El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 16 de marzo de 2010

 Blog de Sergio Ramírez

III. Dictaduras clásicas

En Memorias de una dama, Santiago Roncagliolo nos cuenta la historia de una dominicana muy rica, autoexiliada en París al final de sus días. Más bien ella le cuenta su historia a un joven escritor peruano, alter ego de Santiago, al que contrata para dejar constancia de su paso por el mundo, un relato que según el propio joven escritor, es "la historia de una mujer de la aristocracia dominicana, hija de un conspirador mafioso, fascista y agente de la CIA. Una mujer que nace entre palacios y mármoles y termina destruida por su propia familia y su propio dinero. Un libro de no ficción. Realidad pura y documentada".

 Por tanto, más allá de la vida privada de la protagonista, o dentro de ella, se alzan los entretelones de la vida pública bajo las dictaduras de Trujillo en República Dominicana, y de Fulgencio Batista en Cuba. Dos dictaduras clásicas. La pugna interna de la novela se refiere precisamente a esta doble circunstancia: sin la historia pública, actos arbitrarios de poder, corrupción, espionaje, y sin la manera en que las vidas privadas de la familia de la protagonista, y la suya propia, se relacionan con los entramados de ese poder, de donde proviene su riqueza ilícita, no habría novela que valiera la pena.

Ésa es al fin y al cabo la propuesta del libro.

[Publicado el 25/5/2009 a las 10:40]

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II. La mirada de la medusa

Puedo ilustrar también lo antes dicho con numerosos ejemplos que provienen de las más recientes obras de los novelistas más jóvenes de América Latina, donde la anormalidad de la historia interviene de manera insoslayable, una constante que ha atravesado las fronteras del siglo veintiuno. Tiranías ilustradas, dictaduras cerriles, represión y corrupción. La mano del poder encarnando al destino que golpea las vidas privadas como sobre un tablero del que hace saltar las fichas y provoca muertes, prisiones, exilios, despojos. Esos temas siguen allí, tan letales como la mirada de la medusa; basta ver hacia atrás, o poner los ojos en el presente para quedar petrificados por la fascinación del horror.

Ya Abril rojo, a manera de una espléndida alegoría, ilustraba la violencia contemporánea en el Perú, el doble golpe del puño de la represión del ejército y del puño de la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso, que cayeron con ritmo implacable sobre las vidas de miles de campesinos convertidos en víctimas de aquella doble locura represiva. Es una novela sobre el poder, y sin la presencia del poder no hay novela en América Latina. Es lo mismo que ocurre con la novela de otro peruano, aún más joven, Daniel Alarcón, Radio ciudad perdida, que vuelve al tema de esa misma doble violencia, tanto oficial como insurgente, ensañada sobre aldeas enteras en el Perú.

[Publicado el 14/5/2009 a las 10:01]

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I. Los viejos y lo nuevo

En un panel del Festival Literario del Pen Club celebrado recientemente en Nueva York, escuché decir al joven novelista peruano Santiago Roncagliolo, ganador del Premio Alfaguara, que una diferencia fundamental de la nueva generación de escritores de América Latina con las muy anteriores, es el afán de apartarse de la constante de la historia pública que atrapó a los abuelos con todas sus anormalidades y desmanes.  Por el contrario, los nuevos lo que buscan es desprenderse de esa costra de la historia, y vivir una nueva clase de aventura imaginativa alejada de toda frontera; un poco no ser de ninguna parte, y por tanto, no ser de ninguna historia en particular.

Mediante este afán persistente, los viejos insistieron, y aún insisten, además, en buscar señales de identidad en la escritura; una identidad cuya pretensión mayor fue la de construir una sola novela coral, con novelistas corresponsales en distintos puntos de la geografía del continente para que contaran una gran historia total, como lo propuso alguna vez Carlos Fuentes. Todo esto habría llegado ya por fin, a su fin.

Ya no tuve tiempo de comentar con Santiago que pienso exactamente lo contrario, que el apego a la historia pública sigue vivo en los nuevos novelistas. Y lo comprobé en el viaje de regreso cuando comencé a leer su última novela Memorias de una dama, que encontré en la habitación de mi hotel con  una graciosa dedicatoria suya, estupenda novela llena de humor y tensión narrativa. No se aparta en ella de la historia pública, como tampoco en Abril rojo, que le dio el premio Alfaguara.

[Publicado el 13/5/2009 a las 09:46]

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II. El viejo miedo insaciable

Por muchas explicaciones científicas que se den acerca de los origines de un virus como el H1N1 y las maneras de evitar su propagación, siempre está de por medio la vieja mentalidad mágica que olvida la razón, y se deja ir en las aguas del miedo. En Nicaragua la jerarquía católica ha llamado a los fieles a no acudir a las iglesias, porque las concentraciones masivas son la mejor forma de contagio, pero al revés, las iglesias se llenan como nunca, igual que leemos en Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, su novela en forma de reportaje documental en la que narra los horrores de la peste que se abatió sobre Londres en 1722.

            Y en río revuelto, ganancia de matadores. Las autoridades egipcias, que por miedo, o conveniencia, quieren quedar bien con los fundamentalistas religiosos musulmanes, han ordenado el sacrificio de todos los cerdos, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud ha insistido en que nada tienen que ver los cerdos con la alerta mundial. Los cerdos son criados en Egipto por campesinos pobres coptos, una vieja rama oriental de la religión cristiana, y todo huele en esa medida a represión, intolerancia, y venganza religiosa.

            Pero tampoco olvidemos que las pestes han dado paso a grandes obras de la literatura universal, como la ya citada de Daniel Defoe, o La Peste, de Albert Camus, y por fin, ese imprescindible libro del gozo y la celebración de la vida ante la amenaza próxima de la muerte que es El Decamerón de Boccaccio, un conjunto de historias maestras nacidas en las circunstancias de la peste bubónica que cayó sobre Florencia en 1348.

[Publicado el 08/5/2009 a las 10:01]

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I. La marca de los apestados

El temor ante la expansión del virus de la gripe porcina, que las autoridades sanitarias mundiales han rebautizado bajo el complicado nombre de virus H1N1, despierta en la humanidad mecanismos recurrentes que tienen que ver con el temor ante el contagio, y por tanto, ante la muerte. La peste, con sus dedos negros pestilentes, capaz de alcanzar a cualquiera. Peste bubónica o peste negra, cólera morbus, la influenza misma que en 1918 mató a millones de personas, más que las que murieron en la Primera Guerra Mundial.
El primero de estos mecanismos de defensa es el rechazo visceral a los contagiados, o a los sospechosos de contagio, como ha ocurrido con el aislamiento sanitario de ciudadanos mexicanos en Hong Kong, repatriados luego por su gobierno, y con la suspensión de los vuelos desde algunos países hacia los aeropuertos mexicanos. Medidas administrativas de prevención, detrás de las que se esconde el miedo que una vez activado, conduce a exageraciones y desmanes.
En Acapulco, en el propio territorio mexicano, los vehículos de los turistas nacionales llegados desde el Distrito Federal, donde se han localizado los brotes originales del virus, han sido apedreados por los residentes locales, y se han repetido los casos en que los empleados de las gasolineras se niegan a llenar sus tanques. Son los apestados, los que traen la muerte consigo. Nada distinto a la edad media.

[Publicado el 07/5/2009 a las 18:11]

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II. Yo también he visto milagros

Llegamos a la plazoleta frente al teatro, allí nos despedíamos por el momento, porque a Mario se lo llevaban para que entrara por la puerta de los actores, pero antes, como veo que hay una especie de tumulto en la plazoleta y las puertas del teatro están cerradas, le digo: no han abierto todavía las puertas. Y quien se lo llevaba para hacerlo entrar por la puerta escondida, dice: qué va, si es que ya está lleno, esta gente se quedó afuera y ya no pudo entrar.
Y adentro, era cierto, la gente estaba que rugía y no cabía un alma, centenares de muchachos y muchachas sentados aún en los pasillos laterales, y luego se abrieron las cortinas y apareció Mario como un torero avergonzado porque la ovación no terminaba y aquello era un desorden, primero, que se callaran los aplausos y que se callara el gentío que se había quedado afuera y que parecía que iba a botar las puertas. Y luego ya Mario sentado por fin frente a una mesita con una pequeña lámpara verde, pero nadie quería respetar el orden del recital porque cada quien pedía un poema a gritos, no sólo dando el título, sino que el solicitante empezaba a recitarlo, todos enardecidos por las palabras como en una gran rebelión juvenil, y Mario hacía lo que podía para imponerse hasta que su propia voz los fue callando a todos y entonces una sentía la presencia del milagro y cómo la leyenda iba haciéndose carne entre nosotros en el escenario, Mario leyendo ya a la luz de su lamparita verde con voz suave y pausada sacada de las entrañas del sur desde donde venía, y allí pudo haberse quedado toda la noche y toda la vida.

[Publicado el 30/4/2009 a las 10:21]

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I. De cómo nacen las leyendas

¿Cómo es entonces que surgen las leyendas? Pues yo creo que es sencillo. Cuando nacen de verdades que pueden tocarse. Y la leyenda de Mario Benedetti ya pasa de castaño a oscuro, es decir, que se vuelve cada vez más palpable. Un poeta, se dice, pero eso no es tan sencillo, un poeta entra en la leyenda cuando se vuelve el poeta en singular, y ya se sabe que siempre será el poeta porque la gente se sabe sus versos, y uno los repite al amanecer en la mesa del bar entre los amigos, otro se los dice al oído a la novia que a su vez se los sabe también. A las pruebas me remito.

Estaba yo una vez en Alicante y Mario iba a dar un recital de sus poesías en Murcia y me fui yo a buscarlo. Caminamos desde el hotel donde se alojaba al teatro donde le tocaba el recital, y él, humilde y sencillo que siempre parece abrumado por todos los pesares del mundo, los suyos y los ajenos, iba callado, preocupado digo yo, porque otra vez iba a enfrentarse al público como si no tuviera ninguna experiencia, como si no hubiera andado de gira tantos años con Nacha Guevara, él recitaba y ella cantaba, por los teatros de América Latina. Nadie diría que fuera tan de las tablas.

Pero bueno, a lo que íbamos.

[Publicado el 29/4/2009 a las 10:35]

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El barón Samedi

imagen descriptiva

Hubo un dictador en Haití, Francoise Duvalier, mejor conocido como "Papa Doc", un médico rural que se proclamó presidente vitalicio de Haití y, que al morir heredó el trono a su hijo, un adolescente de 300 libras de peso, "Baby Doc" Duvalier. Fríos asesinos ambos que mataron a miles en nombre del sacrosanto poder mantenido gracias a su banda de sicarios, los Tonton Macutes.

Papa Doc creía, o dejaba que se creyera, que él mismo era la encarnación del loa barón Samedi, el dios de la muerte del panteón vudú, que recorre de noche de los cementerios, siempre vestido de negro riguroso y de sombrero, como el mismo Papa Doc se vestía, y quien es fama celebraba ritos nocturnos con los cadáveres de sus enemigos.

A un militar antiguo aliado suyo, alzado en rebelión, una vez capturado ordenó cortarle la cabeza, que fue transportada hasta el Palacio Nacional conservada en hielo, y la colocó sobre su escritorio para hacerle consultas de ultratumba sobre el destino de su poder. Por eso es que sus enemigos, para contrarrestar su trato con los loas, desenterraron el cadáver de su padre, y lo cubrieron de excrementos.

Al salir de Haití, donde estuve una semana preparando un reportaje para la revista dominical de El País, descubrí en la sala de espera del aeropuerto de Puerto Príncipe a este personaje, y le pedí a Javier Sancho Mas que le tomara la foto que aquí pongo. Nadie me quita de la cabeza que se trata del mismo Papa Doc Duvalier, ubicuo e inmortal como el barón Samedi, siempre vestido de negro y calzado con su eterno sombrero de fieltro.

[Publicado el 22/4/2009 a las 17:42]

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III. Incansable energía de atleta

Entre los panegíricos con que se despide a Corín Tellado leo que a lo largo de su vida escribió no menos de 5.000 novelas con brazo incansable, y que no hay otro escritor en lengua castellana más leído, salvo Cervantes. Y sospecho que cuando se dice Cervantes la referencia es nada más a El Quijote, porque ninguna de sus Novelas Ejemplares debe ser más popular que cualquiera de las de ella.

Novelas como conejos. 5.000 títulos, 400 millones de ejemplares vendidos, con lo que esta dama de las letras entra por esa angosta puerta de la gloria que se llama los Guinness Record, junto a la pizza y la paella más grandes del mundo, y los seres más altos del planeta, y los más pequeños. ¿Quién que escribe puede dejar de envidiar a esta colega que prosiguió sin desmayo con su oficio hasta el mismo día de su muerte? Tan pródiga en su producción como para que alguien pudiera imaginar que se trataba de una fábrica que vendía sus productos bajo una marca comercial registrada.

Se quejó en alguna entrevista, con amargura, que nadie creyó nunca que sus novelas tuvieran que ver con la literatura. Hija adoptiva e hija predilecta de muchos sitios, según pergaminos municipales, pero nunca hija de la literatura. Se fue creyendo, por tanto, que los reconocimientos que recibió en vida tenían que ver más con el asombro ante su incansable energía de atleta, que no doblegó la edad. Pero tuvo millones de lectores, y eso no puede dejar de ser causa de celos para quien los busca siempre por todos los caminos, tantas veces de manera fallida.

 

 

[Publicado el 20/4/2009 a las 11:23]

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II. Campeones de la abundancia

Alguna vez hojeé de adolescente en una peluquería de mi pueblo esas novelas de Corín Tellado, que venían al final de la revista Vanidades, o Romances, siempre de fecha ya vieja como son todas las revistas que uno suele encontrarse en las peluquerías y en los consultorios de los dentistas, descuadernadas de tan manoseadas. Mi recuerdo es que en la primera línea de cualquiera de esas novelas había siempre un galán de ojos verdes como el mar, apuesto, y por supuesto rico, y de noble cuna. ¿Quién se acuerda del nombre de alguna de ellas? No es necesario. Se trata de un arte efímero, una escritura que se consume a sí misma y se borra como por ensalmo una vez leída, para renacer luego como si nunca hubiera sido concebida antes, confiada en el olvido, o en esa necesidad inmarcesible de leer siempre la misma historia consoladora, y así de manera infinita.

Pero siempre se me creó entonces una confusión entre los nombres de Corín Tellado y Caridad Bravo Adams, otra campeona de la escritura de novelas a dos o tres por semana, a quien creí así mismo una marca de fábrica. Pero descubro que Caridad existió también, y es mexicana de nacimiento, lo mismo que Delia Fiallo, cubana no menos fecunda que pasó a la celebridad de las telenovelas; y aún hay otro no menos célebre, Félix B. Caignet, cubano también, autor de El derecho de nacer. Para todos ellos, seres felices por prolíficos, nunca fue un tormento enfrentarse a la página en blanco, y escribir no otra cosa que un paseo de verano por un verde prado.

[Publicado el 17/4/2009 a las 17:40]

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Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006),  El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007) y El cielo llora por mí (2009). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/

Bibliografía

El cielo llora por mí

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