanohablantes demos al castellano o español el tratamiento que merece, según explican desde el suplemento, e invitan a todos a proponer ideas y participación.

Creo que es importante, para quienes estamos interesados en la lengua y la literatura, participar activamente y con nuestra presencia (virtual) pues la iniciativa también sirve para medir el pulso de nuestra vinculación con las nuevas tecnologías, convirtiéndolas en verdaderas herramientas de participación social. Este fallido V Congreso físico que se iba a celebrar en Valaparaíso puede no considerarse del todo abortado; más bien puede convertirse en el Primer Congreso Virtual de la Lengua Española y también en el primero en que todos nos movilizamos para entendernos y entender el avance de nuestra lengua común. De manera que si lo desean, pueden dejar  aquí sus impresiones y comentarios sobre el debate que generarán las opiniones y las charlas, las ponencias y estudios de los participantes en el congreso: hay algunas participaciones muy interesantes. O bien lanzar alguna propuesta de debate que nos interese a todos. Así, el terremoto de Chile no habrá destruido también el acervo intangible de nuestra cultura.

 

 

[Publicado el 02/3/2010 a las 11:21]

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Lecturas sesgadas

 

Hace ya muchos años atrás, un conocido mío, profesor universitario en la Universidad de La Laguna, me mostró con indignación un artículo de Vargas Llosa (creo que se titulaba Isla Negra o hablaba de tal lugar, no recuerdo bien aquello pero sí que salió en El País) y señalándome párrafo a párrafo las pérfidas declaraciones del escritor, me espetó que con un artículo así quedaba claro que se trataba de un fascista, un defensor de los ricos y un agente de la CIA. Lo miré un momento perplejo porque por más que me esforcé en una lectura atentísima -bueno, estábamos en el mítico Búho Jazz Bar...- no lograba ver nada de lo que él me decía. Y sé perfectamente que Vargas Llosa genera polémica y que muchos lo acusan de lo mismo que decía este profesor, así como de otras cosas peores... si caben. Pero estaba hablando con un profesor universitario y no con uno de esos incendiarios más llenos de ruido y furia que de argumentos.

La cuestión para mí no es tanto el debate que podría originarse al respecto de las ideas de Vargas Llosa o no, sino la distancia sideral que había entre la lectura de aquel profesor y la mía. Sería fácil -y deslealmente ventajoso- explicar que mi «interpretación» de aquel artículo periodístico era la buena y la suya la equivocada pero no es por ahí por donde voy, pues a lo largo de los años me he encontrado con lecturas tan sesgadas sobre un asunto determinado que me pregunto si acaso yo mismo no la hago cuando se trata de según qué temas. A veces, cuando un inofensivo post en este espacio hace brotar ciertos comentarios me pregunto si la gente hace una lectura tan sesgada como para no entender el fructífero y saludable debate que puede generar una reflexión menos ardorosa y obnubilante del texto que tenemos entre manos, de la idea que nos proponen, del argumento que nos defienden. Vamos leyendo o escuchando aquello que contradice desde un principio lo que pensamos y el juicio se nos nubla: vemos ponzoñosas vetas escondidas entre los párrafos, silencios llenos de oprobio, distorsiones de todo tipo. Al final hemos hecho nuestra lectura, parcial, equivocada, llena de furia sacra. Recuerdo que unos compañeros de clase en mis lejanos años universitarios impugnaron a un profesor marxista porque «sabía mucho del tema pero no creía en él.» En realidad, lo que querían no era un profesor: querían un párraco.  Porque quizá escuchar las razones del otro exige de nosotros una atención que no estamos dispuestos a conceder, demasiado impacientes por explicar nuestras propias inaplazables razones en lugar de escuchar tantas pueriles tonterías. Y creo que a veces no es bueno cargarse demasiado de razón.           

[Publicado el 23/2/2010 a las 11:02]

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Escritores y señoras

El pasado sábado mi socio, el escritor Carlos Andrade y yo, ofrecimos una copa para editores, agentes, profesores, periodistas y amigos, pues inaugurábamos el Centro de Formación de Novelistas, que además de escuela es un espacio que ofrece todo tipo de servicios para quienes quieren dedicarse a este oficio: desde correcciones de estilo hasta asesorías personalizadas, coaching y gestión editorial. Trabajan con nosotros Carlos Salem y Vanessa Montfort, ambos escritores muy sólidos y -last but not least- también muy buenos profesores de escritura. Fueron muchos quienes se pasaron a saludar y a compartir con nosotros ese momento, que sirvió para estimular algunas charlas animadas sobre infinidad de temas que nos ocupan y preocupan a los escritores: el libro electrónico (asunto del que nos instruyó largo y tendido Beatriz Rodríguez, que junto con Leonor Medel ha puesto en marcha "Musa a las 9", una singular editorial digital), la relación con editoriales y agentes, las «tendencias» literarias y, dado que inaugurábamos una escuela de novelistas,  también sobre esto de enseñar a «escribir» literatura, asunto que más de uno de ustedes conoce de primera mano, habida cuenta de que han pasado por aquel taller on line que dio origen a este blog.

Creo que cada vez es más extraño encontrar demasiados reparos o reticencias sobre dicha labor porque muchos escritores entienden que este oficio, como cualquier otro oficio, tiene un alto componente de aprendizaje sistemático, de paciencia, ensayo y error, lecturas y disciplina. Mucho más importantes, en todo caso, que la simple inspiración. Y recordé mis primeros años en Tenerife, cuando llevaba un taller que congregó durante años a muchos aficionados a la literatura que, con el tiempo, se han convertido en escritores con obra publicada, como José Luis Saorín, Ana Criado o Pablo Martín Carbajal.  Pero recuerdo también la suspicacia que generaba entre los escritores de allí la labor de los talleres. En cierta ocasión, compartiendo una mesa redonda, un novelista local habló de la «labor solitaria» que entrañaba el oficio y la escasa utilidad de la enseñanza para estos fines. Me miró furibundo y agregó que eso era un simple entretenimiento para señoras que no tenían nada mejor que hacer. Obviamente el colectivo de las señoras se sintió aludido y otros que no lo éramos tanto (señoras) también. Porque casi siempre, quien desdeña la enseñanza de la literatura alberga un concepto un tanto sacramental o litúrgico de ésta, considerándola casi un oficio al que accede sólo quien es tocado (o chamuscado...) por el fuego sagrado de la creación. Los demás son apenas unos advenedizos que entretienen sus horas libres escribiendo cuentitos prosaicos y novelas febles que nunca podrán considerarse literatura.

Es una idea errónea que sobrevive aún, aunque por fortuna con menos intensidad que hace algunos años, y que desvirtúa el carácter de esmero y trabajo cotidiano que tiene el hecho de enfrentarse con la creación de un cuento o de una novela. Y a mi modesto entender, eso es lo que procura un curso para escritores: el conocimiento de ciertas herramientas que ayudan a ahondar en el oficio.  Nada más. Por eso mismo, porque la literatura no es una profesión sino un oficio, el aprendizaje requiere una atención y un programa dúctil, cambiante, atento a las necesidades de cada uno, de sus intereses y posibilidades, tanto como de sus ilusiones y objetivos.  Por cierto, según me enteré por unos amigos, el novelista aquel terminó impartiendo algunos cursos de escritura creativa. Al parecer, las señoras lo han perdonado. 

[Publicado el 16/2/2010 a las 12:30]

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Del escritor comprometido al revolucionario del siglo XXI

Desde hace  al menos una década resulta cada vez más difícil encontrarse ya sea en Europa o al otro lado del charco, con esos latinoamericanos o pro latinoamericanos de una izquierda radical, bastante ingenua cuando no absolutamente pesada, intolerante y plagada de lemas que durante años pobló cafetines y tabernas, plazas y mercados de medio mundo. Ya no se les encuentra con tanta facilidad voceando su indignación contra las dictaduras y la corrupción y fragilidad de las democracias que precedieron a aquellas, indignación que por otra parte todos considerábamos justa, pero que ellos parecían asumir como propia y exclusiva, pues casi siempre la panacea para salvar a nuestros países consistía en poner en marcha de una vez por todas la revolución. Y al decirlo, naturalmente, miraban a Cuba.

No, ya no es fácil tampoco defender regímenes como el de Castro, pues supongo que eso que con ligereza y cierta irresponsabilidad se ha dado en llamar las grandes utopías sociales se ha secado o se ha agostado a tal punto que del vigoroso torrente de consignas y euforia proletaria ha quedado apenas un arroyuelo turbio donde abrevan sólo algunos recalcitrantes.  Supongo también que después de tantos, tantísimos años de dictadura salpicando el mapa de Hispanoamérica como un nefasto sarampión de totalitarismo, y luego de esa década de gobiernos democráticos obscenamente corruptos e ineficaces que casi aniquilaron nuestras sociedades, los hispanoamericanos hemos empezado a aprender la lección que bien podría resumirse con la célebre frase de Toynbee: "la democracia no es un puerto, es un barco." Creo que hemos entendido que detrás del sonido y la furia de todos aquellos eslóganes que sembraron nuestro horizonte social de esperanza, sólo cabía  la contingencia de nuevos regímenes con pretensiones totalitarias, y que los salvadores de la patria siempre son los que ponen a ésta en peligro. La prueba de ello es Hugo Chávez, el caudillo de ínfulas bolivarianas y de verbo encendido que está precipitando al abismo a una Venezuela fracturada y  cotidianamente en pie de guerra, y que se sostiene gracias al petróleo, como bien sabemos todos.

Este tipo de "intelectual revolucionario" que floreció entre los años sesentas y ochentas tuvo gran aceptación justamente aquí, en la Europa más próspera y democrática. También en la España que acababa de salir de la oscuridad del franquismo gracias a una transición en muchos aspectos ejemplar, el "intelectual revolucionario" no tenía inconveniente alguno en brindar por la muerte del dictador -que al parecer no se les terminaba de morir nunca-, entonar aquel pegadizo himno que hablaba de la libertad sin ira, de sentirse orgulloso de su recién estrenada democracia, de horrorizarse con el golpe de Tejero, de oponerse furibundamente a la entrada en la OTAN... y al mismo tiempo aplaudir y defender durante ese mismo tiempo la revolución cubana y los "logros" de la Unión Soviética, cosa que resultaba bastante paradójica y puede ser atribuible a aquella ingenuidad que hizo que muchos fueran incapaces de mirar los atropellos del dictador cubano y que disculparan con benevolencia los abusos y las injusticias de la desaparecida Unión Soviética. No sabían, afirman. El contexto histórico era distinto, explican. Y habrá que creerles. Allá cada uno con su conciencia. Pero al cabo de tantas zafras y periodos especiales cubanos, ahora que hasta el más obtuso defensor de aquel Gulag, no puede mirar la escombrera social, económica y moral que dejaron las sucesivas momias del politburó moscovita sin enrojecer, ya no resulta paradójico ni disculpable que todavía existan en la Europa bien pensante y democrática del siglo XXI estos intelectuales revolucionarios que tanto daño nos han hecho, alimentando la creencia de que lo que era bueno para Europa -la democracia, la alternancia en el poder, el mercado- no lo era para Latinoamérica, continente en plena formación, tierra fértil para revoluciones sangrientas, experimentos sociales y líderes carismáticos y mesiánicos, de preferencia vestidos de verde oliva, y que parecían escapados de una pesadilla -o más bien de un sueño...- de Gabriel García Márquez.

Ya sé que esto no es nada nuevo y que se ha dicho mil veces. Pero lo novedoso es el contexto histórico, como dirían ellos mismos: en una Europa cuyos gobiernos -sean  de izquierdas o de derechas- son capaces de ir a guerras por motivos económicos, negociar con dictadores, tenderles la mano a autócratas con petróleo, y todo ello sin que les tiemble el pulso, somos los ciudadanos los que tenemos la responsabilidad de actuar, de protestar, de manifestarnos y movilizarnos de manera efectiva y eficaz contra los atropellos y contra el cinismo de nuestros gobiernos. No me hago ilusiones: no será mi gobierno quien me defienda, sino yo y mis adversarios (que no mis enemigos), es decir todos aquellos quienes defendemos la democracia participativa y responsable, todos aquellos que defendemos la absoluta libertad de ideas y rechazamos cualquier forma de dictadura. Por eso resulta tan indignante lo recalcitrante de estos revolucionarios vestidos de Coronel Tapiocca, de esta resistencia de cine club que sigue justificando a un dictador como Fidel Castro y a un autócrata plebiscitario como Hugo Chávez, aunque con toda seguridad ni a uno ni a otro los querrían mandando por estos pagos. ¿Se imaginan aquí preparando la sucesión del hermano del Comandante Zapatero o del sub comandante Rajoy? ¿A Blas Piñar manejando el país gracias a un programa llamado Aló presidente? Dios nos asista. Sería tirar por tierra todo lo conseguido hasta el momento. Por fortuna, muchos amigos escritores e intelectuales hispanoamericanos que vivimos aquí, que defendemos la democracia y estamos juntos en el proyecto social de una España moderna sin la sombra del franquismo y la lacra del terrorismo, hemos encontrado a otros tantos españoles que defienden y apoyan una idea similar para Hispanoamérica. Y que nos miran de igual a igual, y no como unos pobres infelices merecedores de un dictador o de un aprendiz de dictador. 

 

[Publicado el 09/2/2010 a las 10:02]

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el escritor comprometido

 

 

Cuentan que cuando a Borges le preguntaron qué opinaba sobre la literatura comprometida el escritor argentino respondió que si estaba comprometida debería casarse. Más o menos con la misma maldad con la que despachó muchos otros asuntos cuya frivolización tantos -y me incluyo- durante años desdeñamos aquel compromiso. También es cierto que ese desdén, esa burla provenía del hartazgo que sentimos quienes nos hemos pasado la vida escuchando a la progresía de papel couché, a la «resistencia de cine club», que decía un amigo, hablando de un compromiso social y literario que en la práctica era sólo un simulacro de gallardía y cuya irresponsabilidad manifiesta les llevaba -a quienes solían refugiarse bajo tal bandera - a defender a Fidel Castro y en los últimos tiempos a Hugo Chávez, ese Castro sin alfabetizar. Pero no todos, naturalmente, ni siempre hacia la versión más abyecta de la izquierda. Hubo quienes sin alardes ni aspavientos comprometieron su vida y su literatura -sobre todo los que entendían ambas como una sustancia indisoluble- y rescataron lo mejor de la llamada literatura comprometida, la decencia y la seriedad,  para elaborar un corpus ficcional estupendo, sólido, de incontestable raigambre política, y no por ello menos efectivo como mera literatura. Hubo quienes de verdad se jugaron el pellejo -y no sólo hablando desde una tribuna bien pagada, a merced de algún insulto o salivazo- y no hicieron del rencor un arma arrojadiza, pero sí del dolor y la indignación parte de su trabajo literario y periodístico, rescatando así la idea del compromiso literario. Ya no quedan muchos. Se nos acaba de ir uno de ellos, Tomás Eloy Martínez. Quienes han leído sus reportajes, sus ficciones políticas, La Mano del Amo, La novela de Perón, Santa Evita, o sus novelas más recientes como El Purgatorio, saben de lo que hablo.  La noticia de su muerte me sorprendió en París, un París lluvioso y frío, luego de conversar larguísimo el pasado fin de semana con algunos amigos entre los que se encontraba Jesús Martínez, paisano y profesor de Nanterre que regresa al Perú luego de más de quince años en la capital francesa y que prepara un documentado trabajo sobre la literatura y violencia política en mi país. De manera que el nombre de Tomás Eloy estuvo revoloteando en mi cabeza mientras conversaba de política y literatura porque sus novelas han sido un diagnóstico de la realidad de su país, lo mismo que sus agudas crónicas periodísticas. Lo vi en Madrid el año pasado y estaba cansado, pero seguía siendo un conversador chispeante e inteligente, lleno de amabilidad. Lleno de perplejidad, también, por lo que supone de desafío el uso de Internet para el periodismo. Leí en una de las innumerables crónicas que han salido estos días en la prensa que para Tomás Eloy hay «una cierta dosis de infamia en el anonimato» que proporciona Internet y que ese era uno de los aspectos sobre los que más vigilancia debían mantener los periodistas. Fue un hombre perspicaz y afectuoso en cuyas palabras sosegadas durante una charla era imposible adivinar al perseguido político que fue durante tanto tiempo, ni menos al escritor de una de las novelas que más he admirado y que siempre recomiendo: El vuelo de la reina, con la que ganó el Premio Alfaguara del 2002.  Y él sí era una escritor comprometido, en el sentido mejor de la palabra. 

[Publicado el 02/2/2010 a las 13:27]

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Olvidados

Desconfío de esa frase algo envarada y con cierto afán de trascendencia que nos alerta de que «el tiempo pondrá a todos en su lugar». Creo que se trata más bien de un deseo de justicia póstuma (poética) y, por lo tanto es más un empeñosa esperanza que una aseveración con un mínimo de fundamento. Viene a colación porque el otro día terminé de leer  las «Iluminaciones en la sombra» (Josef K, editor) de Alejandro Sawa, quien ha pasado de puntillas por la historia de la literatura española. Sawa resulta tan propio del novecientos que se diría que esa época tintada de funebrismo lo esperó impaciente para señalarle su destino: trágico y maldito, canalla y lúcido, afrancesado y culto, muerto en la pobreza y la soledad, rescatado de manera tangencial porque Valle Inclán hizo de él al célebre Max Estrella, de «Luces de Bohemia».

Leer las páginas de este diario casi epitafio -con una espléndida introducción de Andrés Trapiello- es asistir a la visionaria amargura de quien rodeado de escritores e intelectuales de relumbre -Darío, Baroja, Verlaine, Valle Inclán...- se sabe ya perdido para su tiempo y también para la posteridad. Hay tal urgencia en sus frases, tanta repentina lucidez sobre lo que observa y lo que intuye, que estremece: «El niño se convierte en cura como el plomo en bala: por un hecho de fatalidad bárbara», dice en algún momento. Y más allá: «Me trasuda el dolor y pienso que la vida es una infamia». Sawa observa su tiempo con perplejidad, a veces enervado, despóticamente, a veces con una pena que traspasa. Y se observa así mismo con desconfianza, con cierta misericordia, sin apenas dejarse llevar por los celos o la envidia sobre sus colegas triunfadores. Un elegante, en el fondo.

Como él, como Sawa, hay tantos otros desconocidos! Leyéndolos uno piensa que son casi delicadas exhumaciones para el paladar de un puñado de afortunados lectores... y también hay otros que gozaron en su tiempo de fama o de prestigio, bien merecida o injusta, y que luego se los llevó el ventarrón del olvido, y no nos queda nada de ellos, apenas el nombre, quizá una cita equívoca, el comentario exótico en boca de un entendido. Poco más. Por eso, al encontrarse con textos como los de Alejandro Sawa un comprende el valor de tales hallazgos y que estos, si no ponen las cosas en su lugar, al menos nos ofrecen el consuelo de creerlo así. Pero sobre todo, cuando uno se encuentra con algún escritor particularmente obsesionado por la trascendencia, la fama, el reconocimiento, piensa en la fragilidad de tales afanes, en el inútil dispendio de energía que conlleva. Uno piensa en Sawa y en tantos otros... 

[Publicado el 26/1/2010 a las 11:28]

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¿Un lifting?

 

De tanto en tanto escucho con cierta perplejidad que a tal o cual novela le sobran páginas y que, no obstante, se trata de una buena novela. Algo así como que requeriría un lifting para quedar mejor de lo que está. La perplejidad viene a cuento respecto a que si la novela que hemos leído nos ha gustado resulta un poco contradictorio explicar a continuación que le sobran páginas. Es cierto, claro está, que a muchas novelas les sobran páginas: siguiendo esa argumentación, a las malas, aunque tengan 125, puede que le sobren 125. O más...

Pero hablamos de las buenas novelas, de aquellas después de cuya lectura emergemos a la realidad transfigurados, ligeramente distintos a lo que éramos, al menos durante el breve tiempo que dura su poder hipnótico. Y cuando una novela cruza el ecuador de las quinientas páginas, muchos lectores tienden a confundir los repentinos páramos y sequedades de la novela como pifias o fallas, detalles innobles que afean o perturban su belleza. Bueno, puede que lo sean, pero es que una novela, a diferencia de un cuento, obra por acumulación. Y todo aquello que en un relato abunda, aquí es combustible, paisaje, detalle, atmósfera, e incluso contradicción y si me apuran, hasta aburrimiento.

Leer "En busca del tiempo perdido" o "La montaña mágica" es una clarísima abducción por la cual el lector que ha caído en su trampa sale distinto e incapaz de pensar que a cualquiera de ellas le sobren páginas... pese a que haya momentos en que parecería que sí.

Terminar de leer una novela -una buena novela- es culminar un estupendo viaje en el que, a la luz de su recuerdo, entendemos que nos ha ocurrido de todo: desde ínfimas contrariedades hasta experiencias valiosas, frívolas, graciosas y hasta desagradables, y que todo eso constituye el viaje. La última novela de Antonio Muñoz Molina, por ejemplo, es una novela audaz a la que cuesta -al menos a mí me sucedió así- hincarle el diente. Diríase que el narrador no ha querido desperdiciar un solo ángulo desde dónde contar su historia, y que esta se va levantando ante nuestra vista con toda su poderosa complejidad, es decir: incluso con lo que a simple vista son desfallecimientos y distracciones, pequeños sobresaltos, páginas que a veces parecen no conducir a nada o "sobrar"... pero seguir avanzando con perseverancia por sus páginas es avanzar también a contrapelo de nuestra propia renuencia y si -como en el caso- la novela es buena, terminará por persuadirnos de que nada, absolutamente nada de lo contado, ha sido inútil. Porque la condición natural de la novela es la imperfección. Entendámonos: No es que el lector le perdone la imperfección, no: es que sabe o al menos admite que sin ella la novela que acaba de atraparlo entre sus redes no sería tal. Como dijo Tennessee Williams "Mata mis demonios y mis ángeles morirán también." 

[Publicado el 19/1/2010 a las 12:47]

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Lo político - maravilloso

En un post anterior comentaba, a propósito del más reciente libro de Luisgé Martín, "Las manos cortadas" las escasas novelas de contenido político que se escriben en España, al menos en los últimos años. Quizá se deba, dirán algunos, al hecho de que desde la entrada de la democracia, el tema ha perdido su atractivo ficcional, cosa que no ocurre en Hispanoamérica, donde todavía sigue perseverando -aunque también en declive- la novela de trama intensamente política y con muy buenos representantes, como el chileno Pedro Lemebel ("Tengo miedo torero") o el boliviano Edmundo Paz Soldán, quien además agrega un importante ingrediente, poco frecuentado en dicho género: la presencia de lo High Tech, por decirlo de alguna manera. No sólo ellos escriben ficción política  y quizá sería interesante volver sobre el asunto en otro post, pero en este caso, simplemente los pongo como ejemplo de contraste respecto a la situación en España. Y es que las novelas de corte político, como aquella magnífica y desasosegante novela de Eduardo Mendoza, "La verdad sobre el caso Savolta", son muy pocas. Realmente son escasas las novelas que dejando de lado la Guerra Civil -un género en sí mismo- se propongan ahondar, por ejemplo, en la Transición. Prueba de ello quizá es que en el frondoso jardín editorial español de los últimos tiempos resulta casi un exotismo la  muy reciente novela de Cercas, "Anatomía de un Instante". Pensemos en "El Socialista Sentimental" de Paco Umbral, o en esa tan extraña como maravillosa novela de José Julio Perlado, "Lágrimas Negras", donde un elemento mágico parece rondar las páginas más políticas de esta suerte de universo potencialmente distópico que plantea Perlado. Incluyamos también "Lo real", de Belén Gopegui y esa ambiciosa saga de Francisco Casavella, "El día del Watusi". Pero creo que hay poco más.

En todo caso, el tema político -la intriga abiertamente política, quiero decir- no parece interesar mucho a los narradores españoles. Y resulta curioso por tres razones: Primero,  porque muchos escritores son perseverantes tertulianos, acérrimos columnistas, analistas perspicaces y opinadores vehementes de asuntos claramente políticos, como podemos comprobar abriendo las páginas de la prensa diaria, u oyendo cualquier programa de radio o viendo alguna tertulia televisiva. Segundo, porque precisamente desde la Transición existe en España un caldo nutricio de temas claramente políticos y potencialmente susceptibles de ser novelados: tramas inmobiliarias, conspiraciones parlamentarias, ataques terroristas, corrupciones de toda índole, separatismo, transfuguismo, dinero y poder, esperpento casi propio de lo real maravilloso. Y tercero, porque muchos de esos escritores crecieron leyendo las novelas hispanoamericanas (marcadamente políticas en su mayoría...) de las que un gran porcentaje se declara deudor o admirador. ¿Qué ocurre entonces? Quizá sea que el aspecto político lo tienen más que resuelto como opinantes de prensa y espacio público. Quizá que el panorama político les resulta inverosímil para ser susceptible de ficcionalizarse. Quizá que han tomado buena nota de que la novela política parece en declive incluso al otro lado del Charco. Pero yo me aventuro a creer que, simplemente, el rapidísimo cambio que supuso la Transición apenas les ha dejado tiempo para digerir y aceptar que la política no sólo es el territorio ríspido donde ocurren los pormenores de nuestra vida cívica y electoral, sino también la comarca de nuestros más recónditos sueños y pesadillas.

 

[Publicado el 12/1/2010 a las 11:22]

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Biografía

Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964), estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Garcilaso de la Vega, en Lima. Trabajó como periodista radiofónico en la capital y en 1987 fue finalista en la bienal de relatos COPE (Lima); un año más tarde ganó el Premio de Cuentos José María Arguedas de la Federación Peruana de Escritores. En 1991 se trasladó a Tenerife, donde puso en marcha talleres literarios para diversas instituciones. Ha sido finalista del concurso de cuentos NH Hoteles del año 2000. Desde 2002 vive en Madrid donde continúa impartiendo sus talleres literarios. Su más reciente novela es La paz de los vencidos, galardonada con el XII Premio Novela Corta "Julio Ramón Ribeyro".

 

Cursos presenciales en Madrid

Jorge Eduardo Benavides imparte cursos presenciales en Madrid y ofrece un servicio de lectura y asesoría literaria y editorial. Más información en www.jorgeeduardobenavides.com
http://www.cfnovelistas.com/ 

Bibliografía

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La paz de los vencidos (2009). Alfaguara

Un millón de soles (2008). Alfaguara 

La noche de Morgana (2005). Alfaguara

El año que rompí contigo (2003). Alfaguara

Los años inútiles (2002). Alfaguara

Cuentario y otros relatos (1989). Editorial Okura

Premios

2009 Premio Novela Corta "Julio Ramón Ribeyro" (Banco Central de Reserva del Perú)

2003 Finalista del Premio Rómulo Gallegos

2003 Finalista del Premio Tigre Juan de novela

2003 Premio Nuevo Talento FNAC

2000 Finalista del Concurso NH de Relatos

Premio de Cuentos "José María Arguedas" de la Federación Peruana de Escritores

1989 Finalista de la Bienal de Cuentos COPE (Lima)

 

Obras asociadas

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