III. Incansable energía de atleta
Entre los panegíricos con que se despide a Corín Tellado leo que a lo largo de su vida escribió no menos de 5.000 novelas con brazo incansable, y que no hay otro escritor en lengua castellana más leído, salvo Cervantes. Y sospecho que cuando se dice Cervantes la referencia es nada más a El Quijote, porque ninguna de sus Novelas Ejemplares debe ser más popular que cualquiera de las de ella.
Novelas como conejos. 5.000 títulos, 400 millones de ejemplares vendidos, con lo que esta dama de las letras entra por esa angosta puerta de la gloria que se llama los Guinness Record, junto a la pizza y la paella más grandes del mundo, y los seres más altos del planeta, y los más pequeños. ¿Quién que escribe puede dejar de envidiar a esta colega que prosiguió sin desmayo con su oficio hasta el mismo día de su muerte? Tan pródiga en su producción como para que alguien pudiera imaginar que se trataba de una fábrica que vendía sus productos bajo una marca comercial registrada.
Se quejó en alguna entrevista, con amargura, que nadie creyó nunca que sus novelas tuvieran que ver con la literatura. Hija adoptiva e hija predilecta de muchos sitios, según pergaminos municipales, pero nunca hija de la literatura. Se fue creyendo, por tanto, que los reconocimientos que recibió en vida tenían que ver más con el asombro ante su incansable energía de atleta, que no doblegó la edad. Pero tuvo millones de lectores, y eso no puede dejar de ser causa de celos para quien los busca siempre por todos los caminos, tantas veces de manera fallida.
[Publicado el 20/4/2009 a las 11:23]
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II. Campeones de la abundancia
Pero siempre se me creó entonces una confusión entre los nombres de Corín Tellado y Caridad Bravo Adams, otra campeona de la escritura de novelas a dos o tres por semana, a quien creí así mismo una marca de fábrica. Pero descubro que Caridad existió también, y es mexicana de nacimiento, lo mismo que Delia Fiallo, cubana no menos fecunda que pasó a la celebridad de las telenovelas; y aún hay otro no menos célebre, Félix B. Caignet, cubano también, autor de El derecho de nacer. Para todos ellos, seres felices por prolíficos, nunca fue un tormento enfrentarse a la página en blanco, y escribir no otra cosa que un paseo de verano por un verde prado.
[Publicado el 17/4/2009 a las 17:40]
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[Publicado el 15/4/2009 a las 12:38]
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Vactor pareció al principio preso de la serenidad. Pero no habían pasado tres minutos cuando empezó a revolverse inquieto en el duro asiento, y de pronto pareció sofocado por aquella inundación que le llenaba los oídos, y también las narices y la boca, en su rostro ya la angustia del que sabe que se está ahogando. Y ocurrió lo que debía ocurrir. No se dio él mismo a la fuga, acosado por las fugas, sino que volvió contrito delante de la jueza a pagar la multa completa, despreciando así la magnánima oportunidad que había recibido de compensar el daño infringido a la paz social, educando a la vez su gusto en la música.
A pesar del carácter pedagógico que su señoría, la jueza Fornof-Lippencott, del primer circuito del condado de Champaign, quiso dar a su sentencia, salta la duda acerca de si esa sentencia no era por su propia naturaleza punitiva, y sólo pretendía equilibrar las cargas, como se solía hacer en la antigüedad con la ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente: obligar al alborotador a escuchar a la fuerza lo que no le gustaba, como él había obligado a imponer a otros su propio gusto. El rap, que un día, a lo mejor, sonará impresionante y majestuoso a los oídos de otros siglos, igual que impresionantes y majestuosas, como cataratas que se despeñan de manera infinita, suenan las fugas de Bach en los armonios colosales de las catedrales.
[Publicado el 25/3/2009 a las 12:01]
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Hay que reconocer que la jueza, piadosa, no le impuso los mismos escandalosos decibeles con los que Vactor agredía a los vecinos pacíficos de Champaign, y decretó, en cambio, que le fuera administrado un volumen más suave. Siempre hay algo de piedad aún en las condenas más duras, por parte de quienes las aplican con sentido de la rectitud y la buena justicia, y éste era el caso de la señora Fornof-Lippencott, ya se sabe, madre y maestra al fin y al cabo.
Primero, Juan Sebastián Bach. Tocata y Fuga en Re Menor. Al final, muy al final del programa, quedaba el anillo de los Nibelungos, de Richard Wagner; pero pensar en aquella meta, por el momento, era ir demasiado lejos. Para completar un maratón se necesita correr 42 kilómetros con 195 metros, y Vactor apenas se estaba colocando, solitario, en la posición de salida. El fiador judicial puso el disco en el aparato, algo que estaba entre sus obligaciones legales, y la sala se llenó entonces de los insistentes acordes del armonio, una cascada fantasmal que parecía caer por todas las paredes en cortinas incesantes, agua sonora desbordada que empezaba a inundar el recinto.
[Publicado el 23/3/2009 a las 12:35]
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II. El castigo sabiamente administrado
La magistrada de mi historia se llama Susan Fornof-Lippencott, y debe andar en sus sesenta, mientras el culpable, de 24 años, se llama Andrew Vactor, nombres ambos de compleja sustancia, muy propios para una novela de Vladimir Nabokov. Vactor, resignado a hacerse cargo del castigo alterno para salvar a su bolsillo de las consecuencias del desmán cometido, fue colocado bajo la estricta vigilancia del fiador designado por la jueza, el que, previo juramento, se comprometió a que la pena impuesta fuera cumplida a cabalidad por su fiado, ni un minuto de menos.
Se programó un horario de ejecuciones musicales a lo largo de una semana, la pena de 20 largas horas administrada a un promedio de tres horas por día. No alcanzo a saber si se pensó en recreos intermedios.
[Publicado el 20/3/2009 a las 09:58]
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En un condado de Ohio, de nombre Champaign, territorio profundo de los Estados Unidos, una adusta jueza condenó a un muchacho fan de la música estridente a pagar una multa de 150 dólares por escuchar a sus estrellas preferidas del rap a volumen demasiado alto en su auto, mientras conducía por las calles del poblado. Son de esos vehículos armados con baterías de bocinas estereofónicas, que van dejando al pasar una estela de ruido ensordecedor, como si se tratara de una discoteca ambulante que reparte de acera en acera y de puerta en puerta dosis estridentes de ritmos sincopados y letanías interminables como rezos a todo pulmón, que golpean con insistencia macabra el oído.
La sentencia llevaba, sin embargo, una concesión de parte de la señora jueza: si el culpable aceptaba dedicarse 20 horas a escuchar discos compactos de los grandes maestros, Bach, Händel, Mozart, Beethoven, Schubert, Wagner, la multa sería reducida al 10 por ciento de su valor original, apenas a 15 dólares. El muchacho, acosado por el infortunio de haber violado las leyes que prohíben el abuso de las orejas ajenas, aceptó, contrito, la oportunidad que recibía de reparar de esta manera tan poco usual su delito.
Entonces, habiendo el reo declarado su conformidad, la jueza, melómana bien entendida, por lo que se ve, preparó de su mano el repertorio de composiciones destinadas al castigo auditivo, y envió a un alguacil a la biblioteca pública a buscar los discos compactos seleccionados.
[Publicado el 17/3/2009 a las 10:47]
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Una de estas empresas de autopublicación de Estados Unidos, Autor Solutions, llegó a editar el año recién pasado 13.000 títulos por encargo, y ahora ha comprado a su rival, xLibris; los catálogos combinados de ambas llegan así a los 20.000 títulos, con los que superan seis veces al de Random House, uno de los gigantes editoriales de Nueva York. Blurb, otra de estas compañías de libros por encargo, ha crecido en pocos años desde 1 millón de dólares en facturación, a 30 millones. Y lo que ofrecen es un producto profesional, presentado como cualquier otro de una gran editorial: impresión impecable, papel selecto, portada atractiva.
En tiempos de grave crisis, y cuando todo el mundo mide con cautela sus riesgos, las empresas de autopublicación han dado en el clavo al explotar un sentimiento que abarca a mucha gente, y es el de ver su nombre inscrito alguna vez en la tapa de un libro. Un sentimiento que tiene un precio, pero que miles se hallan dispuesto a pagar para dejar de ser autores inéditos. Poetas, novelistas, ensayistas. ¿Por qué no tener uno o dos libros inventariados en el currículo, o colocados de manera casual sobre la mesa de la sala en espera de la visita de los amigos, o enviarlo como regalo de cumpleaños? No puede pensarse en un toque más personal.
Un libro que sale al mercado de esta manera, puede aspirar a vender un promedio de 150 ejemplares, y alguna vez puede ser la puerta abierta al estrellato y a la fama, como en una gran lotería. O también es posible que la edición entera se quede en el desván o en el garaje de la casa.
[Publicado el 16/3/2009 a las 11:58]
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La publicación de mi primer libro a los 20 años de edad la financié de mi propio bolsillo, una edición de 500 ejemplares impresa en Managua en los modestos talleres tipográficos de mi amigo Mario Cajina Vega, que él había bautizado pomposamente como Editorial Nicaragüense. Un hermoso libro artesanal, compuesto a mano por los tipógrafos que trabajan semidesnudos en el calor de 40 grados a la sombra, y que yo mismo debí llevar en consignación a las pocas librerías de la capital para volver cada viernes a preguntar cuántas copias se habían vendido. Me gusta repetir que en una de esas ocasiones la propietaria de la librería Selva, al contar los diez ejemplares que le había dejado, halló que había once.
Es lo que hoy en día se llamaría una "autopublicación", la modalidad que se impone en Estados Unidos frente a la crisis creciente de las editoriales tradicionales, que ven reducidas sus ventas, y por tanto sus catálogos, y se arriesgan poco a la hora de enfrentarse con el manuscrito de un escritor joven, con lo que prefieren los de venta segura, los best sellers, o candidatos a best sellers. Entonces, el autor se dirige a una empresa que le cobra por publicar su libro, en lugar de pagarle un adelanto, lo mismo que hice yo a los 20 años con mi pequeño tomo de cuentos primerizos.
[Publicado el 11/3/2009 a las 16:45]
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El tour de una hora cuesta 35 dólares por persona, cuota de admisión que no incluye, por supuesto, el precio de la ración de estupefaciente que se quiera comprar. El alcaide del penal niega la existencia de las visitas turísticas, que se organizan en el portón mismo de la cárcel, pero admite que adentro se elabora y se comercia droga, que los niños cargan en sus mochilas cuando regresan de la escuela.
Algunos de los visitantes, son ya clientes fijos, y acuden al penal 3 o 4 veces por semana para hacer su provisión, bajo el incentivo de que adentro la droga es más barata que en la calle. Es tan llamativo el tour, que Lonely Planet, una de las más afamadas guías turísticas, lo califica de excitante, "una experiencia extrema".
Y como los sitios turísticos tienen también atracciones históricas, el guía no dejará se señalarle al visitante la celda donde estuvo detenido el genocida nazi Klaus Barbie, conocido como "el carnicero de Lyon", antes de ser extraditado a Francia en 1983.
[Publicado el 05/3/2009 a las 17:34]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007) y El cielo llora por mí (2009). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
21/3/2010 18:27
Publicado por: ola
21/3/2010 06:55
Publicado por: Martin Eduardo
20/3/2010 09:54
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
18/3/2010 22:01
no nos equiviquemos la gente con...
Publicado por: Ruth Ramos Solís
18/3/2010 21:49
Publicado por: Ruth Ramos Solís
18/3/2010 21:16
Publicado por: Ruth Ramos Solís
18/3/2010 01:49
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Publicado por: rfael techera
16/3/2010 06:23
Publicado por: gpe.gomez
15/3/2010 15:16
apocalipsis 13 18 la bestia y...
Publicado por: anonimo
15/3/2010 13:06
quisiera saber lo q es sonbras...
Publicado por: junior
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