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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

viernes, 29 de agosto de 2008

Blog de Basilio Baltasar

La guerra de las esquelas

En su número de enero Revista de Libros publica una entusiasta recensión del libro Francisco Ferrer y Guardia. Pedagogo, anarquista y mártir, de Juan Avilés, publicado por Marcial Pons.

El artículo de Rafael Núñez necesita más espacio del que suele ocupar una esquela pero a su modo participa en la reciente tendencia española de sacar a desfilar a los muertos. Si bien en ciertos casos la procesión de momias ha sido un acto de piedad retroactiva, en este artículo la exhumación desentierra un cadáver olvidado para darle su merecido.

Rafael Núñez, doctor en historia y profesor de filosofía, hace suyos los criterios de Juan Avilés y a grandes rasgos reproduce la figura de Ferrer que el autor ha desmenuzado “tras una minuciosa revisión de los documentos ya conocidos”:
“No sería exacto –dice Núñez- considerar que la dimensión pedagógica de Ferrer y Guardia fuera solo una mera tapadera para sus otras (sic) actividades subversivas”.
Y acto seguido espolvorea su crítica con asertos que desbaratan la idea romántica que nos habíamos hecho del racionalista catalán:

“Fue una figura intrigante, siempre en la sombra, que urdía, alentaba o financiaba las más variadas maquinaciones. Es más que probable que estuviera directamente implicado en los atentados contra Alfonso XIII".

Núñez admite que quizás las sospechas que comparte con su patrocinado no podrían ser aceptadas como evidencias por un tribunal, pero "hay que reconocer que en este aspecto de tirar la piedra y esconder la mano, Ferrer fue un consumado maestro. Actuó siempre bajo cuerda y con actitudes poco claras”.

Deslizándose sobre los acontecimientos de la Semana Trágica que provocaron el fusilamiento de Ferrer en los fosos del castillo de Monjuitch, Núñez se ve obligado a reconocer que Ferrer “no tuvo un protagonismo en los hechos, pero da la impresión –añade- de que no fue por falta de ganas”.

Cuatro pinceladas más le bastan a Núñez para concluir que “nada hay en la vida de Ferrer que nos permita sustentar el mito”.

Y así acaba el justiciero epitafio que estos dos profesores dedican en Revista de Libros al fundador de la Escuela Moderna.
Es probable que algo parecido se temiera Francesc Ferrer cuando dictó al notario Permanyer de Barcelona (abuelo de Borja de Riquer) sus últimas voluntades:

“Protesto ante todo, con toda la energía posible, por el castigo que se me ha impuesto, declarando que estoy convencidísimo de que antes de muy poco tiempo será públicamente reconocida mi inocencia.

Deseo que en ninguna ocasión ni próxima ni lejana, ni por uno ni otro motivo, se hagan manifestaciones de carácter religioso o político ante los restos míos, porque considero que el tiempo que se emplea ocupándose de los muertos sería mejor destinarlo a mejorar la condición en que viven los vivos, teniendo gran necesidad de ello casi todos los hombres.

En cuanto a mis restos, deploro que no exista horno crematorio en esta ciudad, como los hay en Milán, París y tantas otras, pues habría pedido que en él fueran incinerados, haciendo votos para que en tiempo no lejano desaparezcan los cementerios todos en bien de la higiene, siendo reemplazados por hornos crematorios o por otro sistema que permita mejor aún la rápida destrucción de los cadáveres.

Deseo también que mis amigos hablen poco o nada de mi, porque se crean ídolos cuando se ensalza a los hombres, lo que es un gran mal para el porvenir humano. Solamente los hechos, sean de quien sean, se han de estudiar, ensalzar o vituperar, alabándolos para que se imiten cuando parecen redundar al bien común, o criticándolos para que no se repitan si se consideran nocivos al bienestar general.”

Bueno, el artículo de Núñez y el libro de Avilés realizan una decisiva contribución contra el testamento de Ferrer y Guardia. Con renovados bríos los dos profesores se enfrentan valerosamente al que ya entonces deseaba la rápida destrucción de los cadáveres.

[Publicado el 10/1/2007 a las 09:30]

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Síncopes

Piensa John Updike que “la invasión de Irak era una idea quizá brillante que se ha convertido en una trágica chapuza desde el punto de vista estratégico y militar”.

Inmediatamente suponemos que se siente intimidado por Lila Azam Zanganeh, la articulista iraní nacida en Paris que le entrevista para Le Monde (el texto lo reproduce El País).
¿Qué otro motivo le obligaría a construir pensamientos enrevesados?

Si sus conocimientos bélicos le permiten imaginar invasiones estratégicamente agradables, debería citar sus fuentes.
¿Corea? ¿Vietnam? ¿Somalia?
Tampoco aclara cuál ha sido exactamente la tragedia. ¿La retransmisión de la masacre? ¿La muerte en Irak de tres mil norteamericanos desde el día que proclaman su victoria? ¿O, nuevamente, el chasco que se han llevado sus conciudadanos?

Updike no describe el significado que para él tiene la chapuza. Da a entender que los militares no han hecho bien su trabajo. Como si las legiones se hubieran dormido en los laureles. Pero ¿y los demás? ¿Ha sido el nuevo orden mundial de Washington una chapuza? ¿O acaso son chapuceros los mercenarios contratados en Irak como “guardaespaldas”?

Es asombroso comprobar cuántas suposiciones caben en una sola frase bienintencionada.
Sin citarlas, el novelista presta un considerable crédito a las razones que ampararon la brillante idea de invadir Irak: armas de destrucción masiva, sede del terrorismo integrista, solución definitiva al engorroso problema de Oriente Medio...

Lástima que un simple punto de vista haya arruinado tanta visión estratégica.

De hecho su nueva novela (Terroristas la publicará Tusquets en mayo) trata de eso. Updike, al parecer, y una vez ensayado su propio punto de vista, se mete en la piel de un joven estadounidense de origen árabe. "Quería ver a través de los ojos de un joven musulmán devoto e ingenuo".

No podía encontrarse nada mejor: un ingenuo inventa a un ingenuo.

[Publicado el 09/1/2007 a las 10:00]

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El alma rusa

Una vez, en Moscú, en los años de la glásnost, la recepcionista del hotel quiso saber qué había ido a hacer a Ulán Udé. Su ovalado rostro de matrona dejó escapar una voz áspera mientras buscaba en mi pasaporte el sello del visado que al parecer debían haber estampado en la frontera oriental. ¿Lo pregunta por curiosidad –dije- o es que se aburre en este hotel de mierda? Sacha, mi ayudante y traductor, como hizo tantas veces durante el viaje, me atribuyó la servil explicación que los bedeles rusos se creen en condiciones de exigir.

Antes de llegar al hotel, saliendo del fastuoso metro de Moscú, encontré en la calle a una mujer que podría ser mi madre. Vendía por cinco rublos las zapatillas de ir por casa. Es probable que al llegar la primavera vendiera el abrigo. Y luego, ya veremos.

¿Qué pueblo ha sido el más desgraciado de la Historia? Si se convocara un concurso de méritos para otorgar este triste galardón habría que despachar un abundante memorial de agravios. Hasta tal punto la desdicha deja marcas imborrables. Pero el pueblo ruso podría reclamar una especial consideración a su turbulento martirio. De la esclavitud con los zares a la esclavitud con los bolcheviques al caos mafioso de los antiguos funcionarios del KGB. Mientras la vecina Europa renquea y disfruta cíclicos períodos de esplendor, la vieja Rusia, la vieja Rusia de madera de Esenin, soporta con estupefacción un incomprensible calvario.

Vitali Shentalinski ha encontrado en los archivos de la antigua Unión Soviética abundante material sobre las molestias que se tomaban los chequistas con los escritores rusos. Leían exhaustivamente sus escritos, hurgaban en su vida privada, seguían de cerca sus devaneos amorosos, abrían su correspondencia y cuando creían saberlo todo sobre su vida, los encerraban. Luego los sometían a interminables interrogatorios, los torturaban con una gran perfidia profesional y después de obligarles a inventar patrañas sobre sus compañeros, les daban la oportunidad de rehabilitarse haciendo público su arrepentimiento.

Denuncia contra Sócrates reúne los recientes descubrimientos en los archivos literarios del KGB (Galaxia Gutenberg.-Círculo de Lectores, 2006) como si el autor quisiera dar nueva vida a los lúgubres lamentos de unos escritores obligados a sorber una y otra vez las heces de la humillación.

[Publicado el 08/1/2007 a las 10:00]

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Dar en el clavo

Si uno recorre con desgana el dial de su radio puede oír cosas verdaderamente extrañas.

Una locutora, por ejemplo, habla como si ningún corte publicitario la estuviera apremiando. Es evidente que le sobra tiempo para mecer a sus oyentes pero hoy ha decidido poner los puntos sobre las íes. A eso le ayuda una voz absolutamente desprovista de sensualidad.

Creo que habla de la cabeza de Mahoma:
Llamadlos fundamentalistas, dice. Llamadlos integristas si queréis. ¡Pero cómo defienden a su Dios!
Creo que esta señora ha dado en el clavo.

Cada vez que un creyente se enerva proclamando la existencia de Dios, irritado por la incomprensión, pierde la oportunidad de fomentar una hermosa controversia religiosa. Que en modo alguno consiste en vislumbrar la huella que una figura transparente deja en el aire. Es bien sabido que la lógica del lenguaje impide dar consistencia a las simplezas del espíritu –aunque los secretos alborozos del alma provoquen estremecimientos a flor de piel.

Lo que pertenece a la respetable disputa teológica no es la existencia de Dios –que debe darse por supuesta- sino el plan de Dios. La investigación metafísica intenta enhebrar el hilo argumental que daría respuesta solvente a la pregunta: y todo esto ¿para qué sirve? (La vida, la muerte, el mundo…)

Los intérpretes oficiales de la iglesia europea suelen evitar una discusión de este calibre. Agotados por siglos de escolástica se han resignado a considerar como insondables los misterios de un plan cuya envergadura se les escapa. Y se conforman administrando medidas legislativas de carácter moral –o radiofónico.

Es una lástima que renuncien a elaborar las sofisticadas estrategias narrativas que en otro tiempo ayudaron a descifrar el lánguido discurrir de los pesares humanos.

La vitalidad del Islam, sin embargo, que tanto les obsesiona, procede del ímpetu con que sus clérigos creen haber comprendido el plan de Dios.

[Publicado el 05/1/2007 a las 11:26]

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Los ancianos

En un denodado esfuerzo por evitar su noviazgo con el comisario Jruschof, Norman Mailer envió a Fidel Castro una fraternal, severa y muy profética amonestación.

En la carta publicada en Village Voice en 1961 Mailer considera insalvable el trato arisco que sus compatriotas dan al revolucionario cubano. Los insultantes rumores sobre la salud de Fidel divulgados por la prensa sensacionalista no fueron más que el tímido ensayo de la hostilidad declarada poco después. Pero por pedante y miope que fuera la prepotencia norteamericana no debía servir de excusa a la alianza de Cuba con el siniestro aparato policial soviético.

Para demostrar a Castro la sinceridad de su agorero presagio el escritor glosa los episodios heroicos del comandante y afirma haberlo visto avanzar por la Historia “como si el fantasma de Hernán Cortés montara a lomos del caballo blanco de Zapata”.

La imagen no ha tenido el éxito que merece pero expresa con una brillantez casi paródica la mitología que rigió las ilusiones de los años 60. La sensación de estar asistiendo a la eclosión de un avatar redentor subyugó el ánimo de una generación sacudida desde su más tierna infancia por la benefactora y decepcionante ingenuidad.

Los órganos oficiales de la Revolución siguen negando que Fidel Castro esté enfermo. Pero viéndole arrastrar los pies por el pasillo del hospital, mientras sus celadores particulares se apartan del foco de la cámara, uno descubre en su rostro balbuceante el mismo anhelo de todos los ancianos.

Las fuerzas vitales se apagan y la mirada intenta comprender lo que antes parecía tan fácil de poseer. El inesperado estupor del anciano es para nosotros un enigma.

[Publicado el 04/1/2007 a las 09:30]

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La moda del doctor House

Cuando caen sobre la ciudad las últimas luces de la tarde, una amable penumbra invade la sala de espera. Las sombras del retrato colgado en el recibidor se vuelven más oscuras y hacen confusa la figura del patriarca. Seguramente el óleo perteneció al lote de alguna subasta benéfica. Las sillas se alinean vacías junto a la pared y en la mesita se amontonan las revistas que hojean los pacientes.

El hombre que espera no tiene ganas de leer. Observa con recelo el rostro que le sonríe despampanante desde la portada de la revista. Le ofende la alegría de la bella mujer y le lanza un reproche del que pronto se arrepiente.
¿Qué culpa tendrá la pobre? –piensa.
Cuando mira de nuevo el reloj le sorprende no sentirse insultado –esperar a los demás le producía una febril irritación.

¡Querido amigo!
El doctor, al que nunca antes había visto, lo recibe con un formidable apretón de manos. Tiene aspecto de atleta y una melodiosa voz de tenor.
El diván no hará falta –dice, mientras le invita a sentarse junto al escritorio.

Dos son las cosas que hoy debe saber –y aquí empieza el monólogo.
Bienvenido al gran equipo europeo de los depresivos. Media Europa toma medicación. La otra media, no se atreve. Así que vaya haciéndose a la idea y acostúmbrese a ser tan vulgar como ellos.
La segunda cosa que usted debe saber es por qué me he convertido en el mejor psiquiatra de la ciudad.
¿Quiere usted saberlo? –el doctor no espera la respuesta.

A usted le ha costado mucho admitir su malestar. Seguramente ha perdido un tiempo precioso intentando evitarlo. Pero al fin ha dado su brazo a torcer y aquí lo tenemos. Como un corderito.
No ha sido fácil ¿verdad? ¿Escuece? ¿Duele?
Y para una vez que consigue ser sincero consigo mismo, me encuentra a mí. ¡Es usted un hombre afortunado! Ha reconocido el fracaso de su personalidad y se topa con el único médico dispuesto a negarle consuelo. ¡Enhorabuena!

Supongo que le han contado que lo suyo tiene remedio, que nadie es perfecto, que dentro de poco ni se acordará de haber tenido la cabeza metida en el infierno. ¿Es eso, verdad?
Pues lo siento. Lo que le han contado sobre la depresión es mentira. En realidad, querido amigo, lo peor está por llegar y no tiene usted ni idea de lo que le espera.

Si todo va bien –y eso es algo que deseo de todo corazón- usted no podrá salir del agujero en el que se ha metido. Y si todo va mejor, dentro de un tiempo habrá sido totalmente destruido. ¿Qué le parece?

Entiéndame. No es que me regocije su sufrimiento. Es que no hay otro modo de acabar con el tipo que le causa tantos pesares. ¿Comprende? Usted es la causa de sus males y el único modo de curarse es acabar con el idiota que ha conseguido ser. Lo único que le sacará del antro de estupidez en que ha convertido su vida es la depresión.

No voy a recetarle pastillas. Si engañamos al dolor, usted no llegará a nada. Así que prepárese para aguantar solito las consecuencias de sus actos.
Amigo mío, ésto es la depresión. El retorno apresurado de lo que hicimos. O de lo que no hicimos. Quién sabe. ¿Le parece injusto? Pero si es un mecanismo inteligentísimo. ¡Benditos aquéllos que lo padecen!

Bien. Creo que ya he dicho bastante.
Voy a cobrarle mil euros, o dos mil. Quizá más. Nunca algo tan valioso le habrá salido tan barato.

[Publicado el 03/1/2007 a las 09:30]

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Lo que sabe el terrorista

Lo que sabe el terrorista de sí mismo puede verificarlo incluso cuando no dispara. Sólo por existir, y conceder una tregua es hacer más consistente su presencia, ya deja en evidencia el gran tabú: el Estado ha perdido el monopolio de la violencia.

El terrorista recauda tributos y ejecuta sentencias sumarísimas. Comete chantaje y asesinato pero la víctima (es decir: los que todavía no han caído) es invitada a considerarlo uno más de los poderes de este mundo. El terrorista no necesita legitimidad. Le basta con ser real.

La alambicada arquitectura conceptual que sostiene nuestro delicado equilibrio de dilaciones irónicas –la democracia- es violentamente sacudida cuando los terroristas ponen una bomba. También padece cuando salen enmascarados en televisión leyendo un comunicado. Nuestra virtud es la fragilidad.

La estratagema del terrorista consiste en dar fe de su existencia (disparando o dejando de disparar) y constituirse en réplica virtual del estado de cosas al que desafía (por ejemplo: un país sin pena de muerte). Cualquier otra consideración, sobre todo si se presenta como inevitable desenlace dialogado de una historia penosa, pone en peligro su identidad. Altera su razón de ser.

Lo que hace temblar los cimientos del estado de ánimo colectivo no es la bomba que explota en el aeropuerto sino lo que explota el terrorista encendiendo la mecha: vitaliza la metáfora terrorífica de los aviones estrenada el 11-S y ridiculiza las medidas de seguridad que agobian a los pasajeros.

Quizá el mensaje no encuentre destinatario pero ha sido escrito mediante el habitual alarde de prepotencia estratégica. Golpeamos cuando nos complace. Para ellos esto es lo esencial: su poder es ajeno a la debilidad intrínseca de lo circunstancial.

Una y otra vez el terrorista hace repicar la misma campana: exigiendo lo inaceptable refuerza su afán de existir. Lo contrario, negociar, considerar lo que hay de inconveniente en su épica patriótica, sería iniciar el proceso de la extinción.

[Publicado el 02/1/2007 a las 00:55]

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30 diciembre

En el vídeo difundido por las autoridades iraquíes los verdugos de Sadam Husein están encapuchados. Su atuendo ya da una idea del temor furtivo que sienten los administradores de justicia.

Son tres los hombres encargados de colocar a Sadam bajo la horca. Uno de ellos le explica cómo apretará el nudo de la cuerda a su cuello. Al dirigente derrocado le parece correcto agradecer la cortesía.

La orden del tribunal no admite demora y se cumple en sus mínimos detalles. La filmación, por ejemplo, pertenece a la misma sentencia. Los jueces podrían ejecutarlo a oscuras, lejos de la CNN y de You Tube, pero es preciso que el mundo lo comprenda. A este acto de obscenidad estamos todos invitados.

Será por descuido, pues no siempre uno acierta a cambiar de canal, o por saciar nuestra inocente curiosidad. El ahorcamiento de un hombre es un espectáculo garantizado. Nadie querrá perderse la escena. Como en los lejanos siglos de ignorancia y barbarie, el ciudadano quiere verlo con sus propios ojos.

De este modo, los gobernadores de Iraq propician la complicidad de la audiencia con sus actos de rigor.

[Publicado el 30/12/2006 a las 20:34]

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Que conste

Ningún mensaje cae en saco roto.

A veces sorprende la vivacidad del corresponsal. Otras nos confunde verlo saltar por encima de nuestra cabeza. Tan ágil.

Es imprevisible y sólo a veces disparatado. Su juicio es desconsiderado pues no siempre se le tiene en cuenta como es debido.

Algunos, a cambio, se sienten queridos. Y éstos colman la mesura, nos complacen.

Los hay que aborrecen ver a lo actual invadir su intimidad. ¡Nada de política!, dicen. Detestan la jerga del mundo. No les falta razón.

Quizá el blog sea un cierto modo de hablar. Un estilo, una postura del intelecto. No es académica, ni periodística, ni literaria en sentido estricto. (Yo, sin embargo, insistiré: la vida privada es un acto de inteligencia política cuando se hace visible).

La conversación universal que convoca el blog requiere ensayos fallidos. Al fin y al cabo es la primera vez que esto ocurre. Ahora bien, en ningún caso nos libraremos de manejar las leyes del lenguaje. El requisito, como siempre, es saber decir lo que uno quiera.

Lo contrario sería un abuso.

Daremos cuenta de todo ello.

@ Albert Pla. Sigue pendiente la disertación que le debo sobre Cristóbal Serra.

@ Dolag. Por las afinidades literarias que su fino olfato descubre. Y por la cita de Cernuda.

@ Enea. Por la incertidumbre que siembra su ironía.

@ Maleas. Por el limpiabotas con el que tan delicadamente conversa.

@ Chiqui. Por sus circunspectos consejos.

@ Amigo de Miguel Torga. Por sus reproches.

@Provoqueen. Por la seriedad con que se toma todo esto.

[Publicado el 29/12/2006 a las 09:00]

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28 diciembre

La tortura de animales como una de las bellas artes. En este caso, un prodigio de danza y esgrima en la arena.

Ensartado en el asta del toro, el cuerpo del torero ha perdido su gracia. El animal lo lanza al aire y cae como un monigote goyesco.

Para Federico García Lorca, después de la cogida, a las cinco de la tarde, todo es gangrena. El Oratorio del compositor Vicente Pradal evoca el auto sacramental del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, haciendo sinfónico el quejido ritual del sacrificio.

El traje de luces de los payasos de circo es holgado. El traje de luces de los toreros, ceñido. Más desde la pista bufa y desde la arena se suplica al mismo público.

Los dos, el payaso y el torero, ofician una ceremonia de genuflexión para engañar a la impaciente severidad.

En la pista del circo un bufón se somete al escarnio. En la arena de la plaza un bailarín tienta a la muerte. En los dos casos el público no debe tener piedad. Ha pagado su entrada y aguanta con mal genio la decepción. La pirueta cómica y la arriesgada suerte persiguen el mismo fin: dar consuelo a la crueldad espíritual.

La patética humillación del payaso parece inocua. La victoria del torero sobre el toro parece celebrarse con vítores y aplausos.

La crueldad, la impaciente crueldad, es la oración de un creyente resentido por una violenta premonición: la muerte ajena retarda la hora de nuestra muerte.

[Publicado el 28/12/2006 a las 09:30]

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Foto autor

Biografía

Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. En 1986 fundó la revista literaria Bitzoc y la revista de arte y arquitectura Gala. Fue editor de Seix Barral y convocó de nuevo el Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria y reunió al jurado que hasta su fallecimiento presidió Guillermo Cabrera Infante. Entre 1989 y 1996 dirigió un programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March y, en la actualidad, es vicepresidente de la Fundación Yannick y Ben Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo. Desde el año 2005 es Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa, director de La Oficina del Autor y editor de El Boomeran(g).

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