El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 7 de septiembre de 2008
Hace unos cuantos años, cuando todavía trabajaba en un diario argentino, Charly García protagonizó uno de sus múltiples escándalos -creo, ahora que escarbo, que se trató de la vez que alguien lo internó en una clínica- y yo me sentí obligado a escribir una columna sobre el tema. Por suerte la olvidé por completo; ojalá desapareciese de todos los archivos. Imagino que le reclamé que siguiese a la altura del mejor momento de su vida (el mejor momento para mí, cuanto menos, en tanto fan de su música), y que viviese su condición de artista no sólo como un don, sino como una responsabilidad. (Mi, mi, yo, yo: todo lo que me importaba, presumo, era que García produjese más canciones como las que marcaron mi vida entre los años 70 y 90.) Recuerdo, eso sí, que Fito Páez se enojó conmigo.
Creo que hasta se tomó el trabajo de llamarme por teléfono. Debo haber pensado que Fito le tenía tanto cariño que se sentía en la necesidad de perdonarle todo cuanto hiciese. En cambio yo era un periodista, y por mi voz hablaban todos. El rol de fiscal me sentaba naturalmente.
Ayer vi en un noticiero unas imágenes que me partieron el alma. Ya me había enterado de que Charly había protagonizado un nuevo escándalo en Mendoza, producido destrozos en un hotel y terminado internado, primero en un hospital y luego en una clínica psiquiátrica. La noticia me había entristecido, como me ocurre cada vez que Charly aparece en las noticias por estas razones; a esta altura de mi vida creo haber comprendido lo que Fito quiso explicarme entonces, y sé que no tengo nada que perdonarle a Charly -es su vida, y tiene derecho a hacer con ella lo que quiere, o bien (como nos ocurre a todos) lo que puede-, en todo caso lo que sí tengo es mucho, muchísimo que agradecerle. Pero lo que vi me estremeció hasta los huesos. Alguien -vaya a saber Dios quién; en cualquier caso, que ese mismo Dios se apiade de su alma- se tomó el trabajo de filmar, supongo que con un teléfono móvil, la escena en que varios paramédicos reducían a García en aquel hotel de Mendoza. Era evidente que ya lo habían sedado, que lo habían puesto boca abajo y atado la mano derecha a su espalda. El audio es deficiente, pero bastaba para que uno oyese lo imprescindible. Primero el tono de la voz de García: lastimero -vaya a saber cuántas cosas le habían inyectado ya-, sonaba como suenan los corderos cuando se los desangra sobre una jofaina -boca abajo, también. Lo segundo inteligible eran algunas de sus palabras, repitiendo lo mismo en todas las variantes posibles: hijo de puta, hijos de puta. Incluso en el peor de sus momentos, García se las arregló para anticiparse en el tiempo y proferir el único calificativo que cabe a aquellos que perpetrarían lo que estaba por venir.
¿Existe alguna justificación válida para difundir esas imágenes en un medio de comunicación público? Y por favor, no se les ocurra decirme que eso es periodismo, o mentar el sagrado derecho del Soberano a la información. A esa altura de la soirée ya sabíamos todo lo que era necesario saber sobre el asunto: que Charly había sufrido uno de sus episodios, que estaba internado y que su estado de salud era estable. Full stop. Más allá de estos datos, nadie que no fuese pariente o amigo íntimo tenía derecho a saber otra cosa. Ni siquiera los fans. ¿Toleraría cualquiera de ustedes que alguien mostrase por TV imágenes del momento de mayor indefensión en sus vidas? ¿Creen, en todo caso, que el hecho de no ser famosos los protegería en caso de que su Vía Crucis personal se convirtiese en noticia?
Esas imágenes constituyen el momento más bajo, más degradante del periodismo televisivo que he visto en mucho pero mucho tiempo -y eso que viene protagonizando uno de sus peores momentos, hecho evidente durante el lockout de empresarios agropecuarios. ¿Debo pensar que es casualidad que esas imágenes hayan tenido tanto despliegue, justo cuando la Presidenta dejó a los Cuatro Jinetes del Campo sin discurso y había que llenar pantalla con algo que ya no fuesen las rutas?
No hay derecho a usar a ningún artista como commodity, por popular que sea; y ni siquiera en el caso que el presunto artista o celebridad esté más que dispuesto a ser utilizado. En el caso particular de García -gracias, Fito-, se trata de un artista que iluminó las vidas de millones de argentinos, convirtiéndolas en algo mejor de lo que tenían derecho a ser por sus propios medios. Lo mínimo que se merece es respeto. La exhibición de esas imágenes fue degradante para él, y nos llenó de vergüenza a todos los que no podíamos creer lo que estábamos viendo. Yo lo considero el hermano mayor que nunca tuve. Y a los hermanos, aun en el caso de que sean pródigos o infames, no se los expone ni difama en público: se los abraza, se los preserva, especialmente cuando están caidos.
Ojalá que no sea una cortina de humo lo que se dice por ahí, y que deroguen de una maldita vez esta ley de medios de la dictadura que todavía padecemos.
[Publicado el 11/6/2008 a las 13:30]
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Pushing Daisies.
Una de las consecuencias de la huelga de guionistas en los Estados Unidos fue el acortamiento de la primera temporada de Pushing Daisies. Lo que debió haber sido una sucesión de 22 capítulos quedó en apenas nueve, el último de los cuales se vio en América Latina la semana pasada. Es decir que la temporada inicial no fue tan suculenta como las pasteles que hornea Ned (Lee Pace), el protagonista, pero de todos modos constituyó una tarteleta deliciosa -que por cierto, nos dejó pidiendo más al mejor estilo Oliver Twist.
La serie Pushing Daisies es una creación del guionista y ahora también productor Bryan Fuller. En los Estados Unidos, los guionistas de TV que trabajan con cierta regularidad pueden presentar sus propias ideas a las cadenas, y si además de talento tienen suerte es posible que obtengan la aprobación y el presupuesto para producir sus propias series. Fuller ya había tenido reconocimiento crítico, aunque no popular, con Wonderfalls. Ahora, con Pushing Daisies, está probando lo mejor de ambos mundos.
Imagínense a un guionista de la TV hispanoamericana -gente sufrida, si la hay-, proponiendo a un ejecutivo local la historia de Pushing Daisies: ‘Es la historia de este muchacho, Ned, que siendo niño descubre que tiene el poder de devolver la vida a los muertos con sólo tocarlos. Ahora bien, con el poder vienen dos complicaciones. La primera es la siguiente: si Ned vuelve a tocar a alguna de las personas que acaba de revivir, la mata para siempre -ya no puede resucitarla. Y segunda: si no vuelve a tocar, esto es a matar, a quien acaba de resucitar antes de que transcurra un minuto de su ‘nueva' vida, alguien -una tercera persona, esto es un inocente- morirá como fulminado por un rayo. Esta situación pone en marcha la historia, dado que Ned mata de este modo involuntario al padre de su mejor amiga, ‘Chuck' Charles (Anna Friel), cosa que por supuesto no le confiesa. Años más tarde, siendo Chuck víctima de un crimen, Ned decide resucitarla y afrontar los costos. El problema que deriva de esta decisión es el siguiente: Ned no puede volver a tocar a Chuck, porque si lo hiciese volvería a matarla. Y para dos enamorados, no tocarse jamás se parece mucho a una complicación'.
Lo dicho: no me imagino a Canal 13 produciendo semejante serie. Lo más complicado que se les ocurre aquí es la historia del romance entre el portero de un edificio y la encargada de otro...
Pushing Daisies es una maravilla. Ubicada en un mundo fantástico a mitad de camino entre Amelie y Tim Burton, con un humor negro inevitable (Ned ayuda a su socio Emerson Cod a resolver crímenes, mediante el simple expediente de resucitar víctimas durante menos de un minuto y preguntarles quién las mató) y unos diálogos a ritmo de ametralladora que hacen que uno extrañe menos a Gilmore Girls, la serie de Fuller es en esencia una historia de amor, la más imposible de todas (¡ah, lo que daría uno para que Ned y Chuck pudiesen besarse!) y quizás por eso la más tierna. A fin de cuentas, ningún amor es más entrañable y más cierto que aquel que persevera aun cuando no pueda disfrutar nunca de sus mieles más elementales.
[Publicado el 10/6/2008 a las 10:45]
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El título parafrasea una directiva que la Iglesia difundió hace no muchos años -para ser sincero, parece que hubiese sido siglos atrás- como propia: la de la ‘opción por los pobres', esto es, lo que en aquel entonces aparecía como su decisión manifiesta de trabajar más por aquellos que menos tienen. En su columna de ayer en Página 12, Horacio Verbitsky me reveló la existencia de un periodista del que yo nunca había oído hablar -Gabriel Fernández-, director de una revista alternativa que yo desconocía -La señal medios-, citando un artículo suyo -de Fernández, quiero decir- titulado La opción por los ricos. Quiero reproducir a continuación algunos de sus pasajes, porque definen un fenómeno insoslayable del presente argentino mucho mejor de lo que yo lo hice en este blog -en textos como El hecho maldito, por ejemplo.
Dice Verbitsky que dijo Fernández: ‘Si antes una franja apreciable de la comunidad media (argentina) abandonaba su confort para cooperar con la liberación en general y con la mejoría en la vida popular en especial, ahora otro sector de ese segmento llamea y se compromete: vamos a luchar por los ricos, esa es nuestra opción. Comerciantes, profesionales y no pocos rascas han resuelto considerar indignante que multimillonarios dirigentes rurales paguen impuestos. Y aún más: evalúan disparatado que el Estado les exija blanquear parte de su producción y su personal. Y así como una generación de muchachos de las capas medias bregaron por la justicia social para todos (Fernández habla de la generación de los años 70, aclaro yo, o sea Figueras), ahora tenemos a una pequeña multitud que lucha para expandir la pobreza'.
‘Debido al exasperante poder de las compañías concentradas y a los efectos del lockout -dice Fernández, refiriéndose por supuesto al todavía vigente lockout agroganadero-, los precios aumentan. En lugar de cuestionar al Estado por no imponer su poder y controlarlos a fondo, (este segmento de gente) se solidariza con los formadores de precios y con los cortes que impiden el paso de las mercaderías... La opción por los ricos atraviesa su ser. Es un compromiso serio, coherente y de larga data, una convicción, un programa activo, una manera de acercarse a la cúspide aunque sea como masa de maniobra'.
‘Con sus vocecitas amplificadas (por los medios, aclaro yo, o sea Figueras), opacan las voces de quienes necesitamos cuestionar aspectos centrales de la política oficial con el objetivo de debatir empleo, industria, energía, recursos naturales, finanzas, impuestos e ingresos desde una perspectiva nacional y popular... Miles de argentinos han resuelto luchar por los señorones. Ya lo han hecho antes, con éxito, y han contribuido a hundir una gran nación. Tendremos que reflexionar a fondo qué haremos nosotros'.
Inteligente, este Fernández. Espero preguntarle hoy a Verbitsky dónde conseguir La señal medios, y ver si tiene versión en la red. Cualquier cosa, les aviso.
[Publicado el 09/6/2008 a las 10:45]
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Con el correr de los días, a medida que el recuerdo de la nueva película de Indiana Jones se me hacía más amargo, sentí la necesidad de correr en busca de las viejas películas. Volví a ver Raiders of the Lost Ark e Indiana Jones & the Temple of Doom -me estoy guardando Last Crusade para un momento especial- y por enésima vez, las disfruté como un chico. Durante el cumpleaños de mi amigo Nicolás Lidijover otro amigo me había dicho que, en una visión reciente, las había encontrado más pequeñas que su recuerdo. Pues bien, no es mi caso. No sólo sigo creyendo que son una maravillosa, encantadora máquina narrativa, sino que además envejecen como el buen vino: saben hoy todavía mejor que ayer.
Aproveché además para ver todos los materiales extras que ocupaban el cuarto DVD de la caja. Repasando el proceso que llevó a la creación de Indiana Jones, desde la noción general -un aventurero que protagonizase peripecias non stop al estilo de los viejos seriales- hasta los detalles (el nombre Indiana con que George Lucas homenajeó a su perro, el sombrero, el látigo, la gastada chaqueta de cuero), me puse a pensar en que, más allá de las magníficas escenas de acción, la saga de Indiana Jones funciona tan bien -funcionaba, al menos, en las primeras tres películas- porque lo que nunca deja de rendir a las mil maravillas es el personaje: un científico que juega a ser un héroe, y que trata de creérsela todo el tiempo hasta que la realidad le demuestra que es un poquito menos listo, menos valiente y menos eficiente de lo que creía. Cuanto más falible, Indiana Jones resulta más encantador. Y como la personalidad y la iconografía se complementan tan bien, no es de extrañar que el personaje se haya convertido en una marca que excede el continente de sus films.
Supongo que muchos escritores y cineastas soñarán con otras cosas, pero mi sueño más grande en tanto imaginador profesional pasa por la creación de un personaje que, al estilo de lo que lograron Lucas y Steven Spielberg, adquiera vida propia. Creo que en algún sentido es más fácil escribir un libro genial o una película inolvidable -de tantos disparos que uno tira, siempre existe la posibilidad de acertar-, que crear uno de esos personajes que caminan con verdadera vida propia, al punto de eclipsar a sus autores. Más gente sabe del Quijote que de Cervantes, de Frankenstein que de Mary Shelley, de Batman que de Bob Kane, del Corto Maltés que de Hugo Pratt. Supongo que se trata de la más grande tentación demiúrgica para un artista con vocación popular: concebir un personaje que deje de ser de uno, en la medida en que la gente lo adopte como propio.
Porque aunque el copyright pretenda otra cosa, uno siente que Indiana nos pertenece a todos.
[Publicado el 06/6/2008 a las 10:53]
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Barack Obama
Admito que seguí las internas del Partido Demócrata de los Estados Unidos con un interés que no me despiertan procesos similares en mi país. (Entre otras razones, porque prácticamente no existen: acá los candidatos se designan a dedo o simplemente se autodesignan -en el caso de Lilita Carrió, por gracia de Dios.) De todos modos mi atención no fue nunca ociosa, sino más bien consciente: como a todos nos consta, lo que ocurre en ese particular país de América del Norte ejerce una enorme influencia sobre lo ocurre en el resto del mundo, y en los últimos ocho años esa influencia ha sido tan manifiesta como nefasta. ¿Acaso es el mundo un sitio más seguro desde que George W. anunció ‘misión cumplida', después de haber arrasado Irak y con un portaaviones a modo de escenografía? Claro que no. Por el contrario, en los estertores de su presidencia el mundo es un sitio sensiblemente más peligroso e injusto de lo que ya era -y eso, señoras y señores, es mucho decir.
Mi corazón estaba desde hace ya mucho con Barack Obama. Al principio porque era el underdog, el desconocido que se enfrentaba a la tan millonaria como aceitada máquina clintoniana -que con el correr de los meses demostró ser menos una aceitada máquina electoral que una aceitada máquina destructora, tan irracional como mezquina, emperrada (¡todavía hoy!) en seguir haciendo daño todo el tiempo que pueda. Después porque me gustaba la porfía apostada a elevar un debate que tanto Hillary como el republicano McCain parecían determinados a hundir en el fango. Me encantó también la manera en que organizó su campaña y el fervor que despertó tanto en los jóvenes como en los independientes, que suelen despreciar estas contiendas y dejarlas en manos de los dinosaurios de siempre. Aplaudí su determinación de acabar con la guerra contra Irak y su coherencia en la materia -Hillary no puede decir lo mismo, habiéndola apoyado con su voto en el momento clave-, así como su negativa a escalar las amenazas contra Irán. Ayer mismo se negó a hacerlo, a pesar de hablar ante un auditorio de dirigentes judío-americanos que probablemente habrían aplaudido un pronunciamiento más duro. Pocas semanas atrás, en una ocasión similar, Hillary se animó a decir que estaba dispuesta a borrar Irán con bombas nucleares, en términos de irresponsabilidad casi futbolística.
Y a qué negarlo: el hombre sabe cómo dar un buen discurso. Preciso, inteligente, emotivo cuando hace falta. Como líder, a qué negarlo, es una verdadera inspiración. ¿Un candidato a la presidencia que no apela a los miedos, a las inseguridades y a la religión de sus compatriotas -que tan buenos resultados les dio a sus adversarios durante años, dicho sea de paso-, sino al costado más abierto, esperanzado y generoso de la gente? Qué quieren que les diga: el tipo es casi demasiado bueno para ser real. A veces me pregunto si existirá en verdad, o si será un invento hollywoodense (¿Un Kennedy negro? Awesome!) o en el peor de los casos -nos han manipulado tantas veces...- un invento de the Matrix.
Pensé que nunca iba a poder ver un candidato negro a la presidencia de los Estados Unidos. Ojalá dentro de pocos meses tenga la suerte de escribir: pensé que nunca iba a ver un presidente negro de los Estados Unidos.
Para ser verdaderamente perfecto, Obama tendría que ser mujer.
[Publicado el 05/6/2008 a las 10:15]
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Uno no se olvida fácilmente de la persona con la que vio un bombardeo.
En abril, durante mi último viaje a España, destripé un ejemplar del diario El País para conservar la contratapa. Había reconocido la foto a simple vista: se trataba de una entrevista de Juan Miguel Muñoz a Gaby Lasky, a quien yo había conocido en Jerusalén a fines del año 2000, a poco de iniciada esta segunda Intifada-de-nunca-acabar. Descubrir que Gaby estaba bien, y todavía haciendo de las suyas -cuando la conocí era una de las directoras de Peace Now, una organización pacifista de origen judío; ahora, como socia fundadora del estudio de abogados Benatan-Lasky, defiende a palestinos en tribunales israelíes- me puso muy contento. Metí la doble página del diario en mi equipaje y me la llevé conmigo a través del Atlántico, con la idea de escribir sobre Gaby algún día. Siempre hay buenas razones para escribir sobre gente que, aun en medio de una circunstancia violenta, consagra su vida a erigir fundamentos para una paz verdadera.
‘Sé que hay mucha gente que nos considera traidores', dice Muñoz que Gaby Lasky le dijo. En aquel momento del año 2000, en plena eclosión de violencia, las amenazas de muerte le llegaban a diario. A mí me dijo entonces: ‘No se puede defender lo indefendible'. La mayor parte de la gente tendería a pensar que lo verdaderamente indefendible es su posición, esto de saberse absoluta, combatida minoría en un contexto que privilegia las soluciones militares. Pero es obvio que Gaby Lasky, que aguantó los embates entonces, aguanta todavía. El reportaje de Muñoz cierra con una verdad inapelable: ‘He comprendido por mi trabajo que si hablaran todas las personas buenas que callan, se podrían cambiar muchas cosas'.
Aquella vez nos reunimos en las oficinas de Peace Now, en la Colonia Alemana de Jerusalén. Al finalizar salimos al sol y vimos pasar dos aviones israelíes de combate, rugiendo por encima de nuestras cabezas. Un par de minutos después oímos la primera bomba. Y después las otras.
Por fortuna la voz de Gaby Lasky suena todavía, para que no sean las bombas las únicas que hablen.
[Publicado el 04/6/2008 a las 11:02]
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La escafandra, la mariposa y el corazón

Qué bonita película es The Diving Bell and the Butterfly, de Julian Schnabel. Basada en el libro de memorias de Jean-Dominique Bauby, que a los 43 años sufrió un ataque cerebrovascular que le quitó a su cuerpo toda movilidad con la extraña, poética excepción de su párpado izquierdo, el film hace suyo el desafío que enfrentó Bauby: encontrar la manera de expresarse, y hasta de volar, a pesar de estar confinado en la cárcel de un organismo inerte.
Bauby era editor de la revista Elle en París. Separado de la madre de sus hijos -que son dos y no tres, como en la película-, estaba en pareja con una colega periodista cuando sufrió el ataque. Al salir de un coma de veinte días, los médicos le diagnosticaron una condición llamada síndrome locked-in, siendo locked-in el equivalente en inglés de la palabra encerrado. Así estaba Bauby en realidad: encerrado dentro de su cuerpo, puesto que podía pensar y ver y oír, pero no controlar ninguna parte de su cuerpo -salvo el dichoso párpado. Con la ayuda de terapeutas, aprendió un método que se convirtió en su único modo de expresión: estas mujeres recitaban delante suyo el alfabeto y Bauby parpadeaba cuando oía la letra que quería usar. Fue así que, en el curso de dos meses, alcanzó a ‘dictar' el texto del libro que en su idioma se llamaría La escafandra y la mariposa, aludiendo a la sensación de estar hundido en el mar y a la libertad que aun así le proporcionaban sus dos medios de escape: ‘La memoria y la imaginación'.
El film se ha tomado libertades con la historia que borran con el codo el mensaje que Schnabel pretende escribir con la mano. En la película la que cuida sistemáticamente de Bauby es su ex mujer, mientras que su novia resulta pintada como caprichosa y egoísta, negándose de hecho a visitarlo con la excusa de que no quiere ‘verlo en esa condición'. Todo indica que en verdad fue su novia, Florence, quien lo cuidó a diario. Pero fue la ex mujer quien se relacionó con el guionista Ronald Harwood y con Schnabel, logrando así, al menos en apariencia, una pequeña victoria post mórtem sobre la mujer que se quedó con el amor de Bauby. De hecho Elle no cubrió el estreno de la película, limitándose a una texto donde honraba a Bauby y a Florence como su compañera de todas las horas. Esas cosas tan tristes de la condición humana: ¿cómo se puede ser tan mezquino, en especial cuando se trata de una historia que pretende ensalzar un triunfo del espíritu?
Más allá de las zancadillas, el film es bello y transmite lo esencial de la aventura de Bauby. Encerrándose voluntariamente dentro de su mente -la mayor parte del relato está contada desde la perspectiva de ese ojo libre-, Schnabel narra en imágenes el tránsito del encierro a la trascendencia. En algún sentido la epopeya de Bauby es la misma a la que nos enfrentamos todos. Más allá de que el locked-in syndrome exagere las limitaciones de la condición humana, en esencia todos estamos encerrados dentro de nuestros cuerpos; y sufrimos y hacemos sufrir con nuestra torpeza para comunicarnos; y padecemos por culpa de nuestra impotencia para cambiar el mundo exterior con nuestros actos. Bauby tuvo que ser privado de (casi) todos sus poderes para ponerse en contacto con la parte más luminosa de su ser, y producir belleza -en este caso un libro- que seguirá transformando al mundo para bien, aun cuando él ya no esté entre nosotros. (Murió de una infección, diez días después de la edición de sus memorias.) Sumergido en lo más hondo, descubrió que su memoria y su imaginación eran todo lo que necesitaba para ser libre y vivir intensamente, incluso en el fondo de la caverna de su mente. Bauby mismo no lo dice en el film, pero de todos modos Schnabel muestra una tercera pata al triángulo de su descubrimiento: voló cuando recordaba y voló con la imaginación, pero ante todo voló porque nunca, en ningún momento, perdió el contacto con sus afectos.
[Publicado el 03/6/2008 a las 10:30]
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Soy un argentino atípico, dado que el fútbol me tiene sin cuidado. Cuando trato de racionalizar este desapego, recurro a nociones de mi infancia. Me digo que, dado que era miope y no podía jugar bien, la mía debe ser una reacción al estilo de la fábula La zorra y las uvas: desprecio lo que no puedo poseer. O bien que debe haberme quedado un rechazo instintivo, dada mi infausta suerte en dos oportunidades en las que jugaba a la pelota: cuando en Neuquén me corté el tobillo con un vidrio de Coca-Cola (hospital, varios puntos), y cuando en Córdoba -vacaciones accidentadas todas ellas- le pegué un chutazo a un panal de abejas, que salieron de inmediato en nube a vengarse (debo decir que con sumo éxito) de su agresor.
Pero cuando pienso de esa forma tiendo a olvidarme de la razón principal. Que recordé ayer domingo, leyendo el suplemento Radar del diario Página 12. Justo en esa fecha, un 1º de junio de treinta años atrás, se inició el Mundial de fútbol que la Argentina terminaría ganando, de local y de manera que nunca dejará de ser sospechosa.
Recuerdo el fervor -recuerdo ver partidos en mi casa rodeado de compañeros de la secundaria, tenía 16 y estaba terminando quinto año- y también recuerdo el festejo final en las calles. Yo salí a celebrar, como todos. Y nunca me lo voy a perdonar. No porque haya sido cómplice consciente de la dictadura: en esos tiempos yo no tenía la menor idea de nada de lo que estaba ocurriendo, no había presenciado actos de represión ni conocía a nadie que siquiera conociese a un desaparecido -o que en fin, confesase conocerlo. Lo que no me perdono es no haber sido fiel a mi intuición. Yo no sabía por qué, carecía de datos y de argumentos para justificar esta sensación, pero mi estómago -o si prefieren, mi alma- me decía que si había alguien a quien yo debía temer no era a los presuntos ‘subversivos', protagonistas de tanta propaganda oficial que los presentaba como la reencarnación del Hombre de la Bolsa, sino a los militares, policías y representantes -de uniforme o no- de cualquier otra fuerza de seguridad.
Luchaba yo en esos tiempos para no dejarme atenazar por el sentimiento que la dictadura trataba de inspirarme a toda hora: un miedo pánico, miedo de salir a la calle, miedo de opinar, miedo de hacer algo por los demás -miedo de pensar. Y embarcado en mi batalla personal y por ende solitaria, no advertí que iba a caer de narices en otro sentimiento, totalmente contrario al anterior pero igualmente manipulador: el alivio. Alivio de poder gritar sin que nadie te mirase raro, alivio por poder manifestar con otros sin parecer sospechoso, alivio por poder expresarme en la calle sin que nadie me haga desaparecer. Para ponerlo en términos del Indio Solari -no el del fútbol, el cantante de Los Redonditos de Ricota-, les dejé que secuestraran mi estado de ánimo. Y desde entonces no he logrado dejar de percibir el fútbol de esa manera. Como una de las formas favoritas que tiene el poder de secuestrar el ánimo de millones de personas: para que no griten lo que tienen que gritar sino consignas huecas, para que tapen con sus gritos de fervor los gritos de aquellos que claman por sus vidas -como en aquel odioso, imperdonable Mundial 78.
[Publicado el 02/6/2008 a las 10:45]
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¿Conocen Nashville? Yo nunca había visto el clásico de Robert Altman. Pero en estos días, cuando estoy adaptando para el cine la novela Las viudas de los jueves de Claudia Piñeyro, encontré la excusa perfecta: como ambos relatos son corales, en tanto lidian con gran cantidad de personajes...
Aunque estrenada en 1975, Nashville no ha envejecido nada. Como decía, es un relato coral que transcurre durante el festival de música country llamado Grand Ole Opry, en simultáneo con la campaña política de un candidato imaginario llamado Hal Philip Walker. Los discursos de Walker, propalados por altavoces durante todo el film, proponen una mirada crítica sobre los Estados Unidos. En la entrevista que acompaña a la película, Altman dice que le encargó el diseño de la campaña de Walker al actor y guionista Thomas Hal Philips -un nombre es la deformación del otro-, con la siguiente consigna: ‘Escribí la clase de discursos que querrías oír sinceramente de boca de un político'. Pero aunque su plataforma nos resulta atractiva, cuando vemos funcionar a uno de sus principales operadores (Triplette, protagonizado por Michael Murphy), comprendemos que Walker es tan sólo un político más: igualmente corrupto y corruptor que la mayoría de sus congéneres.
El vistazo que echa a las estrellas del country también es desolador. Las hay acomodaticias a la vez que reaccionarias (Haven Hamilton), mentalmente enajenadas (Barbara Jean) y egomaníacas hasta el solipsismo (Tom Frank).
La gente que las rodea no es mucho mejor: ni el abogado de Hamilton, Delbert Reese, ni el marido y manager de Barbara Jean, ni los otros dos vértices del trío del que Tom Frank forma parte. Y ni hablar de aquellos que orbitan en torno de las estrellas, como Opal (Geraldine Chaplin), presunta periodista de la BBC en plena realización de un ‘documental', L. A. Joan (Shelley Duvall), que se olvida de su tía moribunda para corretear detrás de cada pantalón que se le cruza, o Sueleen Gay (Gwen Welles), una camarera que sueña con ser estrella aunque no puede cantar ni el arrorró y termina haciendo un strip-tease en una de las escenas más desoladoras de una película que es desoladora en términos generales.
Había escuchado muchas veces esta acusación dirigida a Altman: que filma como un misántropo, esto es sin sentir la menor compasión por sus propias criaturas. Nunca la había creido cierta, hasta que vi Nashville. No hay un solo personaje que no sea miserable, o en su defecto patético. No voy a negarle a Altman que nuestra especie deja mucho que desear, pero prefiero pensar que hasta el más desgraciado de nosotros tiene en algún momento de su vida algún momento de gracia, o un gesto de compasión hacia otro.
En fin: aunque amarga como la hiel, Nashville sigue siendo una gran película. Y el mundo, para qué negarlo, tampoco ha mejorado nada desde entonces. Alguien debería recrearla hoy, sólo que olvidándose de la música country para dedicarse a la industria del pop, bastión de los sonidos más conservadores -y de las estrellas más reaccionarias- del presente.
[Publicado el 30/5/2008 a las 10:45]
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Michelle Pfeiffer
Me gustó ver a Michelle Pfeiffer en Desde el Actor's Studio, el programa de entrevistas que conduce James Lipton y emite aquí Films & Arts. Siempre tuve debilidad por esa mujer: bella y buena actriz como pocas -una alquimia tan difícil como inestable.
Después de una temporada en la que estuvo desaparecida, Pfeiffer retornó con películas como Stardust y Hairspray, donde brilla, entre otras cosas, porque a pesar de que ha madurado no arruinó su precioso rostro con estiramientos, botox o relleno quirúrgico; de hecho, en Stardust hasta se atreve a aumentar la cuenta de sus años hasta 5000, personificando a una malvada bruja dispuesta a hacer cualquier cosa -he aquí la broma- por recuperar su juventud.
El envarado Lipton repasó su carrera deteniéndose en algunos hitos obvios: la Elvira de Scarface, la inolvidable Susie Diamond de The Fabulous Baker Boys, la Gatúbela de Batman Returns. Para mí gusto se salteó algunas películas que encuentro memorables, como Into the Night -una comedia de John Landis en la que se volvía inevitable enamorarse de ella, aun cuando amarla supusiese una invitación al peligro- y la divina Ladyhawke, donde encarnaba a la mitad de una pareja de malditos. Hechizada por un obispo celoso que ansiaba separarla de su amante, Isabeau (Pfeiffer) era un halcón durante el día, y al caer el sol recuperaba su forma humana... en el preciso instante en que su amado Etienne (Rutger Hauer) dejaba de ser hombre para convertirse en lobo hasta el nuevo sol. ¿Quién no lo arriesgaría todo como lo hace Etienne, tan sólo por una oportunidad de verla nuevamente?
Tampoco habló Lipton de La edad de la inocencia, que estrenó en Venecia hace algunos años. Yo estaba cubriendo el festival para Clarín, y apurándome para llegar a tiempo a la sala casi me la llevo por delante. No era precisamente la manera en que había fantaseado encontrármela, pero me habría proporcionado una broma a la que todavía seguiría sacándole jugo: podría haber dicho que Michelle Pfeiffer cayó a mis pies... aunque por todos los motivos equivocados.
Respondiendo a la pregunta de uno de los alumnos del Actor's Studio, Pfeiffer se refirió a una parte del proceso artístico que, al menos para mi gusto, suele ser soslayada. Se dice que uno se dedica al arte por vocación, por dinero, por ansia de fama. Sin negar nada de lo anterior, también es cierto -y muy importante- que el proceso de creación artística también nos da la posibilidad de curar ciertas heridas. ‘Puede contribuir a la sanación', dijo ella, y yo concuerdo. Esa es una de las bendiciones de nuestro trabajo: que nos otorga la posibilidad de entender lo que de otra manera no habríamos entendido, o de cicatrizar lo de que otro modo se habría infectado, mediante el proceso de prestarle el cuerpo a un Otro imaginario (como hacen lo actores) o de ponerse en espíritu en su piel -como además de los actores hacemos, o deberíamos hacer, los escritores y los directores.
Bella e inteligente, eso estaba claro. Pero además, sabia.
[Publicado el 29/5/2008 a las 11:30]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
06/9/2008 20:03
Marcelo!! espero que leas esto...
Publicado por: Guido Cuadros
06/9/2008 19:56
Carnivale me gusto bastante, vi...
Publicado por: Guido
05/9/2008 17:20
Marcelo , porque no estas en...
Publicado por: Lilith
05/9/2008 15:33
Uy, Marcelo, tanto por leer, tan...
Publicado por: Mayte
05/9/2008 14:14
Publicado por: Alex Martín Alvarez
04/9/2008 17:32
Publicado por: richard
04/9/2008 04:31
Publicado por: Eduardo Varas
04/9/2008 00:10
Publicado por: Mayte
03/9/2008 22:03
Publicado por: CONNYE ANDREA VEGAS VERA
03/9/2008 22:01
Publicado por: victoria perez ceon
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