El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 30 de agosto de 2008
De nada le había servido a mi tatarabuelo barricarse junto con su familia dentro de la casa de altas gradas en lo hondo de la vasta finca que entraba con sus arboledas en las goteras del pueblo. La casa se fue despoblando con cada viaje de las carretas mortuorias, y le tocó a él irse en el último. Mi bisabuela María se quedó entonces sola en las estancias que con sus muebles y utensilios intactos que parecían esperar el regreso de sus habitantes, cercada primero por los lamentos que llegaban desde todos los confines del pueblo, y luego por el silencio. Se acostumbró a la soledad, y cuando la encontró mi bisabuelo Francisco diez años después, era ya una mujer muy dueña de sus actos, capaz de bastarse sola para manejar la heredad.
A mi bisabuelo Francisco la boda lo alivió de seguir caminando distancias con su recua, y lo alivió también de sus accesos de tos febril, siempre respirando aquel veneno blanco de los socavones de las caleras al cargar los zurrones. Y ya casado, se dedicaba a oficios menores, tejer el junco de los asientos, reparar algún cerco, vigilar que los insectos no invadieran las jicoteras, pastorear las vacas y ordeñarlas a veces, bajar a la laguna por agua, y aprovechar entonces para darse un baño, flotando desnudo en la superficie quieta mientras las lavanderas aporreaban, lejos, la ropa sobre las piedras.
A escoplo marcó los espaldares de las sillas del mobiliario de la casa con el nombre Francisco Silva, olvidándose así de su propio apellido y adoptando el de la esposa. Mi bisabuela María simplemente siguió al mando de todo, como desde hacía diez años, y agregó una obediencia más a su poderío, que fue la del marido forastero que se resistió siempre a ponerse zapatos.
[Publicado el 08/2/2008 a las 08:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [0 comentarios] [Enviar a un amigo]

Nicaragua 1857.
Huérfana solitaria desde los quince años, a mi bisabuela María la sedujo la estampa barbada del comerciante descalzo que de tiempo en tiempo cruzaba el pueblo en las mañanas de neblina arreando su recua. Y la vez que lo detuvo para preguntarle por el precio de un zurrón de cal, pretextando que quería enjalbegar las paredes ya sucias de años, sin que nadie se lo pidiera él mismo se quedó hasta el anochecer entregado al trabajo de encalar con primor la casa con un hisopo de escobillas arrancadas al cerco.
La peste del cólera de 1857 se había llevado a toda la familia de mi bisabuela, comenzando por los hermanos más pequeños, la misma peste que diezmó a los ejércitos centroamericanos en guerra contra los filibusteros de William Walker, y a la propia falange de los invasores. Otra peste, años después, se llevaría a mi otra bisabuela, María de Jesús Velásquez.
Eran tiempos en que los carreteros contratados por la intendencia militar iban preguntando de puerta en puerta si había cadáveres que acarrear a las fosas comunes, y hubo decenas de casas que quedaron pronto con las puertas de par en par, sin nadie adentro. Algunos salían de las zanjas comunales y regresaban en busca de sus familias, revividos por los aguaceros, y eran recibidos con espanto unas veces, como ocurre con quienes vuelven de entre los muertos, y otras con alegría porque habían resucitado.
[Publicado el 07/2/2008 a las 08:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]
Foto de familia.
El vendedor de cal descalzo y de barba encrespada, soplaba en las madrugadas la concha marina que traía en su salbeque de caminante, detrás la recua de mulas cargadas de zurrones. Caminaba leguas, sesteando en trechos del camino, desde los páramos de San Rafael del Sur, que van a dar al mar, subiendo por los contrafuertes de la sierra, hasta alcanzar la meseta y llegar al pueblo de Masatepe. Cada vez hacía lo mismo. Soplaba el caracol para dar noticia de que había llegado con la cal a aquel pueblo de grandes solares arbolados donde faltan casas por construir, y muchas mostraban la armazón desnuda de sus paredes de taquezal. Pero ahora se empeñaba con más fuerzas porque quería que una mujer oyera su aviso.
He encontrado entre papeles de familia una foto del año 1867, que amenaza con desvanecerse para siempre. Es el retrato de mi bisabuelo Francisco Gutiérrez, el vendedor de cal, y su esposa María Silva, cada vez más borroso, como si sus imágenes, que ni el scanner ha podido revivir, se empeñaran en entrar en el agua amarilla del olvido.
A él se le ve reposado y feliz, vestido de corbata con elegancia pueblerina, la barba algo revuelta, y muestra sus pies descalzos. Los grandes pies de caminante de leguas, rajados por la cal, reclaman el primer plano. Sentado a sus anchas en la butaca, mira con algo de curiosidad y fastidio a la cámara, y junto a él, en otra butaca, mi bisabuela, de trenzas y larga pollera, no esconde la satisfacción de la vida doméstica sin sobresaltos.
[Publicado el 06/2/2008 a las 08:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [0 comentarios] [Enviar a un amigo]
La receta es simple: barro del mismo que se hacen las vasijas y los ladrillos, agua, algo de mantequilla vegetal, y sal a discreción. Las piezas se moldean en forma de obleas, se ponen en sartenes, y se meten al horno hasta que se tuestan. Son las galletas de lodo, que se venden en los mercados de Haití a falta de otros alimentos, cuyos precios se han elevado por las nubes, y que consume la gente miserable hacinada en cuartuchos como los de Cité Soleil, un asentamiento de los más pobres de Puerto Príncipe, que tiene nombre de lujosa villa de vacaciones.
Me entero de las galletas de lodo en un reportaje de Jonathan Katz. Muchos las comen por desayuno, pero para otros, la dieta de lodo se extiende a los tres tiempos de comida del día. Los cambios de clima imprevistos que arruinan las cosechas -tanto sequías como inundaciones-, los precios cada vez más inalcanzables del petróleo y de los agroquímicos, el desempleo crónico, y la constante alza de los precios de los víveres, obligan a crear esta gran ilusión de un sustituto alimenticio que se puede recoger del suelo con palas, y así buscan como engañar el estómago que se reciente al punto de intensos dolores.
Pero aún las ilusiones más engañosas tienen su límite: las galletas de lodo comienzan a subir de precio, y se vuelven prohibitivas para los bolsillos escuálidos. Hasta el lodo se encarece.
[Publicado el 05/2/2008 a las 08:15]
[Enlace permanente] [Imprimir] [5 comentarios] [Enviar a un amigo]

Cocinando en el norte de Darfur- Sudan.
Los mabaans, una tribu del Sudán, tienen la menor tasa de sordera de todo el mundo, leo en la memoria de un congreso médico celebrado recientemente en Madrid. Viven en una región desolada, cercana al desierto del Sahara, que es como una cámara de vacío. No hay allí ruidos de ninguna especie, y por tanto no necesitan alzar la voz entre ellos, con lo que sus conversaciones discurren de manera plácida, en un continuo rumor.
Dichosos los mabaans que son dueños del silencio, y por tanto, del oído limpio y perfecto, sus canales acústicos lejos de toda contaminación, y que no conocerán nunca la maldición de la sordera provocada por los ruidos urbanos. El mismo informe dice que en el año 2020, un 10% de la población española padecerá de presbiacusia, que consiste en la pérdida de la audición por degeneración celular ligada a la exposición al exceso de ruido, discotecas, motores de autos y aviones, máquinas industriales, aparatos de televisión y equipos de sonido a todo volumen, además del natural proceso de envejecimiento.
El placer de conversar se frustra entre los ruidos. Si uno asiste a una fiesta y sale de ella con dolor en la garganta, por el esfuerzo de dejarse oír por encima de la música que atruena al máximo posible de los infernales decibeles de los altoparlantes, algo muere cada vez más dentro de uno, además de las células auditivas: la posibilidad de la comunicación llana y espontánea, el placer simple de la conversación.
¿Deberemos valernos pronto del lenguaje de manos de los sordomudos?
[Publicado el 04/2/2008 a las 19:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]
II. …Del cristal con que se mira

Hugo Chávez y Daniel Ortega.
En una comparecencia conjunta de los presidente Hugo Chávez de Venezuela, y Daniel Ortega de Nicaragua, realizada recientemente en Managua, uno de los temas fue el de los secuestrados por las FARC de Colombia.
El hecho de que un determinado número de personas se hallaran retenidas contra su voluntad en la selva, en condiciones de dureza extrema, muchos de estos prisioneros encadenados de los tobillos y de las muñecas, no fue el tema más importante de la plática televisada, sino su contexto político. Y en determinado momento, el presidente Ortega dijo que no se podía acusar de terroristas a los guerrilleros de las FARC. Y no usó un argumento directo. Lo que dijo fue: "terroristas son los Estados Unidos, que mantienen prisioneros en condiciones infrahumanas en Guantánamo".
Otra vez, la venda política. Si esa venda no existiera sobre los ojos de estos dos amigos, y de tantos otros, les sería fácil ver que las razones verdaderas para juzgar si un acto es o no terrorista, sea terrorismo guerrillero o terrorismo de estado, se encuentran del lado del respeto a la integridad del ser humano, cualquiera que sea su color de piel, o su color religioso, o ideológico. ¿Qué diferencia hay entre un prisionero encapuchado, liado como un paquete, y metido dentro de una jaula en Guantánamo, que la de otro en las selvas colombiana, encadenado de pies y manos, y al que no libran de sus cadenas ni para ir al retrete?
[Publicado el 01/2/2008 a las 07:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [3 comentarios] [Enviar a un amigo]

Osama Bin Laden en una imagen difundida por la cadena árabe Sahab Media.
Osama Bin Laden tiene 19 hijos, un dato que no hace parecer tan amarga su elusiva clandestinidad, pues se ve que salta de lecho en lecho para ocultarse al tiempo que se desnuda. Uno de esos hijos, de nombre Omar, le ha pedido recientemente a su padre que procure "otra manera de lograr sus objetivos", al tiempo que rehúsa aceptar que se trate de un terrorista. "No creo que sea un terrorista", dice, "la historia ha demostrado que no lo es".
El argumento que usa para negar que los actos de su padre sean los de un terrorista, es que cuando luchaba contra la ocupación rusa de Afganistán, el gobierno de Estados Unidos pensaba que era un héroe. "Antes lo llamaban guerra y ahora terrorismo", resume su argumento. Para él, lo que hace su padre es "una forma de ayudar a la gente".
Siempre que los actos de terror son juzgados desde la perspectiva política, encontrarán justificación. En esto, el hijo de Bin Laden no deja de tener razón. Depende de qué lado se esté, alguien será héroe, o será terrorista. Y depende de quién ejecute esos actos, y para quién. Menájem Begin, por ejemplo, que llegó a ser primer ministro de Israel, fue considerado un estadista; pero cuando en 1946, en su calidad de jefe de la organización clandestina Irgún, ordenó la voladura del Hotel King David de Jerusalén, donde se hallaban acuarteladas tropas del ejército británico, estuvo en la lista de los terroristas más buscados.
[Publicado el 31/1/2008 a las 07:45]
[Enlace permanente] [Imprimir] [0 comentarios] [Enviar a un amigo]
Desconcertados, algunos de los contemporáneos de Darío se asombraban de los atrevimientos que cometía, y no veían en ellos sino un afrancesamiento gratuito, el amor por la moda, el vicio mulato de la imitación, y él los provocaba, incitándolos al asombro desconfiado: no sólo de las rosas de París extraería esencias, sino de todos los jardines del mundo..., dice también en Historia de mis libros.
Eso significaba subvertir los cánones de la vieja lengua española de finales del siglo diecinueve, tan decrépita como el imperio mismo; despojarla de sus férulas ortopédicas para hacerla caminar de manera libre; untarla de pomadas y afeites franceses; allegar lo popular a la llamada poesía culta como hizo con los aires de la gaita gallega y con la seguidilla. Todo eran gusto de mulato. Pero también gusto de indios triste, y de español fantasioso.
Los mundos descubiertos e iluminados por el mulato de revueltas incandescencias que no podía dejar de ser músico, loco de armonía, el indio triste que buscaba los paraísos artificiales en el ajenjo, el español peninsular "muy siglo dieciocho y muy antiguo", que cuidaba sus manos de marqués, a la vez empecinado inventor de quimeras. Figuras cambiantes y superpuestas que giran triples frente a la linterna mágica, uno y trino.
[Publicado el 30/1/2008 a las 08:15]
[Etiquetas: Rubén Darío]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
Mulato imitador, o un indio, con sensibilidad de indio, dice Azorín de Rubén Darío. Pero quizás, quien acertó mejor desde el principio a definir esa condición creativa que toma y presta de todo para revolverlo y obtener la rara quintaesencia, deslumbramiento, colores, olores, sabores, ritmos, palabras, y que al contrario de mulatez habría que llamar mulatidad, fue don Juan Valera, cuando escribió en sus Cartas americanas el elogio de Azul, publicado en Chile en 1888:
Usted no imita a ninguno. Ni es usted romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decante, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: se ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quintaesencia...
La virtud de revolverlo todo, de vestir sus versos de manera extraña, de poner sátiros y bacantes al lado de santos ultrajados y vírgenes piadosas, de hallar gusto en los colores contrastados, el oído mágico para la música y otro no menos mágico para el ritmo, sonsacar vocablos sonoros de otras lenguas, hacer que el oropel tenga la apariencia del oro y que los decorados tengan sustancia real, la lujuria como goce y como pecado, el acaparamiento goloso de todo lo exótico, la obsesión por la forma y la búsqueda sin fin de un estilo, ese yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, ¿qué era sino la mulatez, vista desde el otro lado, el lado de la mulatidad revuelta y creadora?
[Publicado el 29/1/2008 a las 08:15]
[Etiquetas: Rubén Darío]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
Negro, mulato, indio. Todo venía a representar una condición exótica, una manera diferente, caprichosa, de ver el mundo, resultado de una naturaleza atávica. Mulato de oído sedoso, afelpado e imitativo como el de muchos negros de América, dice de Rubén Darío el poeta andaluz Salvador Rueda, aún cuando Andalucía, tierra de moros, siguiera siendo el modelo de lo exótico para los escritores franceses: toreros, gitanas, cuchilleros, contrabandistas, como en la novela Carmen de Merimée, llevada a la ópera por Bizet, y aún cuando España toda fuera considerada entonces, desde el otro lado de los Pirineos, más parte de África que de Europa.
Pero Darío, músico de nacimiento por su oído prodigioso, sedoso y afelpado, que fue capaz desde niño de entrar en todos los registros métricos y sonoros, e imitarlos y asimilarlos, hasta hallar e inventar sus propios ritmos y melodías, es un reincidente. Coincide con Rueda en atribuir a los negros el don de la imitación como uno de sus defectos, y está lejos de reconocer cualquier identidad con ellos. Dice en Los hijos de Cham:
El romanticismo lo hermoseó todo, hasta los negros. En realidad, apenas el heroísmo es el que salva al pobre hijo de Cham del ridículo que trae como fatal herencia desde el materno vientre. Necesitan para brillar el resplandor de la pólvora o la grandeza del suplicio. La humanidad no ha podido aún ver el genio negro. El talento mismo es en ellos escaso, fuera de ciertas especiales disciplinas, a las cuales se adaptan su agilidad y su don de imitación...
[Publicado el 28/1/2008 a las 08:15]
[Etiquetas: Rubén Darío]
[Enlace permanente] [Imprimir] [0 comentarios] [Enviar a un amigo]
Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
30/8/2008 00:51
Ahora Saramago clama contra...
Publicado por: armando
29/8/2008 11:42
Publicado por: chequera bolivariana
28/8/2008 13:31
La verdad siempre es perseguida,...
Publicado por: lejosdelatisteza
28/8/2008 12:19
Va siendo ahora que los del...
Publicado por: estrella
28/8/2008 11:05
ESTE COMENTARIO ES PARA ELIANA...
Publicado por: argenis
27/8/2008 19:21
Lista de Vendetas Rosado Chicha...
Publicado por: Bayardo G
27/8/2008 03:01
Compatriota, desde el exilio...
Publicado por: Efraín Cuendis-Muñoz
24/8/2008 21:31
Publicado por: isolani
23/8/2008 16:33
Publicado por: olli
22/8/2008 11:23
Publicado por: Tengo mis motivos
© 2005 La Oficina del Autor (Grupo PRISA) | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS
Página desarrollada por Tres Tristes Tigres