El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 5 de septiembre de 2008
Cuando Bogart encañona al policía francés de Casablanca, en el aeropuerto, poco antes de emprender juntos esa gran amistad que no vimos representar en la pantalla del cine, el gendarme, esbozando una leve sonrisa, le dice: “estoy seguro de que sabe lo que hace, pero ¿sabe lo que significa?”.
Sin nos detuviéramos de vez en cuando a meditar con seriedad el alcance de esta pregunta, es probable que llegásemos a descubrir en nuestros actos el sentido que hasta entonces nos había pasado desapercibido.
El habitual orgullo de la voluntad suele tratar con desdén el verdadero significado de lo que hace, pero con una adecuada interrogación podría aprovechar la oportunidad que a diario desperdicia. Pues pocas veces llegamos a saber qué significa lo que hacemos.
Masako Ishibashi es una periodista japonesa coautora de Vaya país (Aguilar, 2006) un ensayo colectivo con los juicios, opiniones, chascos y entusiasmos que nos dedican los corresponsales destacados en España.
Con una escueta sutileza, la periodista nos introduce en la tensión dramática que padeció cuando se propuso viajar a España. Su padre, un descendiente de samurais, le tenía reservado un futuro de buena esposa pero ella eligió abandonar Japón. Masako alude a la decepción del padre y a la cortesía que tuvo con su hija evitando todo reproche.
En el avión, durante el largo vuelo hacia Madrid, Masako dejó por descuido en el lavabo la sortija con una perla que le había regalado el padre. A pesar de las reclamaciones a los pasajeros, ninguno devolvió el anillo. El gesto accidental ya hubiera sido suficiente para entender lo que estaba ocurriendo pero, por si acaso, Masako cometió otro descuido revelador: perdió bajo los asientos del avión la pluma que le había regalado su padre.
Con ternura, la periodista nos cuenta que el hombre murió poco después sin que ella hubiera podido decirle cuánto lo amaba.
[Publicado el 13/2/2007 a las 12:18]
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El pelo rizado que enervaba el aspecto de su cabeza le obligó a usar un potente fijador de cabello. Al parecer fue una condición para conseguir la plaza vacante en Las Cortes. Según comentaba su jefe, no conviene descuidar la apariencia de un bedel pues su oficio es estar disponible y, al mismo tiempo, pasar desapercibido.
Es un arte –añadió.
Fijándose en los habituales miembros del hemiciclo, el bedel recién contratado comprendió que el arte lo cultivan también los diputados españoles.
Se sorprendió muchas veces a sí mismo, mientras llevaba un vaso de agua a la tribuna, contando cuántos de aquellos representantes se habían dado a conocer.
Quizá –pensaba- su misión se parezca a la mía: no llamar la atención y acudir cuando se nos necesita.
[Publicado el 12/2/2007 a las 14:25]
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Media humanidad jura o promete poniendo su mano derecha sobre la Biblia. La mayoría ha leído o ha oído recitar sus historias y de algún modo sostiene el prestigio de sus figuras sagradas. No hace tener una vara de medir para calibrar la influencia que el libro de los judíos ha tenido en la historia del mundo. Y, sin embargo, la autoridad patriarcal de sus autores ha sido la más incisiva causa del odio cerril llamado antisemitismo.
Abrumado por la persistencia de esta maldición, el periodista y ensayista francés Jean Daniel ha escrito una breve y profunda suma crítica sobre la cuestión judía. “La prisión identitaria –dice Juan Goytisolo en el prólogo- es el eje de este libro”.
Encabezando cada capítulo de La prisión judía (Tusquets) con un deslumbrante fragmento del Libro de Job, Jean Daniel ya nos dice qué estado de ánimo ha guiado sus meditaciones intempestivas y cuánta soliviantada indignación le inspira el estado de guerra perpetuo en que se ha instalado el estado de Israel.
De este modo, el muchacho judío educado por progenitores ilustrados y republicanos, reacios a encerrarse en los estrechos límites de una tradición, el joven resistente y combatiente de la División Leclerc, el intelectual decisivo en tantas batallas políticas, se ve obligado a reconocer el fracaso de la razón o, al menos, la insuficiencia anémica que le impide dar cuenta del trágico cul de sac en que se han metido israelíes y palestinos.
Consciente de encontrarse en el centro de una perturbada disyuntiva de la condición humana, y no sólo en medio de un conflicto regional, Jean Daniel quiere “buscar en los textos sagrados la explicación de los conflictos”. Su disertación transcurre en un contenido clima de estupor y concluye en una disimulada desesperación. Pues por mucho que uno confíe en los artilugios de la conspiración política, no hay modo de imaginar la derrota de los “fanáticos idólatras” que en Israel y Palestina se han adueñado de la situación.
La ilusión mesiánica del pueblo elegido, la mayoría de edad estrenada por la Alianza con el Dios único, la constante inspiración de su Libro, la matriz, en fin, que nos dio a Spinoza, Freud o Einstein, se ha transformado en el doloroso estrépito de una inconcebible humillación. Pues lo que está en juego no es la ficción religiosa de los creyentes, sino el espantoso sendero que nos lleva de nuevo y constantemente a los campos de exterminio nazis.
Para Jean Daniel,que lamenta su utilidad como excusa nacional de los desmanes israelíes, el Holocausto no es un accidente sino una fractura en la historia humana: como si la atrocidad concebida por un pequeño grupo de hombres nos hubiera arrojado a todos, y definitivamente, a la fatalidad del mal.
[Publicado el 09/2/2007 a las 01:39]
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Las agoreras profecías ecologistas han sonado durante el último medio siglo como si sus autores desearan ver estallar el planeta en mil pedazos. Pero la malévola acusación reiterada para desprestigiarlos –alarmistas místicos, saboteadores, marginados- ha sido desmentida por un repentino consenso mundial.
Científicos, políticos y empresarios reconocen ya como insoportables las consecuencias del previsible e inminente cambio climático y aunque en privado pongan en duda la eficacia de las tibias medidas que el mundo está en condiciones de aplicar, intentan corregir el rumbo fatal de nuestro tiempo.
Sin embargo su poder no es todavía suficiente. El torbellino que amenaza con arrancar de cuajo los cimientos de nuestra cultura, causando traumáticas convulsiones colectivas, es abrumador pero no altera la extraña tranquilidad de los que se resisten a temer lo peor y actuar en consecuencia.
Que a pesar de los razonados informes científicos –admítase la redundancia enfática- sobre la malaise del mundo, haya agentes de la industria empeñados en corromper la maquinaria legislativa de las naciones, nos ilustra sobre los mecanismos morbosos que conducen a una sociedad al suicidio.
Pero más allá de la patética inversión de la compañía ExxonMobil para desacreditar con sobornos el informe de Paris, está el entramado de necesidades, intereses y dependencias que sostiene el actual estado de cosas. El miedo a una brutal recesión mundial –este sería el coste de ralentizar la maquinaria depredadora de la civilización- explica el comportamiento errático de los altos dignatarios gubernamentales: compungido reconocimiento de una gravedad que no pueden remediar.
El documental de Al Gore –Una verdad incómoda- es una pedagógica disertación sobre el emponzoñamiento de la atmósfera por los gases de CO2, aunque en todo momento su discurso intenta excitar el optimismo que hace falta para racionalizar la enloquecida maquinaria industrial.
Lo notable del film es además la habilidad autobiográfica del autor: Una verdad incómoda no sólo es una advertencia sobre las catastróficas consecuencias del cambio climático sino la denuncia testimonial del fraude que le robó la Presidencia de los Estados Unidos.
[Publicado el 08/2/2007 a las 00:30]
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Si De Juana Chaos consuma su suicidio los militantes del Movimiento Vasco de Liberación Nacional (los terroristas al que The Times llama separatistas, el mote que les puso Franco) prometen una oleada de fuego, destrucción y muerte. Auguran un verdadero caos si su gudari fallece, como si nos tocara purgar las desdichas del que presume por haber matado a unas decenas de pacíficos españoles.
A pesar de las manifestaciones convocadas con irregular desánimo para airear la indignación ciudadana, lo cierto es que subsiste inmaculado el estupor original. El asombro inconmensurable que sentimos ante el magistral y perverso reparto de papeles cometido ante nuestras narices.
Unos pistoleros vocacionales se alistan para cazar indefensos transeúntes y auspiciados por un numeroso coro de admiradores se encaraman al heroico rango de una epopeya majestuosa. Se acercan por la espalda, disparan un tiro en la nuca del confiado paseante y huyen con sigilo. Sin embargo, un relato grandilocuente los retrata como valerosos soldados enfrentados a feroces enemigos.
Cuanto más resignada ha sido la mansedumbre de los perseguidos, más escondida su pena, más avergonzadas sus silenciosas omisiones, más furibundo ha sido el exultante grito de guerra aullado por los arrojados combatientes.
Como en tantas ocasiones, son simples ideas las que están en liza. Por un lado, la evidencia de una realidad exenta de relatos épicos: ciudadanos condenados a muerte sin saberlo, se pasean indiferentes por la acera de su ciudad. Por otro, los que aprietan el gatillo se preguntan quién será el próximo.
[Publicado el 06/2/2007 a las 23:46]
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La edición española de la revista Granta ofrece a sus lectores una selecta colección de piezas literarias y variados motivos para practicar de nuevo el arte de la lectura. Una pericia que suele atribuirse sin más a todo el que consigue abrir un libro y deletrear sus párrafos.
Si por azar uno se entretuviera en el cuento de Paul Theroux y sigue hasta el final la espeluznante historia del protagonista llegará a la conclusión de haber saboreado un inconfundible episodio autobiográfico. No porque conozca los disturbios padecidos por el autor de La costa de los mosquitos, sino por la inconfundible semejanza entre los terrores que atenazan la mocedad de los hombres de buena voluntad.
Un muchacho resignado a soportar los aburridos episodios de una predecible adolescencia, ve sacudida su modesta fantasía de estudiante por el minúsculo fruto de unas inexpertas actuaciones sexuales. Su novia se queda embarazada.
Con Theroux, el lector avispado recordará el intrincado berenjenal de complicaciones que debió atravesar hasta desembocar exhausto en la edad adulta.
[Publicado el 06/2/2007 a las 01:41]
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Cuando nos encontramos con amigos extranjeros y nos sentamos a charlar suele darse a menudo la misma escena. Ellos nos cuentan qué ocurre en su país. Nosotros nos vemos obligados a explicarles qué pasa en el nuestro.
Ahora es una destacada líder conservadora americana la que confiesa su estupor. No entiende a Mariano Rajoy. Pertenece a sus propias filas ideológicas y no debería costarle tanto apuro entender mejor su actitud. Sin embargo, hay algo que le parece incomprensible.
Obviamente surge el controvertido asunto del terrorismo. Se deslizan críticas contra la gestión de Zapatero pero no llegan a justificar la hostilidad declarada por el Partido Popular al gobierno socialista. En casos de emergencia nacional, se dice, cabría esperar un pudoroso y astuto consenso.
La verdad es que resulta complicado explicárselo todo de una vez a nuestra amiga. La militancia de la Conferencia Episcopal, el enloquecido libelo radiofónico, la furiosa inquina mediática, el dinamismo económico de las órdenes religiosas seglares, la intoxicación policial, la conspiración judicial, la ambigua lealtad constitucional, las sangrantes llagas abiertas durante casi tres años por su inesperada derrota en las urnas…
Será mejor optar por la imagen que mejor retrata a la derecha española. Imagine, señora, que el líder de la derecha francesa Sarkozy, en lugar de fundamentar su legitimidad política en la gesta republicana de De Gaulle, fomentara con guiños sutiles pero explícitos un poderoso vínculo con la figura del Mariscal Petain. Por impecables que parecieran sus discursos, por irreprochables que fueran sus actuaciones, cada palabra dicha, cada gesto escenificado ante la opinión pública, cada silencio, sería la estruendosa invocación de un pasado condenado.
Este es el pecado no confesado por la derecha española: su doble filiación. No hace mucho, uno de sus periódicos afectos ha puesto a la venta una colección de sellos, monedas y billetes del antiguo régimen. Se ha presentado como una ocurrencia comercial pero en realidad la circulación de la efigie del Caudillo en papeles de curso legal pretende agitar los sentimientos aletargados de la extrema derecha española.
Ella no sale de su asombro.
[Publicado el 05/2/2007 a las 01:50]
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Los demonios sueltos de la crítica
Ahora que Jorge Herralde ha publicado la segunda parte de la biografía de Vladimir Nabokov (Los años americanos, Brian Boyd) podemos lamentar que tan minuciosa inspección no haya aparecido un poco antes, durante la celebración del Año del Quijote. La coincidencia habría permitido recuperar la diatriba que Nabokov dedicó a Cervantes y con ella una de las piezas ejemplares que la historia crítica de la crítica literaria debe conservar como un valioso objeto de meditación.
En España fue Bruguera la que publicó las lecciones dadas por Nabokov en Harvard a una aplicada aula de alumnos convencionalmente enamorados de las novelas consagradas por la admiración académica. En el ambiente reverencial de esta universidad apareció la figura de un Nabokov energúmeno, enervado por la obligación de comentar una literatura que no conocía. Sintiéndose vejado por el sueldo impropio que le ofrecían por dar las clases, el gran Nabokov dio rienda suelta a sus arbitrarios juicios mostrándose extrañamente desagradable con Cervantes y su libro.
“Don Quijote –anuncia Nabokov a sus estudiantes- es un cuento de hadas con sus ridículos mesones llenos de trasnochados personajes y con ridículas montañas repletas de poetastros disfrazados de pastores de la Arcadia”. En un interminable pliego de enojadas acusaciones, Nabokov se dedica a denunciar las escenas en que “todo es de una comicidad muy medieval, grosera y estúpida, como es toda la comicidad que viene del demonio”.
Brian Boyd, el autor de la biografía, nos recuerda que Nabokov comenzó a preparar las clases “basándose en remotos recuerdos de la novela” y que “disfrutaba bramando contra El Quijote delante de sus estudiantes”.
Francisco Márquez Villanueva, cátedro en la misma universidad de Harvard, se propuso en uno de sus eruditos y elegantes artículos denunciar “la fechoría crítica cometida por Nabokov”, el “pestífero revoltillo de errores” y “el diluvio de ignorancia y crudos prejuicios” esparcido por el malhumorado profesor ruso entre sus alumnos.
Quizá Nabokov no habría sido tan severo consigo mismo pero lo cierto es que años más tarde, en 1972, al leer las lecciones dadas en Harvard se escandalizó gravemente: “mis clases –escribió- son caóticas y descuidadas y no deben publicarse nunca. ¡Ni una sola de ellas!”.
Es evidente, como ya viene siendo habitual, que las voluntades de Nabokov no se respetaron. Pero la irónica venganza por el caprichoso maltrato dado a Cervantes, al que constantemente acusa de alcanzar con su obra “cimas atroces de crueldad”, le llegó antes de largarse al otro barrio.
Una escritora rusa, Zinaida Shajovskaia, a la que Nabokov despreció en un cóctel dado por el editor Gallimard, publicó un descarnado artículo contra el autor de Lolita: “en su mundo la bondad no existe, todo son pesadillas y engaños. Los engaños producen en Nabokov el mismo placer que siente su más cruel villano”.
La influencia de esta dama en la fama de Nabokov ha sido insignificante pero quizá su ataque permitió al furioso juez literario verse por una vez como víctima de sus procedimientos. Pues de poco sirve usar la crítica literaria para espantar los demonios que, tarde o temprano, regresan a hacer de las suyas.
[Publicado el 02/2/2007 a las 09:30]
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Agachándose con dificultad la madre se arrodilla en el suelo del estudio y abraza las piernas de su hija adolescente. Su rostro empañado en lágrimas ocupa la pantalla. Balbucea una frase confusa entre sollozos pero se adivina lo que implora con desesperación. La muchacha lleva un piercing en el labio y mira a la madre con fastidio. Cuando la pobre mujer insiste, el público aplaude. Cuando la niña arruga el morrito con desdén, el público abuchea.
La semana anterior un pastor entró en el estudio con sus ovejas. Analfabeto y desdentado, el hombrecito afirma entender el balido de sus animales aunque no pueda traducir lo que dicen. “Es muy complicado”, dice. Divertida, la presentadora anima la conversación y celebra las ocurrentes respuestas del anciano. Con sus manos huesudas el pastor levanta una oveja y se la pone en las rodillas. Acerca su oreja al hocico y frunce el ceño con preocupación. Cuando la oveja suelta por el culo un racimo de excrementos, el público también suelta sonoras carcajadas.
El productor del programa recuerda sus comienzos profesionales y le maravilla el modo en que la gente ha ido perdiendo poco a poco el sentido del pudor. Al principio, cuando los espectadores sentían vergüenza ajena y protegían su vida privada de miradas extrañas, cualquier ocurrencia entretenía a un público celoso de su intimidad. Pero al desbocarse, el afán de notoriedad moviliza a gente dispuesta a todo con tal de darse a conocer.
Hace poco parecía sencillo dar con ellos y llevarlos al programa. Pero hoy, el hombre ridículo es insaciable y cada día es mayor su exigencia de escarnio. Tanto le da darlo como recibirlo.
[Publicado el 31/1/2007 a las 09:30]
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De tarde en tarde tenemos la fortuna de conocer investigaciones reveladoras sobre la antigüedad y llegan hasta nosotros los sagaces ejercicios de interpretación que facilitan una más fidedigna comprensión del pasado. Nos ocurrió hace años con La Biblia desenterrada –de Filkenstein y Silberman (Siglo XXI, 2003) y ahora mismo con Nerón (Edward Champlin, Turner-Fondo de Cultura Económica, 2006).
Coincide la lectura del libro con la esperada abertura en Roma de los restos arqueológicos de la Domus Aurea, el descomunal palacio que Nerón mandó construir después del incendio de Roma.
El discípulo de Séneca ha pasado a la historia como un modelo de atrocidad, preludio enfermizo del fin de una época. Su figura ha cargado con el oprobio de la historiografía cristiana por razones obvias –alumbraba sus jardines con los cuerpos de los mártires ardiendo como teas- pero también ilustres historiadores y biógrafos romanos nos han transmitido su escandalizado juicio ante los excesos de Nerón.
Tácito, Suetonio y Dión Casio, ampliamente citados por Champlin, testimonian con relatos pormenorizados la permanente orgía en que vivía el excéntrico emperador romano y el espanto que semejante depravación produjo en los respetables miembros de la aristocracia imperial.
Pero a la luz de la investigación de Champlin, el Nerón que cometió incesto con su madre antes de asesinarla, pateó a su esposa hasta la muerte, arrancó a mordiscos los testículos de sus esclavos y dilapidó el tesoro imperial en fiestas y parodias que hacían enrojecer de vergüenza -y palidecer de miedo- a los senadores romanos, fue un personaje que no merecía ningún eximente clínico.
Nerón, efectivamente, nunca estuvo loco y Champlin nos lo presenta como un gobernante con una sofisticada estrategia de legitimación concebida para escenificar ante el pueblo romano la grandeza heredada de los griegos. Nerón hizo de Roma el gigantesco escenario de un acontecimiento irrepetible: ante la mirada atónita de los ciudadanos romanos él mismo encarnaría a las poderosas figuras del repertorio mítico de la antigüedad, los arquetipos consagrados por la tradición literaria y religiosa.
Las vinculaciones subrayadas por Champlin entre las supuestas excentricidades de Nerón y las leyendas del acervo cultural greco romano son asombrosas y deslumbran por la precisión de propósito del que hasta ahora se consideraba un desquiciado arpista romano.
Los crímenes cometidos por Nerón responden con tanta fidelidad a los dramas o historias de Orestes o Penandro, que el autor, profesor de clásicas en Princenton, debe dejar en el aire la cuestión de si Nerón utilizó a estos personajes para reconocer su culpa o imitó sus crímenes para vivir, como ellos, ensalzado en los relatos de la posteridad.
Los Misterios de Mitra o las profecías de los oráculos pertenecían también al argumento que Nerón utilizó a su conveniencia para hacer excelso y espectacular su mandato.
Pero entre otras muchas observaciones, Champlin nos ofrece una perspectiva todavía más sorprendente: nos presenta a Nerón como un gran sátiro populista que irrita a la aristocracia romana con una permanente fiesta saturnal. La grotesca pantomima neroniana no era la bufonada de un perturbado, sino la maquinación de un emperador harto de sus nobles.
Quizá fuera éste, y no sus crímenes, el motivo que le granjeó la hostilidad de los historiadores de Roma y, por la interesada enumeración de los hechos transmitida en sus libros, la unánime condena de la posteridad.
[Publicado el 30/1/2007 a las 02:58]
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04/9/2008 00:46
Publicado por: Mar
03/9/2008 19:17
Bonita foto. Una gran mejora con...
Publicado por: me
03/9/2008 19:15
Don Basilio las presentaciones...
Publicado por: me
29/8/2008 17:02
Publicado por: chiqui
25/8/2008 07:03
CARLOS MONDRIGAIS, UN FENOMENO...
Publicado por: Anonima
11/8/2008 05:56
Don Basilio, otro interesante...
Publicado por: me
07/8/2008 17:12
Publicado por: me
25/7/2008 01:48
Don Basilio, he entrado varias...
Publicado por: me
17/7/2008 11:58
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17/7/2008 11:53
Publicado por: blueblue
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