El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 6 de septiembre de 2008

Wall-E
Y pensar que todo empezó cuando, despellejado por la necedad de alguna gente que conozco, me dirigía con mi hija menor a ver Wall-E... La maravillosa película de Andrew Stanton no hizo otra cosa, en todo caso, que seguir pulsando el mismo nervio: que un film cuyo público más natural son los niños tenga de fondo la destrucción absoluta de la Tierra a manos de los humanos es, sin duda alguna, un signo de alerta. Siglos atrás los cuentos infantiles eran crueles hasta la locura, en respuesta a una clara necesidad pedagógica: necesitaban preparar a las nuevas generaciones para vivir en un mundo violento e injusto. Había que acostumbrarlos a la idea de que siempre puede ocurrir lo peor, e inculcarles la necesidad de aguzar el ingenio para salir airosos de cualquier situación. Con el mundo moderno adviene la corrección política y los cuentos infantiles dejan de asustar y sacudir: es la expresión de que creemos haber arribado a un cierto nivel indiscutible de civilización, a horcajadas sobre las normas democráticas y la difusión masiva de la tecnología. Pero esa corrección política sólo maquilló durante pocas décadas la profunda, raigal incorrección del sistema que nos toca vivir. Más allá del alerta, que los relatos concebidos para un público infantil vuelvan a transcurrir en un paisaje de pesadilla es también un signo de salud: el reflejo profético de los mejores artistas, que entienden la necesidad de preparar a las nuevas generaciones para un mundo que, además de violento e injusto, ya no es asolado por un monstruo con rasgos individuales, sino por las tendencias monstruosas de la misma especie a la que pertenece.
¿Qué es la bondad, pues? ¿Un virus del espacio exterior? Podría serlo, en la misma medida en que quizás lo sea la vida misma. La evidencia científica revela que distintas bacterias llegaron a nuestro planeta desde tiempos inmemoriales: esto es, soportando el viaje por el espacio sin oxígeno, la incandescencia y el impacto contra la Tierra. La vida es un fenómeno tan inexplicable como resistente. Ojalá lo sea también nuestra capacidad de practicar la bondad.
Armstrongfl decía en su comentario que la bondad no se consigue con adiestramiento, lo cual supone que tampoco puede ser enseñada. Yo no estoy del todo de acuerdo. Creo que hay un germen natural de bondad en cada ser humano, pero también creo que el ejemplo y asimismo la enseñanza son fundamentales. Deberíamos encontrar la forma de enseñar a amar y a compartir en las escuelas, más allá de impartir conocimientos ‘duros'. Cualquier niño que haya visto a sus mayores practicar la bondad y que haya comprobado asimismo sus efectos, estará más dispuesto a ser generoso que otro que sólo haya sido víctima y testigo de malos tratos y mezquindades. A veces pienso que el espíritu humano es una vela rota. Ningún navío llegará lejos mientras el viento se cuele por sus jirones. El desarrollo de la persona funciona, así, dando puntadas entre sus flecos. Cuanto más armonioso sea su desarrollo, más cerrado quedará el tejido -y más lejos llegará la persona con su alma. La sensación que deriva de practicar la generosidad es reparadora; no hay otra forma de comprobarlo que haciendo la prueba. Cada vez que somos egoístas y salvajes, en cambio...
¿Hay espacio para cultivar la bondad en este mundo nuestro? Vaya pregunta. La seguimos mañana.
[Publicado el 23/7/2008 a las 10:19]
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¿De dónde sale la bondad? Porque está claro que no es una propiedad evidente del universo. El universo no es bueno. Simplemente es. Se comporta de acuerdo a las leyes que ha ido proponiéndose a sí mismo -leyes que, por lo demás, y a contramano de cierta pretensión humana, son siempre plásticas y por ende reformulables-, y a la que sus criaturas no tenemos más remedio que atenernos.
Es fácil pensar que el universo es cruel, porque cuando no nos limita con sus leyes, nos golpea con sus excepciones. El domingo por la noche veía una serie que he empezado a seguir, llamada Breaking Bad. Su historia central es simple: Walter White (Bryan Cranston, que descollaba en el terreno de la comedia como el padre de Malcolm in the Middle) es profesor de química de una escuela secundaria de New Mexico. Padre de un hijo adolescente víctima de una enfermedad cerebral, Walt está esperando un nuevo niño -niña, en este caso- cuando descubre que está enfermo de cáncer de pulmón y sólo le quedan dos años para vivir. A nadie puede extrañar que Walt sienta que el universo se ha complotado en su contra. La decisión de utilizar su conocimiento para fabricar drogas químicas y obtener así dinero con que asegurar el futuro de su familia es, qué duda cabe, profundamente comprensible. Pero ni siquiera así podríamos concluir que el universo es malo, o más precisamente: no-bueno. Para ponerlo en los términos del Dos Caras de The Dark Knight, el universo es justo en términos que podríamos definir como matemáticos: en el marco de sus leyes, somos beneficiados -o no- por la regla de las probabilidades. Al pobre de Walt le tocaron algunas bolillas negras. Si no le hubiesen tocado a él, le habrían correspondido a otro. Y en ninguno de esos casos el universo sería menos malo, ni más bueno.
Creo que vale la pena preguntárselo otra vez: ¿no será que existe algo, en el universo, que más allá de su frialdad aparente nos permita extrapolar la noción de lo bueno? En algún sentido, el universo comparte características con la bondad. Es gratuito, en el sentido que podría no habernos sido dado y sin embargo aquí está. Dentro de un marco estricto -tiempo y espacio, para empezar- nos lo ha concedido todo: la vida, la salud, la posibilidad de actuar conforme a razón, y en consecuencia de suplir con esfuerzo aquellas cosas de las que quizás carezcamos en nuestra circunstancia -abrigo, alimento, etcétera. Insisto: nos lo ha dado (prácticamente) todo, sin pedir nada a cambio. ¿No es esa una de las características esenciales de la bondad, la generosidad que opera sin otra razón que su deseo de ser?
Y si así fuere, ¿no constituiría la bondad el modo, por así decirlo, más natural de ser? ¿La manera de funcionar en sincronía con un mundo que es pródigo en todo aquello que necesitamos: verbigracia, agua, oxígeno, luz solar y alimentos de todo tipo? Si aceptásemos semejante hipótesis, la pregunta que surgiría de inmediato sería la siguiente: ¿qué nos apartó de ese mundo con vocación edénica conduciéndonos en cambio al mundo salvaje de hoy, en el que vivimos, por así decirlo, de modo tan antinatural?
Mañana la sigo. Aunque la escasez de comentarios (gracias Amalia y Daniel, y gracias Serpiente por la intervención maravillosa de Simone Weill) no haga otra cosa que confirmar hasta qué punto la bondad es hoy un tema incomprensible -un lenguaje que nuestras sociedades han desaprendido.
[Publicado el 22/7/2008 a las 10:45]
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Me salió del alma. ‘Si tuviese que definir qué es lo más difícil en este mundo', le dije a mi pobre hija, que no sabía de qué estaba hablando, ‘no dudaría: no hay nada más difícil que ser buena gente'. Las razones que inspiraron el exabrupto distaban de ser trágicas, pero su naturaleza cotidiana y además privada no contradice el argumento: vivimos en sociedades que desconocen cada vez más la noción de bondad, un concepto sospechado de arcaico y por ende de inoperante, al que no puede definirse más que por aproximación en virtud de su rareza -una perla negra por la cual, oportunamente, nadie pagaría un centavo.
Me pregunto cuándo, dónde y cómo habrá aparecido la noción por vez primera. Durante los albores de la especie, imagino que lo bueno debe haber coincido con aquello que convenía al sujeto, y tal vez a su comunidad, del mismo modo en que opera en el contexto de una manada animal: bueno lo que nos cobija en invierno, bueno lo que los alimenta, bueno lo que nos protege de los predadores. Pero en algún momento debe haber irrumpido la duda, propiciando el cuestionamiento. Cuando el hecho de que los más fuertes se quedasen con el abrigo o al reparo, condenando a los más débiles a la muerte, sugirió que el poder quizás no fuese el único de los criterios de discriminación. Cuando algo repugnó a aquellos que estaban comiéndose a sus congéneres. Cuando el arma que hasta entonces había servido para protegerse del tigre fue utilizada contra el hermano, o para robar una mujer ajena. Imagino que estos planteamientos deben haber coincidido con el origen de las religiones, ya no en su carácter de mitos fundantes y explicaciones del mundo natural, sino en su etapa ulterior como propulsoras de una ética individual y comunal. Si algunos de ustedes saben algo específico sobre el origen de la bondad como concepto, o conoce bibliografía ad hoc, sean buenos y compártanlo. No todo es Google en este mundo.
Por supuesto, cuando mi hija preguntó de qué estaba hablando no me remonté a la Edad de Piedra, esas consideraciones surgieron después. En el momento me limité a hablar de nuestra circunstancia, de esta ¿civilización? de la que formamos parte remisa pero parte al fin, y que no sólo desconoce la noción de bondad, sino que además la persigue consecuentemente. Un mundo que lo mide todo en términos monetarios, y que por ende propicia el provecho personal, no encuentra en la bondad utilidad alguna. La bondad no cotiza en nuestras sociedades, en tanto se da de narices con la fuerza propulsora del capitalismo.
Como no todos tenemos dinero suficiente, el dinero es el objeto y la razón del privilegio, y el privilegio es aceite en conjunción con el agua de la bondad. No llegaré al extremo de decir que tener y ser (bueno) son opciones contradictorias, pero creo que la cuestión del tener es en buena medida responsable de la reducción de la bondad al anacronismo, en tanto determina un porcentaje enorme de nuestros actos. Cuanto más tengo, menos quiero perder. Cuanto menos tengo, más necesito. Y cuando tengo suficiente, vivo con tanto miedo de perder lo que tengo que sobreactúo el miedo de los que más tienen. En este mundo angustiado por los alimentos escasos, las hipotecas impagables y la espada de Damocles del agua, el imperativo del tener oblitera la consumación de ser (bueno), quizás más que en cualquier otra época.
Esto se está poniendo interesante. Si no les molesta, la seguimos mañana.
[Publicado el 21/7/2008 a las 10:15]
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Ya es la madrugada del viernes, y al término de un largo día -y de una larga semana, con viaje internacional incluido-, mi cabeza alumbra menos que una lamparita de 25 watts. Pero no quisiera irme a dormir sin consignar mi perfecta alegría (perfecta por infantil, e infantil por pura) después de haber visto The Dark Knight en la vastísima pantalla del Imax de Buenos Aires.
The Dark Knight es Batman releido por Michael Mann. O sea, como en casi todas las películas del autor de Heat y Miami Vice: una historia excluyentemente masculina, en la que dos personajes que no saben hacer otra cosa que descollar en su línea de trabajo -policía y ladrón, como Pacino y De Niro en Heat-, se resignan a no tener nada parecido a una vida privada y encuentran en el otro lo más parecido a una compañía -¡a un par!- que pueden concebir. Nada de esto implica menosprecio al verdadero director de The Dark Knight, Christopher Nolan. Por el contrario, es un reconocimiento a su buen gusto y al coraje con que transformó un símbolo pop en un espectáculo perturbador -casi tanto como los tiempos que corren.
No voy a entrar aquí en las discusiones maniqueas sobre la ‘ideología' de The Dark Knight. Cualquiera que se asome a las historias de Batman, desde el original de Bob Kane al pastiche de las serie de los 60 y los films de Tim Burton, sabe que Batman es en todos los casos lo que se llama ‘un vigilante', esto es un hombre que dice defender la ley colocándose por fuera de ella. En este sentido Batman es siempre fascista: lo tomas o lo dejas. Y si lo tomas, coincidirás conmigo en que pocas de sus encarnaciones -el Dark Knight de la historieta de Frank Miller, y esta versión de Nolan, homónima pero de anécdota tan diferente-, transparentaron esta naturaleza sin formular excusas.
Al comienzo de este Dark Knight, Bruce Wayne (Christian Bale) está considerando abandonar su capa para ceder el centro de la escena a un hombre de la ley: el fiscal de distrito Harvey Dent (Aaron Eckhart), que está haciendo su mismo trabajo con la Constitución en la mano y sin ocultar su rostro. Pero las andanzas nocturnas -insisto: y siempre ilegales- de Batman ya han iniciado una avalancha que cubrirá Gotham City, cobrándose una víctima tras otra.
Digamos que la habilidad de Batman para burlar la ley inspira las acciones de su gemelo maligno, el Joker (Heath Ledger): ‘Tú me completas', le dice el Joker imitando al Tom Cruise de Jerry Maguire, a sabiendas que la frase encapsula todo lo que George Bush y Osama bin Laden tienen para decirse. Este Joker es el psicópata más perturbador del cine desde el Hannibal Lecter de The Silence of the Lambs. Lo que más le divierte de su proceder es la manera en que desnuda la hipocresía del enmascarado: la mera existencia de Batman es la prueba de la ineficacia de las instituciones, y sus presuntos códigos huelen más a justificación que a creencia verdadera. Por ejemplo la negativa a matar, tal como la establecía ya Batman Begins cuando el protagonista decía al villano: ‘No voy a matarte, pero tampoco te salvaré'. Los carceleros de Abu Ghraib tampoco matan. Lo hacen todo excepto eso, en nombre de unos fines que justifican (casi) todos los medios.
Por si no quedó claro: esta es la película del Joker. Aquí el Joker es el espejo deformado en que los ‘paladines de la ley' detestan verse, porque los revela en su impostura. Y entre ambos protagonistas, Harvey Dent funciona como la síntesis perfecta: ¿o acaso no se transforma en el hombre de las Dos Caras, héroe y monstruo a la vez, según el perfil que elija mostrarnos?
En fin, como ya dije: es muy tarde aquí en Buenos Aires. He visto una película magnífica, ambiciosa, compleja y oscura (aunque no tanto como debería: el ‘experimento social' que el Joker desarrolla con dos barcos debería haber concluido con ambas naves volando por los aires -y en simultáneo), producida por gente que suele financiar películas pensadas para infradotados. Se me ocurre que el mérito es todo de Nolan y de su hermano coguionista, con menciones de honor para Bale, Gary Oldman que hace de Jim Gordon y el malogrado Heath Ledger.
Tengo entradas para verla otra vez esta noche. No veo la hora de entregarme nuevamente al melodrama.
[Publicado el 18/7/2008 a las 09:37]
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Suele recomendarse a los fans de un escritor no conocerle personalmente, para no ser víctimas de la decepción. Es un buen consejo: los escritores ponemos (o deberíamos poner, al menos) lo mejor nuestro en cada libro; lo demás es efectivamente lo que nos sobra, aquello que hemos tratado de ocultar de la manera más denodada. ¿Pero qué ocurre cuando conocemos a un escritor antes de leer sus obras? O para mayor angustia: ¿qué ocurre cuando conocemos a un escritor antes que a sus obras, y nos cae muy bien? Esa fue la razón por la cual casi no leo a Andrés Neuman. Nos encontramos en Ecuador, por culpa de la Feria del Libro de Guayaquil, y me pareció un tipo fantástico. Temí que leerlo equivaliese a decepcionarme, que sus libros no fuesen sino un triste remedo del autor. Pero me equivoqué. A veces equivocarse es una alegría.
¿Por qué no lo había leido hasta ahora? Por necio, como ya quedó claro. Pero también porque era argentino, aunque su pasaporte sea español, dado que vive en Granada desde su adolescencia. Ya se sabe, tiendo -por culpa de mi propio pasaporte, seguramente- a desconfiar de la visión que buena parte de mis compatriotas tiene de la literatura.
Por último, recordaba que dos de sus novelas, Bariloche y Una vez Argentina, estaban editadas por Anagrama. Temía, por ende, que como alguna otra gente que publica en la misma colección, Neuman fuese tilingo y pretencioso. Y ahora me consta que no lo es. En todo caso, me pareció sensible (uy qué miedo que da este adjetivo, en mi país críticos y escritores sacan los puñales cuando lo oyen) y ambicioso. Cosas que tienen todos los escritores que admiro. Sensibilidad y ambición. Qué tanto.
Leí Bariloche en el avión de regreso. Lo primero que me impresionó fue que un escritor tan joven -tenía veintipocos cuando salió finalista del Herralde de Novela, ahora tiene 32- supiese mantener tan cortitas las riendas del relato. Bariloche es un modelo de contención, un ejercicio rigurosísimo, más meritorio aún tratándose de una primera novela -género que, según es vox populi, suele invitar al desborde. Pero Neuman no se desborda nunca. Lo que se desborda, en todo caso, es el vertedero al que han ido a dar todas nuestras miserias. Bariloche es la historia de Demetrio Rota, un hombre que trabaja como basurero en Buenos Aires y en sus horas libres arma rompecabezas del paisaje sureño que se vio compelido a abandonar, y que ya no es más que un estado de su mente. Precisamente por el minimalismo de la anécdota, el relato reclama para sí la sugestión de un poema -o de un sueño, lo cual viene a ser lo mismo.
Se puede leer Bariloche como una analogía sobre el trabajo del escritor, que también recolecta desperdicios nocturnos. O como una profecía sobre la Argentina de la crisis, que todavía estaba lejana en el momento de su publicación. O como un relato en el límite entre la ciencia ficción y la fantasía, que me evocó a los Bradbury y Cortázar que yo leía cuando niño, sobre el destino de una civilización que no sabe qué hacer con lo que le sobra: ni sus desperdicios, ni su gente. Yo leí la novela de todas esas maneras, y también como la obra de este hombre tan encantador -y sensible, y ambicioso- de beatlemanía y luthiermanía aún mayores que las mías, al que conocí por azar y ya no pienso desconocer. Porque ahora tengo que leer Una vez Argentina, y los cuentos de Alumbramiento, y los aforismos de El equilibrista. Ah, pocos placeres más grandes que el de la anticipación.
No se pierdan al hombre nuevo.
[Publicado el 17/7/2008 a las 11:00]
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Poderes (y consecuencias) terrenales

Terminé Earthly Powers, nomás. Seiscientas cincuenta páginas en mi edición de Penguin, e imagino que bastantes más en la traducción que según vi acaba de salir en España. Una novela monumental, no tanto por lo obvio -además de su extensión, la ambición de repasar los momentos y las cuestiones cruciales del siglo XX: las dos guerras mundiales, el racismo, la persecución de la homosexualidad, el lado oscuro de la religión institucionalizada-, sino por su voluntad de interrogarse sobre la cuestión última, esto es, la posibilidad del bien en un mundo descorazonador.
Earthly Powers, de Anthony Burgess, es la historia de Kenneth Marchal Toomey, un escritor británico y ocasional letrista que imagino moldeado a imagen de Noel Coward, por su homosexualidad y por su dandismo. Hermano de un comediante popular y de una prestigiosa escultora, cuñado de un compositor de Hollywood y pariente político de un Papa imaginario -Gregorio XVII, un eco de la imagen benévola y progresista de Juan XXIII-, Toomey es un personaje fantástico para narrar el siglo XX por su indiscutible ubicuidad. Puede contar desde la vida cotidiana en Londres durante la Primera Guerra -el racionamiento, el auge del espectáculo escapista- hasta la Alemania del Tercer Reich, que conoce al principio en su carácter de autor adaptado por el cine alemán, y después al intentar rescatar a un Nobel de literatura de manos de los nazis. Es que Toomey ha estado en todas partes, y los ha conocido a todos: desde James Joyce hasta Joseph Goebbels, desde Ernest Hemingway hasta las más fulgurantes estrellas de Hollywood.
Pero en otro sentido -el esencial- Toomey parece el vehículo menos indicado para ocuparse del tema central de la novela. Escritor popular y conscientemente liviano, homosexual encubierto durante la mayor parte de su existencia, Quijote destinado al fracaso en cada una de sus luchas -desde el amor, pasando por el rescate del Nobel, hasta su intervención en un juicio por obscenidad y su participación en el proceso por la canonización de Gregorio-, Toomey no está en la mejor de las condiciones para hablar de la posibilidad del Bien -y por ende, de la Fe. ¿Qué clase de testimonio dará un hombre partido al medio por un Dios que lo creó por amor y otro Dios -el mismo, acaso- que lo ha condenado a una vida de infelicidad al hacerlo tal cual es?
Burgess hace un gran uso de sus fortes: el lenguaje en todos sus regstros, música antes que nada; su saber enciclopédico; la forma punzante en que mira la Historia, buscando el bosque detrás de cada árbol. No cabe duda que Earthly Powers es su obra más ambiciosa. Y quizás sea la más lograda, porque despliega como ninguna otra su tema favorito, planteado ya en su obra más popular, la novela Una naranja mecánica. ¿Qué clase de criatura es el hombre? ¿Una bestia destinada al mal, desde su origen maculado por pecado original y naturaleza concupiscente? ¿O también una criatura capaz de elevarse por encima de su circunstancia, para producir hechos -la belleza de una obra artística, un acto de bondad o de desprendimiento- que nunca podrán ser medidos por sus resultados, sino apenas por su valor intrínseco?
La novela está atravesada por discusiones filosóficas y religiosas. Parte del mérito de Burgess pasa por el oficio con que, a pesar de ello, hurta el cuerpo al pecado del aburriento. Pero el mérito mayor es otro: la mirada impiadosa, que le impide hacer la más mínima concesión al sentimentalismo o las respuestas facilistas. Este es un mundo complejo, y Earthly Powers es una novela adulta que no se rebaja a alentar falsas expectativas. Aquí una obra genial puede ser ignorada y un milagro producir consecuencias horrendas. Earthly Powers coincide con el Dios de los Testamentos al reafirmar el libre albedrío de los hombres, pero se aparta de la tradición al sostener que no existe juez más inflexible ni más justo de nuestros actos, que aquel que habita en el silencio de nuestro corazón.
Publicada por primera vez en 1980, Earthly Powers es de esas novelas que ya no se escriben.
[Publicado el 16/7/2008 a las 11:19]
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A esta altura la prolongada (ojalá Zapatero me perdone la expresión) crisis por la que atraviesa la Argentina está revelando su costado positivo, aquello que tiene de oportunidad. Por un lado ya ha perdido su impostura de cuestión técnica, que llevó a periodistas y opinólogos a disfrazarse de licenciados en sojología, rentas extraordinarias e interpretación constitucional. Lo que estamos viviendo es, simplemente, el primer intento más o menos organizado de la derecha nativa para condicionar a un Estado que todavía está muy lejos de haberse reconstituido para ejercer su rol a la manera de las grandes democracias.
Si alguien albergase duda alguna al respecto, sólo hay que repasar el elenco de los figurones que representan o apoyan al -autobautizado- ‘campo', y que estarán hoy en la manifestación de Palermo o prestándoles sus votos en el Senado. Mario Llambías, titular de Confederaciones Rurales Argentinas, que la semana pasada definió a los que apoyan al gobierno como ‘zoológico'. (Para aquellos que viven en otras partes: a mediados del siglo XX, una de las formas que la ‘gente de bien' prefería para definir a la masa de trabajadores que apoyaba a Perón era, precisamente, ‘el aluvión zoológico'.) Luciano Miguens, titular de la Sociedad Rural que apoyó cada golpe de Estado que interrumpió la vida institucional de los argentinos. Carlos Saúl Menem, el hombre que redujo al país y al Estado a la condición miserable de la que todavía no hemos logrado reponernos. Adolfo Rodríguez Saa El Breve, cuyo único acto de gobierno como presidente fue declarar un default que nos valió la inquina -y las represalias- de la comunidad económica internacional. Luis Barrionuevo, aquel sindicalista que alguna vez sugirió que el país se arreglaría ‘si dejásemos de robar un par de años' -de quien no se sabe, por cierto, si alguna vez siguió el ejemplo de su propia prédica. La Papisa Elisa Carrió, autora intelectual de la manifestación de hoy en Palermo, mascarón de proa de los intereses de la jerarquía eclesial más conservadora. Y siguen las firmas: Juan Manuel de la Sota, Carlos Reutemann, Alfredo De Angeli -cada vez más parecido a Sordi, pero sin ninguna de las cualidades que lo hacían querible-, el piquetero Raúl Castells que necesita entretenerse ahora que su mujer perdió en Bailando por un sueño... Si Dino Risi resucitase y buscase elenco para una tercera parte de Los monstruos, no encontraría uno mejor en ninguna parte.
Yo iré esta tarde a la otra manifestación, la que se congregará en la Plaza de los Dos Congresos. Me sumaré a la columna del espacio Carta Abierta, que tanto ha hecho en las últimas semanas por sacarnos del marasmo y abrir instancias de debate democrático como yo no veía en este país desde hace mucho pero mucho tiempo. He ahí la oportunidad a que me refería al comienzo. La embestida del adversario esperpéntico nos ha despabilado, propiciando una largamente postergada discusión a fondo sobre la Argentina que queremos -y las políticas indispensables para conseguirla.
A continuación, para aquellos que estén interesados, les adjunto el texto de la convocatoria que Carta Abierta tituló: ‘Más democracia y más distribución'.
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"Tal como lo hicimos hace menos de un mes, el martes 15 de julio marcharemos en defensa de la democracia y en reclamo por más distribución de la riqueza. Nos sentimos convocados y convocadas a expresar públicamente nuestra posición a raíz de las nuevas manifestaciones de sectores conservadores y privilegiados que intentan condicionar la democracia, a través del rechazo a las decisiones del Congreso Nacional, del desgaste de la autoridad presidencial, el lock-out patronal y el desabastecimiento".
"La fase actual de la embestida, cuando el Senado trata las modificaciones a la ley de retenciones móviles que protegen a los pequeños y medianos productores, demuestra la clara voluntad de la nueva derecha por impedir que parte de las extraordinarias ganancias que tiene el agro puedan destinarse a enfrentar la pobreza y la marginación que aún afectan a millones de compatriotas".
"A ellos no los moviliza la injusticia social y mucho menos la defensa del sistema democrático. Protestan y amenazan porque no están dispuestos a ceder una porción de sus rentas en favor de quienes menos tienen. Si prevalecieran triunfarían el egoísmo, la concentración económica, la desigualdad; sería el triunfo de quienes sólo respetan al Estado si éste se pone a disposición de sus negocios".
"No somos parte del Gobierno nacional, ni tampoco somos parte del PJ, pero estamos comprometidos con la actual etapa histórica de cambios en nuestro país y en la región. Marchamos por una mayor y mejor distribución de la riqueza, en favor de la democracia, del respeto a las instituciones y a la voluntad de los representantes del pueblo. Queremos que el Estado pueda intervenir para garantizar el acceso universal a todos los derechos sociales, políticos y económicos, que se debata y profundice un nuevo modelo productivo y distributivo".
"Somos miembros de distintos partidos políticos, organizaciones sindicales, movimientos sociales, organismos de derechos humanos, asociaciones de pequeños empresarios, economistas, decanos y profesores universitarios, científicos e investigadores, sacerdotes en opción por los pobres, intelectuales y artistas, integrantes del espacio Carta Abierta y ciudadanos y ciudadanas sin militancia partidaria ni institucional".
"Es intolerable que existan altos niveles de hambre y exclusión en uno de los mayores productores de alimentos del mundo y en medio de una gran concentración de la riqueza. Por eso reclamamos una reforma impositiva integral, que grave a todos los sectores que en estos años han tenido beneficios extraordinarios, como la especulación financiera y la minería. Objetamos, entre otras cosas, el no reconocimiento de la CTA, la destrucción del INDEC, el proyecto de construcción del tren bala".
"Pero está claro que la restauración conservadora no apunta contra esas deudas sino a retrotraer los pasos que sí se dieron en estos años: la recuperación institucional tras la crisis 2001-2002, el saneamiento de la Corte Suprema, el juicio a los responsables del Estado terrorista, la caída en los niveles de desocupación, pobreza e indigencia, la mayor y mejor cobertura provisional, la política exterior independiente, de integración con los gobiernos democráticos de Sudamérica, entre otros avances".
"Cuestionan por autoritario al Gobierno pero amenazan con desabastecer; se quejan por la falta de diálogo pero anticipan su rechazo a toda decisión del Congreso que no satisfaga sus ambiciones económicas. El perjuicio que buscan generarle a la sociedad y a la institucionalidad democrática, es un intento de desestabilización que desmiente el falso espíritu pacífico y patriótico con que intentan encubrir sus objetivos".
"De esta crisis sólo se sale con más democracia y más distribución de la riqueza".
"Por ello, convocamos a todos y a todas a concentrarnos a las 14 horas del martes 15, en la esquina de San José y Av. de Mayo, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para marchar hacia la Plaza de los Dos Congresos".
[Publicado el 15/7/2008 a las 11:16]
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Catedral de Guayaquil.
[Publicado el 14/7/2008 a las 17:04]
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El cruento oficio de las letras
Nadie diría hoy que ser escritor es un oficio duro. La mayoría de los escritores que conozco vive vidas privilegiadas, tan exentas de los avatares que suelen formar parte de la experiencia humana (el esfuerzo físico y el sudor, la necesidad de salir de casa a aventurarse en el mundo, la frustración y el ninguneo) que a nadie extraña que les salgan libros tan sosos. Pero aun así hay que admitir que la profesión entraña ciertos riesgos. Al igual que ocurre con el resto de los artistas, ejercer su métier equivale a quedar expuesto a crueldades que algunos practican con crueldad exquisita.
Nunca supe mucho de John Keats (quizás le deba la primera mención de su nombre a un viejo tema de The Smiths, que insinuaba dos bandos de lo poético: ‘Keats y Yeats están de tu lado, mientras que Wilde lo está del mío'), más allá de los textos más obvios: Endymion, Ode on a Grecian Urn, To Autumn -esas cosas. Pero leyendo un artículo reciente del New Yorker, me enteré de algunas cosas que me hicieron compadecerme de su pobre, brillante alma. Víctima de una tuberculosis que se lo llevó a los 24 años, Keats murió después de haber sufrido todas las ignominias que se pueden concebir a manos de los críticos de la época -a pesar de lo cual hoy se lo reconoce como uno de los más grandes poetas de la letra inglesa.
Los hermanos Ollier, que habían publicado su primer libro, rompieron lanzas con él de inmediato, diciendo arrepentirse de haber creido en su talento. Endymion fue destrozado en los medios al año siguiente. Un crítico no tuvo problema en confesar que ni siquiera se había tomado el trabajo de leer el poema hasta el final. Otros se mofaban de sus orígenes trabajadores: Keats era hijo de un hombre que trabajaba en un establo, y entrenado él mismo como farmacéutico. El crítico de Blackwood's Magazine le dijo: ‘Es mejor y más sabio ser un farmecéutico hambriento que un poeta hambriento; así que vuelva a la tienda, Mr. John...'
Su tercer libro no obtuvo mejores reseñas. Y entonces Keats supo que tenía tuberculosis, y por ende que no viviría mucho más. ‘No he dejado detrás mío ninguna obra inmortal -nada que haga que mis amigos se enorgullezcan de mi memoria -pero he amado el principio de la belleza en todas las cosas', escribió por entonces. Supongo que eligió irse a Roma con la excusa del buen clima, pero soñando también con poner distancia de todas las experiencias amargas de su vida: ser un extranjero es una cosa, pero ser ignorado es mucho peor.
En una de las últimas cartas se preguntaba: ‘¿Existe otra Vida? ¿Me despertaré para descubrir que todo esto fue un sueño? Debe haberla', concluía, por la más perentoria de las razones: ‘No es posible que hayamos sido creados para esta clase de sufrimientos'.
Sinceramente espero que haya otra Vida, aunque más no sea para compensar a los Keats, los Melville, los Van Gogh, en justa medida por el placer que nos depararon y nunca tuvimos oportunidad de retribuirles.
[Publicado el 11/7/2008 a las 07:00]
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Hace algunos días Mayté sugirió tema para un post: cómo ha cambiado nuestra manera de ver cine, desde que a la original -en la sala de exhibición, con muy posterior revisionado en TV en versión doblada- se le agregaron múltiples variantes habilitadas por la tecnología.
Cuando yo era chico, el cine se veía en el cine. Las únicas posibilidades de volver a ver una película dependían del albur de una reposición -como ocurría con Ben Hur todos los años, a la altura de las Pascuas, en el cine Gaumont de la avenida Rivadavia. Si uno quería acercarse a los clásicos debía recurrir a los ciclos de la sala Lugones y de la Hebraica, o contar con la improbable exhibición televisiva. Recuerdo, por ejemplo, haberme pegado a la TV en blanco y negro seducido por Strangers On A Train, mucho antes de tener la menor idea de quién era Hitchcock.
La aparición del video fue luz en mi vida. ¿La posibilidad de ver todas las películas que quisiese, cuando quisiese y tanto como quisiese? A eso le llamo yo felicidad. Aunque claro, hoy no toleraría la espantosa definición de la mayoría de las copias. (Ah, la lamentable industria nacional...)
La aparición del cable también fue providencial. Como imaginarán, estoy suscripto a todos los canales de películas. No veo tanto cine de esa manera, pero me tranquiliza saber que las películas están allí, al alcance de mi control remoto...
Después vino el laser. Imagen digital, prístina, maravillosa. Aunque me obligaba a cortar la película en la mitad, para dar vuelta el disco tal como se hacía antes con los de vinilo... Todavía conservo muchas películas maravillosas en ese formato, que no he encontrado en otro: Map of the Human Heart de Vincent Ward, por ejemplo.
Y después vino el DVD. A eso le llamo yo calidad de vida. Salvo, por supuesto, cuando uno alquila las copias que aquí se llaman ‘truchas', esto es: copiadas de un original o bajadas de Internet. Ahí empiezan a fallar los subtítulos, por ejemplo, complicándome la posibilidad de ver la película en pareja o con amigos.
El sonido digital también es importante. Cuando veo películas, conecto mi equipo de sonido: nunca es igual el sonido frontal de la TV al sonido envolvente que deriva de la multiplicación de los parlantes. Prefiero la sensación de estar dentro de la acción -y el sonido es vital a este respecto- que la de ver y oír a distancia. (Será por eso, también, que en el cine me gusta sentarme cerca de la pantalla.)
Supongo que mucha gente verá películas en DVD de la misma manera que ve televisión: a saber, conversando encima, desentendiéndose de trozos enteros o parándola para ir al baño o a la cocina. Pero en mi casa, claro, las películas se ven como películas: de un tirón, y en silencio. Bastante sufro ya cuando voy al cine y me topo con gente que se comporta en la sala igual que en casa, comentando estupideces en voz alta y haciendo ruido con la comida.
Fragmentar las películas termina alterando mi percepción. Eso me pasó hace poco con I'm Not There, por ejemplo. La empecé a ver demasiado tarde y dejé el final para el día siguiente. Y ya no fue lo mismo. Todos los directores coincidirían conmigo: los largometrajes están hechos para ser vistos de una sentada, a diferencia de las novelas, cuya lectura por partes suele agregar condimento a la experiencia. (En todo caso, el tiempo de la lectura de las novelas se parece más a la experiencia de seguir una serie, como por ejemplo Lost: la extensión ayuda a la sensación de ‘vivir' esa realidad alternativa y a potenciar la familiaridad con los personajes.)
Pero por supuesto, hay películas que corro a ver en el cine. (Cuento las horas que faltan para el estreno de The Dark Knight, que no veré en cualquier cine sino en un Imax, dado que Chris Nolan filmó seis secuencias de acción con las cámaras enormes de ese formato. En los cines convencionales, el impacto de esas escenas se verá recortado.) Otras que alquilo en DVD. Otras que termino viendo en TV, cuando las pasan al tiempo y no tengo nada más excitante a mano.
Y otras, por supuesto, que no veré nunca aunque me paguen. Las comedias de Will Ferrell, por ejemplo. (Con la excepción de Stranger Than Fiction.) Y cualquier cosa en la que aparezca Nicolas Cage...
[Publicado el 10/7/2008 a las 10:07]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
05/9/2008 17:20
Marcelo , porque no estas en...
Publicado por: Lilith
05/9/2008 15:33
Uy, Marcelo, tanto por leer, tan...
Publicado por: Mayte
05/9/2008 14:14
Publicado por: Alex Martín Alvarez
04/9/2008 17:32
Publicado por: richard
04/9/2008 04:31
Publicado por: Eduardo Varas
04/9/2008 00:10
Publicado por: Mayte
03/9/2008 22:03
Publicado por: CONNYE ANDREA VEGAS VERA
03/9/2008 22:01
Publicado por: victoria perez ceon
03/9/2008 03:08
Publicado por: anabell escudero
02/9/2008 23:33
Publicado por: Xtian
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