Estos esquemas fueron derrotados por la realidad, pero no fueron derrotados en sus mentes, de allí que aquel acto trascendental de aceptación de la derrota electoral en 1990 se haya convertido luego en motivo de arrepentimiento, bajo aquella proclama inmediata de Daniel Ortega de "gobernar desde abajo". Por eso es que ahora se niega a dejar la presidencia, porque la considera como un derecho personal que antes le fue arrebatado injustamente.
Aceptar la derrota de 1990 fue clave en un país en donde las elecciones habían sido una rareza, y los fraudes y golpes de estado la regla común, y la democracia se volvió irreversible a partir de aquella noche. Otros dirán que hay democracia porque la guerra de los contra forzó al Frente Sandinista a realizar las elecciones que perdió.
[Publicado el 19/8/2009 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
Haber terminado con la obscena dictadura militar de Somoza, es el primero de los logros. Fue el Frente Sandinista el que logró movilizar al pueblo en aquella lucha, sobre todo a los jóvenes de todas las clases sociales, y a su habilidad política se debió la unidad de todas las fuerzas del país, la formación de un frente internacional de respaldo, y las exitosas negociaciones con el gobierno del presidente Carter para que Estados Unidos aceptara la salida de Somoza, lo que dio paso también, en última instancia, a la desaparición de la Guardia Nacional creada por los mismo Estados Unidos en 1927.
Y si el primer hecho trascendente de la revolución fue el fin de la dictadura, el último fue la admisión sin condiciones de la derrota electoral de 1990 la misma noche del 25 de febrero, y la entrega del poder tres meses después al nuevo gobierno electo en las urnas. Se necesitó valentía para sacar a Somoza, y también se necesitaba valentía para dejar el poder conquistado con las armas aceptando sin vacilaciones el mandato de los votos, porque el Frente Sandinista no estaba renunciando simplemente al ejercicio del gobierno, sino al ejercicio del poder revolucionario concentrado bajo su égida de partido hegemónico.
[Publicado el 14/8/2009 a las 08:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [3 comentarios] [Enviar a un amigo]
V. ¿Y la ética revolucionaria?
Y la ética revolucionaria, ¿adónde fue entonces a parar? Junto con el caos en la distribución de tierras a los beneficiarios de la reforma agraria, se dio durante el período de transición un masivo reparto de bienes del estado, que favoreció a dirigentes y partidarios del Frente Sandinista en todos los niveles, la rapiña que llegó a ser conocida como "la piñata" y que venía a contradecir los principios éticos proclamados por la revolución. En todas partes de América Latina existen los corruptos, pero sólo en Nicaragua había habido una revolución.
Y peor que esa primera piñata fue la segunda, cuando el Frente Sandinista consintió en que el gobierno de Violeta Chamorro privatizara el grueso de los bienes y empresas estatales, a cambio de un 30% de esos bienes y empresas que pasarían a mano de los trabajadores, una operación que nunca se dio. Los verdaderos beneficiarios fueron líderes sindicales corruptos, que en su mayoría vendieron luego su participación, y dirigentes del propio Frente Sandinista, ahora parte de la elite de nuevos ricos de Nicaragua.
[Publicado el 12/8/2009 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [3 comentarios] [Enviar a un amigo]
IV. Convirtiendo la oscurana en claridad
Hoy no sobrevive la alfabetización, ni el ensueño de la educación popular que llevaría a todos los estudiantes de la escuela primaria hasta el cuarto grado. Los índices de analfabetismo han retrocedido hasta niveles de ayer, y un millón de niños, la mitad de la población de edad escolar, no tienen escuelas adonde ir. En los hospitales públicos las carencias son tales que los familiares de los pacientes tienen que aportar el plasma, y hasta el hilo de sutura para las cirugías. Y de la reforma agraria, que pretendió entregar la tierra a los campesinos, sólo quedan escombros.
Al principio el gobierno sandinista pretendió organizar con la tierra reformada unidades de producción estatal, donde los campesinos serían huéspedes productores, después que durante la lucha armada se había prometido entregarla en propiedad, lo que trajo agudas inconformidades, tales que muchos se sumaron en el campo a las fuerzas de la contra.
La rectificación vino tarde, cuando la guerra había recrudecido, y vino mal, porque los títulos de propiedad no permitían ni heredar, ni vender la tierra.
[Publicado el 07/8/2009 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [9 comentarios] [Enviar a un amigo]
III. ¿Qué fue de las transformaciones revolucionarias?
Y sólo Nicaragua proclamó con terquedad en el continente su derecho de país pequeño a la independencia política, lejos de la sombra tradicional de los Estados Unidos, presente en la historia desde que William Walker, el filibustero sureño, se proclamó presidente del país a mediados del siglo XIX, un dominio que tras repetidas intervenciones militares duró hasta el fin del reinado de la familia Somoza. Esa defensa de la soberanía, parte de los ideales de rescate de la nación, llevó al extremo del enfrentamiento y la agresión durante la era Reagan.
La severa enemistad de Reagan, que puso la máquina del imperio a trabajar en contra de un pequeño país en rebeldía como si se tratara de una potencia mundial, hizo que el gobierno sandinista tuviera que concentrar todos sus esfuerzos en la guerra, y dejara en el camino sus mejores ambiciones de transformación de la sociedad.
¿Qué fue las transformaciones revolucionarias?
[Publicado el 05/8/2009 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]
II. ¿Hubo alguna vez una revolución?
¿Y los ideales? Desaparecidos bajo un alud de desesperanza, de frustraciones, de confusión ideológica, de retórica vacía, y, otra vez, de olvido. El setenta por ciento de la población actual de Nicaragua no pasa de los treinta años, con lo que la memoria que los jóvenes tienen de la revolución es precaria; tampoco se enseña mucho sobre ella en las escuelas, y los juicios de quienes la vivieron siguen polarizados como antes. Un amanecer radiante para unos, la noche oscura para otros, según la frase acuñada por el Papa Juan Pablo II en su segunda visita de 1996 a Nicaragua.
[Publicado el 31/7/2009 a las 10:15]
[Enlace permanente] [Imprimir] [4 comentarios] [Enviar a un amigo]
Una madrugada de comienzos de 1994, Manuel Salvador Monge, "El Chirizo", fue asesinado a estocadas de bayoneta durante una riña de cantina en el barrio de Monimbó, en Masaya. La víctima pasaba los cincuenta años, y a la hora de su muerte discutía con el hechor, un adolescente que ni siquiera lo conocía, acerca de quién de los dos era más hombre, dijo la crónica policial. El adolescente ignoraba que había matado a uno de los integrantes del comando que bajo la jefatura de Edén Pastora tomó por asalto el Palacio Nacional en Managua, el 22 de agosto de 1978, uno de los hechos decisivos en la caída de la dictadura dinástica de la familia Somoza. Un héroe, pobre toda su vida, y olvidado, había caído en un oscuro pleito de borrachos.
Un viajero que tras estos veinticinco años regresara a Nicaragua, o viniera por primera vez, habría de preguntarse si aquí hubo alguna vez una revolución. No hay huellas visibles, a no ser por la retórica, cada vez más confusa, del líder del Frente Sandinista, Daniel Ortega, quien igual ataca con la misma virulencia de antes al imperialismo norteamericano, y felicita cumplidamente a Fidel Castro en su cumpleaños, que propone a su antiguo adversario, el cardenal Miguel Obando y Bravo, como candidato al Premio Nóbel de la Paz, o canta junto a su esposa, con voz desafinada y como se tratara de un karaoke, en el acto conmemorativo del 30 aniversario de la revolución el pasado 19 de julio.
[Publicado el 29/7/2009 a las 10:20]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]
El cuerpo estaba de espaldas pero reconocí a Erick Ramírez, mi compañero de banca, a quien habían rapado el pelo en la ceremonia de novatos, igual que a mí. Venía del pueblo de El Viejo y tenia diecisiete años, como yo. En su espalda se abría un orificio no más grande que el ojal de una camisa, del que no manaba sangre. "No te aflijás que te vamos a llevar al hospital", le dije al oído, pero cuando lo alzamos descubrí que tenía desflorado el pecho en un gran boquete. Fueron cuatro los muertos, y más de sesenta heridos.
Lo llevamos al hospital en el taxi, y en la morgue estaban ya sobre las losas de azulejos los otros tres cadáveres. Empezaron a ser desnudados para lavarlos después con una manguera, y entonces desviscerarlos y zurcirlos porque debían viajar lejos, hacia sus pueblos natales, de donde habían llegado también de la mano de sus padres, tenderos, agricultores, empleados públicos, peritos mercantiles, abogados.
Nunca más olvidé el olor a formalina de la morgue. Ese olor me enseña siempre que en mi vida los recuerdos de la adolescencia son los mismos recuerdos de la muerte, y nunca hallo otra cosa en que poner los ojos. Pasé a verme a partir de entonces como un sobreviviente, y mis compromisos para siempre los adquirí esa tarde en que el paisaje cambió para siempre.
Aquel día de hace medio siglo es el más memorable de mi vida. Ni siquiera el día del triunfo de la revolución en otro mes de julio, veinte años después, es tan memorable como aquel. Un recuerdo persistente del olfato, un olor y un recuerdo de la muerte.
[Publicado el 27/7/2009 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [0 comentarios] [Enviar a un amigo]
Cuando descendí del autobús en la plaza de León un mediodía ardiente del mes de abril de 1959 para matricularme en la Escuela de Derecho, iba de la mano de mi padre, tendero y único de una familia de músicos que no había aprendido a tocar ningún instrumento. Toda la vida había querido que yo fuera abogado, como suele ocurrir con los hijos de tenderos que tampoco quiere ver a sus hijos convertidos en músicos, y así en pobres de solemnidad.
Era la Nicaragua de los Somoza. Yo había nacido bajo la estrella reinante del viejo Somoza, fundador de la dinastía, y cuando me tocó irme a León, era el turno de su hijo Luis Somoza Debayle. Veinte años después, cuando sobrevino la revolución, participaría en la empresa de derrocar al último de la dinastía, Anastasio Somoza Debayle.
Mi familia de músicos era fiel al partido liberal desde los tiempos de la revolución de Zelaya, y esa lealtad la heredó a la familia Somoza, que reinaba en nombre del mismo partido liberal. Pero cuando me vi sólo en León, el paisaje empezó a cambiar a una velocidad de vértigo y muy pronto estaba en las calles protestando en ruidosas manifestaciones que eran estrechamente vigiladas por pelotones de la Guardia Nacional. Y la tarde del 23 de julio, una de esas manifestaciones fue atacada a mansalva, primero con bombas lacrimógenas y luego con fuego nutrido de fusiles y ametralladoras.
Al sonar los disparos corrí en medio del tumulto, aturdido por los gases de las granadas, y entré de cabeza por la puerta de servicio de un modesto restaurante que se llamaba El Rodeo. La atmósfera en que me movía seguía siendo irreal cuando en lugar de huir por la tapia del restaurante para saltar al patio de la casa vecina, subí con pasos de sonámbulo al segundo piso, donde vivían los dueños, y en el pequeño aposento que daba a la calle encontré a dos niñas de bucles dorados que temblaban de miedo abrazadas a una empleada, las tres en una cama. Entonces, como quien se asoma a un abismo atraído por el vértigo, me asomé al balcón.
Los cuerpos estaban regados a lo largo del pavimento como muñecos con la cuerda rota mientras los soldados, impasibles, conservaban sus posiciones de tiro en tres filas, los de atrás de pie, los de en medio con una rodilla en tierra, y los de adelante tendidos en el suelo, los fusiles todavía humeantes, mientras Fernando Gordillo, uno de mis compañeros que de todos modos murió a los pocos años de miastenia gravis, avanzaba hacia ellos a pecho descubierto, envuelto en la bandera de Nicaragua que había encabezado el desfile. Lo recuerdo como si fuera más bien la escena de una película que ahora me cuesta creer.
[Publicado el 22/7/2009 a las 17:35]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
II. La revolución que no pudo ser
Luego, tras los primeros momentos de arrebato justiciero, la revolución cedió ante el peso de la ideología, y los esquemas del partido hegemónico, contrario al pluralismo político inicialmente proclamado, empezaron a imponerse, para buscar el ejemplo de las estructuras políticas y militares de la revolución cubana, y el alineamiento con el campo soviético, sobre todo cuando se declaró en el país la guerra de los contras auspiciados por la administración Reagan, lo que provocó que Nicaragua se convirtiera en campo de confrontación de la guerra fría. Y veinte mil muertos más.
La reforma agraria, la alfabetización universal, la creación de un sistema de salud justo, que fueron pilares iniciales de la transformación revolucionaria, se frustraron en el camino, y tuvieron luego efectos regresivos. El país se dividió con la guerra, atizada por la confrontación ideológica, y la guerra de los contras se convirtió en una verdadera guerra civil, destructiva y letal para miles de campesinos de uno y otro bando.
Y si algo sobrevivió, pese a todo, fue el sistema político democrático, con el derecho a elegir, que el mismo sandinismo que había triunfado con las armas, probó con su derrota en las urnas en 1990. De esta manera, la democracia, que no era prioridad de la revolución frente a las transformaciones sociales, pasó a ser su mejor divisa al imponerse las circunstancias de la guerra; pues las elecciones eran el único camino a la paz.
Hoy, el Frente Sandinista en el poder con Daniel Ortega, no hay una segunda parte de la revolución que triunfó en 1979, sino un régimen que lejos de todo idealismo, ensaya otra vez mecanismos de poder familiar a largo plazo, como en el pasado. Y el país entra de nuevo en la vieja repetición viciosa de su historia.
[Publicado el 17/7/2009 a las 11:41]
[Enlace permanente] [Imprimir] [3 comentarios] [Enviar a un amigo]
Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007) y El cielo llora por mí (2009). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
21/3/2010 18:27
Publicado por: ola
21/3/2010 06:55
Publicado por: Martin Eduardo
20/3/2010 09:54
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
18/3/2010 22:01
no nos equiviquemos la gente con...
Publicado por: Ruth Ramos Solís
18/3/2010 21:49
Publicado por: Ruth Ramos Solís
18/3/2010 21:16
Publicado por: Ruth Ramos Solís
18/3/2010 01:49
--------------------------------...
Publicado por: rfael techera
16/3/2010 06:23
Publicado por: gpe.gomez
15/3/2010 15:16
apocalipsis 13 18 la bestia y...
Publicado por: anonimo
15/3/2010 13:06
quisiera saber lo q es sonbras...
Publicado por: junior
© 2005 | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS
Página desarrollada por Tres Tristes Tigres