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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

domingo, 7 de septiembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

Aquel a quien la filosofía ha abandonado

Mantenerse a la altura del espíritu, mantenerse a la altura de lo que
supone que la carne haya llegado a ser verbo, conlleva tensión en la
vigilia o en el sueño, y por ello muchos no se sienten capacitados
para ello. Si renuncian a la filosofía, se abisman en la cotidianeidad
y sus espejismos; si meramente fingen responder a ella, el sentimiento
de usurpación les corroe.

Aunque ciertamente es mayor el grado de miseria en aquel que parece
no trascender la vida de un animal dotado de un código de señales.
Pues cuando uno se encuentra atrapado en la telaraña del trabajo
esclavo, aderezado con evasiones cuya función esencial es simplemente
llenar el tiempo, a fin de que no haya un solo resquicio para la
lucidez; cuando la hipótesis de escapar a este embrutecedor ciclo,
lejos de aparecer como liberación del yugo, es amenaza de marginación
y desarraigo; cuando la creación es esencialmente cosa de otros y,
como mucho, a uno le toca el papel de consumidor de cultura (que es
realmente un consumo como otro cualquiera); cuando se busca la mano
del otro, no al afrontar con entereza el inevitable combate, sino al
esconder temerosamente la cabeza; cuando el vínculo de los cuerpos no
es fiesta sino consuelo (consuelo literalmente de los afligidos);
cuando el deseo de ser ocasión de que se recree en otros seres el
lenguaje y el espíritu, muta en ansia de que alguien, tomando el
relevo en la vida genuflexa, permita a uno abismarse en el subterráneo
de la jubilación; cuando, en suma, el orden social nos reduce a "vivir
y pensar como cerdos" (según la cruel expresión de Gilles Châtelet)...
entonces la sola evocación de la filosofía suena realmente a sarcasmo.

[Publicado el 11/6/2008 a las 11:00]

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Nostalgia de la filosofía

Hay profesores a los que toca en sus clases hablar de Einstein, Garcilaso o las características del genoma humano, con tanta conciencia respecto a la profundidad del contenido, como con el deprimente sentir de que ellos no han traspasado nunca la capa más superficial. Mas como las reglas del teatro pedagógico impiden que tal ligereza sea reconocida, el pobre hombre vive acompañado en permanencia por un sentimiento de impostura, de usurpar el papel que sólo alguien más verídico podría con legitimidad interpretar.

Tal sentimiento de no autenticidad acompaña también a científicos, artistas o filósofos. Y cabe decir que, en cierto modo, es bueno que así sea. Pues además de evitar confundirse con la miserable imagen del creador fatuo y engolado (o la no menos lastimosa del paranoico que cree haber alcanzado una cima), el hecho de sentir que no se ha medido el abismo, ni se ha confrontado el misterio, ayuda a mantener viva el ansia de efectuar tal radical paso.

Citaba en otro momento de estas reflexiones la frase de Marcel Proust relativa a la consideración del arte no sólo como la escuela de vida más austera, sino también como el "verdadero juicio final". Pues bien, cabe decir que mientras perdure este sentimiento de lo que el arte supone, la ausencia de autoestima en el artista tiene poca importancia. Y desde luego ello es aplicable a la filosofía, esa modalidad paradigmática de tomar como causa sagrada y final la vida del lenguaje, la vida de toda matriz de humana fertilidad.

Pues la disposición filosófica (en eso Hegel, tan exagerado en ocasiones, era absolutamente justo) es simplemente la modalidad suprema de exigencia que el espíritu pueda alcanzar. No se trata de un tipo de tensión que quepa situar en paralelo a la que acompaña al científico o al artista. Simplemente, lo que en estos se da abstracta o separadamente, esa doble tensión, en el filósofo se muestra indisociable. Me atrevo a decir que filósofo es, como Parménides, aquel que a la modalidad de rigor que fragua silogismos... aúna la modalidad de rigor que encadena metáforas.

Por ello es ilegítima toda sociedad que no respalde en los hombres la aspiración filosófica. Pero sobre todo (ya en el plano individual) es miserable el destino de aquel a quien la filosofía ha, simplemente, abandonado; aquel para quién la interrogación alcanza ya tan sólo una dimensión formal, y los elementos que contribuirían a una respuesta son juicios desde hace tiempo archivados y esterilizados en el registro notarial de la erudición.

[Publicado el 10/6/2008 a las 11:00]

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Odette y los cuerpos oscuros

"Bajo los árboles del boulevard, en una oscuridad misteriosa, erraban figuras apenas reconocibles. A intervalos la sombra de una mujer que se acercaba, murmurándole al oído su disposición a acompañarle, provocaba en Swann un estremecimiento. Rozaba ansiosamente estos cuerpos oscuros como si entre los fantasmas de los muertos, en el reino de sombras, se hallara buscando a Eurídice."

/upload/fotos/blogs_entradas/elamordeswann1_med.jpgCuerpos oscuros de muchachas de la calle, cuerpos no susceptibles de apagar el sentimiento de abandono y desarraigo que produce en el protagonista la primera desaparición de la mujer que, desde ese mismo día, está condenado a amar. Y sin embargo todo lector de la Recherche sabe que ese amor de Swann, la tan frívola como ferozmente calculadora Odette de Crecy, sólo por la enferma sublimación de Swann puede interpretar el rôle de Eurídice.

Cierto es que también Swann es de hecho un simulacro de Orfeo, pues su relación con la música lleva la marca estéril de la erudición y cuando realmente la música le afecta se trata de "notas falsas producidas por dedos inexpertos en un piano desafinado". Ni qué decir tiene que tales dedos son las de la propia Odette, la cual sólo se distingue de las sombras del averno como una cocotte astuta se distingue de la muchacha de la calle o del prostíbulo de carretera.

La pericia para instrumentalizar el deseo de hombres poderosos, su instinto adaptativo y su férrea voluntad posibilitan que, a una edad imposible, cuando la muchacha del prostíbulo ha pasado como mucho a funciones de gerencia, la vieja cocotte continúe alimentando los escuálidos fantasmas de un amante, o de un esposo, anciano y en busca de una reconversión "como una tierra ya estéril para la viña sirve aun para el cultivo de remolacha". Amante o esposo al que -a la vez que traiciona- acaricia, consuela y en definitiva cuida, de manera rácana, "pues es mediocre en tal papel como en todos los demás".

Mediocridad de Odette de Crecy en todos los papeles de la vida, excepto en lo referente a la capacidad de medrar, de ocupar un lugar empapado por la luz dorada, luz a la que cada cosa del alma humana (erudición, arte, modales, afectos, deseos, creencias...) es permeable.

Dinero que es mi alma, dinero que, aun sin saberlo el protagonista, guía las palabras brutales de Swann con las que muestra su complacencia por haberse librado de su amor como quien se libra de una amenaza de ruina: "Y pensar que he gastado años de mi vida, que he deseado morir, que he hecho objeto de mi mayor amor a una mujer que, en realidad, no podía gustarme, que no era de mi estilo."

[Publicado el 09/6/2008 a las 11:07]

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¿No hay en el mundo dinero...?

"Dinero que es mi alma", repetía a intervalos Agustín García, en un suspiro a la vez resignado y rabioso, en la Boule d'Or, café parisino que servía de refugio a una variopinta tribu de españoles en los años de la diáspora provocada por el franquismo, la miseria económica, o la miseria afectiva. La ocasión se presentaba efectivamente varias veces cada noche. Se trataba simplemente de que la inevitable analidad o racanería de cada uno debía necesariamente ser vencida (de manera inevitablemente dolorosa), a fin de contribuir a que tal o cual pudiera efectuar una inscripción que le permitiera hacerse los papeles, pagar el alquiler de la chambra, o simplemente pillar unas rayas.

Fue entonces cuando parte de la tribu se desplazó al monasterio de San Miquel de Cuixá en el Rosillón, organizando un seminario sobre El Dinero, al que se sumaron, desde Sevilla, Madrid o Barcelona, Perico Romero, Fernando Savater, Jacobo Cortines, Rafael Sánchez , Alberto González , Eugenio Trías...(fue allí donde Demetria, Rafael y Agustín hicieron un poema de despedida a Ferrán). Personas bien dispares... pero unidas por común exigencia de lucidez sobre (casi, casi) lo sagrado, es decir, aquello que cercenaba nuestros cuerpos como nuestras almas, aquello que confería a todo pensamiento una connotación de valor, y que bañaba todo vínculo afectivo en una atmósfera de bolsa, de mercado, en un sentido mucho más preciso del término que el evocado por las coplillas que entre vinos solíamos entonar ("cuan sano me fuera no ir al mercado, que no que viniera tan aquerenciado, que vengo cuitado, vencido de amor...).

Y en San Miquel de Cuixá pasamos una semana entera reflexionando sobre las fórmulas del interés simple y del interés compuesto, con el sentimiento diáfano de que, tan aficionados a filosofar como éramos en general, nos estábamos ocupando de la cuestión metafísica fundamental. Reflexionando, en suma, sobre la esencia del dinero y la amplitud de asuntos literalmente caros sobre los que el dinero proyecta su linterna corruptora. Asuntos entre los que el amor y la sexualidad no sólo cuentan, sino que cuentan de manera primordial, hasta el punto de que se hace en ocasiones imposible discernir si el dinero los ha corrompido, o si (en la modalidad en que se presentan, y que es quizás la única que unos y otros hemos conocido) constituyen la expresión adamantina del vínculo entre almas y cuerpos que la misma palabra dinero designa. De ahí la extrañeza que arriba manifestaba respecto a que los más incondicionales devotos del mercado, los que erigen la libertad del mismo en equivalente de sociedad libre, los que contemplan con estoico sentimiento de lo inevitable, como la vida cotidiana de los hombres (y con ellos lenguas, culturas, sociedades... ) son absorbidos por la voracidad de tal Saturno, los que, en suma, efectivamente, al oro se humillan, tengan aun corazoncito para considerar que no hay en el mundo dinero para comprar los ‘quereres' y que una mujer decente (mientras sólo vende su entera cotidianeidad, su capacidad productiva, su salud y sus exigencias innatas de vivir plenamente como un ser de razón y de palabra) se convierte en indecente cuando incorpora al mercado su capacidad de generar deseo.

[Publicado el 05/6/2008 a las 10:45]

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El trabajo dignifica

La tesis implícita del bien pensante articulista del que me ocupaba ayer es que el trabajo intrínsicamente dignifica y así que la prostitución sólo podría ser legalizada si tuviera carácter laboral, cosa que el autor niega. Señalaré de pasada que no todo el mundo está de acuerdo. Precisamente la condición de trabajadoras de las prostitutas es puesta de relieve por personas caracterizadas por una eficaz y efectiva denuncia de los abusos de los que son víctimas estas mujeres, abusos que no personifican sólo los clientes ni los alcahuetes, sino en ocasiones la misma administración. Pero hoy no me interesa tanto la cuestión particular de la prostitución como la general del trabajo:

El cliente del prostíbulo sería culpable de homologar la capacidad de la mujer de excitar su libido y entonces adquirir lo que se ofrece, mientras que el (o la) cliente de la sección de perfumería de un gran almacén no tendría responsabilidad moral alguna por su contribución a que una muchacha de 20 años consuma literalmente su juventud (y cubra sus piernas de varices) en diez horas cotidianas de obligada compostura, con prohibición de tomar asiento en un frustro taburete en razón de la mala imagen que ello produciría.

Hay algo más que farisaica moralina en todo esto. Hay una tentativa de obviar que ciertas modalidades de trabajo, por desgracia perfectamente convencionales, embrutecen a la persona que lo ejerce y envilecen al que meramente no lo combate, a fortiori al que lo facilita y obviamente al que se beneficia del mismo. Que en un mundo donde sólo el mercado es sagrado, se considere que el mercado del sexo envilece no deja de tener guasa.

[Publicado el 04/6/2008 a las 11:15]

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La culpa es del cliente

imagen descriptiva

Hace ya unos años un importantísimo periódico, daba el título que precede a un reportaje que (azares de la composición periodística) se incrustaba en un suplemento semanal titulado Dinero. Paso sobre el hecho trivial de que tal rotativo dedica cotidianamente dos o tres páginas  a anuncios de prostitución  y voy al meollo de lo que planteaba el reportaje, perfectamente representativo de la opinión entonces aun no predominante, pero que hoy ha ganado terreno, con aureola de ser moralmente indiscutible.

En un recuadro, el artículo destacaba el perfil del contratante: entre 25 y 30 años, con trabajo y relación sentimental estable y vehículo de tipo medio. Las razones del anatema moral  se incrementarían pues por el hecho de que el cliente no respondería a una carencia debida a la marginación social, a la edad  o la ausencia de lazos familiares.

El autor del reportaje nos presenta las  motivaciones  que según  los propios clientes les conducen al prostíbulo, y que van desde  una  supuesta pulsión irrefrenable, hasta la camaradería varonil en farras del tipo despedida de soltero. Tras ello el reportero se da la palabra a sí mismo, descargando su indignación en el siguiente párrafo: "pero lo cierto es que en el intercambio el ser cliente es siempre claramente una opción, mientras que el actuar como mujer que se prostituye es en la mayoría de los casos una necesidad y, con frecuencia una obligación ineludible".

El autor alude al hecho indiscutible de que muchas de las mujeres que se prostituyen son víctimas de situaciones sociales profundamente injustas: inmigrantes a las que se niegan los papeles, presas de organizaciones mafiosas, carentes de una formación profesional, o todo ello a la vez. Y sin embargo la asimétrica presentación no es del todo correcta y parece esconder algún tipo de intencionalidad.

Se habla tan sólo de clientes socialmente integrados, cuando es evidente que el recurso a los servicios de prostitutas se da también entre sectores marginales de la población masculina. Complementariamente se obvia toda referencia a casos no menos evidentes en los que la prostituta complementa mediante su práctica una vida sin mayores carencias materiales ni marginación en razón de origen o cultura. El autor del artículo intentaba así que el lector comulgue (¡a precio nulo! como ocurre siempre en casos de moralina que no ponen en entredicho el substrato económico social de lo que se anatematiza) con la tesis de que "la prostitución no es una actividad laboral más, sino algo que mina la imagen de la mujer y sus derechos".

Lo problemático de la tesis reside meramente en que el autor parece dar por supuesto que si la prostitución pudiera ser considerada una actividad laboral como otras entonces ya no habría razón de culpabilidad moral en recurrir a una profesional. En suma: resulta una vez más que el trabajo dignifica  y como no estamos dispuestos a dignificar la prostitución... ¡pues no estamos dispuestos a considerarla un trabajo! Me ocupare mañana de este asunto.

[Publicado el 03/6/2008 a las 11:00]

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El cazador de avispas

En el seno de los estados modernos persisten comunidades reacias a que sus hijos sean inscritos en los registros, civiles o eclesiásticos, que cifran la edad escolar, la responsabilidad penal, la incorporación a filas, la fecha de jubilación y finalmente, como corolario de todo ello, el intervalo estadísticamente acotado en el que, para cada uno de los así consignados, se reduce el intervalo de incertidumbre sobre la hora administrativa de la muerte.

Así todos los esfuerzos de la administración franquista para tener archivada -y por ende controlada- a la entera población toparon con la resistencia tozuda de la comunidad gitana, parte de la cual era  poco propensa a  plegar el ritmo de sus vidas a los tiempos administrativos de la escolaridad y menos aun de la entonces obligatoria mili. Imagen retrospectiva de muchos de los sin papeles que hoy colorean con nuevos acentos las lenguas peninsulares, intentando conciliar el temor a ser repudiados con el imperativo de no ser meramente absorbidos.

Hace dos meses, amigos de diferentes lugares nos reunimos en San Sebastián para comer y beber evocando a Ferrán, quien había plantado cara a los mandamientos del cambio corruptor (expresión aristotélica para designar al Tiempo) encontrando en el mar, en Kant, en las mujeres, y en los misterios de la biología (disciplina a la que se había dedicado en los llamados años mozos) mayor aliciente a los sesenta años que a los veinte. De tal manera Ferrán pareció en ocasiones ser cada vez menos asentado y maduro, lo que le convertía en impagable compañero de conversas filosóficas, conciliábulos de resistencia a la genuflexión (que se nos predicaba como inevitable) y algunas juergas. Pues bien: en esa reunión de San Sebastián, Agustín García nos recordaba que, de resignarnos a que Ferrán hubiera un día nacido administrativamente... nos haríamos también notarios de su oficial muerte.

Mas la inscripción civil o eclesiástica cristaliza en un hecho esencial: el nacido como potencial ser de razón y palabra, el nacido como potencial "medida de todas las cosas", queda archivado como un nombre, un nombre que aspira a ser unívoco, un nombre propio. Es el portador de tal nombre (cuyo peso inútilmente intentan paliar los motes o nombres cariñosos surgidos en el entorno) el que queda adscrito a etapas fijadas, tanto respecto al enfoque de su vida como al enfoque de su muerte. Es para el portador del nombre propio que la madurez tiene su hora, que la jubilación llega y que se ciñe progresivamente el acotado intervalo en el que la muerte acontece.

Mas es también el portador de tal nombre quien vampiriza y convierte en patrimonio los frutos del ser de palabra, frutos ya desgraciadamente indiscernibles de tal vampirizador. Y así el decir tan modesto como lúcido de Agustín García es atribuido a otro Agustín. Agustín de nombre compuesto y capataz entre otros capataces en el ejército de las jerarquías culturales, que convierte en patrimonio la palabra que no debiera tener dueño, consiguiendo así  esterilizarla.

En la prehistoria de cada uno hay un nombre que no necesariamente se confunde con el nombre que ha marcado su historia, no necesariamente se confunde con el nombre propio. Renunciar a este último es quizás abrir la puerta a la restauración de un tiempo en el que no había Dios ni salvación... simplemente porque había plenitud de la palabra y acuidad de la percepción mediatizada por ella. Renunciar al nombre propio es quizás reencontrar un niño cazador de avispas.

Un niño que, cuando el insecto se estabilizaba en una rama, alargaba su brazo con pericia acentuada por la ausencia de toda inquietud. Ya la presa entre sus dedos, la observaba vinculando la curiosidad analítica y comparativa del clasificador al estupor elemental ante la presencia misma del ser y de las formas. Renunciar al nombre propio reabre quizás una ventana a aquel paisaje en el que no había  Dios,  pero sí duendecillos y divinidades que daban sentido a los pequeños misterios entre los que transcurría una cotidianeidad que el niño sabía ya  poblada de inevitables  vicisitudes dolorosas... que nunca eran definitivas, pues tras ellas acontecía  siempre algo portador de promesa y de fiesta. De ahí que, ante el dolor un día producido por la imprevista reacción del insecto, el niño se armara de prudencia y de juicio, sin quedar paralizado por el miedo y sin caer  así en el  resentimiento que conduce tanto  al repudio de la naturaleza como de la palabra, repudio en suma de la entera y quebrada matriz de la condición humana.    

[Publicado el 02/6/2008 a las 11:00]

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Sobria escuela de vida

/upload/fotos/blogs_entradas/enbuscadeltiempoperdido_med.jpgDesde 1907, con 36 años de edad, y hasta prácticamente su muerte en 1922, Marcel Proust vivió recluido en un apartamento del parisino boulevard Haussmann, entregado, como es bien sabido, casi en exclusiva a la redacción de A la Récherche du Temps Perdu. La determinación es brutal, como lo indica el siguiente párrafo del Narrador (protagonista principal de la obra) en relación a cuál sería su actitud en el caso de que conocidos o amigos le importunaran:

"Cierto es que tenía la intención de volver a vivir en la  soledad desde el día siguiente, aunque esta vez con un fin. Ni en mi casa permitiría que fueran a verme en los momentos de trabajo, pues el deber de hacer mi obra se imponía al de ser cortés y hasta al de ser bueno. Desde luego insistirían...ahora que la labor de la jornada o de sus vidas se había agotado...Pero tendría el valor de contestar a los que vinieran a verme o me llamaran que tenía una cita urgente, capital conmigo mismo...Y sin embargo, como hay poca relación entre nuestro yo verdadero y el otro, por el homónimato y el cuerpo común en ambos, la abnegación que nos hace sacrificar los deberes más fáciles , incluso los placeres, a los demás les parece egoísmo." (Traducción de Pedro Salinas, Alianza Editorial 1998 p.350)

Las cenas mundanas a las que es invitado son denominadas por el Narrador "festín de bárbaros" en el que proliferan las más estériles "conversaciones humanitarias,  patrióticas,  humanísticas y metafísicas".

Tal radicalidad en la denuncia de los falsos deberes, tal identificación de hipocresía y ritual moral convencional, se encuentra en muchos lugares de la Recherche. Marcel Proust parece obsesionado en denunciar la falacia lo puramente aparente de aquellos que "interrumpen su trabajo a fin de recibir a un amigo que sufre, aceptar una función pública o escribir artículos propagandísticos"

Quisiera, respecto de todo esto, formular una sencilla pregunta: ¿qué procura a Marcel Proust la fuerza para entregarse con tal radicalidad a un proyecto que supone prácticamente el abandono de la vida social? La respuesta  es obvia: Marcel Proust tiene en mente un libro, un libro que ha de preparar "con continuos reagrupamientos de fuerzas, como una ofensiva, soportarlo como una fatiga, aceptarlo como una regla construirlo como una iglesia ,seguirlo como un régimen vencerlo como un obstáculo, conquistarlo como una amistad  sobrealimentarlo como a un niño, crearlo como un mundo". (ídem pp.403-404)

Marcel Proust ha de escribir un libro singular, cuya mera proyección constituye la escuela más sobria de vida y en cuyo logro o fracaso reside el criterio del juicio final:

"Un acto de creación en el que nadie puede sustituirnos, ni siquiera colaborar con nosotros por eso ¡cuántos renuncian a escribirlo¡ ¡Cuántas tareas asumen con tal de renunciar a ésa¡ Cada acontecimiento, sea el affaire Dreyfus, sea la guerra proporciona la excusa para no descifrar ese libro; quieren asegurar el triunfo del derecho, quieren rehacer la unidad moral de la nación, no tienen tiempo de pensar en la escritura. Pero no son más que excusas, excusas que en el arte no figuran, pues en el arte no cuentan las intenciones...El arte es lo más real que existe, la escuela más austera dela vida y el verdadero juicio final." (p.277)

La exaltación de Marcel Proust respecto del libro que se dispone a escribir no radica en otra cosa que en una confianza en la capacidad legitimadora y redentora de ese material último de toda construcción humana que es la palabra. Marcel Prosa busca en su apartamento del Boulevard Haussmann el reencuentro con una dimensión de nuestro ser que no se haya marcada por la finitud. Marcel Proust confía, en suma,  en que la fragilidad y la finitud del mundo no son óbice para que, a través de la  admirable potencia del lenguaje haya siempre algo nuevo a expresar. Confía asimismo en que habrá lugar para una recreación de lo ya expresado con intervención de nuevas palabras, palabras que sólo el lenguaje mismo impone y que por consiguiente convierten al escritor en un simple heraldo o mensajero.

[Publicado el 30/5/2008 a las 11:15]

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Singular relación con la enfermedad y el dolor

imagen descriptiva

El ensayista y académico de la Española Pedro Laín Entralgo, en 1992.

Pedro Laín Entralgo, médico de formación (preciso esta información por que me parece relevante a la hora de referirse a este humanista, de polémica biografía pero extremadamente lúcido a la hora de abordar interrogantes que se hallan en la intersección de la ciencia y las humanidades) evoca la tesis de los anatomopatólogos Krausse y Dobberstein según la cual los animales diferentes del hombre no padecerían espontáneamente enfermedades tan comunes en nuestra especie como el asma, la hipertensión, la bulimia o la obesidad (obviamente tampoco la anorexia; en todo caso sufrirían de disfunción orgánica como consecuencia de la desnutrición). Pero tampoco padecerían de arterioesclerosis, reumatismo (en las diferentes modalidades) o  úlcera péptica. Es importante la precisión espontáneamente, ya que sí pueden darse en ellos tales enfermedades como resultado de una intervención experimental del ser humano, o por accidente que provoque una disfunción (así la úlcera péptica podría producirse en caso de erosión de la mucosa gástrica). Cabe precisar que, experimentalmente, también se pueden producir fenómenos, en apariencia lingüísticos en los grandes simios. Estoy aludiendo a  conocidos casos (así el del irónicamente llamado Nim Chimsky) de primates que (mediante enormes cantidades de dólares y gigantescos esfuerzos por arrancar al animal a su propia naturaleza y acercarle a la nuestra) llegaban a sintetizar expresiones que un niño forja como simple expresión de que su condición natural se está actualizando, se está haciendo efectiva.

En todo caso, para explicar esta ausencia de enfermedades tan corrientes en el ser humano se puede obviamente evocar el mayor grado de complejidad de éste, pues el índice de vulnerabilidad es proporcional a la complejidad. Pero tal explicación no es suficiente. La enorme complejidad de nuestro organismo constituye tan sólo una condición necesaria. Hay algo en nosotros que parece operar como causa singularísima e irreductible, no tan sólo a la hora de explicar la percepción que el sujeto tiene de su enfermedad y el mayor o menor grado de adecuación al aspecto reactivo que la propia enfermedad supone (entendiendo por aspecto reactivo la tendencia  a recuperar el equilibrio). Esta causa singularísima se vincula a la especificidad del hombre en el seno de la animalidad. Especificidad que marca cada una de las modalidades de relacionarse con el mundo, modalidades que compartimos con los animales, pero que tienen rasgos peculiares.      

[Publicado el 29/5/2008 a las 11:45]

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Los cuerpos que busca el tiempo

/upload/fotos/blogs_entradas/las_edades_de_la_vida_med.jpgEn El Prado se encuentra la obra de Hans Baldung Grien Las edades de la vida, estremecedora alegoría del Tiempo, donde se presenta la imagen de una muchacha sobre cuya espalda una vieja posa la mano derecha, mientras la mano izquierda tira del velo, con vistas a ocultar su propia desnudez, la parte posterior que cubre a la joven desde los pechos. Traslúcido en el cuerpo de la joven, el velo se oscurece en el cuerpo de la vieja. Al brazo izquierdo de la vieja se anuda el brazo de la figura esquelética que encarna la muerte. En la mano de este mismo brazo de la muerte un reloj de arena sirve de soporte a la bola del mundo. De tal manera, lo único que parece escapar al lazo del cambio destructor es un niño que duerme en tierra delante del trío.

"El tiempo, normalmente invisible, para hacerse visible busca cuerpos y cuando los encuentra proyecta sobre ellos su linterna". Ya he dicho, respecto a esta estremecedora línea de Marcel Proust, que se trata de cuerpos rigurosamente seleccionados, es decir, exclusivamente humanos. No es en absoluto un azar que Hans Baldung Grien no introduzca en su escenario otra representación de la vida que la de seres humanos. No hay en la naturaleza que enmarca (a la cuál cabe con propiedad calificar de muerta) animal alguno. Y el árbol que se erige al fondo, más que seco parece mineralizado por el rayo. Y es que, tratándose del Tiempo, el artista necesariamente se exige a sí mismo depuración, sobriedad rayana en el ascetismo, excluye todo aquello que pudiera distraerle de lo esencial.

Y obviamente no se trata de que los animales, las plantas, y hasta los minerales, no estén afectados por la corrupción, es decir, por esa modalidad de cambio que, desde Aristóteles hasta el Segundo Principio de la Termodinámica, sirve de concepto propio al vocablo Tiempo. Lo fundamental reside en que si del ser humano se trata, el cuerpo es indisociable de lo que denominamos con los términos alma o espíritu y en última instancia indisociable del lenguaje. Mas entonces, la cifra del cambio destructor adquiere tonalidades incomparables, irreductibles a los efectos de la termodinámica en los cuerpos dotados de vida y hasta de sistema nervioso central, pero no provistos de lenguaje. Y esto que digo del Tiempo se traduce, como veremos, en la singular relación que tiene el ser humano con la enfermedad y el dolor.

[Publicado el 28/5/2008 a las 12:00]

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Biografía

Desde hace muchos años ha tenido el centro de su vida en la filosofía académica, que ha enseñado en diversas universidades europeas. Recupera ahora interrogaciones vinculadas a su infancia y proyecta colaborar con un equipo interdisciplinar que tendrá una de sus referencias en la ciudad de Vladivostok.

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