El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
jueves, 28 de agosto de 2008

Dos hombres y un destino. Butch Cassidy (Paul Newman) y Sundance Kid (Robert Redford).
Me dio mucha pena la noticia de que Paul Newman abandonó el hospital, decidido a pasar los últimos días de su vida en su propia casa. Enfermo de un cáncer de pulmón (galopante, como suelen serlo una vez que se han revelado; mi madre murió a causa de uno de ellos en cuestión de meses), Newman cambió los cuidados intensivos y la tecnología de punta por el lugar amado. Por lo cual se hace preciso que corrija la frase del comienzo: me dio pena la noticia de que Newman agoniza, pero el hecho de que decidiese morir en su casa me otorgó algo parecido a una alegría serena. El maravilloso actor de Hud y Butch Cassidy parece además ser sabio en un arte que nuestra sociedad nos retacea: el de morir con gracia.
La cuestión me ronda la mente desde hace algunas semanas, cuando un amigo me confesó que su madre estaba muy próxima al fin, y que con su familia habían decidido apartarla de hospitales para permitirle apagarse en su propia casa. Se trataba de una mujer muy mayor, enferma de Alzheimer; un mal que, ya de por sí, lo dificultaba la posibilidad de reconocer dónde estaba y a quiénes veía. ¿Por qué aumentar su angustia y su desorientación internándola en un lugar del todo ajeno, y lleno de gente desconocida? La opción menos violenta era conservarla en su hogar, controlada médicamente de manera estricta pero de todos próxima a sus cosas, a sus aromas, a su cocina, a su cama. Consecuentemente, se extinguió en el sueño. Todas las muertes nos dejan un regusto de injusticia (¿quién puede convencernos de que ese era el momento adecuado, de que el final no podía haber esperado un tiempo más?), sin embargo la suya se pareció mucho a una muerte dulce.
Este mundo nuestro vive en una negación tan grande respecto de la muerte, que prefiere voltear la cara y permitir que las mayorías experimenten muertes violentas -lejos de casa, entubados, rodeados de rostros extraños- antes que asumirla con sabiduría. Lo cual empeora cuando se comprende que sólo la gente que está en condiciones de pagar servicios privados puede ofrecer a los suyos una muerte digna.
Deberíamos educar y ser educados sobre la muerte desde muy temprana edad. Nunca es demasiado temprano para aprender. Nunca es demasiado tarde para cambiar -a no ser que la muerte misma nos sorprenda desarmados.
[Publicado el 12/8/2008 a las 11:00]
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El hombre almohada, o el nuevo Fausto

The Pillowman me llenó de curiosidad desde que leí en el New York Times la crítica de la versión de Broadway, con Billy Crudup en el papel de Katurian. Ya había registrado comentarios interesantes respecto de su autor, Martin McDonagh, debidos a sus obras anteriores (la trilogía de Leenane, y también The Lieutenant of Inishmore), haciéndome la debida anotación mental para echarle un vistazo apenas pudiese: irlandés, con debilidad por las historias violentas y llenas de humor negro, McDonagh jugaba en el patio central de mis intereses estéticos.
Hace pocos meses me compré en Londres la edición en libro de The Pillowman. La leí de un tirón. Me dejó un sabor agridulce. Eso ocurre muchas veces cuando uno se crea demasiadas expectativas en torno de una obra. Suele ocurrir que esa obra -libro, película, drama teatral- no sea exactamente lo que uno se imaginó que sería. El único problema grave, en todo caso, ocurre cuando la obra en cuestión no es lo que uno esperaba, pero tampoco es ninguna otra cosa válida o interesante. Ese no fue el caso de The Pillowman. Pero sólo terminé de entenderlo anoche, viendo en Buenos Aires la puesta de Enrique Federman producida por Daniel Grinbank.
El atractivo de The Pillowman ya me había quedado claro desde aquella crítica en el Times. Katurian -allí Billy Crudup, aquí Pablo Echarri- es un escritor de cuentos terribles, casi inédito (tan sólo le han publicado una historia, en un medio gráfico de oposición al régimen), que es detenido por la policía cuando alguien empieza a imitar sus relatos oscuros en la vida real. McDonagh ubica la obra en un tiempo y en un país indeterminado, pero la recurrencia a nombres de origen eslavo (Katurian, Tupolski, Michal) sugiere Europa Central, y la omnipresencia de un Estado dictatorial recuerda los años de la dominación soviética. Pero para cualquier argentino mayor de 30, el escritor sospechado, las fuerzas policiales todopoderosas y su debilidad por la picana eléctrica no pueden sino remitir a nuestra propia experiencia dictatorial -y producir el escalofrío correspondiente.
Leyendo el texto de la obra, sentí la misma inquietud del interrogador Tupolski frente a los cuentos de Katurian: me pregunté de manera incesante cuál era su tema. ¿La cuestión de la libertad de expresión bajo un sistema opresivo? ¿La crítica a una sociedad paternalista que de una manera u otra nos convierte a todos en (ex) niños abusados? ¿Una reflexión sobre la compulsión de todo creador, que privilegia la supervivencia de su obra a cualquier lazo humano? ¿Todo lo anterior a la vez? ¿O era apenas un endeble andamio teatral que McDonagh utilizaba para shockear al espectador -la experiencia de ver Pillowman es fuerte- mientras vierte sus propias, ominosas historias por la boca abierta del público, a la manera del aceite de ricino con que se forzaba a los niños de antaño -por su (presunto) bien?
Viendo en escena la obra de McDonagh, comprendí que esa negativa a dejarse comprender a simple vista y de una sentada, era parte de lo que me seducía. Así como Katurian se resiste a la demanda del policía Tupolski, que espera que sus relatos indiquen, esto es sugieran con trazos gruesos el tema que pretenden abordar, The Pillowman se rehúsa a ser simplificada, desbrozada, predigerida. En un tiempo de comidas y de entretenimientos ready made, no es poco mérito.
Pero entre la trama de temas y preocupaciones que Pillowman despliega, creo haber hecho al fin mi propia lectura. Al menos para mí, The Pillowman es una obra sobre la obsesión creadora. ¿Quién que no sea un artista, y quién que no se considere público devoto -lector, espectador- entenderá que la vida puede obtener el sentido que para tantos es esquivo, si logra cristalizarse en una obra inmortal? Ante la resultante de un cuento, una película o un drama inolvidable, todos los dolores y requiebros de la existencia quedan justificados. Puesto en la disyuntiva de ser preservado del dolor o de obtener una obra maestra, todo artista que se precie elegiría el combo agridulce: el dolor y la gloria, por supuesto. Del mismo modo, ninguno de nosotros como espectadores o lectores elegiría convertir a Malcolm Lowry en un señor feliz al precio de perdernos Bajo el volcán; no señor, queremos que los artistas sigan sufriendo siempre y cuando la compresión de ese dolor arranque un diamante del carbón original.
No es casual que yo haya comprendido esto tan sólo viendo a los actores en vivo: Carlos Santamaría como Tupolski, Vando Villamil como Ariel, Carlos Belloso como Michal, el hermano retardado de Tupolski. (En una composición luminosa, Belloso vuelve cierto aquello de la verdad más profunda se encuentra a menudo en los labios del idiota.) Pero ante todo, lo comprendí experimentando el increíble desgaste físico y emocional de Pablo Echarri en escena. Al verlo prodigarse de ese modo (volviéndose irreconocible, casi ratonil, tan distinto del Echarri habitual como Gregorio Samsa del insecto en que se transformó un día), entendí que Katurian elegiría sin duda padecerlo todo otra vez -del mismo modo en que el actor teatral lo hace cada noche, dicho sea de paso- si le asegurasen que sus cuentos vivirían para siempre.
¿No es ese el pacto que suscribiríamos todos, de molestarse alguien en presentarnos el contrato?
[Publicado el 11/8/2008 a las 10:01]
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Voto por las Olimpiadas de la mentira

Cerca de 2000 tibetanos se han manifestado en la capital de Nepal en contra de China un día antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín.
¿Son ustedes de los que se vuelven locos con las Olimpiadas? Siendo pésimo espectador de deportes en general, admito que no me mueven un pelo. Supongo que la ceremonia de inauguración será espectacular y que me cruzaré todo el tiempo con tal o cual competencia, dependiendo del grado de triunfalismo que nuestros deportistas nos permitan. Sólo disfruto estas competencias en términos estéticos y, si se quiere, naturales: el cuerpo humano en acción puede ser una cosa muy bella -siempre y cuando no haya víctimas que lamentar.
Las Olimpiadas sólo cruzaron por mi mente por cuestiones políticas. Hace pocos meses, en camino hacia el centro de salud donde nos aguardaba una ecografía, mi mujer y yo nos topamos aquí en Buenos Aires con una manifestación por los derechos del Tíbet. Habiendo vivido en un país donde el pensamiento y por ende la libre expresión estaban censurados, no me cuesta nada sentir empatía con los disidentes. Esa es, quizás, la gran razón por la que no podría gozar abiertamente con estas Olimpiadas, aunque fuese fan de los deportes. La participación de tantas naciones a pesar de las violaciones del régimen a los derechos humanos me trae recuerdos del Mundial 78. La belleza del deporte no me resulta razón suficiente para soslayar dramas flagrantes.
Lo que entró en el terreno del humor fue la intervención de George W. Bush, que obviamente cuenta con mucho tiempo libre en sus manos. Visitar China durante las Olimpiadas, reunirse con el presidente Hu Jintao y criticar al régimen durante una breve excursión a Tailandia constituye un récord en materia de hipocresía para un mandatario que ya viene de batir muchas marcas en ese terreno. Si el hombre es tan religioso como dicen, ¿cómo es posible que no haya oído nunca del pasaje evangélico donde Jesús dice: ‘El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra'? ¿O es que Bush cree que el mundo considera que la administración que invadió Irak y creó Guantánamo es un faro mundial en materia de derechos humanos?
Si existiesen Olimpiadas de la mentira, el nefasto George W. se habría garantizado ya una medalla de oro.
En qué manos estamos, Dios mío.
[Publicado el 08/8/2008 a las 10:30]
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Una vez copié la cabeza del David de Miguel Ángel, inspirándome en la foto de un libro que mis abuelos habían traído de Italia. Para ser sincero, estaba orgulloso del dibujo. Me había dado mucho trabajo: ¡tantos ricitos en esa cabeza de mármol! Se ve que mi madre también estaba orgullosa, porque en una reunión se lo mostró a sus amigos y uno de ellos, Felipe, el ingeniero, emitió el siguiente dictamen: ‘Esta parte está bárbara', dijo, aludiendo al rostro -la parte por la que siempre empiezo a dibujar. ‘Pero acá se empezó a cansar', dijo, señalando la parte superior de la cabellera. ‘Y a esta altura -concluyó, mostrándole a mi madre los ricitos de la nuca- ya estaba hinchado las pelotas'.
Felipe tenía razón. ¿Pero puedo atribuirle a esa crítica aguda mi defección como dibujante? Claro que no. Supongo que con el correr del tiempo y el acrecentarse de mis ambiciones, opté por aquello que creía hacer mejor. Es más fácil escribir: ‘El ejército de mil samuráis asomó en la ladera de la colina', que dibujar a los mil guerreros en posición de ataque. Pero tampoco se lo atribuyo a la dinámica del trabajo menor: imagino que ilustradores y dibujantes encontrarían igualmente difícil contar la historia que visualizan tan sólo con palabras, que pueden ser dificultosas como la silueta de un millón de guerreros. Y en mi caso yo elegí que las palabras fuesen el germen de todas mis historias, cosa que siguen siendo, aun cuando escribo para el cine.
¿Me habré perdido muchas cosas al dejar de dibujar? ¿Cuántas cosas habrán perdido ustedes, desde que archivaron sus crayones y sus lápices?
Nunca dejé de apreciar ese arte, que sigo considerando tan difícil como magnífico. Con el tiempo me sedujeron Pratt, Frank Miller y muchos de los ilustradores de las historietas de Alan Moore: Dave Gibbons, Brian Bolland, Kevin O'Neill...
Lo que hoy me pregunto es si se puede volver a dibujar. ¿Podrían ustedes ir más allá de los corazones, rayos y culebras que garabatean mientras hablan por teléfono? En estos días me ha dado por ahí, y con lápiz y papel comprobé que en buena medida es como andar en bicicleta: más allá de que estoy oxidado, las líneas y las formas se parecen a aquellas que solía dibujar -más aún, es como si hubiese retomado en el preciso punto en que dejé. Lo cual no deja de ser extraño. Supongo que, aunque no hubiese escrito ficción desde mi adolescencia, si lo intentase hoy mi voz sería totalmente diferente. En cambio mis dibujos son los dibujos de aquel adolescente... ¿Podré ‘remozar' mi habilidad de entonces, empezando a dibujar cosas que me representen hoy? ¿O es que a la hora de dibujar seguiré siendo siempre ‘aquel' Figueras, el chico que se pasaba horas dibujando superhéroes? A esta altura de mi vida, cualquier cosa que me haga sentir joven otra vez merece ser considerada.
Por supuesto, no es que me puse a dibujar porque sí. Estoy metido en un proyecto que si todo va bien conocerán el año próximo. Y por una serie de razones, empecé a preguntarme si para completarlo tal como se debe no sería necesario que volviese al tablero, los lápices y las tintas.
Por ahora estoy experimentando. Después les cuento...
[Publicado el 07/8/2008 a las 10:45]
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Imagino que ustedes también dibujaban cuando niños. Durante los primeros años, toda superficie es buena para un garabato o una mancha de formas evocativas. Supongo que los adultos terminan poniéndonos delante de un papel, lápiz en mano, para acotar nuestro impulso de convertir cada pared en un Picasso. El hecho es que empezamos garabateando con crayones, saltamos a lápices y marcadores y la escuela nos obliga, al fin, a probar suerte con las témperas. De este derrotero nadie se salva, eso es seguro. La pregunta que me desvela, sin embargo, es la siguiente: ¿cuándo dejamos de dibujar? Y más personalmente: ¿cuándo dejé de dibujar?
En algún momento de la vida, el dibujo fue para nosotros una forma común de expresión. Y en carácter de tal, supongo que nos hacía más fácil, o cuanto menos más transitable, la existencia. Árboles, casas, soles, automóviles, princesas, naves espaciales, superhéroes, personajes de Disney, escenas futbolísticas, chicas con poca ropa... ¿Quién no ha garabateado algo de eso? Hasta los aspectos más terribles de la vida aparecen en los dibujos infantiles -eso es lo que nos hacen creer los psicólogos, al menos. Yo recuerdo de modo indeleble los dibujos de los niños palestinos a quienes conocí años atrás. Todos ellos hacían terapia para lidiar con la ocupación militar de sus territorios. Y en consecuencia, sus dibujos estaban llenos de aviones, soldados, manchones rojos y casas incendiadas.
Supongo que las causas por las que dejamos de dibujar son obvias: falta de talento, falta de interés -y también de aliciente, por cierto. Al margen de los porqués, cuando dejamos de dibujar estamos abandonando una forma de expresión y clausurando una línea abierta con nuestro inconsciente. Una verdadera pena... Parte del proceso de socialización / homogeneización, presumo. ¡Deberíamos seguir dibujando toda la vida, aunque lo hiciésemos mal! (Los jeroglíficos en los marcos de agendas y cuadernos califican como variación de la misma necesidad.)
Yo dibujaba muy bien cuando era pequeño. Me gustaban tanto los libros -los ilustrados, en este caso- y las historietas, que no me sorprende que le haya dedicado al dibujo tantas horas de mi vida. Si no estaba durmiendo o en clase (y a veces, también en clase), me la pasaba todo el tiempo haciendo alguna de estas tres cosas: leyendo, viendo TV o dibujando. Todavía conservo enormes blocks de hojas (que en realidad tías y abuelas preservaron en su momento por mí), llenos de originales y también de copias: mucho Batman, mucho Robin Hood, mucho Nippur de Lagash. Así como en su momento escribía y encuadernaba mis propias novelitas, hacía lo mismo con mis historietas.
Mi padre enmarcó el episodio apócrifo de una historieta mía, en la que me apropié de un personaje de Burne Hogarth llamado Drago. Este hombre era argentino, mezcla de gaucho y de James Bond. Más allá de lo absurdo de la premisa, imagino que la nacionalidad de Drago me sugirió que yo también podía hacerlo... Llegué a Hogarth porque me gustaba mucho su Tarzán, así como me había gustado el de Harold Foster -que más tarde me fascinó con El príncipe valiente. También me moría por Milton Caniff... Le robaba trazos al Dennis Martin de Lito Fernández, al Nippur de Ricardo Villagrán.
Pero finalmente dejé de dibujar.
Ugh, ya me extendí demasiado. La sigo mañana.
[Publicado el 06/8/2008 a las 10:15]
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Mi cuestionamiento de ayer no pasaba por la búsqueda de una escuela ideal para el niño por venir. No tengo apuro en encontrar un establecimiento puntual años antes de tiempo: Mayte querida, ¡yo no soy la Charlotte de Sex & The City! Lo mío, en todo caso, era una ansiedad más general; un planteo sobre el mundo de hoy, en la medida en que permea a todas las instituciones -desde las formales, como las escuelas, hasta las informales como la amistad- que existen en su seno. Repito, pues, la pregunta inicial: ¿cuál es la mejor manera de criar a un niño hoy, en este mundo en general y este país en particular? Y agrego, a modo de precisión: ¿cómo lograr que un niño de hoy se sienta parte de este mundo, de esta sociedad que le tocó en suerte, sin que resulte corrompido por ella y mellado por sus desvalores?
¿Cómo transmitir, por ejemplo, el valor de la verdad? El nuestro es un mundo que en los hechos no tiene estima alguna por la verdad, y que se conforma a cambio con un slogan resonante, siempre y cuando le resulte funcional. Líderes y funcionarios mienten descaradamente en público -pienso en la campaña de John McCain de esta última semana, por ejemplo-, a sabiendas de que lo más probable es que nadie los desmienta. (En cualquier caso, el consejo miente, que algo queda nunca ha dado mejores resultados que en esta época de cero rigor informativo.)
Por su parte, los medios se limitan a reproducir estos asertos de manera acrítica. El sábado pasado Luciano Miguens, titular de la Sociedad Rural Argentina que apoyó con dinero, aplausos y funcionarios cada golpe de Estado, dijo en un discurso: ‘Somos parte de una vanguardia transformadora'. Con honrosas excepciones, ningún medio aclaró que la frase de Miguens constituye un capítulo más de la apropiación que la derecha nativa está haciendo de todas las formas de reivindicación popular. Ya han sugerido que ellos son la Patria, la bandera, la escarapela, el himno, la conciencia nacional y el reservorio ético y cultural de nuestro país. Ahora se están adueñando también de la retórica revolucionaria, aun cuando su proyecto político supone más bien una anti-revolución: la reducción de la Argentina a un país para pocos, el modelo de Nación-estancia que ya debería ser parte de nuestro pasado más oscuro, en lugar de seguir condicionando nuestro futuro. Quiero decir: cuando la derecha más cerril se traviste de izquierdista de barricada y nadie alza la voz para subrayar la desnudez del emperador, ¿qué lugar queda para la verdad?
Peor aún: cuando la gente repite los argumentos que les bajan desde los medios a la manera de los loros -esto es, sin estar en condiciones de dar razón de lo que dicen-, la verdad vuelve a recibir otra estocada. Yo tengo claro, por ejemplo, que lo que hicieron los Kirchner con el organismo estatal llamado INDEC fue de una torpeza increíble. Pero cada vez que le pido a uno de los antikichneristas que crecen como hongos que me explique por qué lo del INDEC apesta, me topo con un disco rayado que vuelve al surco inicial. Quiero decir: aunque yo diga algo que es verdad, si no puedo fundamentarlo es lo mismo que si repitiese una mentira, porque tan sólo estoy hablando por hablar, o utilizando un argumento que no puedo sustentar para disfrazar mis fobias o mis filias. Cuando tener razón es más importante que saber la verdad, estamos en problemas. Y en este mundo de hoy, donde todo lo valioso parece tener precio y todo lo que se compra nos llega vía delivery, "compramos" la verdad hecha en los diarios y la TV, sin tomarnos el trabajo de llegar a ella. Y la verdad no es una compra hecha por teléfono. Mal que nos pese, es y seguirá siendo el laborioso ascenso a una montaña -y hecho a pie, sin medios mecánicos que alivien o acorten el camino.
Quizás parezca que me fui por las ramas, pero no. Una de las cosas que me cuestiono es, concretamente, cómo enseñarle a mi hijo el valor de la verdad en una sociedad que parece haberse vacunado contra su poder. Porque entre nosotros, ¡qué duda cabe!, el que miente mejor, gana.
[Publicado el 05/8/2008 a las 11:32]
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A veces en las sobremesas de los domingos afloran cuestiones que vienen escaldándonos sin que nos demos cuenta. Ayer, por ejemplo, la charla viró de lo absolutamente subjetivo -barrios de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, preferencias, conveniencias y otros etcéteras- a una cuestión que, en la inminencia del nacimiento de mi nuevo hijo, se me vuelve cada vez más insoslayable: ¿cuál es la mejor manera de criar a un niño hoy, en este mundo en general y este país en particular?
Cuando me tocó ser niño, el mundo y el país eran otros. Acudiendo a una escuela primaria del Estado, yo pude obtener entonces dos cosas fundamentales: una buena educación académica -mis maestras alentaron lo que percibieron como mis pasiones, una de ellas me regaló un libro de mitología griega que aún conservo, la otra me introdujo en los cuentos de Cortázar- y una perspectiva realista respecto del mundo, en tanto mis compañeros pertenecían a todas las clases sociales y buena parte de las etnias. Los había chinos, morenos, negros, judíos, locales e inmigrantes, hijos de profesionales universitarios y de encargados de edificios y de técnicos de radio y TV. En consecuencia, yo aprendí a colaborar y a relacionarme con todos, y a abrirme a la más grande diversidad de experiencias y circunstancias. Por lo demás, vivía en un barrio de clase media (Flores), en el que podía circular sin problemas, yendo y viniendo a pie de mi escuela.
Hoy en día, el nivel general de las escuelas estatales ha bajado muchísimo. Lo cual lo pone a uno en la disyuntiva de apuntar a una de las escuelas oficiales destacadas -dos o tres, en el marco de Buenos Aires- o a caer en la tentación de las escuelas privadas. En este último caso, los niveles sociales del alumnado son infinitamente más homogéneos: se limitan a lo que quedó de la clase media, entremezclado con otra clase que, sin ser alta del todo, tiene el mejor de los pasares -y enormes aspiraciones, por lo menos en lo económico.
Yo querría que mi hijo estudiase en una escuela que lo desafiase a superarse constantemente, pero que no lo encerrase en una burbuja social, un mundo de artificio con poco de contacto con el mundo real. Seguramente existe un sitio así en Buenos Aires y sus alrededores, sin embargo no lo conozco, al menos por el momento -lo cual sugiere que, aun cuando lo encuentre, se tratará de una excepción a la norma. Más allá de mi caso particular, lo que quiero decir es que resulta evidente que las sociedades de hoy están en un estado de flujo total en comparación a lo que eran veinte, treinta años atrás; que ya nada es lo que era sin haber llegado tampoco a ser nada nuevo, o por lo menos definido y estable. La educación formal está en crisis en este mundo de creciente aislamiento social. La vida en las ciudades se ha tornado más violenta y peligrosa. Y lejos de ayudarnos a saltar barreras, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación profundizan nuestra alienación: el Otro -en lo social, en lo cultural, en lo político, en lo económico- no es considerado una posibilidad o un mundo nuevo, sino más bien un adversario potencial del que hay que desconfiar, e incluso eliminar antes de que nos elimine.
Como imaginarán, yo no quiero criar a mi hijo en semejante paranoia. Me pregunto cómo estarán las cosas allí donde están ustedes.
Cuéntenme. Y la seguimos mañana.
[Publicado el 04/8/2008 a las 10:07]
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...Y para concluir con esta semana moorecéntrica, permítaseme citar también las palabras de Alan Moore sobre una de mis alegrías de estas semanas: el regreso de la miniserie The Wire, en su última temporada -snif- por HBO. "El pináculo más absoluto de todo lo que vi por TV últimamente es The Wire", declaró el escritor de V from Vendetta y From Hell a la revista Entertainment Weekly hace algunos días. "Es la más asombrosa pieza televisiva que haya salido alguna vez de los Estados Unidos, y posiblemente la más asombrosa de la historia, y punto". ¿Suena lo suficientemente taxativo? Esperen, que hay más.
"A eso le llamo yo televisión adulta. Es novelística. Uno descubre paulatinamente cada pequeño aspecto de la realidad de Baltimore, y construye a partir de ese mosaico una pintura panorámica de la ciudad con toda su complejidad: desde el puerto y los chicos de los barrios pobres a la estructura de poder, la policía, la oficina del alcalde... Tiene grandes escritores: George Pelecanos, David Simon. Y además personajes maravillosos: Bubbles, Omar... Al lado de The Wire, todo lo demás parece tonto", concluye Moore.
Perdón que insista, pero me temo que no han visto nunca The Wire y debo decirles que se están perdiendo algo grande. Más allá de la piel del policial, The Wire es lo que escribirían grandes como Dostoievski y Victor Hugo si resucitasen hoy: un relato vasto y profundo sobre lo que significa, y por ende sobre el precio que entraña, vivir en una gran ciudad capitalista, cuyas instituciones son ante todo máquinas de impedir. Donde el policía no puede hacer su trabajo porque no hay presupuesto. Donde el trabajador pierde su puesto a causa de la crisis económica, o su casa al no poder pagar su hipoteca. Donde el periodista no puede informar, porque escribe en un medio que sólo produce espectáculo para la masa que no discrimina. Donde el maestro no puede enseñar, porque sus alumnos no tienen más perspectiva de futuro que vender droga en las esquinas.
Y después dicen que la era de los grandes relatos se acabó, o hablan de la crisis de la novela. Los que están en crisis, en todo caso, son los escritores, o los estudios de Hollywood. El público nunca está en crisis, y por eso busca el relato no donde debería estar, sino donde está en efecto. A veces, como en el caso de Moore, la historieta habla de cosas importantes que la literatura elige ignorar. A veces, como en el caso de The Wire, la televisión narra con mayor vuelo y profundidad que el cine.
Cuando en el futuro ensayistas e historiadores busquen los grandes relatos de este tiempo, sin duda alguna acudirán a The Wire.
[Publicado el 01/8/2008 a las 10:15]
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A consecuencia de esta semana de mooremanía -todo por culpa del trailer de Watchmen...-, terminé dando con unas declaraciones de Alan Moore que funcionarían como comentario al tema de la bondad al que le estuvimos dando vueltas. (Dicho sea de paso: estimado Guido Cuadros, yo no soy quien elige las ilustraciones de cada post. De cualquier modo, ese poster apócrifo que quedó colgado no deja de ser un hallazgo. Mel Gibson como El Comediante no es mala idea, en la medida en que amamos odiarlo. El mismo Moore reniega de la etiqueta ‘novela gráfica', precisamente porque, como tú dices, son un intento de defender un género que no necesita defensa en tanto se defiende solo. Y dijo que 300 era fascistoide la semana pasada, en una entrevista concedida a Entertainment Weekly.) En fin, ¿dónde estaba?
Ya sé: en Moore y la bondad. En mi último viaje a Londres me compré un libro que en realidad es una larga entrevista al escritor: The Extraordinary Works of Alan Moore (George Khoury, 2003). Releyendo partes después de releer Watchmen, me encontré con las siguientes declaraciones del maestro: "Creo que ser Superman -me refiero a ser un superhombre de verdad- no pasa por tener poderes especiales. Nosotros ya tenemos poderes. Todos nosotros poseemos habilidades increíbles, talentos con los que podemos lograr cosas milagrosas. Quiero decir, la mayoría de nosotros tiene estos poderes y aun así no hacemos nada: nos tiramos en el sillón a ver TV, bebemos cerveza hasta perder la noción -y si tuviésemos el poder de volar o el de la invulnerabilidad, probablemente nos tiraríamos igual en el sillón a ver TV y tomar cerveza".
"En términos de lo que se puede hacer, ¿cuánto por debajo de Superman figuraría Bill Gates?", se pregunta Moore. "Bill Gates tiene el superpoder de la riqueza descomunal... Y no es la única persona fantásticamente rica de este planeta... ¿Cuándo salvó al mundo esta gente, cuándo acabó con el hambre, cuándo tuvieron gestos magníficos, masivos -alguna vez salvaron aunque más no fuere a una reportera curiosa que se estaba cayendo por una ventana? Claro que no. Tenemos mucha gente con superpoderes en este mundo, y eso no los convierte en seres superiores. Por la otra parte, existe gente en este planeta que parece estar en completa desventaja y aun así ha logrado hacer cosas increíbles".
"Me gustaría que la gente pensase de verdad en el asunto: ¿qué significa el heroísmo? ¿Qué es el poder? ¿...Tiene Stephen Hakwing un superpoder? ...Al final del día no son los superpoderes lo que importa, sino las personas... Si soy un imbécil, seguiré siendo un imbécil aunque me ponga un disfraz que me permita correr más rápido que la luz... Lo importante es que los seres humanos comunes y corrientes son fantásticos, en el sentido de lo que pueden ser y hacer. ...No necesitan trajes especiales ni insignias en el pecho. Con cosas como Watchmen he tratado de sugerirlo. La idea de que tener superpoderes no lo convierte a uno automáticamente en una buena persona: no tenemos superhéroes aquí".
"Vive tu vida y trata de hacer lo correcto. Sé la mejor persona que puedas ser. Eso es heroísmo", Moore dixit. Y yo estoy de acuerdo, claro.
[Publicado el 31/7/2008 a las 10:15]
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Ya dije alguna vez que de todos los ciclos de Prime Suspect, la miniserie protagonizada por Helen Mirren de la que sigo siendo fan, el tercero, estrenado en 1993, es aquel que más me conmueve. Sus episodios ponen siempre el dedo en la llaga de un tema relevante -racismo y fascismo, discriminación de género, la impunidad de los criminales de guerra-, pero Prime Suspect 3 tiene por protagonistas a las víctimas más desvalidas: los chicos de la calle. Una narrativa que se vuelve infinitamente más cruel -a extremos dickensianos, aunque sin catarsis final ni alivio alguno- dado que aquellos que abusan de estos chicos son, precisamente, las personas a quienes se les prepara y paga para cuidarlos.
Pensé de inmediato en Prime Suspect 3 cuando me enteré de un caso que destaca en estos días en diarios y noticieros de Argentina. Se trata de una banda de pedófilos que recluta adolescentes en situación de riesgo, ubicándolos en cibercafés y seduciéndolos con regalos. Sería apenas una noticia triste más (o alentadora, si se quiere, en la medida en que sus responsables habrían sido detenidos), de no ser porque uno de sus miembros más notorios sería Jorge Corsi, psicólogo, autor y director de la carrera de Violencia Familiar en la Universidad de Buenos Aires. Dicho de otro modo: un profesional de la salud mental, especializado en criaturas que resultan víctimas de abusos, que utiliza su saber y su experiencia para producir nuevas víctimas. El lobo al cuidado de las ovejas...
Este tipo de crímenes me estremece el alma. Es que a diferencia de otros delitos, estos casos en que una figura presuntamente benefactora -padre o madre, cura o psicólogo, tutor o maestro- abusan de la debilidad de quien está a su cargo o se les acerca en busca de ayuda, me parecen de una saña inenarrable. Más allá del daño puntual, le amputan a la víctima la posibilidad de creer en el bien; desde la caída en adelante, recelarán sin duda de la mano tendida de cualquier samaritano. No es casual que uno de los hombres arrestados en la causa sea una vieja víctima del mismo círculo, reconvertido en reclutador de inocentes. ¿Qué otro grupo lo aceptaría, se habrá preguntado esta pobre criatura miles de veces, después de haber sido convertido también él en monstruo?
Estaba a punto de reforzar la idea, diciendo que no existe nada más imperdonable que el sistema que por acción u omisión condona el abuso de los más débiles. Y entonces descubrí que acababa de acuñar una descripción precisa de nuestras sociedades capitalistas, que huelen la debilidad con inefable instinto carroñero y disponen del cuerpo de sus víctimas antes de que hayan muerto.
[Publicado el 30/7/2008 a las 10:00]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
27/8/2008 22:47
Pues en Argentina sorprende pero...
Publicado por: Dagar
27/8/2008 12:09
Publicado por: alba
27/8/2008 08:39
Publicado por: amalia
26/8/2008 19:09
Es curioso cuando la gente no...
Publicado por: Mayte
26/8/2008 05:44
Publicado por: Mayte
25/8/2008 23:08
El otro programa muy bueno que...
Publicado por: Xtian
25/8/2008 22:48
En la Argentina, el Planeta...
Publicado por: DANIEL
25/8/2008 22:18
Publicado por: Lidia
25/8/2008 21:00
Publicado por: alba
25/8/2008 20:43
Publicado por: autómata
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