El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 6 de septiembre de 2008
III. La educación del príncipe
Perseguía al proyeccionista para que me permitiera estar presente a la hora temprana de devanar los rollos, porque siempre llegaban corridos de Managua, ayudaba a abrir los cajoncitos de palo donde viajaban acomodados en sus latas, y después, a la hora de la función, a instalarlos en los aparatos.
Cuando el celuloide tostado de las viejas películas se trababa entre los dientes de la polea y el cuadro se quemaba en la pantalla, calcinado desde el centro como si le hubiera caído una gota de lava, los silbidos se transforman en el corral insurreccionado en una lluvia de piedras disparadas contra la caseta. Me entrené entonces en el arte de desmontar el rollo, llevarlo a la devanadora, cortar el cuadro quemado, pegar la película con acetato, instalar de nuevo el rollo metiendo en la oscuridad la película entre los dientes de la polea, ajustar los carbones y echar a andar el motor, todo en menos de un minuto.
Tenía yo doce años cuando mi tío Ángel se presentó a la tienda que mi padre tenía en la misma casa donde vivíamos, a proponerle que me dejara asumir el puesto de proyeccionista, porque había terminado por despedir al titular por borracho empedernido. Mi tío Ángel no era inocente en las farras del proyeccionista, porque a veces se embriagaban los dos, y cantaban a medianoche tangos a capela por los altoparlantes que instalados encima de la caseta anunciaban a los cuatro vientos del pueblo las funciones.
[Publicado el 09/7/2008 a las 07:00]
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Se cerró el cine Darío y luego mi tío Angel Mercado, el hermano menor de mi madre, regresó al pueblo desde la mina la India donde trabajaba de contador, y abrió otro en una vieja casa de adobes que tenía un corral de vacas. El corredor interior de mediagua de la casa se convirtió en el palco, y el inmenso patio, donde ordeñaban las vacas, en la luneta.
La caseta de proyección era como un palomar que se alzaba sobre la techumbre de tejas de barro de la casa, y se subía hasta ella por una escalera vertical. Yo pasaba mi vida ahora dentro de la caseta, y fastidiaba a los proyeccionistas para que me regalaran cuadros sobrantes de película, hechizado por las imágenes fijas que podían verse a trasluz, y también proyectarse con una lámpara de mano y un lente de anteojos.
Empecé entonces a ver las películas desde las ventanillas de la caseta, y a fascinarme ahora con los seriales de gángsteres que nunca botaban el sombrero por muy rudas que fueran las peleas, libradas en bodegas sórdidas y estaciones abandonadas de ferrocarril. Una temprana escuela de suspense. Siempre quedaba pendiente la suerte del héroe al final de cada rollo, amarrado entre cajones de explosivos prontos a explotar, o inerme sobre los rieles mientras un tren se acercaba trepidante, escena que se repetía entera al comienzo del rollo siguiente para mostrar como se salvaba al último momento.
[Publicado el 08/7/2008 a las 07:00]
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El cine, que fulgura en mis primeros recuerdos, me hizo escritor, junto a las historietas cómicas y las radionovelas. Fueron las escuelas de imaginación de mi infancia, más que los libros de Salgari, o los de Julio Verne, confesión que hago sin rubor. La literatura, igual que Dios, escribe con líneas torcidas.
En un patio, quizás antes de los cinco años, estoy sentado en el suelo viendo una película que se proyecta en una sábana colgada entre los árboles. Es un cine ambulante. Un asesino de gabán negro y sombrero, quizás mejor un ladrón, el pañuelo cubriéndole medio rostro, se acerca entre las sombras con una lámpara sorda en la mano, para abrir una caja fuerte. O la película en que el personaje principal era una mano cortada, que andaba sola apoyándose en los dedos, y estrangulaba a sus víctimas.
Mis recuerdos van después al cine Darío, muy cerca de mi casa. Como ven, todo en Nicaragua se llama Darío: los cines, las escuelas, las calles, hasta las cantinas. La oscuridad de la sala que olía a orines, las bancas de madera como escaños de iglesia, el haz de luz inconstante que surgía de las ventanillas de la caseta de proyección, todo era parte de un reino misterioso. Y yo era un visitante devoto de aquel reino, suplicando siempre a mi padre el valor de la entrada de luneta, no pocas veces sin fortuna.
[Publicado el 07/7/2008 a las 10:36]
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Hoy, los papeles se han trocado de manera dramática en Nicaragua, y de la gesta revolucionaria, que es la que precisamente los Mejía Godoy iluminan en sus canciones, sólo quedan las bambalinas y los telones desgarrados, el escenario comido por la polilla. Los muertos que fueron a morir por aquella causa despertarían hoy asombrados de lo que es el nuevo escenario de poder, que representa todo lo contrario de lo que aquellas canciones exaltan.
Y sobre esas canciones, lo que se quiere imponer es el viejo sello ya sin tinta de lo colectivo: esperanza colectiva, creación colectiva, dolor colectivo, triunfo colectivo, toda una fantasmagoría que se agita en contorsiones patéticas, desprovistas sus figuras de sustancia, y de sentido ético. La épica de los héroes vuelta comedia de esperpentos, y que si en algún lugar permanece íntegra es en la música de Carlos y Luis Enrique.
Este concepto de que el pueblo, visto en la abstracción como una totalidad unánime se encarna en el partido total, lo dice sin ocultamientos la señora Murillo: "el canto de Carlos, a pesar de él mismo, seguirá siendo del Frente. Del Frente Sandinista que hizo la Revolución, y que desde esa lucha mítica, los inspiró y dictó. Del Frente Sandinista, que seguirá, además, revolucionando la historia".
Razones más que suficientes que se da el poder arbitrario para confiscar el patrimonio creativo de unos artistas, en nombre de un partido al que se da el papel imposible de dueño de la historia, y el más imposible aún de seguirla revolucionando.
[Publicado el 03/7/2008 a las 07:00]
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El comandante Tomás Borge se suma en sus peticiones de expropiar la obra artística de los demás, a la primera dama Rosario Murillo. Ella afirma en otro escrito que Carlos Mejía Godoy no es sino "el instrumento del ritmo divino, que llegó a su cuerpo desde un lugar sagrado y desconocido".
Y la señora no deja dudas de esa voluntad que quiere dominarlo todo, cuando dice también, al referirse a la demanda de Carlos: "En la vida hay cosas que no nos pertenecen personalmente. Que no tienen dueño. Que no son de propiedad, ni particular ni privada. Los muertos, por ejemplo. La esperanza colectiva, la creación colectiva, el dolor colectivo. Los triunfos colectivos."
El viejo peso de lo colectivo. Y en la inmovilidad histórica que el poder total demanda, todo se congela. Los muertos, por ejemplo, que de esta manera también resultan confiscados, para no hablar de la revolución misma, confiscada también desde su raíz, y privatizada a favor de una familia.
La gesta de la revolución que mi generación hizo partió de la honda convicción en unas valores éticos que representaban el desapego a los bienes materiales, la solidaridad ilimitada con los demás, y un sentimiento de compasión por los más humildes, para crear un mundo diferente, de justicia y equidad. ¿Todo eso, y la música de los hermanos Mejía Godoy, la poesía de Ernesto Cardenal, la de Gioconda Belli, pueden ser en realidad confiscadas, y privatizadas?
[Publicado el 02/7/2008 a las 07:00]
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Desde las alturas del poder, hay quienes declaran las canciones de Mejía Godoy sujetas a confiscación, como si se tratara de un hato de ganado, de un banco, o de una fábrica de productos lácteos. Y no falta en esas declaraciones la prosa de cursilería edulcorada.
En un escrito del comandante Tomás Borge, antiguo ministro del Interior, se lee: "Es mi opinión que la formalidad legal, la cual puede dar origen a una demanda respaldada por la sociedad de autores españoles, no debe obligarnos a renunciar a esa obra que, quiérase o no, pertenece a la sangre de los caídos, tan respetada por los centenares de miles de nicaragüenses integrantes del FSLN...".
Frente a este desprecio de "la formalidad legal" en nombre de la sangre de los caídos, cae abatida la propia Ley de Derecho de Autor que rige en Nicaragua, y que garantiza a los creadores la propiedad de sus obras, como la garantizan la Declaración Universal de Derechos Humanos , y la Convención de Berna de la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI).
Esta vieja concepción atrabiliaria, de que los creadores individuales no son dueños del fruto de su talento, si no que lo es el pueblo que inspiró con sus gestas al artista, (y aquí debe leerse por pueblo un partido político), parecería inofensiva hoy en día, cuando los partidos únicos, dueños del pensamiento único, han venido siendo despojados en todas partes de sus viejas majestades.
Pero ya se ve que no.
[Publicado el 01/7/2008 a las 07:00]
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Una tempestad de vituperios se ha desatado desde los medios de comunicación bajo control del gobierno de Nicaragua, en su contra de Carlos Mejía Godoy, el gran cantautor nicaragüense, por su decisión de vetar el uso de sus canciones para la propaganda oficial, en las que son usadas abundantemente porque evocan a la revolución de la que ahora sólo quedan ruinas, y que desde las alturas del poder se presenta como intacta, en un perverso juego de simulaciones.
Carlos, a quien se ha sumado su hermano Luis Enrique, cantautor también, explica su actitud: "En el contexto dramático que vive nuestro pueblo, amenazado nuevamente con otra dictadura familiar, réplica sórdida de la tiranía de los Somoza, no puedo permitir que mis canciones, inspiradas precisamente en el sacrificio e inmolación de miles de hermanos nicaragüenses, sirvan de fondo musical, para continuar -desde las tarimas enfloradas- la tragicomedia más vergonzosa de los últimos años".
No puede haber otra ofensa más graves para el matrimonio Ortega, dueño absoluto del poder, que el cantor mismo de la revolución les niegue su música, y al mismo tiempo les niegue la condición de revolucionarios que cada día proclaman en sus dilatados discursos. Y ha sido claro en decir que no quiere dinero, porque su música no está en venta para propaganda oficial. Solamente quiere que no se use.
[Publicado el 30/6/2008 a las 12:20]
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IV. La democracia sería ya una revolución

Frente a una voluntad de resistencia pacífica, no hay poder que no termine desmoronándose. Y se trata de una voluntad ética, que no hace concesiones, porque en su integridad moral se halla su valor. Y si Ortega ha cambiado su papel, de guerrillero armado a dictador, Dora María ha cambiado el suyo, de guerrillera armada a luchadora desarmada.
Y en Nicaragua, frente a un régimen totalitario que reproduce un viejo esquema de poder que el país bien conoce, el omnímodo poder personal y familiar que avasalla las instituciones, Dora María no está pidiendo otra cosa que la democracia a través de su resistencia pacifica.
Una democracia que funcione, libre de aherrojamientos y de corrupción, ya sería por sí mismo una verdadera nueva revolución, única manera con la que se podrá buscar la transformación económica y social, que en las condiciones actuales no es más que un asunto retórico. Mucho discurso a favor de los pobres, y los pobres cada vez más pobres: desde enero de este año, la canasta básica ha aumentado más de un 50% de precio, y seguirá aumentado según las previsiones, con lo que el salario de quienes lo tienen y no se hallan en el desempleo abierto, viene a ser devorado de manera voraz.
Pero ahora quiero pasar a hablarles de Carlos Mejía Godoy, otra hebra de este mismo tejido.
[Publicado el 26/6/2008 a las 07:00]
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Al pasar de los años, las formas de poder han vuelto a reproducirse en Nicaragua, basadas en las mismas ambiciones personales y en el autoritarismo sin maquillajes, con lo que ya no vale la pena establecer diferencias entre un gobierno de izquierda, y otro de derecha. ¿Qué diferencia hay entre el sistema electoral de Somoza, viciado y excluyente, y el de ahora, que actúa bajo la voluntad exclusiva de Ortega?
Pero la violencia no tiene espacio, además, porque el control autoritario de la familia Ortega no abarca ni a la Policía Nacional ni al Ejército de Nicaragua, como lo dije antes, con lo que un enfrentamiento militar contra estas instituciones no tiene ningún sentido. Por eso, la lucha con lo que Dora María ha empezado es otra, la resistencia civil, algo que también necesita de coraje, entrega y sacrificio, como lo ha demostrado su huelga de hambre, y que tiene diversas expresiones, como seguramente se verán en el futuro.
La lucha pacífica hace milagros para el cambio político y social, y ya ha quedado demostrado con creces en los ejemplos de Mahatma Gandhi, de Rosa Clark, de Martin Luther King, de Nelson Mandela, y basta una férrea voluntad, la voluntad de resistir, para doblegar a las tiranías más obcecadas. Y quien puede encabezar con éxito una resistencia semejante es aquel que predica con el ejemplo, y pone por delante su propia vida para encabezar a los demás.
[Publicado el 25/6/2008 a las 07:00]
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En el pasado, cuando una dictadura se ha entronizado en Nicaragua, como ocurrió con la familia Somoza, han pasado que la gente termina convenciéndose de que los falsos juegos electorales no llevan a ninguna parte, y sólo sirven para entronizar aún más a los que estando ya arriba, quieren quedarse para siempre en el poder, afianzar el nepotismo y la corrupción, y cerrar cada vez más los espacios de participación democrática, lo mismo que ensanchar los abismos de injusticia y miseria. Y entonces la opción de quienes no ven ya más salida ha sido la violencia, que llega a prender en la mente de la sociedad como solución desesperada, con costos elevados en vidas humanas y ruina material.
Ahora la violencia, que nunca es deseable, no es posible en Nicaragua porque la memoria que se tiene de ella es trágica y nadie quiere repetirla después de los miles de muertos que costó el derrocamiento de la familia Somoza, y de los miles más que costó la guerra de la contra. Un precio terrible pagado no sólo en vidas humanas, muertos, heridos y lisiados, y viudas y huérfanos, sino en retroceso económico, pérdida de la agricultura, destrucción de infraestructura, inflación récord. A final de los años ochenta, el productor interno bruto había descendido en Nicaragua al nivel de los años cincuenta, un salto hacia atrás de 30 años.
Además, ¿de qué sirvió?
[Publicado el 24/6/2008 a las 07:00]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
06/9/2008 04:40
aqui pueden verse respuestas a...
Publicado por: Ignacio P.
06/9/2008 04:25
Publicado por: Fernando
05/9/2008 10:14
Publicado por: estrella
05/9/2008 06:43
Publicado por: Donald Bermúdez Ramírez
05/9/2008 01:41
loable el apoyo a cardenal,...
Publicado por: RUTH MERINO CARRASCO
04/9/2008 17:35
Creo que eres uno de los peores...
Publicado por: Augusto Camey
04/9/2008 02:55
Publicado por: ExMiembro BIR 8321
03/9/2008 23:55
Me parece muy interesante pero...
Publicado por: Ari
03/9/2008 22:16
Mensaje abierto para Sr. Daniel...
Publicado por: ExMiembro BIR 8321
03/9/2008 21:54
Mensaje abierto para Sr. Daniel...
Publicado por: ExMiembro BIR 8321
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