El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 18 de marzo de 2010

 Blog de Marcelo Figueras

La vieja idea del bien común

Nunca había oído hablar de Tony Judt, pero me detuve en el artículo del New York Times porque su título hablaba de una cuestión que me obsesiona, y cada vez más. El artículo firmado por Dwight Garner se llama Renovando una vieja idea: el bien común (Renewing an Old Idea: Common Good).

Dice Garner que Judt es un historiador inglés que está muriendo, 'lenta y dolorosamente', de esa esclerosis a la que suele llamarse 'enfermedad de Lou Gehrig'. En algún punto, sostiene, llegará a comunicarse tan sólo por el parpadear de un ojo, como el inolvidable protagonista de La escafandra y la mariposa.

Garner define a Judt como 'un impredecible intelectual de izquierdas', y cita una de sus opiniones para ratificar el aserto. Según Judt, que es judío, Israel es 'un anacronismo' que está perdiendo la oportunidad histórica de perseguir 'un Estado binacional', que incluya tanto a judíos como a árabes, a israelíes como a palestinos.

La excusa del artículo es la publicación del último libro de Judt, que escribió mediante dictado a sus asistentes. Se llama Ill Fares the Land y es una suerte de sermón laico que no teme arriesgarse a la acusación de ingenuidad: su idea central es de que el Estado todavía puede, y además debe jugar un rol central en la vida de los ciudadanos sin poner en riesgo sus libertades. La palabra público, nos recuerda, 'no siempre fue un término oprobioso en el léxico nacional'.

Lo que me motivó a contarles esto es una definición de Judt que me entusiasmó compartir. Según el historiador, en estos tiempos izquierdas y derechas han intercambiado roles. La derecha se habría radicalizado, según él, secuestrada por dirigentes y periodistas que 'sólo pueden beneficiarse del caos y la ansiedad' de la gente. Mientras que ahora es la izquierda la que lucha por conservar algo: 'Las instituciones, legislación, servicios y derechos que heredamos de la época de oro de las reformas durante el siglo XX'.

Una definición que a mi entender, le cuadra perfectamente tanto a los políticos y periodistas de mí país como a los de éste que hoy visito -y por supuesto también a los Estados Unidos de Sarah Palin y el Tea Party.

Me gustaría leer el libro de Judt. Ojalá me lo cruce.

[Publicado el 17/3/2010 a las 18:52]

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Mi vecino Miyazaki

Uno decide qué ve en la TV y qué no hasta que tiene (nuevos) hijos. Desde que Bruno empezó a expresar sus propios deseos con elocuencia que va más allá de las palabras, el televisor (y más que nunca ahora en Barcelona) se ha convertido en su propiedad casi exclusiva. Lo cual significa que todo el tiempo está encendido mostrando DVDs de shows como Yo Gabba Gabba! y episodios de los Backyardigans -ninguno de los cuales, por cierto, está nada mal.

El intento de ampliar su paladar nos llevó a ponerle películas de uno de mis cineastas favoritos de todos los tiempos: Hayao Mayazaki. Debo el descubrimiento de Mi vecino Totoro a mi amigo Marcelo Panozzo. (Una de las características del cine animado de Miyazaki es su perfecta representación de la -siempre compleja- psicología infantil. Ver sus películas supone ver no la idealización de un niño, sino un niño de personalidad tridimensional. Por eso Totoro me conquistó desde el vamos: no podía dejar de ver a mis propias hijas en las hermanitas Satsuki y Mei.) De entonces a esta parte mi familia y yo hemos visto todo lo que Miyazaki ha hecho, pero por supuesto, Bruno parecía demasiado verde para semejante goce: una cosa es ver un show episódico o un programa de veinticinco minutos y otra muy distinta es ver un largometraje.

Al principio se resistió, claro. Pero ahora nos reclama Totoro todos los días. Y lentamente está empezando a apreciar Ponyo en el acantilado, que todavía no habíamos visto y le compramos aquí. Más allá de la ya mencionada complejidad de sus personajes infantiles, Ponyo me recordó otra de las características del cine de Miyazaki: su sorprendente creatividad. A diferencia de las películas occidentales de hoy (y no me refiero tan sólo a las de animación, por cierto), las de Miyazaki se mueven con una libertad que lo tiene a uno siempre en vilo, porque nunca es posible predecir su destino. Imagino que el folklore y la mitología japoneses deben tener mucho que ver con su imaginario, pero tampoco olvido que Miyazaki es fan de artistas occidentales como, por ejemplo, Ursula K. Le Guin. Así que no cometeré el error de atribuirle este mérito tan sólo a la cultura que lo formó: estoy convencido de que Miyazaki es un original. Como espectador le agradezco el deleite estético, su posición ante la vida en esta Tierra y el juego siempre sorprendente de sus tramas, y como padre le agradezco que presente a mentes tan vírgenes el desafío de lo nunca antes visto, de lo que nunca antes pensado -en suma, de lo impredecible.

Cuando dicen que Miyazaki es el Disney japonés le hacen flaco favor. En todo caso está más cerca de ser el Fellini japonés.

[Publicado el 16/3/2010 a las 14:47]

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Del libro como habitación

Por lo general conjugamos los libros en dos tiempos: pasado y futuro, en sus versiones más simples. Siempre pensamos en términos de libros que ya hemos leído y de libros que nos gustaría leer. ¿Por qué será que hablamos poco y nada de ellos en presente, esto es, cuando todavía se están desovillando ante nuestros ojos?

En estos momentos, sin ir más lejos, el libro donde estoy viviendo es Last Night in Twisted River, la última novela de John Irving. Los libros de Irving son buenos lugares para habitar. Recuerdo maravillosas temporadas en The World According to Garp (el primer libro de Irving que leí, regalo de Rodrigo Fresán al igual que este Last Night), en The Cider House Rules, en A Prayer for Owen Meany. Porque uno suele organizar su memoria a partir de experiencias convencionales (años, relaciones, viajes), cuando debería considerar seriamente hacerlo de acuerdo a mejores criterios. Como alguna vez dije aquí mismo, tiendo a llenar las páginas de los libros que leo no sólo de marcas y subrayados, sino también de objetos que pasaron por mis manos durante la lectura: entradas de cine o de museos, servilletas de papel, billetes del metro, los tickets que me dieron (por ejemplo) cuando visité junto a mis hijas las hoy inexistentes Twin Towers... De esa manera logro identificar mes y año en que leí ese libro en particular; y así puedo sustituir el tiempo calendario por un tiempo literario, que me permite decir, por ejemplo: 'Ah, qué buena temporada aquella, la de los días (semanas, meses) que pasé leyendo 'Bleak House' de Charles Dickens...'  

La del lector es una vocación trashumante. Nadie puede, o mejor dicho: nadie debería quedarse a vivir dentro de un único libro. Pero está claro que algunos son más hospitalarios que otros, invitándonos a pasar temporadas en vecindarios llenos de gente más inolvidable que mucha de carne y hueso. En esencia, el recuerdo de la casa de mis abuelos maternos y el recuerdo de la lectura de Los tres mosqueteros no difieren mucho: se trata de sitios en los que viví experiencias que me convirtieron en aquel que soy, y a los que no puedo sino regresar mentalmente con una muy física sonrisa en los labios.

Supongo que el hecho de llevar semanas saltando de un apartamento a otro (ya he vivido en tres en poco más de un mes, y en el mejor de los casos me espera tan sólo una mudanza más por delante) me ha puesto más sensible a esta cuestión del lugar afectivo que uno habita, por contraposición al lugar físico. En cualquier caso, el tiempo que llevo pasado en Last Night in Twisted River (una casa amplia y muy bien amoblada, por cierto) está siendo más que amable. Y el hecho de que la novela cuente la forja de un escritor y la forma en que su historia real y sus ficciones se retroalimentan tampoco es -se imaginarán- lo que se dice una molestia.

Eso es lo que pasa con algunos (muy pocos, pero muy memorables) libros: en el fondo, nos resistimos a la idea de mudarnos de sus páginas.

[Publicado el 12/3/2010 a las 11:24]

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Primera nieve

Digamos que estaba siendo un día de aquellos. Lleno de preocupaciones de toda calaña: grandes y pequeñas, económicas y afectivas y hasta médicas (Bruno se abrió la cabeza la semana pasada, al dar la frente contra la mesita del televisor), magnificadas por el sitio nuevo y aún desconocido. Al llegar la tarde los desvelos se habían espesado tanto, que ya no veía más allá de mis narices. Mi cabeza empezó a probar suerte en las regiones del pensamiento mágico. ¿Estaría el piélago de calamidades vinculado al hecho de haber arribado en la cerrazón del invierno? ¿Cambiaría todo, de ser así, tan pronto el calendario anunciase la llegada de la primavera? 

Y entonces empezó a nevar sobre Barcelona.

Salí al balcón. La lluvia sólida caía en cámara lenta, convirtiendo el pulmón de la manzana en un globo de cristal. Pensé apenas que nevaba así sobre todo y sobre todos. Sobre los que teníamos tiempo para contemplar el fenómeno y sobre los que no podían darse semejante lujo. Sobre los que estábamos a reparo y los que estaban a la intemperie. Sobre los que podíamos vivir el momento y los que no dejaban de pensar en los inconvenientes que sobrevendrían. 

Bruno se prendió de mis pantalones. Los copos no tardaron en dibujar una corona sobre su cabeza. Con la nieve que se había acumulado sobre el barandal armé una pelota acorde a su manito. 

'Fría', dijo. Y sonrió.

En esencia nada había cambiado. Los problemas seguían estando allí. Pero le habían hecho un lugarcito a la maravilla. La química que organiza la vida responde a una fórmula semejante: cada tantos átomos de caos y miedo, un átomo de maravilla. 

Me senté a ver caer la nieve.

[Publicado el 09/3/2010 a las 09:37]

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La canción del profeta

Debe ser la primera vez que no veo la ceremonia de entrega de los Oscar desde que tengo uso de razón. No es que tuviese mucha elección: aquí en España los transmitía Canal Plus, que no figura en la grilla del televisor del apartamento que ocupo; y además el desfasaje horario no ayuda mucho. Lo que sí hice a pesar de la lluvia que caía sobre Barcelona fue caminar hasta los Renoir de Floridablanca y ver Un profeta, de Jacques Audiard.

         La primera película de Audiard que vi fue Sur mes levres, en Mexico y gracias a Emilio Maillé, el director de Rosario Tijeras. Por aquel entonces ni siquiera había oído su nombre, pero el perfecto balance que obtenía entre una historia de género (policial, en este caso) y la delicadeza con que trataba una improbable historia de amor me produjo una impresión que el tiempo no diluyó. Después vino De battre mon coeur s’est arreté, uno de esos extraños casos en que una remake (y De battre lo era de Fingers, de James Toback) supera a su modelo original. Aquí también había una improbable historia de amor entre el protagonista y su profesora de piano, pero el foco estaba más centrado en Thomas Seyr (el impecable Romain Duris) y la batalla que lleva adelante por la preservación de su propia alma.

           Un profeta se olvida de las historias de amor para concentrarse en una batalla parecida, sólo que con diferentes resultados. En esencia es la historia de Malik El Djebena (Tahar Rahim), un para nada excepcional francés de origen árabe que llega a la cárcel a los 19 años después de un igualmente previsible derrotero de orfandades y experiencias en centros de detención para menores –en pleno siglo XXI, Malik ni siquiera sabe leer.

         En algún sentido Un profeta es la clase de película que habría que mostrar cada vez que alguien pretende que la cárcel es una solución al (más profundo, más esencial) problema del delito y la violencia humana. En vez de argumentar en vano, como he hecho y seguiré haciendo tantas veces, no estaría mal poner Un profeta en el DVD player y dejar que obre su magia. Porque la forma en que Audiard cuenta la iniciación de Malik, que pasa de ser un inocente (en el sentido de víctima de sus circunstancias) para transformarse lentamente en un gangster hecho y derecho (eso es lo que es, a fin de cuentas, cuando le llega la hora de dejar la prisión y ‘reinsertarse’ en la sociedad), resulta pedagógica en el mejor de los sentidos. El don de profecía a que alude el título tiene una explicación endeble en el contexto de la película, pero no impide que resulte aplicable a la película en sí: Un profeta es profética en su pintura de un mecanismo socio-político que engendra más monstruos que el sueño de la razón. En el futuro, parece decir Audiard con voz oracular, Malik será millones.

         Lo que me gusta de las películas de este hombre es que nunca son exactamente lo que parecen ser. Un profeta es una peli del ‘subgénero cárcel’, podría decirse; y a la vez es el relato de la formación de un criminal (como El padrino, como la Scarface de De Palma); y también puede ser leída como cine social, dado que narra una realidad (la vida en las cárceles francesas de hoy, el desplazamiento de las viejas estructuras delictivas –en este caso, los corsos- impulsado por la ascendente hermandad musulmana) con la contundencia de un documental. Pero al mismo tiempo es mucho más que la suma de sus partes. Quizás por su capacidad de crear personajes que resuenan más allá de los confines del mismo film. La relación de amor odio entre Malik y el viejo corso Luciani (Niels Arestrup), por ejemplo, está interpretada sin incurrir en una sola nota falsa; a esta altura puedo decir sin temores que Audiard es una verdadera máquina de narrar sin concesiones.

         Gran peli, Un profeta. No se la pierdan.

[Publicado el 08/3/2010 a las 10:00]

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Robinson Crusoe y la loza de la abuela

Tan pronto leí su mail, le pregunté a Andrea Maturana (autora de novelas exquisitas como El daño) si me dejaba reproducirlo aquí. Estaba claro que había sido escrito en el espíritu de intimidad que une a dos amigos, pero me pareció que no había leido nada más claro y más profundo sobre el terremoto de Chile y sus consecuencias, y me pareció que tenía sentido compartirlo. Aquí va, pues:

 

“El asunto en Chile fue atroz. Sabrás quizás más que yo, porque yo no tuve electricidad hasta ayer y casi lo agradezco. La prensa está siendo sensacionalista hasta el asco y en mi opinión ha sembrado gran parte del caos que ahora se manifiesta en una casi guerra civil en el sur de Chile, en las ciudades más devastadas, donde a las pérdidas del terremoto se suman ahora saqueos oportunistas, incendios intencionales, robos a tiendas… En una situación como esta, esperaría que la gente se organizara en redes solidarias, no que trataran de cagarse a los demás aprovechándose de la situación. Me hace pensar en lo enferma que está nuestra sociedad y en cuánto (una vez más) los medios manipulan a la gente a través del miedo”.

 

“Yo afortunadamente aunque tenga electricidad no tengo televisión abierta ni cable. Solo un DVD para ver películas. Un amigo me jode, me dice que soy cuáquera. Hoy lo agradezco tanto y lo encuentro la mejor forma de estar retirada cuando ese es mi espíritu, de retiro y de duelo. Hasta ayer, cuando volvió la luz, todos estábamos acampando en el living de la casa, que es el lugar más liviano y menos riesgoso. El sol se ponía, comíamos con velas y luego nos dormíamos temprano porque no había nada más que hacer cuando ya estaba oscuro. todo en completo silencio. Ni leer podíamos en la noche. Ayer volvió la luz y el espíritu fue como de ‘volver a la normalidad’. Cada uno volvió a su pieza, menos Maia que está muy austada, y... y nada, nunca me pude dormir. Tenía un sensación totalmente esquizofrénica de ‘normalidad’ cuando en realidad nada era normal. Había visto las fotos de la isla Robinson Crusoe (que amo) arrasada por el mar, y mi amigo de allá me había dicho que perdió todo (menos la fe y la buena onda, dice), y que se salvaron nadando con sus hijos, ¿te imaginas el horror? Me quedé así despierta sintiendo que quizás necesitaba un par de semanas de dormir con mis dos hijas y el Miki en la misma pieza y temprano, solo a la luz de las velas y con la sensación de recogimiento que eso produce. Así me siento, de duelo profundo”.

“En particular para nosotros tuvimos mucho miedo porque nuestra casa es antigua y de barro, que no trabaja muy bien en los sismos. Para lo que es se portó muy dignamente, sólo con trizaduras y vidrios rotos. La dimensión del daño era atroz, eso sí, la biblioteca entera por el suelo, botellas de vino reventadas en la cocina, muebles rajados, y todo por el suelo, los juguetes de las chicas, los adornos rotos, todo. Mucha tierra, también. Cuando salió el sol fue impresionante verlo, pero es solo desorden. Hay gente que lo perdió todo, como mi amigo. Es una tramenda tragedia para muchos, desoladora. Entre mis amigos, hay chicos que no quieren volver a entrar a la casa, ni siquiera al baño, y hay una sensación de estrés post traumático tremenda. Todos estamos muy cansados, irritables, con el pecho apretado. Mientras la tierra se encabritaba como una yegua salvaje ese día y se veían relámpagos de luz en el cielo (supongo que habrán sido centrales eléctricas que colapsaban) y el ruido era estridente, yo pensaba: la impermanencia. Pensaba que tenemos esta casa, y otra que alquilamos en Reñaca, y que siempre los humanos volvemos a creer que tenemos cosas, cuando esas cosas pueden desaparecer así, tris, en cualquier momento. La tierra acá en Chile nos da lecciones periódicas de humildad. Cuando nos olvidamos, nos vuelve a recordar. O, como dice un amigo, hace un lavado de nuestra memoria quebrando siempre la loza de la abuela, para que quizás puedan entrar cosas nuevas, también”.

[Publicado el 05/3/2010 a las 09:18]

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El cronista de indios

Como era inevitable, la presentación en Barcelona de Egos revueltos, el último libro de Juan Cruz, resultó encantadora. Por razones extraliterarias, para empezar: al menos para mí, la posibilidad de estrechar la mano de Juan Marsé y de cruzarme con Joan Manuel Serrat me hizo sentir como un niño entre gigantes. Intuyo que la reunión en la Librería Laie fue un verdadero who’s who de la vida literaria en esta maravillosa ciudad. Aunque sólo me sentía en condiciones de reconocer unos pocos rostros (estaban los agentes Mercedes Casanovas y Willy Schavelzon, los escritores Juan Gabriel Vásquez, Jordi Soler, Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán), estoy seguro de que todos los nombres me habrían sonado si se hubiese tratado de esas convenciones que lo obligan a uno a pegarse etiquetas identificatorias en el pecho.

         Pero el encanto principal es el que corresponde endilgarle a Juan Cruz, y por extensión a su libro. Anecdotario infinito, Egos revueltos (premio Comillas de historia, biografía y memorias) es en esencia una carta de amor a esa práctica oracular que es la literatura, y a todos los gremios que velan por ella, desde los escritores a los periodistas, desde los editores a los agentes. Durante la presentación salieron a luz tan sólo algunas de las pocas historias que pueblan el libro: cosas de Cabrera Infante, del inolvidable Rafael Azcona (a quien tuve el privilegio de conocer en Madrid, precisamente por gracia de Juan Cruz) y hasta de Fernando Esteves, actualmente en México, a quien Juan le reconoció pasta de editor cuando se escapó en secreto de un restaurant para lograr que Arturo Pérez Reverte tuviese el dulce de batata que anhelaba a la hora de los postres.

         El editor Malcolm Otero dijo algo que me pareció pertinente. Mientras hablaba del entusiasmo de vivir que es la característica más inocultable de Juan Cruz, dijo que el escritor y periodista siempre encontraba algo positivo que decir de las figuras a las que elegía entrevistar. En un medio tan signado por la individualidad y las mezquindades (la broma de Juan dice, precisamente, que para desayunar los escritores comemos egos revueltos), una generosidad como la suya destaca como el diamante en el lodazal.

[Publicado el 03/3/2010 a las 08:12]

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El poder de las pesadillas

Recibí El poder del perro, de Don Winslow, como regalo de cumpleaños de parte de mi amigo el guionista Marcelo Camaño. “Te va a gustar”, me aseguró como quien sabe de lo que habla y me conoce bien. No tuve demasiadas dudas al respecto. Ya había leído algunas cosas sobre el libro de parte del gurú Fresán. El voluminoso relato me acompañó de Buenos Aires a Barcelona y siguió vivo en mi interés a pesar de los avatares del viaje –lo cual no es poco decir.

         Admito que tuve que luchar contra lo que se me apareció como chatura de su lenguaje. Quizás me jugaron en contra las palabras del maestro Richard Price, que en esos mismos días había insistido en la vieja idea de que más allá de lo que cuenta, cualquier relato debe proceder de acuerdo a las reglas incantatorias de la música: además de narrar bien, debe sonar bien. Y Winslow cuenta de una manera que para mi gusto es demasiado elemental. Mientras leía, no podía dejar de preguntarme: ¿será esta forma de narrar –plana y práctica, casi a la manera de un pre-guión cinematográfico- lo que el grueso de la gente quiere leer? Las cifras de ventas parecen indicarlo, al menos. En ese caso, amigos, estoy en problemas…

         En más de un sentido, leer El poder del perro se me antojó igual a releer las viejas novelitas de cowboys que le robaba a mi abuelo cuando niño, firmadas por nombres y alias estilo Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y Clark Carrados. Sus personajes no tienen más espesor que la plancha de papel sobre la que sus dudosas hazañas han sido impresas. Y sin embargo no pude dejar de leer sus más de 700 páginas. ¿Por qué?

          Imagino que su atractivo deriva del poder que todavía conserva sobre mí (y sobre Marcelo, aventuraría, y por supuesto sobre Rodrigo) otro subgénero de la narrativa infanto-juvenil: los cuentos de hadas con vena terrorífica, al mejor estilo Hans Christian Andersen. Esas narraciones que hoy se ven tan políticamente incorrectas (esos eran tiempos en que padres y escritores trataban de preparar a los niños para la eventualidad del temblor en la noche, en lugar de –como hoy tiende a hacerse- negar la posibilidad de su ocurrencia), trabajaban poéticamente sobre la naturaleza de este mundo. La idea no era sugerir la existencia de trolls, brujas y sirenas, sino más bien de poner en contacto al lector con el lado oscuro del universo y describir el azaroso camino de la existencia humana, que encuentra tan fácil destruir y tan difícil construir.

         En este sentido, El poder del perro es un terrorífico cuento de hadas para adultos, porque nos confirma lo que ya intuimos, o nos visita ocasionalmente en nuestras pesadillas: la idea de que el orden de nuestras civilizaciones es pura fachada, y que nuestras sociedades están en manos de organizaciones supralegales de un poder casi omnímodo que coleccionan naciones y presidentes como nosotros coleccionamos libros o música.

La diferencia entre los narcobarones, políticos y agentes secretos de El poder del perro y el Sauron de El señor de los anillos es una de género declarado, nomás: todos ellos resultan inasibles, tienen por aliadas a las clases medias y pudientes y a las elites científicas (¿qué otra cosa es Saruman en la novela de Tolkien?) y construyen un poder que crece de modo directamente proporcional a la debilidad humana. ¿O debería decir a su imbecilidad?

[Publicado el 02/3/2010 a las 15:20]

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S.O.S.

No soy cultor de las llamadas ‘redes sociales’. No tengo Facebook. Me da pudor convertir mi vida en un espectáculo y tengo ciertas dudas respecto de, por ejemplo, la propiedad intelectual de las fotos que se cuelgan en esas páginas: no querría descubrir que ya no soy dueño de mis propias imágenes. Pero por supuesto, todo el mundo en torno mío las usa. Mis hijas. Mi mujer.

         Ayer domingo, cuando los diarios que Bruno había desperdigado por la casa parecían hablar tan sólo de la catástrofe (Chile tiembla, decía La Vanguardia, haciendo uso inquietante de un tiempo presente que se negaba a quedar atrás), el Facebook de mi mujer me permitió llegar al de mi amigo Cristian Alarcón. Notable cronista –notable escritor-, Cristian vive en Buenos Aires pero es chileno de nacimiento. Tan pronto abrí su página, me topé con un mensaje alentador: su familia, que todavía permanece en Chile, estaba bien; asustada, por supuesto, pero bien. Entonces le escribí un mail que respondió de inmediato, contándome que los suyos –tanto los Alarcón como los Casanova, los dos hemiciclos de su corazón- tenían una larga historia con los terremotos. Empezando por el del 1960. “Crecí con los cuentos de mi madre, Sonia: la tierra abriéndose, rajada, bajo sus pies”, me dijo Cristian. “Y la imagen de mi abuela, recien parida de los mellizos, Ivonne e Iván, sentada en una colina humeda”.

         También le escribí un mail a mi amiga Andrea Maturana, otra escritora exquisita. La última vez que intercambiamos mensajes ella estaba todavía de vacaciones en Uruguay y yo estaba a punto de embarcarme rumbo a Barcelona.

         Pero Andrea no me contestó. No todavía.

         Y no tengo el teléfono de la casa a la que se mudó hace poco. Ni la forma de entrar a su Facebook, si es que lo tiene y lo actualizó en medio de tanto dolor. (Quizás mi mujer sabría cómo encontrarla vía Facebook, de todos modos. Pero es temprano y todavía duerme, dado que Bruno tuvo una noche inquieta por culpa de la fiebre; las últimas horas han sido de una temible fragilidad, en cualquier dirección que mire.)

         Me siento impotente. En este silencio, me reconfortaría saber que Andrea, su marido y sus dos hijas están bien.

         A falta de otras redes sociales, ¿servirá este blog como mensaje en botella lanzada al mar?

[Publicado el 01/3/2010 a las 08:49]

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BB (Bruno en Barcelona: un diario) (II)

Estas son algunas de las cosas que Bruno F siguió sintiendo, experimentando y descubriendo a partir de la decisión de sus padres de viajar lejos de casa.

 

Barcelona, costumbres alimenticias. Los seres de este sitio tienen las costumbres alimenticias más raras. En la playa, un perro juguetón se devoró su pelota de los Backyardigans: la dejó reducida a flecos. Y durante un paseo por la ciudad, desapareció de su carro el adorado muñequito de Otolo. (O sea Mickey, que para Bruno es Otolo desde que vio un dibujo animado en que el ratón gritaba a los cuatro vientos una fórmula mágica que a sus oídos sonó así: "¡Otolo! ¡Otolo! ¡Otolo!") Desde entonces, Bruno piensa en Barcelona como La Ciudad Que Se Devoró A Otolo.

 

Barcelona, costumbres alimenticias (2). Aunque para ser sinceros, alguna de las cosas que aquí se comen le han deparado placeres que no creía posibles. Días atrás, en un restaurant frente al mar, probó una croqueta de jamón. Tan pronto el sabor tintineó en su lengua, alzó ambos brazos al unísono y empezó a hacer una danza peculiar en su silla. Desde entonces, cada vez que prueba algo igualmente sabroso, o más aun: cada vez que le pasa algo que lo pone feliz, Bruno alza los bracitos y danza de la misma, exultante manera. Desde entonces, la familia se refiere a esa costumbre suya como La Danza de la Croqueta.

 

Palabras nuevas. De las palabras que la gente le va diciendo por donde pasa (porque Bruno es bonito y alegre y simpático y llama la atención sin hacer esfuerzo alguno, a diferencia de Lady Gaga), la que más le gusta es la siguiente: pequeñajo.

 

Bruno Figueras hay tan sólo uno. Una mañana, el titular de un diario llamó su atención. "Figueras se defiende ante el juez de los minoritarios", decía. Al seguir leyendo, le sorprendió comprobar que no se referían a su padre ni a su abuelo, sino a él mismo. El presidente de Hábitat, Bruno Figueras, tuvo que defender ayer ante tres de los accionistas minoritarios de la inmobiliaria... A pesar de lo que la noticia parecía sugerir, la idea de que pudiese existir otro Bruno Figueras ni siquiera pasó por su mente. Todo lo que tenía claro era que nunca había sido presidente de nada; príncipe, con certeza (porque así le dicen ocasionalmente sus padres: mi príncipe), pero nada más. ¡Si ni siquiera sabía lo que significaba la palabra inmobiliaria! Este diario no sabe lo que dice, pensó. Y así fue que aprendió su primera gran lección sobre los medios.

 

El mar. Hasta ahora, toda su experiencia en materia de arena había tenido lugar en las plazas de Buenos Aires. Le alcanzó para entender que no le gustaba nada: tan pronto se le metía en las zapatillas o se pegoteaba en sus manos, Bruno empezaba a hacer gestos de asco y reclamaba auxilio. Pero con la arena de Barcelona es otro rollo, como dicen aquí. Hasta sabe rico, a juzgar por la fruición con que se la mete en la boca. Lo mejor de esta arena, sin embargo, es su proximidad al mar. ¿Y qué es el mar? Esa inmensidad hacia la que Bruno carga como tren cada vez que la tiene cerca, como si no hubiese acción más sensata en este mundo que la de zambullirse.

 

El mar (2). La primera vez que lo tuvo delante le pidió a su padre que lo cargase y se quedó viendo el Mediterráneo con seriedad ajena a sus años. Por fortuna no emitió ningún pronunciamiento filosófico. (A esta altura, su lenguaje oral tiene mucho en común con el de Tarzán. Un pensamiento simple como: "Me gustaría ver a las hijas de Juan Gabriel Vásquez" puede ser formulado así: "¡Vázquez! ¡Nenas! ¡Buscal!") Pero la concentración con se que aplicó a la tarea -guardó un silencio religioso, mientras abría los ojos de modo que se le llenasen de azul- le sugirió a su padre que Bruno no necesitaba que le enseñasen a ver. Muy por el contrario, sabía muy bien lo que estaba mirando -más que su padre, para empezar.

 

(Continuará.)

[Publicado el 26/2/2010 a las 15:53]

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Foto autor

Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.

 

Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.

 

Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

Aquarium (2009). Ediciones Alfaguara

 

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

 

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

 

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

 

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

 

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

 

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

 

Las viudas de los jueves (2009)

Fecha de estreno: 10 septiembre 2009

Dirección: Marcelo Piñeyro

Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro, basado en la novela de Claudia Piñeiro

 

Rosario Tijeras (2005)

Fecha de Estreno: 26 mayo 2006

Dirección: Emilio Maillé

Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

 

Peligrosa obsesión (2004)

Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004

Dirección: Raúl Rodríguez Peila

Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

 

Kamchatka (2002)

Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002

Coproducción con: España

Dirección: Marcelo Piñeyro

Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

 

Plata quemada (2000)

Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000

Coproducción con: España, Uruguay y Francia

Dirección: Marcelo Piñeyro

Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro según la novela homónima de Ricardo Piglia.

Obras asociadas

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