El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 29 de agosto de 2008

El Papa reprende a Ernesto Cardenal, en 1983.
Ahora dejo la palabra a Ernesto Cardenal, condenado en Nicaragua por venganza política:
Acabo de recibir una condena del Juez David Rojas por el delito de injurias hechas al ciudadano alemán Inmanuel Zerger, la cual me niego a acatar por ser notoriamente injusta e ilegal.
En primer lugar ese supuesto delito había prescrito desde hace varios años.
En segundo lugar es una sentencia política sin ninguna base jurídica, que es simplemente de una venganza de Daniel Ortega por la acogida que tuve en Paraguay durante la toma de posesión del presidente Lugo, mientras a él se le impidió llegar.
Esa sentencia es de un juez danielista, que en tiempo de la revolución fue miembro de la seguridad del estado y es el mismo que posteriormente absolvió a Bayron Jerez. Y el abogado que ha respaldado al alemán Zerger es precisamente el mismo abogado de Daniel Ortega, José Ramón Rojas Mendez.
Además yo ya había sido declarado inocente en el año 2005, en una sentencia dictada por un juez del mismo sistema danielista, porque no existía en todo el expediente ni una sola evidencia que confirmara que había cometido el delito.
Es bien conocida la persecución que desde hace varios años me ha estado haciendo el alemán Zerger y su esposa Nubia Arcia acusándome por todos los medios de todo tipo de mentiras, insultos y calumnias, en la intención de apropiarse de un hotel propiedad de la Asociación para el Desarrollo de Solentiname. Por ese motivo tuve que escribir una carta pública defendiéndome y señalando acciones ilícitas e ilegales que estas personas habían cometido.
Si me quieren echar preso -y en este sistema que hay ahora en Nicaragua todo es posible- estoy listo para ir a la cárcel.
[Publicado el 28/8/2008 a las 07:00]
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En Nicaragua no existen casos judiciales que no estén sujetos a las ordenanzas del poder matrimonial de los esposos Ortega. Cualquier clase de asunto que se ventile en los juzgados y en las cortes, puede ser usado en cualquier momento como chantaje, para dominar voluntades díscolas, para alinear a inconformes, o como acto de venganza política, sin pararse a mirar la calidad ni la fama del agredido. El sentimiento de venganza, es más fuerte que el de la cordura.
Es lo que acaba de suceder con Ernesto Cardenal, el más grande los poetas contemporáneos de Nicaragua, quien ha sido condenado en un viejo juicio por injurias, revivido para castigarle, porque en su reciente viaje a Paraguay, invitado a la toma de posesión del presidente Lugo, criticó a Ortega y a su esposa tal como el poeta suele hacerlo, sin tapujos.
Se trataba de una acusación judicial absurda contra Cardenal, llevada a los juzgados hace años por un ciudadano alemán que rentaba un hotel perteneciente a la comunidad de Solentiname, que el poeta fundó, pero en todo caso, ventilado como un asunto privado. Tan absurda vio la acusación la jueza de primera instancia, que en un raro acto de independencia la desechó, absolviendo al poeta de toda culpa.
El acusador recurrió a otro juez de categoría superior, y tres años después de hallarse archivada la causa, las órdenes llegaron prestas desde las alturas matrimoniales: procédase a revocar la absolución, y díctese la respectiva condena, orden que fue cumplida sin dilaciones.
¿Sabe el juez quién es Ernesto Cardenal? No creo que le importe. Lo único que sabe es que debe cumplir las órdenes que recibe.
[Publicado el 27/8/2008 a las 10:25]
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La máquina del tiempo de H.G. Wells no refleja sino nuestra ambición de saber como será el futuro, o la de regresar al pasado. La mueven los mismos resortes que nos llevan a desear ser invisibles, ser jóvenes para siempre, resucitar a otra vida. Comprobar como nos recordarán en el futuro, si es que nos recordarán del todo. ¿Trascenderemos, sabrán de nosotros dentro de un siglo, o seremos olvidados por completo? Preocupación sobre todo de quienes tratan de cumplir hazañas en la vida, empezando por las hazañas literarias.
Este último es el tema del extraordinario relato Enoc Soames, escrito por Max Beerbohm (1872), y que forma parte del libro Siete hombres (Alfaguara, 2007). Un poeta de ínfulas, y presencia siempre enojosa, se encuentra en un pequeño restaurante de Londres con el diablo un 3 de junio de 1897, y pacta con él que lo traslade al futuro. Quiere hacer un viaje de un siglo, y hallarse ese mismo día en la sala de lectura de la biblioteca del Museo Británico, hasta la hora misma del cierre, para revisar los ficheros y averiguar que se dice de su nombre y de su obra en libros e enciclopedias.
El favor le cuesta, por supuesto, el alma, que debe entregar a su gratificador al regreso del viaje que le permitirá satisfacer su curiosidad por el destino que el futuro depare a sus poemas. O más que su curiosidad, su ambición desgarradora de saber si la posteridad tiene algún premio para él. Lean también esta historia.
[Publicado el 26/8/2008 a las 07:00]
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Que una persona pueda volverse invisible no fue la única de las profecías de H. G. Wells, el gran novelista de ciencia ficción del siglo diecinueve. Concibió los viajes a la luna en El primer hombre en la luna, las invasiones extraterrestres en La guerra de los mundos, las manipulaciones genéticas para conseguir seres híbridos entre hombre y animales en la Isla del doctor Moreau, y los viajes a través del tiempo en La máquina del tiempo.
Toda una mina para las producciones cinematográficas, aunque algunas de esos vaticinios queden aún por cumplirse. Algunos, como el de la invasión de seres extraterrestres, lo hizo realidad Orson Welles en su legendaria emisión de radio de 1947, que aterrorizó a la gente en las calles, pues se lo creyeron de verdad, otra prueba de las consecuencias reales de la ficción.
Otros notables profetas del siglo veinte pudieron predecir los horrores de la sociedad contemporánea con asombrosa certeza, como es el caso de George Orwell, quien e su clásica novela 1984, publicada en 1949, creó el personaje del big brother, el gran hermano que todo lo sabe y todo lo vigila, guardián supremo de la sociedad dominada por el pensamiento único, donde pensar se vuelve un crimen de estado. La fecha de 1984, tan cercana cuando se escribió la novela, y sobre la que ya pasamos hace tiempo rumbo al incesante futuro, dejó sin embargo su marca indeleble en el mundo contemporáneo. Decimos el mundo orwelliano, como decimos el mundo kafkiano.
[Publicado el 25/8/2008 a las 11:04]
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Redada en el reino de la fantasía

La policía de Anaheim, cercana a los Ángeles, California, realizó una espectacular redada en la que fueron hechos prisioneros, debidamente esposados, numerosos personajes que hasta ahora nos parecían completamente inofensivos, e incapaces de cometer ninguna fechoría: entre los presos se hallan el ratón Mickey, Minnie Mouse, su vieja novia, el pato Donald, junto con Daisy, vieja novia suya también, y sus sobrinos Hugo, Paco y Luis; Goofie (a quien conocemos por su alias Tribilín), el perro Pluto, Ciro Peraloca, el inventor disparatado, y el multimillonario Rico McPato.
Pero, además, Blanca Nieves, los 7 enanos y la reina malvada, y la Bella Durmiente y el príncipe, y la Cenicienta junto a su madrastra, y la Bella y la Bestia, y Peter Pan, Campanita y el maléfico Capitán Garfio, y Aladino y el genio de la lámpara. Los coches de la policía no se daban abasto para llevarlos a todos a la comisaría del condado.
Todos son empleados del parque de diversiones Disneyland, el primero de los fundados por la cadena Disney en el mundo, y protestaban en demanda de aumentos de salario, seguro médico y otras prestaciones que los patronos les niegan. Los arrestados representaban a los 2 mil trabajadores del parque, gran parte de ellos obligados a disfrazarse de personajes de historieta para desempeñar sus labores. Hasta en el reino inocente de la fantasía, donde los elefantes son rosados, hay protestas, y represión, para que vean como anda el mundo.
Si Rico McPato, pagó la fianza a los apresados, es algo que las crónicas no cuentan, pero es algo muy dudoso, dada su proverbial tacañería.
[Publicado el 22/8/2008 a las 10:13]
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Jack Griffin es "el hombre invisible".
El personaje que aparece de noche en la fonda no es otro que Jack Griffin, el científico que ha logrado descubrir el procedimiento para lograr la invisibilidad, y lo ha aplicado a sí mismo. Ha descubierto que si el índice refractivo de una persona es reducido a la exacta proporción que tiene el del aire, y por tanto su cuerpo no absorbe ni refleja la luz, entonces esa persona se volverá invisible a los ojos de los demás.
¿Qué es lo que han logrado los científicos de la Universidad de Berkeley? Que en torno del objeto, o de la persona, no se creen ni reflexiones ni sombras, por medio de la capa de metamaterial, capaz de desviar la luz. Es decir, lo mismo que Griffin. Y no me cabe duda de que el doctor Xiang Zhang, y los miembros de su equipo científico, son devotos lectores de H.G. Wells, en el que han encontrado su fuente de inspiración imaginativa, porque la ciencia necesita de imaginación.
Lo único malo es que el pobre Griffin no goza de ninguna de las ventajas de su invento, ni puede darle uso militares, ni siquiera convertirse en voyeur para contemplar a mansalva mujeres desnudas en sus alcobas, ni para entrar en la cámara blindada de los tesoros de la reina Victoria y hacerse con todas las joyas de la corona. Le ocurre que tras experimentar con un gato, para no responder por la desaparición del animalito ante su dueña, se vuelve invisible él mismo, lo que se convierte más bien en una fuente de continuas desgracias, miseria, persecución, y desesperación, hasta la locura, porque ya no puede regresar a su estado original.
Pero sino no ha leído la novela, háganlo. Antes de que nos volvamos invisibles todos.
[Publicado el 21/8/2008 a las 07:00]
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El hombre invisible se publicó en Inglaterra en 1897, en plena época victoriana, una era que fue pródiga en inventos tecnológicos, aunque no todos prácticos.
Multitud de inventores, no digo que acuciados por los novelistas, se dedicaban a patentar toda especie de novedades, desde las aceras móviles para los peatones, a las alas individuales para que los hombres de negocios pudieran volar sobre los techos, rumbo a sus despachos, a los ramilletes de flores artificiales alimentados por ocultos surtidores de perfumes inmarcesibles.
La novela apareció por entregas en el Pearson´s Magazine, como era el caso de la gran mayoría de las obras de ficción en el siglo diecinueve, que se publicaban primero por capítulos en diarios y revistas, antes de pasar a la forma de libros, y su trama inusitada despertó ansiedad entre los lectores. No era extraño. Comienza como deben hacerlos los verdaderos libros de suspenso, con lo inusitado: Un misterioso personaje llega una noche a una fonda, en busca de albergue, oculto de la manera más extraña por sus ropajes, sombrero, abrigo, guantes, y, además, vendas en la cara, única manera de dar forma a su cuerpo. Es el hombre invisible y, por supuesto, causa miedo y asombro.
Pero quiero ir a la comparación entre los procedimientos científicos para lograr la invisibilidad, imaginados por Wells, y los imaginados en el siglo veintiuno por el doctor Xiang Zhang y su equipo.
[Publicado el 20/8/2008 a las 07:00]
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Julio Verne concibió en el lejano siglo diecinueve las exploraciones submarinas, los descensos al centro de la tierra,
los cohetes espaciales, los viajes alrededor del mundo, aunque hechos en el viejo globo ahora fuera de moda, acontecimientos que demandaban entonces una imaginación portentosa para inventarlos, pero que se harían alguna vez reales casi todos.
Su prestigio como escritor era el de un vidente, alguien que podía adelantarse al desarrollo tecnológico y hacer previsible, imaginándola, la marcha indetenible de la humanidad hacia el progreso. Un verdadero apóstol de la fe positivista, en la que las invenciones científicas eran el mejor de los instrumentos de conquista de espacios desconocidos.
Pero vuelvo a lo que iba. En su novela El hombre invisible, H.G. Wells, otro vidente decimonónico, inventó los procedimientos para ocultar de la vista la materia, algo que, como vemos, ha tardado en realizarse. Todo un siglo de espera para llegar al momento en que los científicos de la Universidad de Berkeley vienen a hacer posible lo que la invención literaria ya había concebido. Desaparecer de la vista, no a consecuencia de un acto de magia bajo la carpa de un circo ambulante, sino de la manipulación científica, alterando las leyes de la materia.
[Publicado el 19/8/2008 a las 07:00]
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La imaginación de los novelistas tiene facultades de predecir el futuro. Por lo menos podemos decir eso respecto a los novelistas del siglo diecinueve, que tenían todo el lejano futuro por delante, y la conciencia de vivir en un presente que se deslizaba lentamente hacia el pasado, sin espavientos ni premuras. Los grandes inventos eran pocos, aunque trascendentales; recordemos sino la fotografía, la máquina de vapor, el ferrocarril, el cable trasatlántico, y los primeros atisbos del cine y la aviación.
Hoy el concepto de futuro ha cambiado, e invade de manera vertiginosa el presente, que se deshace en nuestras manos. No es posible contar los inventos que transforman a diario la vida práctica porque se suceden en multitud, y sustituyen a otros recién inventados, volviéndolos obsoletos.
Todo es provisional en nuestras vidas, y por tanto, nadie puede imaginar portentos, pues serán desmentidos de inmediato, o rebasados, por los dueños de la nueva imaginación que en lugar de escribir novelas sobre artilugios e invenciones del futuro, los ponen en práctica, dejando desnuda, o al menos en harapos, a la vieja ciencia ficción.
Por eso es que escritores como Julio Verne, o H.G. Wells, podían adelantarse al futuro con alguna ventaja, porque vivían en un presente más despejado, en el que las novelas tenían aún más peso que la realidad, en ese género que entonces se llamó futurismo.
[Publicado el 18/8/2008 a las 11:08]
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Un equipo científico de la Universidad de Berkeley, encabezado por el doctor Xiang Zhang, bajo financiamiento del Ejército de Estados y la Fundación Nacional de Ciencias, ha dado con la clave para ocultar a las personas de la luz visible, y por supuesto también a los objetos.
Están pensando, por supuesto, en soldados, comandos, o batallones enteros, con sus armas, impedimentas, carros de combate y todo, pero como los inventos militares nunca tardan en pasar a los usos civiles, seguro que un amante podrá llegar pronto sin que nadie lo vea hasta el lecho de la amada, por muchas paredes y cerrojos que la resguarden, que es lo mismo que asaltar una fortaleza. El reporte dice que los científicos empezaron por lograr la invisibilidad de objetos de dos dimensiones, pero ya han pasado a los de tres.
El hallazgo que desarrollan consiste en recubrir a la persona, o al objeto, con un llamado metamaterial -mezcla de metal y placas con circuitos impresos- capaz de desviar la luz que cae sobre la materia, igual que ocurre con el agua que gira alrededor de una piedra en medio de una corriente. Así, el poder del ojo de percibir el reflejo de la luz, quedaría anulado. Volverse invisible significa que alrededor de uno no se creen ni reflexiones ni sombras, y es lo que los científicos de Berkeley están logrando.
¿Dónde había ya algo parecido, en cuanto al procedimiento científico? Por supuesto, en una novela, que son las que crean primero la realidad.
[Publicado el 14/8/2008 a las 10:05]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
28/8/2008 13:31
La verdad siempre es perseguida,...
Publicado por: lejosdelatisteza
28/8/2008 12:19
Va siendo ahora que los del...
Publicado por: estrella
28/8/2008 11:05
ESTE COMENTARIO ES PARA ELIANA...
Publicado por: argenis
27/8/2008 19:21
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Publicado por: Bayardo G
27/8/2008 03:01
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Publicado por: Efraín Cuendis-Muñoz
24/8/2008 21:31
Publicado por: isolani
23/8/2008 16:33
Publicado por: olli
22/8/2008 11:23
Publicado por: Tengo mis motivos
22/8/2008 07:36
Publicado por: Para cuando una rectificación
21/8/2008 19:13
Publicado por: lolichka
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