El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 22 de agosto de 2008
Escribo esto a media tarde del jueves 10 de enero. Mi madre habría cumplido años hoy, de no haber muerto ya hace... ¿cuánto? ¿Diecisiete años, dieciocho? Nunca logro recordar la fecha de su muerte. Sin embargo no hay forma de que olvide la fecha en que nació. Cuestión de proclividades, supongo. Estoy más enamorado de la vida que de sus postrimerías. Y sin embargo -ya lo ven- mi madre sigue presente.
¿De qué forma participan los muertos en nuestras vidas? ¿Por qué será que el corazón no reconoce la realidad de la muerte y sigue amando de todas maneras: por simple negación, o porque intuye algo que se escapa a nuestros razonamientos? No me considero especialmente morboso, ni nostálgico en exceso, y sin embargo escribo a diario ante la mirada que mi abuelo me dispensa desde una foto. A veces sueño con él, y también con mi abuela y con mi madrina. No es extraño que durante la vigilia intercambiemos algunas frases. O que yo las diga, cuanto menos, contando con que su silencio será benevolente.
Pero con mi madre no hablo. Creo que todavía tenemos cuestiones pendientes. Sucumbió a un cáncer de pulmón fulminante en un período de mi vida que ya era negro antes del diagnóstico. Yo estaba demasiado ocupado sobreviviendo, no tenía cabeza ni energía ni alma para concentrarme en su agonía. Se me fue como agua entre los dedos. Desde entonces (¿dieciocho años? ¿diecinueve?) vivo tratando de hacerme a la idea de lo que su muerte significa.
Hace poco soñé con ella, lo cual es inusual. Ahora no recuerdo la trama del sueño con precisión, pero me quedé con la sensación de que tenía que ver con la cuestión del hijo nuevo que hoy espero. (Sí, ya lo sé: ¡a mi edad!) Creo que nos estamos reencontrando de a poco. Lo que nunca ha variado es la noción de lo que le debo. No hablo de las cosas más obvias: la vida misma, el cuidado inicial, el amor. Hablo de las cosas que me convirtieron en quien soy, con todo lo bueno y con todo lo malo. En cada libro que leo hay un eco del amor a los libros que me contagió desde que apenas podía mantenerme sentado.
En cada película que veo hay un eco del amor al cine que me inoculó desde aquella visión de The Sound of Music. Yo siempre supe lo que quería hacer de mi vida, así que nunca encaré la creación de ficciones como un tributo. Pero también es cierto que mi madre murió antes de que yo publicase mi primera novela. Imagino que le habría gustado leerme, ver las películas que hago. Yo que tengo hijas grandes que estudian y hacen cine, conozco la satisfacción de que los hijos se dediquen a algo que nos produce un placer que estamos en condiciones de apreciar. Me habría gustado proporcionárselo a mi madre, también.
Ella está entretejida -‘inextricablemente interconectada', como dice Stephen Hawking para definir la relación entre el espacio y el tiempo- con todo lo que hago.
Escribir es recordarla.
[Publicado el 13/1/2008 a las 22:37]
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Joseph Ratzinger, Benedicto XVI.
El pedido de perdón que Ratzinger formuló por tantos casos de abuso de menores en el seno de la Iglesia obtuvo eco en los medios de todo el mundo. Se lo consideró un gesto positivo, por lo menos en nuestros países hispanoparlantes, donde los hechos de la Iglesia jerárquica sólo suelen producir titulares por su empecinamiento en seguir determinando las vidas de todos los ciudadanos, creyentes o no. Basta con ver los diarios españoles de las últimas semanas, o los argentinos de los últimos dos años.
Todo pedido de perdón sincero es un gesto valioso. Aquí en la Argentina todavía estamos esperando que los militares de los 70 pidan perdón por sus crímenes, en lugar de seguir pretendiendo que fueron héroes secuestrando gente o envenenando a otra para cubrirse las espaldas al más puro estilo de la mafia. Y tampoco estaría de más un pedido de perdón de la Iglesia argentina. Muchos de los jerarcas de aquellos años fueron cómplices de los crímenes, por acción y también por omisión. Así que lo del pedido de perdón de Ratzinger vale, pero valdría más si estuviese acompañado por dos acciones que, de producirse, demostrarían que el mea culpa es honesto. En primer lugar, acompañar el pedido de perdón con una política que sea implacable en caso de denuncia de abusos. Durante las décadas más recientes, la política general de la jerarquía eclesial fue la de esconder el crimen y, en el peor de los casos, trasladar al acusado a otra diócesis -donde por supuesto, abundaban las nuevas víctimas potenciales.
La segunda decisión vital sería la de revisar la obligación del celibato en el clero. Es evidente que un estilo de vida tan antinatural como compulsivo tiene mucho que ver con las prácticas sexuales non sanctas a las que Ratzinger pretende hacer frente. Dirán los católicos ortodoxos: el celibato no puede revisarse, en tanto forma parte del dogma. A lo que respondemos: formalmente sí, aunque se trate de uno de los aspectos más endebles, por indefendibles, del dogma. En todo caso se trata del dogma que la Iglesia se dictó a sí misma -por lo cual es humano, y por ende falible, como tantas otros modos y creencias de la Iglesia que debieron ser revisados con el transcurso de los siglos-, y no de un dogma establecido como tal por Cristo mismo. En los Evangelios, Jesús presenta la opción de dejarlo todo para seguirlo, pero nunca dice que los únicos que pueden ser considerados sus representantes serán aquellos que así lo hagan.
La única forma de demostrar la sinceridad de un pedido de perdón es la adopción de medidas para que lo que ocurrió no vuelva a repetirse.
[Publicado el 11/1/2008 a las 09:15]
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The Dark Knight.
La verdad es que fui a ver Soy leyenda al IMAX porque era el único sitio donde se proyectaban esos seis minutos de la próxima película de Batman, The Dark Knight. Lo confieso, sí. ¡A pesar de mi edad, Batman sigue entusiasmándome como si todavía fuese un chico!
Nunca he pensado demasiado sobre las razones de esta fascinación. Imagino que pasa por el cariz melodramático del personaje, que coincide con el mío. Me conmueve la tragedia original, la oscuridad en que se mueve (Batman no puede no ser nocturno, para mí aquel de la vieja serie no es Batman sino el Superagente 86 con capa), el carácter torturado del personaje: ya no el Superagente sino más bien Hamlet con capa, como lo he dicho aquí alguna vez. Es un hombre que está constantemente al borde, sino pasado de raya; alguien que se cuestiona todo el tiempo lo que está haciendo, cómo y por qué; que no está del todo seguro de no pertenecer a ese asilo de lunáticos llamado Arkham, cuya sombra lo persigue dondequiera que va, más que al mundo de los presuntamente cuerdos.
Supongo que sigo enganchado al personaje porque creció conmigo. Por supuesto que cuando era pequeño me gustaba el Batman de la serie, al que me tomaba muy en serio a pesar de su -hoy evidente- vis cómica. Y consumía cada nueva edición de la historieta impresa en México, tan colorida y pop como la serie. El quiebre llegó para mí en los años 80 con The Dark Knight, no la película que aun no se ha estrenado sino la historieta de Frank Miller, hoy famoso gracias a Sin City y 300. El Batman de Miller era prácticamente un psicópata, bestial y violento. La transformación del personaje siguió adelante con la posterior edición de Batman: Año Cero, que cuenta los primeros pasos del personaje con seductor realismo: es un Batman que se equivoca, al que le salen mal las cosas, que lastima a gente ajena sin poder evitarlo. (Un Batman al que Christopher Nolan le robó mucho para Batman Begins, la primera película de esa nueva saga protagonizada por Christian Bale.) Y en lo que a mí respecta la transformación terminó de cuajar con The Killing Joke, obra del genio del siempre aquí reverenciado Alan Moore. No es casual que el protagonista de The Killing Joke sea más bien el Joker: allí queda claro de forma meridiana que Batman y el Joker son dos caras de la misma moneda -y que sus locuras se complementan.
Me gusta este Batman porque es digno de una tragedia isabelina. Quizás más propio de Marlowe que de Shakespeare: brutal y sangriento, lleno de sonido y de furia. (Se me ocurre que estamos viviendo una suerte de nueva versión de aquellos tiempos imperiales y feroces, y que todavía no llegamos a la iluminación del Hamlet; todavía vivimos en tiempos de Tamerlán, Hamlet sigue siendo para nosotros un personaje que sólo entenderemos en el futuro -en caso de que tengamos futuro.)
Faltan seis meses para el estreno de la película The Dark Knight.
Seis. Interminables. Meses.
[Publicado el 10/1/2008 a las 09:15]
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Salma Hayek con unas gafas de tres dimensiones.
Ayer fui a ver una película al IMAX por primera vez. Hace algunos años había visto uno de esos documentales típicos en un IMAX de los Estados Unidos, pero nunca un film de ficción. La experiencia me dejó fascinado.
La característica principal del sistema son las dimensiones de su pantalla. No se trata de la tradicional pantalla rectangular en sentido apaisado, sino de una de un alto inusual, más propia de un edificio de siete pisos que de un cine: es casi como enfrentarse a un muro enorme, un lateral de ese edificio virtual. En algunos casos, como en el de la reciente Beowulf, la experiencia se complementa con la visión en 3D. Aquellos que deliramos por el cine estamos enganchadísimos con el formato rectangular, cuanto más apaisado -más cinemascope- mejor. Pero no puedo dejar de admitir que ese marco que amamos es una elección tan caprichosa como cualquier convención: maravilloso para componer imágenes, pero poco conectado con la experiencia humana. En cambio la pantalla de cualquier IMAX sugiere que, antes que estar viendo una película, estamos siendo testigos privilegiados de algo que está ocurriendo de verdad, delante de nuestra vista. Se me ocurre que la imagen mental que construimos con la colaboración de ambos ojos es, como la pantalla del IMAX, tan alta como ancha. Y que por eso avanza por sobre las convenciones del cine, sugiriéndonos la contemplación de algo que se parece más a la experiencia pura -aun cuando tengamos claro que sigue tratándose de una película.
Lo que vi fue Soy leyenda, una película que podría haber estado muy bien si se hubiese atenido más a la novela original de Richard Matheson, pero que se desbarranca en la segunda mitad al convertirse en un vulgar film de vampiros. Pero la presentación de esa New York deshabitada quita el aliento, al menos en el IMAX: es como estar allí, contemplando los pastos que crecen en las rajaduras de la Quinta Avenida. Lo que me fascinó fueron los seis minutos de The Dark Knight que proyectaron, a modo de bonus, antes de Soy leyenda. Cuando dos ladrones cruzaron una calle por lo alto mediante un cable, sentí que me caía. (La presentación del Joker interpretado por Heath Ledger me encantó, dicho sea de paso. Sobre todo el momento en que se quita una careta para revelar su verdadero rostro -con la pintura a que estamos acostumbrados pero totalmente borroneada, lo que le da un aspecto siniestro- y parafrasea a Nietzsche de esta manera: "Lo que no nos mata nos hace más... extraños".)
No estoy sugiriendo que haya que olvidarse de las pantallas convencionales y quedarse con el IMAX. Tan sólo digo que ofrece al espectador cinematográfico vértigos y posibilidades nuevas. Lo más probable es que tienda a usárselo para grandes producciones, como Beowulf, Soy leyenda y The Dark Knight -hay mucho 3D en nuestro futuro-, pero esa sensación de estar contemplando lo que ocurre desde una proximidad mayor a la que estábamos habituados también debería producir efectos interesantes en un relato intimista. Bergman en el IMAX, por lo pronto, se volvería prácticamente intolerable.
[Publicado el 09/1/2008 a las 09:15]
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¿Qué es la locura, a fin de cuentas? La película Bug, de William Friedkin, escenifica uno de sus aspectos más escalofriantes. Basada en la obra teatral de Tracy Letts, uno de los dramaturgos más reputados de los Estados Unidos, Bug cuenta la desintegración de una mujer, interpretada por Ashley Judd en un dolorosísimo tour de force.
Agnes (Judd) es una mujer de mediana edad que trabaja en un bar en Oklahoma. Su aparente sencillez y frivolidad enmascaran una historia traumática: un hijo perdido, un marido golpeador que está a punto de salir de prisión. El catalizador de su reacción química es Peter (estupendo Michael Shannon), un hombre tímido y sensible que llega a la habitación del motel en que Agnes vive de la mano de una amiga. En Michael, Agnes encuentra todo lo que se le ha escurrido entre los dedos: el hijo, el amante. El lento descubrimiento de que Michael es en realidad un enfermo mental, víctima de horrendas alucinaciones paranoicas -imagina que el Gobierno lo espía y controla, mediante insectos genéticamente alterados (en inglés se le dice bug tanto a un bicho como a un micrófono implantado en secreto) -, no le deja opción: amar a Michael supone de manera indefectible abrazar su locura.
Friedkin fue uno de los más grandes durante los años 70. Autor de El exorcista, Contacto en Francia, Vivir y morir en Los Angeles. Hoy en día se venera a Cronenberg, pero en aquel entonces nadie producía tanta inquietud como Friedkin. Pocas películas me pusieron más nervioso en la sala de un cine que Cruising. Según cuentan, la nociva mezcla de su propio ego, el desdén con que se salteó todas las normas -lo que los griegos llamaban hubris- y un adicción incontrolable por las drogas terminaron produciendo su caida. Bug es una película pequeña, pero que deja claro que el viejo está muy lejos de estar terminado. Claustrofóbica (de hecho trascurre casi toda en los ambientes que Agnes habita en el motel) e intolerable de ver en ciertos tramos, demuestra no sólo que Friedkin sigue siendo un gran narrador, sino además que sabe de qué habla. La locura es muchas cosas, seguramente, pero entre ellas es el triunfo de un relato. Cuando el mundo exterior se vuelve demasiado agresivo, hay gente que se abraza a otro relato, a otra historia, que quizás el resto considere delirante pero que a uno le permite resistir. Eso es en esencia: un acto de resistencia, una mente que se hunde en la clandestinidad para oponer al relato imperante otra realidad, una historia que para nuestra alma es más verdadera, que nos permite seguir latiendo mientras esperamos que la dictadura de la realidad sucumba -o que nos concede la libertad de elegir cómo sucumbir.
[Publicado el 08/1/2008 a las 09:15]
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Matar a un ruiseñor.
Matar a un ruiseñor es una novela maravillosa. Había visto la película de Robert Mulligan varias veces (con Gregory Peck como un inolvidable Atticus Finch y un jovencísimo Robert Duvall haciendo de Boo Radley), pero nunca había leído el original de Harper Lee. (A quien por lo demás no le fue nada mal con la novelita: la cubierta de mi edición dice ‘Ganadora del premio Pulitzer, más de 30 millones vendidos'. ¡Treinta millones de libros! Cifras hoy impensables para un libro de calidad.)
La historia es la misma: el relato en primera persona de una niña apodada Scout, que vive en un pueblo del sur de los Estados Unidos en 1935. Matar a un ruiseñor es a la vez una historia de iniciación, un cuento de fantasmas -Maycomb tiene su propio espectro, el mentado Boo Radley- y un retrato de la vida pueblerina en la América segregada. A la vez es vehículo de uno de los mejores personajes de la literatura americana, quizás el más admirable (Ajab es inconmensurable pero dista de ser un ejemplo): Atticus Finch, padre de Scout y de su hermano mayor Jem, un viudo que cría a sus hijos con la ayuda de una mujer afroamericana llamada Calpurnia. Finch es abogado y trabaja todo el día. Imposibilitado de vigilar a sus hijos de manera constante, y por ende de controlarlos en las minucias de la cotidianeidad, se concentra por ello en lo verdaderamente importante: el alma de sus hijos. Si Harper Lee -que le dedica la novela a un ‘Mr. Lee' en quien no cuesta nada imaginar a su propio padre- hubiese tenido la intuición de adelantársele a Savater, podría haber titulado la novela Etica para Jem y Scout sin equivocarse ni un poco. ¿Quién no sueña con ser un padre como Atticus Finch?
Pero por supuesto, tratándose de una Gran Novela Americana no puede faltar un crimen. Una joven blanca acusa a un negro, Tom Robinson, de haberla violado. La defensa que Atticus Finch hace de Tom Robinson es heroica, precisamente porque está perdida de antemano a pesar de que no existe una sola prueba, ni médica ni jurídica, de la veracidad del presunto crimen. Robinson es encontrado culpable por el simple hecho de que en aquellos tiempos y en aquel lugar, un negro no tenía esperanza alguna de ser exonerado por un jurado de blancos. El único crimen que ocurre en Matar al ruiseñor lo perpetra el sistema. A pesar de lo cual el transcurso del juicio se convierte en parte clave de la educación de Scout y de Jem. El centro de la ética de Atticus (¿Etticus?) Finch está expresado en el título de la novela. En la figura de esa ave, que no es predadora ni devasta las cosechas sino que tan sólo canta para deleite de todos, Atticus cifra su prueba de la inutilidad de la violencia. Matar a un inocente es indudablemente un crimen. Y para Atticus todos los seres humanos son buenos en su esencia, o en todo caso son como son por una causa que amerita comprensión y tolerancia.
La novela me hizo llorar dos veces, a pesar de que me sé su historia de memoria. La primera cuando Atticus trata de explicarle a Scout por qué protegerán a Boo Radley con una mentira. Scout entiende al vuelo y le dice: ‘Sería como dispararle a un ruiseñor, ¿no es verdad?' El salto silogístico que Scout hace le demuestra a Atticus que ha logrado enseñarle a la niña lo esencial: Boo Radley es para muchos el monstruo del pueblo pero para Scout es un inocente, un ser humano con las mismas dignidades que los demás. Pocas páginas más adelante, Scout le refiere a su padre la historia de un libro infantil en que una persona a quien se creía malvada revela al fin su decencia esencial. ‘Atticus, era realmente agradable', le dice a su padre. A lo que Atticus responde: ‘La mayor parte de la gente lo es, Scout, cuando uno logra verla al fin tal como es de verdad'.
Ah, ¿por qué será que la literatura de hoy no produce más maravillas como Matar a un ruiseñor? ¿Será porque nos tragamos el argumento que nos vendió el sistema por propia conveniencia, eligiendo creer que el otro es un enemigo del que cuidarse en lugar de un hermano potencial, un sostén, un amigo?
[Publicado el 04/1/2008 a las 09:30]
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Chicas perdidas (y encontradas)

¿Una porno protagonizada por la Alicia de Lewis Carroll, la Wendy de Peter Pan y la Dorothy de El Mago de Oz? Eso es Lost Girls, la historieta en tres partes escrita por el genial Alan Moore e ilustrada por su actual mujer, Melinda Gebbie. Un prodigio narrativo: el único relato pornográfico en que las historias que ocurren entre uno y otro coito no sólo tienen sentido, sino que además dotan al acto sexual que una carga de valor inapelable.
A comienzos del siglo XX, las tres protagonistas coinciden en un hotel de Europa Central -el Himmelgarten, o sea Jardín del Cielo- para una temporada de vacaciones. Alicia es una mujer mayor con una historia trágica. Wendy está casada con un inglés que la frustra sexualmente. Y Dorothy es una chica ‘moderna' que viene del Nuevo Mundo en busca de sensaciones. Allí se conocen, intiman y comienzan a intercambiar historias. Aquí tiene lugar el primer gran hallazgo de Moore. En una serie de jornadas con mucho de Las mil y una noches, las tres mujeres relatan sus historias -esas historias que nosotros leímos en su carácter de clásicos infantiles- en una clave que respeta los parámetros conocidos pero los reinterpreta de manera que hubiese hecho las delicias de Freud. La Alicia niña es iniciada en el sexo por un amigo adulto de sus padres. Peter es, para Wendy, aquel muchachito salvaje que la conduce a la tierra fantástica del placer. Y Dorothy asimila el tornado que la arrancó de Kansas a su primer orgasmo, por cierto autoinducido. Lo que cimenta la relación entre las tres mujeres es el viaje a París para oír Le Sacré du Printemps, de Stravinsky. Un último acto de puro goce, antes de que el mundo conocido se hunda en la oscuridad.
Alicia, Wendy y Dorothy se cuentan historias y se abandonan al placer mientras en Sarajevo se prepara el crimen que encenderá la mecha de la Primera Guerra Mundial. Su doble número circense -el de la imaginación, el del sexo- es en verdad un acto de resistencia, que opone lo mejor de la vida a la dinámica de la violencia, de la avaricia -de la muerte.
Las líneas entre retro y naive de los dibujos de Gebbie son perfectas para el cometido de Moore: una unión hecha en los cielos (en el Himmelgarten, debería decir) entre la imaginería del pasado y la sensibilidad del hoy. Lost Girls es un objeto bello, una verdadera obra de arte. Provoca en todos los sentidos del término. ¿No es eso acaso lo que ansiamos más profundamente, cada vez que nos abrimos al poder de un hecho artístico?
[Publicado el 03/1/2008 a las 09:30]
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La película con que despedí el año fue Eastern Promises, la última de David Cronenberg. Fue una despedida de lujo. Es posible que no sea una de sus mejores películas: sigo creyendo que su versión de The Fly es una de las más conmovedoras, y a la vez más perversas, historias de amor del cine. Eastern Promises está más en la línea de A History of Violence, que en su momento no me terminó de convencer: un trabajo de encargo sobre un guión de Steven Knight, con el que Cronenberg cumple y mientras tanto dota aquí y allá de algunas de sus marcas de fábrica, de sus peculiares obsesiones.
Protagonizada por Viggo Mortensen -a quien, como en A History of Violence, le extrae una actuación notable-, Eastern Promises es un thriller que transcurre en la Londres de estos días. Durante su turno diario en el hospital de Trafalgar, Anna (Naomi Watts), una enfermera inglesa hija de un exiliado ruso, atiende a una adolescente que da a luz a una niña antes de morir. Como la adolescente es rusa y lleva un diario íntimo en su cartera, Anna -que no habla el idioma de su padre- se decide a traducirlo en busca de un dato que permita conectarla con parientes vivos de la criatura recién nacida. Esta intención la conectará sin querer con la mafia rusa de Londres, poniendo su propia vida en riesgo. Durante este descenso a los infiernos, quien la ayudará a atravesar el fuego será un personaje inquietante: Nikolai (Mortensen), el chofer y guardaespaldas del mafioso Semyon (Armin Mueller-Stahl).
Las marcas de Cronenberg están en su gusto por los personajes ambiguos -Nikolai puede ser amable y un rato después cortar los dedos de un cadáver para evitar que sea identificado-, por las comunidades cerradas que existen dentro del mundo ‘normal' y por la violencia llevada al límite de lo repelente -la pelea de Nikolai con dos matones en el baño de vapor es de antología-, pero el universo en que transcurre Eastern Promises es ante todo el del guionista Steven Knight. Como en Dirty Pretty Things de Stephen Frears, que también escribió, Eastern Promises lidia con tema que parece obsesionar a Knight: el de los círculos de esclavitud que existen en nuestras megalópolis de hoy. En Dirty Pretty Things estaba habitado por inmigrantes que contribuían con sus órganos al tráfico que concluye en transplantes. En Eastern Promises se trata de las chicas rusas que llegan a Londres para ser integradas al mercado de la prostitución.
La cuestión me desvela. Cualquier habitante de una gran ciudad advierte hoy a simple vista que existen trabajos y tareas desagradables que sólo son desempeñados por cierta gente, que a menudo forma parte de la clase social más desvalida pero que la mayor parte de las veces está a cargo de inmigrantes, legales o no. Estoy seguro de que en Buenos Aires existen redes de explotación criminal -trabajadores esclavos, prostitutas, traficantes- por debajo de la pátina de normalidad casi for export que ofrece la ciudad en estos tiempos. Infiernos subterráneos, subsuelos dignos de Dostoievski.
Eastern Promises me recordó que no le prestamos suficiente atención al asunto. Y me hizo pensar que en Buenos Aires hay al menos un thriller semejante en espera de un artista que lo advierta a tiempo.
[Publicado el 01/1/2008 a las 20:37]
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Me pregunto si puedo hablar de la cuestión de la novela en Hispanoamérica, dado que formo parte del baile. Y me cuestiono también la validez de mi opinión al respecto, en tanto sé que soy un pésimo lector de las ficciones escritas por autores de nuestro continente y también de las españolas. Me respondo entonces que el hecho de escribir ficción no invalida que hable sobre la novela: tengo tanto derecho a hacerlo como un lector, un editor, un crítico. (En esencia -esto es algo que se me olvida nunca- sigo siendo lo que fui originalmente, esto es un lector más, con todos los derechos y obligaciones del caso.) Y me contesto además que mi testimonio es válido a pesar de ser tan mal lector de ficción hispanoamericana, porque las razones que me hacen así tienen que ver con el quid de la cuestión.
En primer lugar, no leo demasiadas novelas originales en español porque lo que sé de ellas no basta para atraparme, para concitar mi interés. Estoy informado, sí, pero no logro interesarme del todo. Lo cual es preocupante, al menos para mí. Porque significa que no encuentro novelas que puedan convertirme en lector, cuando lector es todo lo que deseo ser. Y al preguntarme a qué se deberá este desierto recuerdo algo que me ocurre cada vez que viajo por nuestros países. Siempre descubro novelas y novelistas de los que nada sabía, cuyos libros no llegan nunca a mi país. A pesar de internet, a pesar de las casas editoriales de alcance internacional, la circulación de nuestras obras por el continente idiomático es pésima, quizás peor que nunca. Los diarios y las revistas especializadas son una correa de transmisión más ineficiente, más atomizada que hace veinte, treinta años. Cuando era chico leía en tal diario o cual revista que el autor Equis era magnífico, posiblemente un genio. Corría a comprar su obra y comprobaba que el periodista o crítico había dicho la verdad, o cuanto menos no había estado del todo errado. Ahora leo cosas semejantes y cuando acudo al ensalzado autor Zeta me siento engañado: por Zeta y por el medio en que leí sus loas.
Es posible que la novela que estoy buscando no haya sido editada aún. Hace un par de días Rolando Gabrielli decía aquí mismo, en un comentario: "El público está cada día menos educado, preparado para leer textos trascendentes. Hoy Tolstoi y Dostoievski se morirían de hambre". Pero también es posible que la novela exista y haya sido editada... y que nunca nos hayamos enterado de su existencia. Kundera se pregunta: "¿Dónde están hoy los grandes poetas? ¿Han desaparecido, o es que sus voces se han vuelto inaudibles?"
¿Saben de muchas novelas contemporáneas, editadas en Hispanoamérica, que cumplan con el modelo kunderiano? Novelas que observen la moralidad del buscar conocimiento profundo por la vía de la belleza. Novelas que tengan ‘la sabiduría de la incertidumbre'. Novelas que digan, o cuanto menos insinúen, cosas que no han sido dichas nunca. Novelas que perturben, que nos sugieran que las cosas no son tan simples como parecen. Nacidas de novelistas que sean como "exploradores tanteando el camino en el esfuerzo de revelar algún aspecto desconocido de la existencia... fascinados no por su propia voz sino por la forma que están buscando".
Sí, ya sé. Algunos títulos vienen a la mente. Pero son escasísimos, tratándose de un continente idiomático tan poblado. Y algunos de sus autores, ay, han muerto incluso antes de tiempo. Por lo general no encuentro novelistas exploradores sino novelistas preocupados por encajar en el nicho del género. (Amo los géneros, como a ustedes les consta, pero creo que el desafío no es copiar sus recetas sino reinventarlos desde dentro: subvertirlos.) O novelistas ocupados en escribir en los márgenes de los nombres de moda que por supuesto vienen de otro continente: sub-Bernhardts, sub-Houellebecqs. O novelistas aliviados por la posibilidad de especular sobre el azar (ah Paul Auster, cuánto daño has hecho sin desearlo), en la medida en que eso los releva de la responsabilidad de "investigar la vida humana en medio de esta trampa en que el mundo se ha convertido".
Lo que percibo en general es una increíble falta de ambición. Una aceptación, una subordinación voluntaria al hecho de formar parte de una presunta periferia: muchos escriben lo que desde los centros de poder mundial se supone que debemos escribir los que vivimos en otra parte, los que pensamos y soñamos en otro idioma: ejercicios de estilo inconducentes, filigranas; o miserabilismo, color exótico de Tercer Mundo. Escribimos como si aceptásemos que estamos en inferioridad de condiciones, como si diésemos por sentado que no podemos dialogar de igual a igual con los grandes -y no me refiero a los grandes de hoy, sino a los de siempre. A la hora de sentarse a escribir no existen escalafones predeterminados: todo escritor es un Cervantes potencial, un Kafka, un Murakami. Hace falta talento, eso está claro. Pero lo primero que hace falta es coraje.
Les pido perdón por este discurso interminable, que ante todo me interpela a mí mismo. Ocurre que en la inminencia del Año Nuevo me puse a pensar en lo que deseaba para el 2008. Lo primero que vino a mi mente fueron los buenos deseos de rigor. Les deseo a todos ustedes ‘más vida', en el sentido de la bendición bíblica arrancada al Angel a brazo partido: no tan sólo una vida más larga, sino una vida que sea ‘más' en sí misma. Pero además pensé que deseaba -para mí, para ustedes- que de una vez por todas apareciese una de ‘esas' novelas que nos revela que lo que considerábamos imposible es posible, que lo que parecía inconcebible es natural, que donde veíamos muro se ha abierto una puerta.
Ojalá el 2008 sea ‘ese' año. El año bisagra.
Felicidades para todos.
[Publicado el 28/12/2007 a las 09:30]
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Por supuesto, el mundo está lleno de novelas que no quieren descubrir ni conocer territorios nuevos. Novelas que, según Kundera, "no agregan nada a la conquista del ser", que "tan sólo confirman lo que ya ha sido dicho". Es inevitable que así sea. Todos nosotros necesitamos leer novelas que tan sólo nos entretienen, o confirman nuestra visión del mundo. Nadie es iconoclasta, o explorador, o visionario full time; para lanzarnos a esas empresas hace falta energía, y esa energía se almacena durante largos períodos de tiempo. Ni siquiera los grandes escritores son siempre geniales. Sus carreras están llenas de obras menores, quiero decir menores no sólo por su concreción sino también por designio. Cervantes escribió tan sólo un Quijote. (En realidad fueron dos, pero ustedes entienden a qué apunto.)
Lo que es indiscutible es, tal como Kundera lo expone, si tan sólo se editasen novelas de estas que "no descubren ningún segmento nuevo de la existencia", la muerte del género ocurriría de inmediato. No porque dejen de editarse, sino porque la historia de la novela -esto es, el arco de su desarrollo ininterrumpido, de Cervantes a Carlos Fuentes- se habría detenido entonces para limitarse a la repetición de lo ya hecho, a una duplicación de sus formas vaciada de su espíritu.
Como imaginarán, Kundera está muy lejos de creer en la inminencia de esta defunción. En El arte de la novela marca cuatro pistas por las que cree que el género todavía tiene mucho que dar: la del atractivo del juego (a lo Tristram Shandy, a lo Jacques Le Fataliste), la del atractivo del sueño (como en Kafka, que fusiona como nadie sueño y realidad), la del atractivo del pensamiento (como en Musil, que concibe la novela como la síntesis intelectual suprema) y la del atractivo del tiempo, que Proust y Joyce desarrollaron para que tantos otros -Kundera menciona a Aragon y Fuentes- siguiesen desovillándolo. "Si la novela fuese a desaparecer de verdad -afirma-, no se debería a que hubiese agotado sus poderes, sino porque existiría en un mundo que se le vuelve cada vez más ajeno". ¿Y de qué forma se expresaría esa ajenidad creciente? Una con la que lamentablemente tenemos una enorme familiaridad. "La estupidez moderna no es la de la ignorancia, sino la del no-pensamiento de las ideas recibidas". Esto es, la catarata de nociones que nos llega a través de los medios de comunicación y que asimilamos de manera acrítica, como si se tratasen de verdades reveladas.
Y la novela, o por lo menos la novela como Kundera la entiende y yo querría entenderla, debería ser la perfecta antítesis del no-pensamiento. Según Kundera, esta novela debería decir siempre: "Las cosas no son tan simples como parecen". Si alguna sabiduría tiene este género es la del cariño con que se abraza a la incertidumbre. "La novela es incompatible con el universo de lo totalitario. Su incompatibilidad... no es sólo política o moral, sino ontológica. El mundo de la Verdad única y el mundo ambiguo, relativo de la novela están hechos de sustancias completamente diferentes. La Verdad Totalitaria excluye la relatividad, la duda, el cuestionamiento; nunca puede acomodarse a lo que yo llamo el espíritu de la novela".
Lo cual me pone a pensar en las novelas que se escriben hoy en idioma español. Umm. La seguimos mañana.
[Publicado el 27/12/2007 a las 09:30]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
21/8/2008 18:11
Otro tema que hace tiempo me...
Publicado por: andrea m
21/8/2008 18:11
El agradecimiento mas generoso,...
Publicado por: Mónica
21/8/2008 15:36
Estoy en desacuerdo con algunas...
Publicado por: Miguel Valentin
21/8/2008 14:02
Publicado por: Luis
21/8/2008 12:16
Publicado por: estela
21/8/2008 12:11
Publicado por: Alba
21/8/2008 04:09
No me pega tanto el pelirrojo...
Publicado por: Mayte
19/8/2008 23:02
Coincido con Alba. A veces esas...
Publicado por: Mayte
19/8/2008 22:57
Publicado por: Dagar
19/8/2008 13:16
hace pocas semanas ley un texto...
Publicado por: Alba
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