El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 7 de septiembre de 2008
La isla devorada por el delirio de grandeza
Cuando tú, lector, vayas a subir algún día al monte de Randa, dejando atrás la pequeña aldea del mismo nombre, atraído quizá por la ilusión de estar a solas con tus pensamientos, podrás vislumbrar desde la cumbre un paisaje insólito: orfebres holandeses repujan con láminas de oro las chimeneas de la ciudad, ebanistas egipcios tallan gárgolas en los aleros de las casas, majestuosos caparazones de nácar cubren los estadios de los atletas, un asombroso bucle de titanio sostiene el elíptico puente tendido entre las islas, transparentes redes diamantinas filtran los rayos del sol, las naves de los potentados hibernan en astilleros subterráneos... O al menos eso es lo que verías si estuvieras intoxicado por los delirios de grandeza que hoy gobiernan el archipiélago.
Por el momento, sin embargo, lo único que alcanzarás a ver desde Randa es un paisaje maltratado: penosas colmenas de ladrillo cuelgan de las escarpadas laderas del litoral, murallas hoteleras se erigen en la orilla de las playas, apretadas divisiones de adosados avanzan por los llanos, anchas autopistas desdoblan sus tentáculos de asfalto.
No es algo de lo que un gobernante pueda sentirse muy orgulloso pero en contra de lo que cabría esperar este paisaje es un motivo de celebración.
Los carteles electorales muestran el rostro risueño de los candidatos, los informativos de la televisión autonómica emiten sus declaraciones triunfales y la prensa comenta su agenda de inauguraciones sin llegar a encontrar en su rostro la más mínima arruga de remordimiento. Ninguna mueca de reflexión estropea el eslogan elegido por el gobernante Partido Popular para atraer a sus simpatizantes: Funciona". Esto funciona, viene a decir el mensaje.
Y no les falta razón. El presidente del Consell Consultiu, máximo órgano jurídico de la Comunidad, una especie de Consejo de Estado en miniatura, no dimite después de ser detenido e interrogado por la policía como sospechoso de tráfico de influencias. Uno de los miembros del mismo consejo es el abogado particular del famosísimo alcalde de Andratx, enviado a prisión por el juez y ahora en libertad bajo fianza. El consejero de Interior que presumiblemente delató la operación de la Guardia Civil contra el alcalde de Andratx tampoco dimite ni sabe por qué debería hacerlo. La aureola de la expedición oficial al club moscovita Rasputín -a cargo de los fondos parlamentarios- no se ha disipado y un guiño de complicidad evoca lo que debió ser una inolvidable jornada de confraternización. El jefe de todos ellos, Jaume Matas, activísimo aforado a salvo de los fiscales, no ha sido juzgado por espiar a los parlamentarios socialistas ni por dirigir la trama de empadronamientos furtivos en Formentera. Su palacete, rehabilitado como vivienda particular, se encuentra, puerta por puerta y tabique por tabique, junto a la sede del organismo encargado de vigilar las finanzas autonómicas: el Síndic de Comptes.
Evidentemente, la cosa funciona. Mientras la policía registra los despachos de notarios y los bufetes de abogados, y los fiscales se queman las pestañas rastreando sus transacciones bancarias, Jaume Matas, actual presidente de la Comunidad y candidato del Partido Popular, convoca a la prensa. Quiere anunciar, junto al arquitecto Calatrava, el Palacio de la Ópera que ha mandado construir en el centro de la bahía de Palma, en el espigón que se alzará sobre las aguas como una monumental consagración valenciana de sí mismo. La Junta Electoral le prohíbe esta flagrante malversación publicitaria y Matas -sólo por esta vez- se muerde los labios.
El candidato Matas mantiene un locuaz diálogo con los famosos y como si creyera en la unción carismática, en la transferencia mágica del prestigio, se fotografía con todos los que puede: el tenista Nadal, el pintor Barceló, el actor Douglas, la modelo Schiffer. Rosa Estarás, su actual vicepresidenta y candidata a presidir el Consell de Mallorca, una institución de rango protocolario inferior, se fotografía con Antonio Ozores.
Una brisa perfumada por el tomillo, un golpe de aire cálido y húmedo, te hará abrir los ojos en el monte de los tres templos, y desde Randa, elevándote sobre el infernal bullicio de los candidatos, comprobarás, lector, que no se puede hablar de las elecciones en Baleares sin hacer un balance de la devastadora maquinaria de la corrupción urbanística en su prepotente plenitud institucional. Pero los adefesios inmobiliarios, los paisajes hociqueados, las urbanizaciones salvajes, la recalificación concelebrada y el reparto clandestino de los beneficios de la especulación entre servidores públicos son una minucia insignificante si lo comparas con el verdadero desastre oculto tras el telón de la evidencia delictiva.
Cada negocio consumado al margen de la ley, cada ganancia ilícita embolsada, acentúa el agravio de las víctimas humilladas. Ni las ves ni las oyes desde Randa, pero están ahí, desperdigadas entre los pueblos de la isla, avergonzadas de lo que ven y del miedo que sienten por saber. Secretarios municipales obligados a transigir, secretarias inducidas a colaborar, funcionarios asustados, pasantes de abogados que teclean cláusulas inteligentes, celadores, guardias municipales, empleados de banca, albañiles; son los testigos inevitables de las operaciones furtivas y lo saben todo. También se han familiarizado con el alarde de impunidad que ostentan sus jefazos, tan displicentes con las cautelosas diligencias judiciales.
Pero necesitarías el olfato místico de Ramón Llull, aquél esteta ermitaño en las cuevas del Puig de Randa, para descifrar el secreto de los avergonzados. Deberías embriagarte con su fe de misionero para adivinar en qué momento el hombre humillado por la corrupción comprende el mensaje electoral. Te haría falta su arrebato de locura divina para descubrir cómo se transmuta el rubor en complicidad. Pues a pesar de tanto oprobio no les falta imaginación para preguntarse: "¿Te imaginas, el día que los inspectores y archivos de la Agencia Tributaria estén en manos de esta gente? ¿Te imaginas, el día que reciban las transferencias de Interior?".
Una joven pareja compra en Andratx un terreno pero no consigue la licencia para construir su casa. Un día encuentra por casualidad a un desconocido, alentado por la autoridad municipal, levantando en su solar un edificio con piscina. Insaciables en su apetito subversivo, los cómplices del desmán urbanístico "no respetan ni la propiedad privada". Así funciona.
Además de ser un templo destinado a ceremonias mayúsculas, la Catedral de Palma es un espléndido negocio por el que cada año pasan -pagando- centenares de miles de visitantes. La nueva capilla de Miquel Barceló se convertirá con el paso del tiempo en un icono universal, en un lugar abierto al culto de la peregrinación mundana. Ante los ojos extasiados del turista se levantan las agrietadas paredes de una caverna submarina decorada con las figuras de una suprema sinfonía sensual: quizás la más descarada obra de arte instalada nunca en un recinto religioso. Con deslumbrante inspiración, con el formidable talento del que ha hecho gala, el artista ha concebido una monumental epifanía erótica. Evocando deleites inequívocamente paganos, convocando los placeres de la joie de vivre, pulsando las emociones de un mundo ya redimido, libre al fin del circunspecto cilicio gótico, Barceló ha derramado los estimulantes frutos del mar -escurridizas lampugas, pulpos ansiosos, caracolas y erizos- y de la tierra -higos, racimos de uvas y sandías- a los pies de un Cristo resucitado, desnudo y feo. La única concesión que negoció el artista fue disimular los cojones que obviamente debían colgar de su entrepierna.
Si el obispo encargado de custodiar la Catedral fuera un fiel intérprete de las revitalizadas esencias cristianas de la Conferencia Episcopal Española pondría el grito en el cielo y clausuraría, con un ardiente entusiasmo integrista, la capilla de Barceló. Pero a su manera también él comparte el relativismo acomodaticio de la derecha mallorquina, impresionada por la eficacia pragmática del esto funciona.
Sí, lector, son muchas las cosas que verás si subes a Randa. Lástima que la estatua de Ramón Llull, tan golpeada como lo estuvo el herético beato antes de morir, no pueda parodiar con nosotros al poeta Villon: ¿dónde están los ladrones de antaño? ¡Qué tiempos aquellos, verdaderamente! Cuando un hombre podía ser víctima de un atraco sin padecer además el desprecio de sus amigos...
Ajenos a la ruina moral que corroe las entrañas de la isla, los publicistas pulen las versiones del mensaje electoral y enseñan a la ciudadanía consternada el botín de la menstrual y carnicera avaricia. A fin de superar el miedo a la ley -un estorbo para que esto siga funcionando- ventean su hostilidad contra jueces, guardias y fiscales y dedican una pletórica ristra de elogios al club ser alguien en Mallorca.
Toma nota, lector, ahora que todavía estás en Randa, pues todos hemos sido invitados a este festín. En el bien entendido de que los primeros en llegar serán los primeros en comer.
Artículo publicado en: El País, 26 de mayo de 2007.
[Publicado el 28/5/2007 a las 11:26]
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No creo que el título elegido por el autor sea el más recomendable, pero sin duda lo es la lectura de su libro. Pankaj Mishra se ha propuesto estudiar la huella del budismo en el mundo y a ciencia cierta que, a juzgar por lo que cuenta en las páginas de Para no sufrir más (Anagrama), ha conseguido seguir su rastro y averiguar dónde se encuentra ahora.
Educado en el seno de una familia hinduista empobrecida, ciertamente cansado de la agobiante tradición nacional, el escritor indio buscó refugio y tranquilidad en una pequeña aldea de los Himalayas con ánimo de sentarse a leer y estudiar todo cuanto se ha escrito sobre el fundador de la única religión sin dios de cuya existencia tenemos noticia.
El resultado es una atractiva y nada piadosa narración sobre la influencia intelectual de un príncipe que hace 2.500 años se parecía más a Sócrates que a Jesús. La investigación llevada a cabo por Mishra considera las formas de religiosidad popular suscitadas por la doctrina budista, pero su agudeza reflexiva se detiene en la esencial contribución del budismo a la filosofía y a la psicología.
El autor adopta la exigencia racionalista anunciada por el Buda y se mantiene escépticamente ajeno a las fantasías mistéricas del temperamento humano. Enjuicia con severidad a los creyentes y no da más crédito a los devotos fascinados por el prestigio oriental –esos vagabundos del Dharma que deambulan con frivolidad típicamente occidental- pues los considera igualmente caídos en el espejismo de la ilusión.
El argumento expuesto por el Sócrates de Oriente –más parecido sin embargo a un médico que a un maestro- se limita a reiterar una nada complaciente consideración: el engaño de los sentidos nos empuja a una inevitable decepción, el ansia defrauda las expectativas, el desengaño produce dolor, propicia el íntimo abatimiento y, finalmente, la silenciosa desesperación que corroe a los hombres.
Guerra, debacle y espanto en un mundo sometido al disturbio permanente ofrecen un penoso espectáculo pero lo único que por el momento parece mitigar su perturbadora influencia es considerar la paradoja del sufrimiento: a más miedo, más dolor.
La propia metamorfosis de Mishra a lo largo de su dúctil y preciso relato, en el que veremos dibujadas las convulsiones anímicas que alteran insistentemente la débil conciencia de su yo, constata este extraño rumor.
Obviamente, el libro concluye, pero el interrogante hilvanado a lo largo de sus 390 páginas queda en el aire. Como todo lo dicho y repetido por los racionalistas de aquél tiempo: la existencia es decepción y el mundo arde por los cuatro costados.
[Publicado el 24/5/2007 a las 22:50]
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Günter Grass adopta una distinción sin la que no podría atreverse a pelar la cebolla de su larga vida, pues entre el recuerdo y la memoria finalmente cumplida media la voluntad de ser, la terca y orgullosa voluntad de saber qué fue, pese a todo, lo que ocurrió mientras vivimos. No a nuestro alrededor, tan solo, sino en uno mismo. Estancia a veces tan velada.
No en balde la escritura es el más decidido acto de la conciencia y ésta noble actividad de la mente, la única fuente de certeza razonable sobre el enigma del yo en el vasto océano del tiempo pasado.
Ser un severo observador de sí mismo y prestar a tu país la oportunidad de contemplarse a través de un ciudadano audaz, atrevido, inmisericorde.
Simultáneamente, mientras Grass presenta en Madrid su autobiografía, Pelando la cebolla (Alfaguara), la editorial Taurus publica las memorias de Joachim Fest, Yo no. El testimonio de la resistencia de su familia ante el acoso de los jerarcas nazis.
El historiador y periodista alemán, fallecido el año pasado, autor de la más completa biografía de Hitler, comienza su relato declarando “me he propuesto recordar”. Un nuevo gesto de la ejemplar voluntad desplegada por ilustres alemanes capaces de enfrentarse al vergonzoso pasado de su país.
Los dos libros, el de Grass y el de Fest, contrastan con la tacaña y miope cobardía española, tan reacia a juzgarse como a comprenderse. Escondida aún tras los supuestos logros de la glorificada Transición política. Un pacto que poco a poco, sobre todo desde la renovada y flagrante negativa de amplios sectores de la población a exhumar los cuerpos de los fusilados y enterrados furtivamente ¡en 1936!, se revela como un vulgar juramento de castas empeñadas en poner a buen recaudo sus propios secretos familiares.
[Publicado el 22/5/2007 a las 22:04]
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A vueltas con Carlos Monsivais
En el semisótano de la Casa de América.
La conversación fluye, alegremente inconsecuente. Se nos aparecen las caras de los escritores ausentes -impávidas-, el verbo florido de los diletantes -inquietos-, el genio burlón de los maliciosos -expectantes-, el ímpetu erótico de algunas cantantes -tacaño-, las mejores e inolvidables anécdotas del ingenio popular -admirables.
Son menciones que surgen por azar. Las hay que se extinguen por si solas. Otras sin embargo, nos hacen dudar. ¿No habrá detrás de esta charla de restaurante una intención, después de todo?
¡Ah, si entre los hombres fuera tan sencillo! Comentar los hechos, o los libros, como si no nos importaran. ¡Cuánta prudencia!
El que delibera sin ánimo de convencer merece agradecimiento. ¡Quién se resiste a charlar con estos hombres! A escucharlos, sobre todo.
Como la predisposición de Monsivais es la misma, a veces se incurre en un benefactor silencio. La pausa que la conciencia necesita para comprender la escena en la que se ha metido. Cuando las palabras no surgen abrasadas por la exaltada pasión de los arrebatados, ¡cuánta complacencia se respira!
Monsivais, al menos el Monsivais que ahora trato, se limita a mencionar, aludir, sugerir. No sólo una pedagogía de la conversación, sino una filosofía de la resignación. ¿Vale la pena hablar tanto? Si de vez en cuando nos hiciéramos esta pregunta, nos salvaríamos de un inútil despilfarro.
Monsivais no agota los asuntos que cita. Los deja discurrir, como si fueran parte de nosotros, comensales en tránsito hacia quién sabe dónde.
[Publicado el 21/5/2007 a las 10:49]
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Aunque no suelo echarla en falta, el encuentro con Carlos Monsiváis en Madrid me recuerda aquella esencial certeza: el humor como la más alta expresión de la inteligencia.
Obviamente, su ejercicio provoca sonrisas y, a veces, hilaridad. Pero conviene no dejarse confundir. Hay muchas cosas que nos hacen reír y no todas son producto de la sagacidad que admiro en Monsiváis. Un hombre ridículo, por ejemplo, inspira una inconfundible carcajada cruel. Y nada hay en ella de elogioso. Al contrario.
La cualidad del humor, de tan elevada elegancia por otro lado, nada tiene que ver con el chiste ni con el humorismo terapéutico de los que están hartos y no saben cómo zafarse.
En el humor de Monsiváis hay ternura, aunque sería imperdonable que hubiera misericordia. De hecho, el origen de ese humor divino hay que buscarlo en la mirada que lo ve todo a su pesar. La mirada del que, además, no sale de su asombro.
Monsiváis habla de la crónica, el género periodístico y literario que sólo puede practicar un hombre sorprendido. Monsiváis se pasea por la descomunal ciudad de México y no deja de contemplar la metamorfosis de un milagro en perpetua ebullición. Dice: “...y entonces me encomiendo a los dioses en los que en ese momento creo”.
El humor de Monsiváis es un benevolente juicio: una apostilla y una sentencia, pero no una losa. Uno puede seguir vagando alrededor de sí mismo mientras el humor lo absuelve por anticipado.
[Publicado el 18/5/2007 a las 16:32]
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No sé hasta qué punto es lícito entrometerse en los conflictos internos de una iglesia, ahora que los laicos les invitan cordialmente a recluirse en los asuntos de su exclusiva incumbencia.
Pero en este período de tránsito, dominado todavía por la reticencia eclesiástica a abandonar los fastos de la política, nos vemos obligados a considerar la alarma social que provocan algunas de sus decisiones.
Lo hemos visto estos días en la televisión: una aglomeración de vecinos inquietos en las puertas de su parroquia, en el distrito madrileño de Vallecas, apoyan a los sacerdotes amenazados de desahucio y expulsión por su obispo.
Por lo visto, y esto lo hemos podido averiguar escuchando el enfado de los parroquianos, los curas repudiados por el obispado madrileño han llevado su vocación evangélica hasta un extremo que la jerarquía considera impertinente.
La parroquia, las cuatro paredes de un modesto edificio de barriada, se ha convertido en el refugio permanente de una corte de miserables: drogados, emigrantes, mujeres apaleadas, desarraigados y borrachos; probablemente, algunos de ellos delincuentes habituales.
La protesta ha sido enérgica y los vecinos han prometido levantar, si fuera preciso, barricadas y, desde luego, la voz, que la tienen la gruesa. Les parece intolerable el trato destemplado que la Iglesia de Madrid da a los más sacrificados y heroicos intérpretes de su Evangelio.
Los portavoces del cardenal Rouco Varela han publicado sus razones, aunque muy molestos con la injerencia mediática en asuntos que, efectivamente, consideran privados. Estos inconvenientes, afirman, no deben ser aireados pues el tumulto no contribuye a resolver conflictos tan delicados.
Aún así, al final ha salido a la luz la acusación. Por lo visto, las normas litúrgicas vigentes en la Iglesia española deben cumplirse a rajatabla y la jerarquía exige a sus miembros el estricto cumplimiento de la ordenanza.
El conflicto parece inevitable: los curas de Vallecas no tienen tiempo para lindezas. Con las manos sucias de cuidar a desgraciados, no pueden contribuir a la majestuosa escenografía episcopal. Además, para más INRI, resulta que, por su cuenta y riesgo, han llegado a conclusiones que a los obispos les parecen escalofriantes. El confesionario, por ejemplo.
Rodeados de seres sufrientes y después de contemplar durante casi cuatro décadas a los que parecen nacidos para llevar en sus espaldas el particular martirio de su cruz, no saben cómo podrían sentarse a escuchar la confesión de sus pecados. Consideran que bastante penitencia llevan a cuestas y les parece ridículo administrar un perdón que no se consideran autorizados a conceder. ¿Cómo perdonar a la esposa de un borracho cuyo hijo con Sida le roba para comprar heroína adulterada a los traficantes de las chabolas?
[Publicado el 20/4/2007 a las 10:52]
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Antes de contarnos cómo se fragua la confundida rabia de vivir, en Cien años de soledad se nos dice dónde empezó todo. Un crimen de honor y el fantasma del remordimiento, como todos saben, empujan a José Arcadio Buendía al destierro y lo arrastran durante veintiséis meses por la selva hasta que oye en un sueño el nombre de Macondo. Alentado por el agüero, y cansado de andar dando tumbos, Buendía clava la primera estaca de la nueva aldea.
Antes de que Gabriel García Márquez escribiera la epopeya de los Buendía hubo, sin embargo, otros hombres resueltos a buscar en la misma Sierra Nevada de Santa Marta un lugar donde empezar de nuevo y fundar esa ciudad libre de los males que fustigan al hombre.
El geógrafo francés Eliseo Reclus fue uno de ellos y vivió en una época en la que, con la adecuada confianza en las propias fuerzas, todo parecía posible.
A causa del golpe de Estado de Luis Bonaparte -al que Víctor Hugo, también exilado, llamó Napoleon le Petit- Reclus abandona Francia y emprende un viaje por Inglaterra, Irlanda y Estados Unidos que acaba en las costas de Nueva Granada.
No son tiempos propicios al amargo desaliento y el geógrafo, que tiene veinticinco años, está henchido por el entusiasmo de su generación. Instruido con las infalibles previsiones de La Edad de la Razón -probablemente con el libro de Tom Paine en el macuto-, el joven Reclus se deja llevar por la poderosa corriente ilustrada que todavía ilumina la imaginación europea. En la cubierta de la goleta El Narciso que lo lleva desde Portobelo hacia Cartagena de Indias, Reclus tiene como único equipaje el colorista catálogo de ideas -la Ciencia, la Industria, el Trabajo, la Dignidad- destinadas a cambiar la faz de la Tierra.
El viajero posee las formidables dotes de observación que Flaubert prestaba a sus personajes -Reclus hubiera sido un buen compañero para Bouvard et Pécuchet- y con insaciable afán contempla el aspecto de los fenómenos que a su alrededor confirman la vasta extensión del mundo. En la orilla caribeña de Colombia empieza a practicar su oficio el geógrafo cuya obra admiraría con tanto fervor su contemporáneo Julio Verne pero antes de entregarse en cuerpo y alma a redactar el enciclopédico inventario de la Tierra, Reclus creyó haber encontrado en los valles vírgenes de la Sierra la oportunidad para un nuevo contrato social.
Su libro -Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta- es la minuciosa rememoración de aquel desengaño pero así como el fracaso de la república no hace mella en su optimismo político, tampoco el intento frustrado de fundar una nueva tierra debilita la esperanza ilustrada que hasta su muerte siguió cultivando.
"Yo he visto en acción al antiguo caos en los pantanos en que pulula sordamente toda una vida inferior". Y desde ahí Reclus asciende a las cumbres de la montaña, baja a los barrancos, sortea las marismas y recorre los confusos senderos de la ciénaga. Se enfrenta a jaurías de perros salvajes y a la picadura de insectos y garrapatas. Bordea riscos, salta torrentes impetuosos y se deja la piel en la maraña de espinos que hacen impenetrables los remotos rincones de la Sierra.
Busca un lugar para fundar su innovadora colonia de productores, calcula los costes de la explotación agrícola, imagina la red de canales necesarios a la exportación de los productos cosechados y enumera las utilidades de la riqueza de este modo conseguida.
En la Sierra Nevada que ha elegido como patria futura, Reclus se regocija con el esplendor que una Naturaleza pletórica pone a sus pies. Los higos, las papayas, los nísperos que brotan espontáneamente de la tierra le inclinan a ser frugívoro y a abandonar el régimen de carne y sangre de los mataderos de reses. Celebra la armonía indescriptible que le rodea -aunque el inmenso lienzo de la prosa retiene los frutos de su entusiasta mirada- y siente el pálpito de las nuevas emociones: el vago centelleo de la Vía Láctea a través del tembloroso follaje, el aire voluptuoso que respira, la exuberante fertilidad y la cortesía enteramente castellana de sus nuevos amigos. La dicha de contemplar el espectáculo de la Sierra sólo se interrumpe cuando millares de mariposas blancas revolotean a su alrededor ocultando la grandiosidad del paisaje.
El júbilo del explorador, sin embargo, no se libra de las sombras que aparecen en su camino. Lo primero que recuerda haber encontrado al llegar a Cartagena de Indias es a dos hombres de mirada feroz con sus machetes en alto, arengados por una multitud ebria que grita "¡Mátalo! ¡Mátalo!" y una corte de mendigos cuya miseria le espanta. El olor fétido de los pantanos -"cubiertos de una eterna nata vegetal" se dice en Cien años de soledad-, los tufos pestilenciales y los miasmas palúdicos le revelan esa otra cara de la naturaleza "pérfida y encantadora de los trópicos". La picardía de los tratantes y mercaderes le desconcierta y al final aprende a desconfiar de la absurda palabrería y de las promesas hechas sin intención de ser cumplidas. "Llaga de las sociedades en que domina la influencia castellana".
Gracias a su formación científica Reclus conserva el estado de ánimo a salvo de las contrariedades. El contratiempo que hubiera sido causa de un enojado malestar, contribuye a estimular su curiosidad y lo ayuda a comportarse como un observador desapasionado. Pero antes de abandonar para siempre su sueño americano, Reclus se demora recordando a los indios de la Sierra que tanta hospitalidad le ofrecieron.
La mirada arrogante de los aborígenes, la altiva y radiante belleza de sus mujeres y el andar imponente de todos ellos, hace más espléndida la amabilidad que impresiona a Reclus. Los indios le nombran persona sagrada y ésta parece ser la única imagen que su memoria retiene libre de reproches. Para los guajiros, recuerda Reclus con admiración, "la verdadera aristocracia es la de la belleza".
Sin embargo, las penalidades se suceden y mientras va perdiendo por los caminos de la Sierra Nevada de Santa Marta socios heridos, monturas despeñadas, perros muertos de cansancio, víveres y mercancías, Reclus agota sus energías y cae enfermo. Las fiebres lo debilitan hasta el delirio y sin más ayuda que sus exiguas fuerzas se pierde por la selva hasta llegar medio muerto a una aldea de leprosos. Son estos desamparados los que comparten con el extranjero de aspecto moribundo sus plátanos y lo salvan dejándole beber en la vasija común.
Después de dos años de empecinada travesía por la Sierra Nevada de Santa Marta, Eliseo Reclus da su brazo a torcer, renuncia a levantar la ciudad igualitaria y regresa a Europa. Pero su empeño baldío se transforma tiempo después en el hermoso relato de una doble aventura. Su crónica es la evocación nostálgica de un viaje de iniciación a la vida y el testimonio de un ensayo fallido cuya lección tardaría mucho en comprenderse. A mediados del siglo XIX no se podía adivinar la concordancia entre el fracaso de Reclus y nuestras más recientes desilusiones. En el epílogo de su libro, el autor lo confiesa con franca caballerosidad: "vi oprimido mi corazón por una verdadera angustia, pues la naturaleza virgen es bella pero de una tristeza infinita".
Haber intuido la existencia de una desoladora amenaza en el corazón de la tierra anhelada, como si fuera un maleficio aguardando la llegada de los ilusionados viajeros, y disimular la decepción con el optimista temple de los revolucionarios del siglo XIX, hace de Reclus uno de esos profetas menores al que su época no puede descifrar y al que las generaciones futuras sólo pueden olvidar.
Imaginar al autor del gran corpus descriptivo del mundo, sentado en su gabinete, rememorando los días en que siendo un joven geógrafo ya era un viejo pionero de sueños condenados, verlo escribir su metódico inventario entre astrolabios, brújulas y sextantes, conservando vívida en su memoria la sensación de aquella insondable tristeza, hallada cuando en un último y revelador vistazo descubrió lo que en verdad está oculto tras la belleza del Paraíso, puede ayudarnos a entender el desengaño de nuestro tiempo. ¿A quién se le ocurriría hoy la feliz idea de empezar de nuevo?
Ahora, cuando tantos indicios nos abruman con el presagio de una fatigada y violenta decadencia, en lo que parece ser el inicio de un lento y desorientado ocaso cultural, quizá haya llegado el momento de reconocer que, como aquella estirpe condenada a cien años de soledad, tampoco nosotros tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra.
Artículo publicado en: El País, 13 de abril de 2007
[Publicado el 13/4/2007 a las 11:50]
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Las noticias que llegan de América pasan por el tamiz de los medios de comunicación como si fueran otro acontecimiento mundano, pero a menudo son algo más. Detengámonos por un momento en los fastos dedicados en Cartagena de Indias a la Lengua Española y a Gabriel García Márquez. Los discursos de los académicos, de Carlos Fuentes y del Gabo se suceden celebrando la ocasión. Ya es notable que las instituciones de nuestro tiempo –la Corona, las Academias, los gobiernos- se pongan a conmemorar la aparición de un libro. Pero este excepcional propósito –dice algo sobre nosotros- nos remite a un telón de fondo en verdad extraordinario: el público fervoroso que vitorea al autor y lo escucha con tanto beneplácito como admiración. Los autores españoles que promocionan sus obras en América Latina regresan siempre complacidos de haberse encontrado con un público culto, comprometido con las obras que lee, dispuesto a mantener con el autor una relación de respeto, interés y, en ciertos casos, fascinación. Los autores regresan complacidos y, por qué no decirlo, confundidos, pues pocas veces sienten en la cansada España recompensado su talento con la fresca ternura de un entusiasmo tan original. Los que hemos visto de cerca las largas colas que se hacen para asistir a una conferencia, por ejemplo, nos fijamos en el aspecto de los lectores y en sus conversaciones. Y nos maravilla la seriedad. Nada frívolo hay en sus comentarios ni esa resabiada resaca de desconfianza que hemos aprendido a cultivar los españoles. El vínculo que los lectores de América Latina tienen con los autores es el más prometedor fermento que puede imaginar una cultura para prosperar.
[Publicado el 28/3/2007 a las 16:06]
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El director quiere oir un llanto de mujer detrás de la ruina humeante. Ver un lienzo de llamas rojas con destellos amarillos al fondo del escenario. Y por encima, un túmulo de nubes negras. Como si se avecinara una tormenta -dice.
Ha pedido un campo de trigo arrasado, semejante al que horadaría un animalote con su hocico. Una columna de campesinos atemorizados y un camión cargado de heridos cruzarán de lado a lado el escenario. Huyen con pavor del campo de batalla pero no pueden correr –a ver cómo consigues prolongar el desplazamiento de los refugiados sin detener su marcha.
El director necesita una escena grandiosa y, al mismo tiempo, miserable. Es el signo de nuestro tiempo. Se lo dice al realizador, que está al mando de los carpinteros, electricistas y pintores.
No será fácil crear algo parecido –piensa el hombrecito, rascándose la cabeza y mascando la colilla.
Imagínate ahora un rayo de luz blanca y un hombre envuelto en una túnica descendiendo del cielo. Te ruego que esta vez vigiles la tramoya y que no se vean las poleas. El ruido ensordecedor de las bombas se apagará poco a poco tras el falso horizonte del telón de fondo.
El hombre vestido de blanco –prosigue- abrirá los brazos y aunque no diga nada ellos comprenderán el motivo de su aparición. Los moribundos fallecerán, pero con una expresión de tímida alegría en su rostro magullado.
Quién realmente aparece es el productor de la obra, indignado y vociferante. Según da a entender, el delirio del director es inaceptable. Sus exigencias han reventado el presupuesto y ya no se puede asumir tanto gasto. O cambia de inmediato sus planes o cancelará el estreno de la obra de teatro.
Si quieres efectos especiales, ¡dedícate al cine! Así se despide el productor.
[Publicado el 22/3/2007 a las 00:35]
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1. El lamento por la Guerra de Irak deja en evidencia el esquivo silencio de sus partidarios. El fracaso de la operación bélica, sin embargo, no les avergüenza. Se les nota el fastidio por el operativo militar fallido pero no parece afectarles el espanto de cuatro años de matanzas.
2. Un diputado del Partido Popular se atreve a reconocer el fiasco y cuestiona, sin mencionarla, la facundia épica de José María Aznar en las Azores. Otro miembro del PP, con media sonrisa en la cara, reconoce la causa de su derrota electoral: haber metido a España en la guerra. Esta consideración utilitarista no repudia el desastre sino el coste que se ha pagado por él.
3. El discurso del presidente de los Estados Unidos se lee como si los cuatro años transcurridos desde el inicio de la guerra exigieran una explicación sobre el sentido que tiene enviar a los jóvenes soldados a dominar, matar y morir. Sin embargo, el recurso presidencial consiste en evitar la desesperación. Como Bush descarta la opción de dimitir o hacerse el harakiri, el discurso vigente asegura que sacar las tropas americanas de Irak supondría desencadenar un conflicto regional de consecuencias imprevisibles. Es decir, si Estados Unidos abandona Irak todo seguirá como hasta ahora: un conflicto regional de consecuencias imprevisibles.
4. Es formidable el esfuerzo invertido por la administración republicana en modificar la percepción de la realidad. Los sabuesos de Washington tenían en Oriente Medio el mejor centinela que podían imaginar para vigilar sus intereses estratégicos. Se llamaba Sadam y lo ahorcaron hace poco. Ahora, algunos teocon rezan para encontrar al hombre fuerte que someta a las facciones iraquíes, gobierne con mano de hierro al levantisco país árabe y saque los dientes a los vecinos: a los persas de Irán y al hermético sirio.
5. Algunos comentaristas hablan de una guerra civil “larvada”. Como si los 600.000 muertos caídos en Irak desde el día de la invasión no fueran más que un preámbulo a la verdadera guerra civil que seguirá asolando durante muchos años la región.
6. Lecciones de la actual catástrofe moral: el gobierno norteamericano miente y se pone al frente de una descomunal maquinaria bélica y política. Para justificar la invasión, agita banderas de guerra y enumera sus beneficios para la comunidad política mundial. Solución definitiva al conflicto palestino israelí, bajada de los precios del petróleo, democratización de un país sometido al capricho de un dictador, contagio democrático a los países vecinos, suprimir las bases del terrorismo internacional…
7. Hay que comprender la estrategia publicitaria de la Casa Blanca y la eficacia de su hipnosis. Obviamente, el comprensible trauma por la caída de las torres de Nueva York influyó en la postración intelectual y política –como si entonces no fuera pertinente discutir la furia vengativa de la Casa Blanca.
8. ¿Será siempre tan fácil manejar la crédulidad de la opinión pública?
[Publicado el 21/3/2007 a las 12:55]
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06/9/2008 23:32
Publicado por: Un saludo
04/9/2008 00:46
Publicado por: Mar
03/9/2008 19:17
Bonita foto. Una gran mejora con...
Publicado por: me
03/9/2008 19:15
Don Basilio las presentaciones...
Publicado por: me
29/8/2008 17:02
Publicado por: chiqui
25/8/2008 07:03
CARLOS MONDRIGAIS, UN FENOMENO...
Publicado por: Anonima
11/8/2008 05:56
Don Basilio, otro interesante...
Publicado por: me
07/8/2008 17:12
Publicado por: me
25/7/2008 01:48
Don Basilio, he entrado varias...
Publicado por: me
17/7/2008 11:58
Publicado por: blueblue
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