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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

domingo, 20 de julio de 2008

Blog de Basilio Baltasar

La vida eterna

El psiquiatra Carlos Castilla del Pino y el teólogo Manuel Fraijó han flanqueado a Fernando Savater en la presentación de su nuevo libro. Frente a un nutrido grupo de periodistas, en uno de los salones del Hotel Palace de Madrid, van a contar de qué va La vida eterna (Ariel, 2007).

La elaborada y entusiasta disertación de los presentadores sonroja a Savater, que siempre acoge con ternura las muestras de amistad. Sin embargo, Fraijó primero y Castilla del Pino después, no dejan lugar a dudas: La vida eterna aborda con inteligencia y sensibilidad la más universal de las experiencias. La curiosa incógnita del más allá, la corazonada y la decepción, la alegre intuición trascendente, el miedo o el dilema de la muerte no son azotadas  por el sarcasmo de nuestro filósofo, sino objeto de una delicada consideración.

Se impone al comenzar una suave pero enérgica distinción conceptual: alejada del aparato legislativo sacerdotal, la religión pertenece a una de las más radicales inquietudes del hombre y brota de penetrantes, honestos o desorientados pensamientos.

El impetuoso verbo de nuestro polemista –tan temido por sus timoratos adversarios- se sosiega temporalmente para abordar el acontecer en que estamos envueltos. Siendo la vida en su totalidad la más extraña aparición que cabe concebir en un universo atravesado por la oscuridad del infinito ¿puede reprobarse la imaginación que viaja por la eternidad?

Las combinaciones simbólicas elaboradas por la mente no tienen desperdicio y nada puede haber en ella que no merezca la ilustrada indagación de los filósofos. A Savater –quizá el pensador español que más ha hecho por acercar el hábito de pensar con claridad a nuestras aulas, cafés y dormitorios- le corresponde la autoría de muchas felices ideas sobre pedagogía cívica y a este elaborado índice de reclamaciones pertenecerá también su elogio de la incredulidad. No tanto una actitud destemplada contra la majestuosa hipótesis de la Creación, y sus ocurrentes derivadas, sino un estado de alerta permanente para evitar incurrir en las flaquezas de la fe. Esa credulidad por desfallecimiento de la inteligencia.

Podríamos decir que apenas ha transcurrido un instante –en esa mascarada de huidizas impresiones impuestas por la tormenta del tiempo y la memoria-, cuando considerábamos a salvo los valores de la laicidad. Como escuela de ciudadanía activa y como espacio en el que cualquiera podría cultivar su versión de lo religioso. Sin embargo, las más recientes noticias sobre el impetuoso proceder de la Iglesia, en defensa de los extraños privilegios que conserva en la democracia española, dan al libro de Savater el carácter urgente que, tarde o temprano, adoptan sus reflexiones.

Así, desbrozando las falacias eclesiásticas, será más interesante filosofar sobre las tentaciones de la inmortalidad y aprovechar, ahora que estamos a tiempo, los gozos de la mortalidad.

[Publicado el 09/3/2007 a las 11:02]

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Las religiones asesinas

Elie Barnavi fue embajador de Israel en Francia y hoy es profesor en la Universidad de Tel Aviv. Es autor de una larga serie de volúmenes sobre historia, religión y política contemporánea y ahora me dedica un ejemplar de su más reciente ensayo (Flammarion, 2006) dejando vagar una mirada melancólica e irónica.

Una difusa fatiga subsiste en su sonrisa y uno puede adivinar que esta sutileza guía sus reflexiones. La lúcida comprensión de las fuerzas históricas que después de un prolongado letargo han estallado para barrer nuestras ilusiones ilustradas. Pero Barnavi duda acerca del mejor modo de hablar al hombre. Si con un saludable escepticismo o una acongojada inquietud.

Les religions meurtrières nos ofrece nueve tesis para prevenirnos sobre el impetuoso y bravío fundamentalismo religioso que cambiará la faz del mundo. Barnavi no quiere parecer agorero pero el irracional fulgor redentorista de los fanáticos le obliga a formular advertencias creíbles. Si la vieja religión civil republicana” no asume la defensa de los valores de libertad ¿quién lo hará?

Barnavi, en su epílogo, lamenta el uso incompetente del lenguaje por individuos que no comprenden el dilema de los tiempos que nos ha tocado vivir. ¿Diálogo de civilizaciones? Alardes erróneos, posturas impotentes.

La verdadera fractura de nuestro tiempo ha tenido lugar, una vez más, entre civilización y barbarie. Y entre ellas no hay punto de encuentro posible. Ya sean laicos, musulmanes, judíos o cristianos, los civilizados saben lo que está en juego.

[Publicado el 07/3/2007 a las 21:47]

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Perpetua batalla

Philipp Blom nos recuerda (en Anagrama) la gran hazaña que supuso publicar contra el Rey y contra el Papa (contra la Monarquía y contra la Iglesia Católica) la Encyclopédie, y nos ayuda a constatar el renqueante aliento de aquella conspiración ilustrada a favor de la razón.

Diderot, D’Alembert, Rousseau, Holbach, Voltaire y muchos otros trenzaron en las ciertamente gloriosas páginas de La Enciclopedia su amistad y su talento –también los celos y la rivalidad que un carácter fuerte no puede omitir-, conscientes de estar dándole a la misma Historia un giro largamente anhelado. El impulso ilustrado se había incubado durante siglos pero fue en la feliz confluencia parisina cuándo adquirió la fuerza de una insurgencia necesaria.

Sin duda conviene recomendar la lectura de Encyclopédie a los que quieran contemplar el denodado esfuerzo de los Ilustrados para enfrentarse a la promoción institucional de las supersticiones y al dominio que la Iglesia y sus órdenes religiosas ejercían sobre una sociedad sometida a dogmas, prejuicios y amenazas carcelarias y morales.

Pero si este recordatorio –incluso la habitual forma de esta frase- tiene en nuestra época un sabor algo rancio, como si la tarea de los enciclopedistas fuera una antigualla felizmente superada, es a causa del escaso conocimiento que tenemos de una guerra que, contrariamente a lo que prefiere creerse, no ha acabado.

Los hay, por otro lado, que pretenden imputar a la Ilustración el primer origen del Gulag, como si las exigencias del pensamiento crítico hubieran desencadenado la infernal algarabía de los paraísos terrenales.

Las dos posiciones –una, presuntuosa; otra, difamatoria- tratan con desdén la supuesta ingenuidad de los editores, philosophes, publicistas, polemistas, libelistas y agitadores del siglo XVIII europeo.
Sin embargo, nunca será suficientemente ponderado el logro esencial de aquella conspiración de librepensadores: prefigurar el más firme fundamento intelectual de la perenne resistencia a la estupidez.

[Publicado el 05/3/2007 a las 18:09]

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Si nada es lo que parece...

Gran parte de nuestros esfuerzos intelectuales se dedican a sostener un criterio de interpretación que haga factible la noción de realidad.

El palpitante organismo social de la Historia ha procurado discernir y comprender, definir y aclarar la naturaleza de la experiencia. Para comprobarlo basta consultar la biblioteca universal. Ahí están los autores y escritores haciendo posible el arte y la pericia de nombrar las cosas.

Es un proceso de inteligencia operativa el que nos galvaniza hacia la conclusión razonable. El Derecho, y su alambicada maquinaria de argumentación jurídica, necesita contar con esta voluntad esencial de consenso para aplicar las sentencias del sentido común.

Lo que estamos viviendo en España es digno de ser contemplado con desazón. La implacable maquinaria política empeñada en desvirtuar la naturaleza de los hechos es el más formidable esfuerzo invertido nunca en la destrucción de lo real. Podrá parecer un delirio propagandístico y un exceso de vehemencia sensacionalista para vender más periódicos o ganar audiencia radiofónica, pero lo cierto es que el arrastre masivo de millones de ciudadanos a la ideología de la sospecha amenaza con liquidar para siempre el acuerdo que necesita la razón democrática para existir.

La hemos visto nacer ante nuestros propios ojos y van pasando los años sin que las más esperanzadas previsiones vean cumplida la derrota por fatiga o aburrimiento de esta conspiración contra lo real. Poco a poco se difunde e instala con impunidad entre la ciudadanía la iracunda y obcecada doctrina de la sospecha. Si nada es lo que parece, todo será según nos parezca.

[Publicado el 02/3/2007 a las 09:30]

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El temido ocaso

Nuestro amigo Eduardo Lago conversa con Paul Auster. Hablan de cine y, of course, de literatura. Es una entrevista y, por lo tanto, en cumplimiento de los requisitos del género, se espera el obvio y habitual rendez-vous. Sin embargo, de repente, Lago le espeta a Auster un comentario hiriente: “dicen que su novela no añade nada nuevo a lo que ya nos había dado Paul Auster”.

¡Menudo asunto! Resulta que, como quien no quiere la cosa, el entrevistador –también novelista, traductor y crítico- asalta al compungido Auster con un martillo. El neoyorquino se resigna y encogiéndose de hombros reconoce que así van las cosas: a unos les gusta su obra y a otros no.

Como quiebro modesto para quitarse de encima al osado entrevistador no está mal pero, en realidad, poco más podía hacer Auster para librarse del más doloroso enigma de la literatura universal. ¿Dicen algo nuevo los autores?

Después de su primera novela, quiero decir.

El mismo concepto de novedad es una viciosa concesión a la ilusión que domina nuestra cultura: la fantasía de la invención perpetua. No en balde cuando se habla de los escritores  se les llama "creadores", con toda seriedad.

No sabemos si Auster ha sido inducido por la falta de piedad de Lago pero lo cierto es que el autor se atreve a confesar: “a lo mejor he llegado al final”.

[Publicado el 01/3/2007 a las 12:03]

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Iluminaciones

El comandante en jefe de Guantánamo carraspea y comprobando por el rabillo del ojo si acaso alguien lo está vigilando, se acerca al periodista para decirle algo en voz baja, con un gesto muy inhabitual en un militar de alto rango. El periodista deja de escribir en su Moleskine y se presta a poner toda su atención.

En casos parecidos el manual recomienda a los practicantes de nuestro oficio disimular cualquier mueca de curiosidad y dar al rostro una expresión de grave compañerismo. Mejor si uno puede inclinarse levemente y sostener con la mano derecha el codo de la mano en que apoyará la barbilla.

En este lugar hay gente que no debería estar aquí”.

El comandante arquea las cejas y mirando al periodista desde su imponente corpulencia deja que la brisa del Caribe airee sus palabras. Al fondo, sobre el azulete marino de la costa, se extiende la rejilla de la prisión, moteada con inmóviles manchas color naranja. Un murmullo se acerca y se aleja acompañando al flujo de las olas. Parece el cántico matutino de los rezos pero el periodista no está muy seguro.

Fíjese –prosigue el comandante- en esta cochambre. Estos calabozos son la ignominia de mi país, un desplante para el mundo. Una ofensa a la Humanidad. ¿No le parece?

El periodista, temeroso de interrumpir la inesperada confidencia, no se atreve a decir lo que piensa.

Cuando me ordenaron hacerme cargo del campamento no tuve tiempo de averiguar si convenía a mi carrera celebrar este destino. El ejército no te consulta qué misión prefieres desempeñar.

El comandante se cansa de estar inclinado sobre el periodista bajito y se yergue para mirar con altivez el horizonte. Un pensamiento nebuloso le ronda la cabeza y da algunas vueltas a su coronilla hasta que consigue penetrar de golpe en su interior:

Si Dios hubiera querido que la corazonada de los policías bastara para hacer justicia, no habría creado a los jueces.

¡! –afirma entonces con un grito, asustando al periodista.
Se saca un billete de dólar del bolsillo y lo golpea con el dedo una y otra vez.
¡Véalo usted mismo! ¡Aquí lo pone!

[Publicado el 27/2/2007 a las 18:42]

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Fiebre y temblor

Hay que pedir disculpas al habitual lector de este bloc y darle la explicación que justifica nuestra ausencia. No en balde nos debemos a lo que prometemos y, aunque no haya por en medio deudas mayores, cumplir sigue siendo un gesto de cortesía.

Como está en juego el motivo principal de estas notas sueltas –dar noticia de lo que se va leyendo y observando- convendrá contarle cómo nos hemos visto envueltos en un tedioso episodio de febril convalecencia, apartados y recluidos, fuera del trasiego que, al fin y al cabo, de motu propio hemos elegido.

Al parecer, un virulento virus de la gripe cogido en las calles de Manhattan cuando empezaban a soplar los fuertes y helados vientos del norte fue debilitando nuestro organismo hasta hacernos declinar y desfallecer. Apenas sin fuerzas para nada, abandonamos nuestro bloc. Estrangulada por la fiebre la percepción sutil de nuestros sentidos, no supimos cómo ordenar el caos de los hechos. Y poco podíamos hacer salvo resignarnos a contemplar entre temblores y delirios la absurda y ridícula decadencia del mundo.

[Publicado el 26/2/2007 a las 13:36]

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Quién ha sido

El saludable escepticismo de los tiempos modernos ha moderado las aspiraciones heroicas de la condición humana y mediante un informado ejercicio de buen humor ha conseguido sosegar la ansiedad de los hombres inclinados a sentir la llamada del destino.

Pero del mismo modo que formas vegetales arcaicas perduran gracias a casi extinguidos sistemas de fecundación, subsisten en nuestras sociedades individuos dispuestos a resucitar caducas maneras de conducir a los hombres.

El anhelo que distingue a los héroes imbuidos por este furtivo instinto de predestinación suele ser un irreprochable fervor altruista, pues la ambición de poner un poco de orden en la sociedad es la única que alienta sus generosos desvelos.

Thomas Carlyle creyó que un solo hombre puede enderezar el rumbo del mundo y dedicó a este héroe su elegía: "Al capitán, al superior, al que asume el mando, al que está por encima de los demás hombres; aquél a cuya voluntad se someten los otros, a éste debe considerársele como el más importante entre los grandes hombres".

No hace falta indagar en las profundidades psicológicas del personaje para comprender la influencia que esta escuela de pensamiento político ha tenido en la formación de José María Aznar. Ya en el congreso de Sevilla, cuando en 1990 conquistó la jefatura del Partido Popular, Aznar se presentó como portador de las cualidades que adornan al héroe: "Abnegación, entrega, hombría de bien y sufrimiento".

Muchos de sus colaboradores creyeron seguir al actor de los discursos que allanan el camino de La Moncloa, pero poco a poco hasta los más incautos adivinaron lo que estaba sucediendo: Aznar se precipitaba a fundir en una única figura su imaginación y su identidad.

La modesta y tímida incubación del espíritu providencial fue dando sus frutos y procurándole la elocuencia que tronaría más allá de nuestras fronteras: "los débiles gobiernos de las democracias occidentales cederán al chantaje de los cuerpos mutilados y sus frágiles sociedades terminarán derrumbándose como naipes".

Los gestos autoritarios y las declaraciones intempestivas podían parecer consecuencia del satisfecho mandato alcanzado en dos citas electorales, pero en realidad pertenecían a un género más elevado de impaciencia. Su mímica delataba sin cesar esa irritación que distingue a los grandes hombres conscientes de estar perdiendo el tiempo. "Hacen falta", decía en Jerusalén, "líderes fuertes y firmes con un claro sentido de su misión".

Sólo un combativo altruismo transmuta el sacrificio personal en la más duradera fuente de placer. Pero comprender la figura heroica de Aznar requiere además saber cómo se propuso pasar a la Historia.

No era suficiente haber salido ileso de un atentado ni entrar en guerra contra Irak. Para dotarse con los rasgos de una personalidad admirable, Aznar debía escenificar la envergadura mítica de su gallardía y mostrarnos el camino que toma un hombre destinado a convertirse en héroe: la renuncia al poder.

Ya en 1996 especulaba sobre sí mismo indirectamente preguntándose en público: "¿Cómo será España cuando la deje dentro de ocho años?".

Con la singular determinación de abandonar el poder, Aznar no sólo quiso asombrar a una población resignada al duradero empecinamiento de los políticos profesionales, sino elevarse por encima de sus colegas y avergonzar a sus adversarios con una grandilocuente lección moral.

Que la ingeniería financiera del Partido Popular garantizara este atajo a la gloria sin cerrar la puerta de su retorno triunfal, no empañaba el lustre que su figura paseó por medio mundo.

En declaraciones al diario francés Le Monde, hechas poco antes de las elecciones de 2004, José María Aznar citaba las dos grandes figuras históricas a las que puede compararse un gobernante sin apego al poder: el emperador romano Cincinnatus y el emperador Carlos V.

Teniendo como antepasados tan ilustres precedentes, es fácil caer en la angustiada desazón, la perturbada confusión y el inquieto desánimo que sufrirá el hombre empujado a ser de nuevo un simple mortal. Pero el acontecimiento que desmoronó la heroica complacencia de su figura, tan disciplinadamente tallada, no fue la bomba de los integristas en Atocha ni la catástrofe electoral del 14-M.

El carisma de la figura a la que Aznar había conseguido insuflar vida propia no provenía tan solo de la abnegada renuncia al mando sino del constante alarde de una rara cualidad: el valor de la palabra dada.

En un mundo sometido a la frivolidad de los charlatanes, hete aquí que surge con orgullo el que habiendo dicho "me voy", añade: "El arte de gobernar no es sólo tomar decisiones y saber mantenerse en el timón cuando soplan vientos huracanados en contra, sino también saber dejarlo".

Cetro diamantino de la misión trascendente que aceptó cumplir, la palabra del presidente Aznar fue la más temible amenaza que podía dirigir contra sus enemigos y el más fiable de los pendones ofrecidos a sus partidarios. ¿No era acaso esta palabra dada y cumplida un motivo de temor y reverencia?

Pero la voluble fortuna altera con crueldad los sueños de los hombres. Explotó la bomba en Atocha, murieron los ciudadanos de Madrid y el temor a perder el poder que había prometido entregar a su sucesor -"para no aprovechar las tendencias caudillistas de España"- le obligó a empeñar su palabra de honor ante los más fidedignos testigos de su confidencia. Durante los tensos momentos posteriores a las explosiones del 11-M, el presidente Aznar telefoneó a los directores de los principales periódicos españoles para hacerles partícipes de su documentada convicción: ha sido ETA, vino a decir.

Temeraria declaración, como comprobaron luego los que no quisieron desconfiar de la palabra de honor dada por un presidente en tan aciagas circunstancias.

Fue suficiente un dramático encontronazo con el destino adverso para que Aznar perdiera el temple propio de los héroes.

Pocas horas después, el presidente en funciones entraba con su esposa en el colegio electoral de Nuestra Señora del Buen Consejo de Madrid y frunciendo el ceño atravesó el tumulto ciudadano reunido para abuchearle. Quién ha sido, quién ha sido, gritaba igualmente furiosa la muchedumbre.

Ahora da comienzo el juicio que sentenciará la autoría de los brutales atentados de Atocha. Después de meses de descabellada polémica, el Partido Popular redoblará sus esfuerzos de agitación, será insistente el despliegue de sus periódicos y vocinglero el oratorio radiofónico contra los jueces y policías responsables de la investigación.

Pero una más completa comprensión del proceso judicial nos exigirá no perder de vista el origen de esta infatigable campaña de sospechas, bagatelas y clamores: el arrojo que un héroe caído puso en rehabilitar su fama.

Artículo publicado en: El País, 16 de febrero de 2007

[Publicado el 16/2/2007 a las 10:17]

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Interrogarse de vez en cuando

Cuando Bogart encañona al policía francés de Casablanca, en el aeropuerto, poco antes de emprender juntos esa gran amistad que no vimos representar en la pantalla del cine, el gendarme, esbozando una leve sonrisa, le dice: “estoy seguro de que sabe lo que hace, pero ¿sabe lo que significa?”.

Sin nos detuviéramos de vez en cuando a meditar con seriedad el alcance de esta pregunta, es probable que llegásemos a descubrir en nuestros actos el sentido que hasta entonces nos había pasado desapercibido.

El habitual orgullo de la voluntad suele tratar con desdén el verdadero significado de lo que hace, pero con una adecuada interrogación podría aprovechar la oportunidad que a diario desperdicia. Pues pocas veces llegamos a saber qué significa lo que hacemos.

Masako Ishibashi es una periodista japonesa coautora de Vaya país (Aguilar, 2006) un ensayo colectivo con los juicios, opiniones, chascos y entusiasmos que nos dedican los corresponsales destacados en España.

Con una escueta sutileza, la periodista nos introduce en la tensión dramática que padeció cuando se propuso viajar a España. Su padre, un descendiente de samurais, le tenía reservado un futuro de buena esposa pero ella eligió abandonar Japón. Masako alude a la decepción del padre y a la cortesía que tuvo con su hija evitando todo reproche.

En el avión, durante el largo vuelo hacia Madrid, Masako dejó por descuido en el lavabo la sortija con una perla que le había regalado el padre. A pesar de las reclamaciones a los pasajeros, ninguno devolvió el anillo. El gesto accidental ya hubiera sido suficiente para entender lo que estaba ocurriendo pero, por si acaso, Masako cometió otro descuido revelador: perdió bajo los asientos del avión la pluma que le había regalado su padre.

Con ternura, la periodista nos cuenta que el hombre murió poco después sin que ella hubiera podido decirle cuánto lo amaba.

[Publicado el 13/2/2007 a las 12:18]

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Un hombre observador

El pelo rizado que enervaba el aspecto de su cabeza le obligó a usar un potente fijador de cabello. Al parecer fue una condición para conseguir la plaza vacante en Las Cortes. Según comentaba su jefe, no conviene descuidar la apariencia de un bedel pues su oficio es estar disponible y, al mismo tiempo, pasar desapercibido.

Es un arte –añadió.

Fijándose en los habituales miembros del hemiciclo, el bedel recién contratado comprendió que el arte lo cultivan también los diputados españoles.

Se sorprendió muchas veces a sí mismo, mientras llevaba un vaso de agua a la tribuna, contando cuántos de aquellos representantes se habían dado a conocer.

Quizá –pensaba- su misión se parezca a la mía: no llamar la atención y acudir cuando se nos necesita.

[Publicado el 12/2/2007 a las 14:25]

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Biografía

Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. En 1986 fundó la revista literaria Bitzoc y la revista de arte y arquitectura Gala. Fue editor de Seix Barral y convocó de nuevo el Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria y reunió al jurado que hasta su fallecimiento presidió Guillermo Cabrera Infante. Entre 1989 y 1996 dirigió un programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March y, en la actualidad, es vicepresidente de la Fundación Yannick y Ben Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo. Desde el año 2005 es Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa, director de La Oficina del Autor y editor de El Boomeran(g).

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