El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
martes, 13 de mayo de 2008
El nacionalismo no se cura viajando

Un Boeing 737 de Aerolíneas Argentinas aterriza en el aeropuerto de Buenos Aires.
El avión que me llevó a Buenos Aires se llamaba Pío Baroja. Me da tranquilidad viajar en un avión con ese nombre. El escritor no hizo muchos viajes. Nada que ver con los viajeros de nuestro tiempo. Lanzados a conocer el mundo y sus maravillas. Rápidos viajes a cataratas, selvas o finisterres de inmensidades vacías. Don Pío fue más de viajes por su habitación, con sus viejos libros comprados en Moyano. Feria que ahora termina en Recoletos y que presentó, en homenaje a Fernán Gómez una lectora llamada Emma Cohen.
Aquí dejé la feria del libro viejo y me fui a la nueva feria en la libresca capital de Buenos Aires. Habían desembarcado muchos amigos escritores, los mismos que me encuentro sin moverme del barrio y decidí poner un poco de paisaje por medio y me marché a la Patagonia. Helado fin del mundo dónde hay un interminable surtidor de cubitos de hielo, glaciar que tiene nombre de un perito que nunca estuvo allí.
Ver panoramas considerables, paisajes de belleza abrumadora, de hielos más perfectos y hermosos que los de cualquier güisqui. Ir al sur del sur. Hacer el viaje que tanto costó a Darwin en unas pocas horas de avión y en cómodos coches que te llevan a un hotel con vistas a la helada y viva maravilla.
Frente al espectacular panorama recordé a Plá -ahora reeditadas sus notas y cuadernos- cuando decía que en el Ampurdán no había panoramas considerables: "En este rodal a los paisajes los llamamos vistas". Mundano hombre de pueblo que no se deja sorprender con un espectacular paisaje.
No somos Plá y fuimos al viaje como recomienda el maestro, casi secreto, Juan Filloy: "Cuando usted viaje, deje su vida en su casa, en su pueblo, en su ciudad. Es un artefacto inútil". Eso sí, no olvidar las tarjetas de crédito.
Y si se quiere pasear sobre el glaciar, hermosa y extravagante caminata, se deberían dejar los nacionalismos. Pero no. No hacen caso a Baroja, ni a Filloy ni a Camba, del que ahora se recuperan sus escritos nada nacionalistas, sus humorísticas maneras de ser español. Allí van los turistas con sus banderas. Hasta con las de su equipo. Y allí, en el fin del mundo, hay que soportar que algún turista haga un brindis por Dios y contra Darwin. Por la Patria en mayúsculas. Y por la Madre Patria con más fervor que Carmen Chacón. Cuando ya creía poder beber mi güisqui con hielos del glaciar, el patriota gritó el último de los brindis: "Por nuestros gobernantes, para que encuentren la luz y la justicia al dirigirnos" Bajé mi vaso. No brindé y recordé algunas cosas de los gobernantes de su país. Era colombiano. Recordé de los gobernantes argentinos. De otros. Y terminé por recordarnos. Tengo que brindar más y beber menos. Viajar más, pero dentro de casa.
Artículo publicado en: El País, 11 de mayo de 2008.
[Publicado el 12/5/2008 a las 13:45]
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Tenía ese libro desde hace años, esperando su momento, como tantos otros que están cerca de nosotros y nunca se sabe si con ellos pasaremos un tiempo o si pasaran al olvido, la pérdida o la venta. Es un libro de viaje a la Patagonia escrito por un, para mí desconocido, escritor argentino llamado Mempo Giardinelli. Se llama Final de viaje en Patagonia y fue el premio "Grandes viajeros" de ediciones B. De eso hace ya ocho años. Hace unas semanas, por razones de logística viajera, busqué el libro, lo leí, disfruté y además encontré dentro de él otras historias de otros libros, de otros escritores.
Muy envidiable la amistad, la relación de Giardinelli con Juan Rulfo. Muy querida su admiración, compartida, convicta y confesa, por el muy admirable Juan Filloy. Pero mi mayor agradecimiento es el descubrimiento de esos raros, olvidados y excéntricos que de vez en cuando aparecen en nuestras vidas lectoras. Me refiero a un desconocido del siglo XVIII, Fray Julio Gómez de Oro y Saavedra, creo que era un jesuita español que en esas tierras americanas, en el siglo XVIII, publicó un llamado "Libro de doctrina y comportamiento", que buscaré a partir de hoy. Mañana sin falta con mis amigos libreros de viejos y raros empezaré la caza. Aunque levantada la liebre, todo resultará más caro.
Del citado libro extrae algunos pensamientos Giardinelli en su premiado libro. Por ejemplo, y para no salirnos del amor a los libros y la lectura:
"Hay gente para la cual escribir es parte de su vida: leen tranquilamente, rezan sus maitines con devoción, conversan con amenidad y pueden redactar opúsculos correctos; estos son los aficionados a la escritura.
Luego están los amanuenses, pendolistas en acción que generalmente fulgen como tinterillos de los poderosos: leen poco y nada, sus oraciones son confusas e insinceras, no hablan sino que asienten, y son capaces de manuscribir cuanta coprolalia les dicten los lambiscones del soberano; ésos son los cagatintas.
Pero hay otros para quienes la lectura y la escritura son, con Dios, la vida misma; ésos son los poetas."
Un poco después moriría Dios. Los poetas y los cagatintas siguen vivos. A cada uno lo que más le plazca.
[Publicado el 09/5/2008 a las 12:15]
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La ciudad es capaz de soportar toda clase de vidas, miradas, sueños y pesadillas. Me despierto y en la plaza- con su bandera azul y blanca en el centro- pasean con sus cuidadores perros de todas las razas. Perros que llevan una buena vida. Pasean por lugares hermosos, les dejan que se relacionen con otros como ellos, comen cuando quieren y vuelven al acogedor hogar de clase burguesa en un país que soporta las crisis sin dejar de consumir.
Al mediodía los perros han dejado su lugar a tranquilos ancianos que ocupan los bancos. Charlan, miran, leen algún periódico y ven pasar el tiempo. El decorado cambia por la tarde. Se mezclan ejecutivos, parados, mirones, gente de paso que detiene un momento su recorrido ciudadano. Y al caer la tarde la plaza se disfraza de negro. Por todas las esquinas desembarcan jóvenes vestidos de negro. Se hacen grupos, se besan, ríen, beben de litronas y se sienten unidos por su estilo de estar en el mundo. Son los góticos. Disfraces caseros de una película dónde se imaginan que en los castillos de Transilvania todavía existen los vampiros. Curiosa tribu que tiene sucursales en todo el mundo y que aquí, en un lugar del centro de Buenos Aires, ven llegar la noche en compañía de sus colegas.
La noche también tiene sus habitantes en la plaza. Silenciosos los sin techo se hacen con los lugares más cómodos de la plaza. Toman los bancos. Y los bajos de los bancos. Se acercan a la estatua del prócer y la rodean con sus cartones. Y los últimos se conforman con el dudoso amparo de algún árbol.
Al llegar el día, los habitantes sin techo, los pobres de ésta ciudad que fue tan rica, se reparten por las esquinas de una ciudad que para ellos nunca tuvo una fundación mítica. De una ciudad que vive, escribe, lee, negocia, compra y vende sin que ellos formen parte del reparto principal. Ellos, tienen que dejar la plaza porque los perros de los señores están a punto de llegar. Todavía hay clases.
[Publicado el 07/5/2008 a las 18:00]
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'Mujer con cabra' (1929), de Maruja Mallo.
Una de mis ciudades es Buenos Aires, tan lejos, tan cerca. Tiene lo peor y lo mejor de las ciudades. Tiene mezcla, confusión, caos, imprevisión y gente que se cruza. Incluso gente que se encuentra. Cada vez que vuelvo, y lo hago hace ya veinte años, siempre tengo el corazón contento, como una canción cursi. Me gustan muchas canciones cursis. Incluso algunas pretenciosas y cursis, como muchas de Leonardo Favio. Conocí algunas de sus canciones antes de conocer Buenos Aires. Después conocí su cine. Y conocí su imperdonable manera de ser una especie de peronista/ progresista. No me gustan los peronistas de ningún signo.
También cada vez que vengo -y lo siento por los mitómanos tan encantadores como me parece Valentina- me llevo algunas penas. Y soporto algunos olvidos. El último es un lugar común a las ciudades -y pueblos- de todo el mundo. Buscaba los lugares de una mujer, y una artista, singular. Los rastros bonaerenses de Maruja Mallo. Ella, muchos lo recordarán, había pintado los murales de un mítico cine del la ciudad. El cine "Los Ángeles", nada menos que en Corrientes con Callao. Con ilusión los quise visitar, fue su trabajo público más importante. Una joya de su peculiar arte. Además una muestra de lo popular de cierta pintura. Lo mural en espacios públicos. Un arte abierto a todos. Pues, nada, pena y olvidos. El cine parece que está protegido como lugar histórico. Es irreconocible. Una parte pequeña sigue siendo cine. Con vulgares murales que reproducen algunas de las estrellas del universo Disney. La mayor parte del antiguo cine es una famosa multinacional de la hamburguesa. Los murales de la mejor de las artistas heterodoxas españolas del siglo XX han desaparecido en alguna demolición. Un lugar común en la historia del arte popular de nuestras ciudades. No quiero ser nostálgico. Pero, coño, cuando se preserva un espacio se debe hacer con el sentido y el mérito que tuvo. No con una fachada, una placa y una mierda, con perdón.
Pues sí, amiga Valentina, ese lugar de Buenos Aires que Sabina cantaba. Esa luna tan poética. Esa pena y olvido. No es un Banco Hispano Americano. Es otra cagada parecida o empeorada.
Y sin embargo, la quiero.
[Publicado el 06/5/2008 a las 11:30]
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Anglófilos, afrancesados, españoles todos

Juan Gelman, con los Reyes y el presidente del Gobierno y su esposa.
El palacio estaba lleno de republicanos convictos, confesos, oportunistas, peseteros, ilustrados y alucinados. Gracias a Juan Gelman, en un día de abril, se produjo una toma pacífica, dialogante, ecléctica e intelectual de palacio. Republicanos españoles que, como el aristócrata Vauvernages, creen "que un príncipe es grande y amable cuando tiene las virtudes de un rey y las debilidades de un particular". También comía, bebía y ¡fumaba! en palacio una pequeña resistencia de monárquicos. Exóticos especimenes del mundo cultural, "pobres enriquecidos por la mendicidad", llamaba Chamfort a los cortesanos.
En nuestras curiosas tribus culturales la mayoría es republicana. Un peculiar rebaño ilustrado que se deja pastorear, mesta real que hace parada y fonda en el palacio de Oriente -nuestra Bastilla parcamente tomada y perdida, ay-, que una vez al año come y bebe aquí donde se cruzan los caminos, donde Cervantes no comerá, donde premiados como Gelman recuerdan y nos hacen recordar. Pongamos que hablo de Madrid, doscientos años después de "vivan las cadenas". En tiempos contrarrevolucionarios donde el pueblo sueña con un futuro refugio en Telefónica.
Había muchas ausencias, entre otras la de uno que había crecido en una familia habituada a reflexionar sobre España y su ser problemático e invertebrado: Javier Marías, un español anglófilo. Marías, republicano con su propio reino y corte, no acude a las comidas de palacio. A otro anglófilo, amigo y maestro, ingeniero, novelista y seductor, Juan Benet -que estos días le recuerdan amantes de la ingeniería, los trasvases y la buena letra-, tampoco le gustaban los bailes en palacio. Durante años recorrió caminos, monumentos, casas de comida y burdeles de la España profunda y nocturna. Quijotesco de aspecto, tenorio de aficiones.
Benet, tan español y tan inglés, sí hubiera acompañado complacido a la charla entre el anglófilo Vicente Molina Foix con Jacobo Stuart, casi inglés, editor y conde de Siruela y Laura García Lorca, neoyorquina y de Granada. Fueron el último bastión de la república de las letras en abandonar el palacio. Cruzaban la educada vigilancia de los alabarderos sin aquella música de "pompa y circunstancias" que tantas noches les acompañó cuando, a la del alba, en tiempo de la movida y sin nobles escaleras, se retiraban de aquél sótano, nocturno garito, superviviente bar llamado El Sol.
No sólo anglófilos llenaban los salones reales. Una legión de afrancesados, desde comuneros a utópicos soñadores del Mayo del 68. Soñaron con que debajo de los adoquines estaba el mar. Y cuando se despertaron debajo estaba el Arroyo Abroñigal, pero seco. La España de los trasvases es así.
Artículo publicado en: El País, 4 de mayo de 2008.
[Publicado el 05/5/2008 a las 10:27]
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Escritor, editor, traductor, lector

Javier Marías, académico.
Al principio fue lector. Muy pronto escritor. Después de algunos cuentos, a los veinte años publicó su primera novela, Los dominios del lobo. Han pasado décadas, novelas, ensayos, artículos y traducciones. Ahora, en la edad madura, es académico. ¿Quizá lo debería escribir con mayúscula? Académico, Javier Marías. Será un buen académico. Y no hay tantos buenos. Incluso hay algunos tan prescindibles que no parecen académicos. Y hay ausencias que adelgazan su importancia.
La Real Academia de la Lengua, con sus carencias y sus aciertos, es un buen lugar para la vanidad, como lo podría ser para la renovación no afectada ni casposa de nuestro idioma. Tan vivo, tan abierto, necesitado de cuidados pero no de congelaciones. Creo que la presencia de Marías -el no tan joven- vendrá muy bien para sacudir un poco esa vieja alfombra que se ensucia y carga con viejos polvos académicos.
En su discurso citó a R. L. Stevenson. Ironizó sobre la caída del escritor de Edimburgo en la tentación de la escritura. Cuando muy bien podría haber seguido con la industria familiar. Continuar con ese hermoso negocio de instalar faros en las costas escocesas. Hace años, en un recorrido por aquellos mares, por aquellos whiskies, me contaron que la mayoría de los viejos faros han sido construidos por el padre, por la familia de Stevenson.
[Publicado el 30/4/2008 a las 12:04]
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Contra Franco no vivíamos mejor

Franco en el primer desfile de la victoria
No tenía razón el poeta Manolo Vázquez Montalbán con aquella feliz frase de nostalgias juveniles. No era verdad que contra Franco viviéramos mejor. Navegar y vivir eran necesarios, y no era el mejor tiempo, ni el mejor país en aquellos años que nos tocó soportar el franquismo. El otro día, día de los libros tomando las calles, día en que Gelman nos recordó la necesidad de escarbar en nuestra memoria, ese día se me apareció la miseria moral y personal de aquel manipulador llamado Franco. La culpa la tuvo el historiador Paul Preston, buen gustador de la buena vida, y los buenos vinos, de la España de después de Franco. Le pudimos saludar en una Barcelona tomada por la sombra de Ruiz Zafón. Era de los resistentes, miembro de una brigada que lucha para que sus libros sean visibles, a pesar del imperio zafónico. Hay otros libros.
Preston vuelve por donde solía, corta otro traje perfecto para que recordemos las mezquindades de aquel tipo pequeño, obsesivo y falso patriota. Un mal español. Ambicioso de poder y de dinero. Fantoche que se creyó emperador. Dejó el país en la ruina, y en su ambición, en sus sueños de grandeza, se imaginaba gobernando un nuevo imperio. Ya lo decía su aliado Sanjurjo -¡otra joya histórica!-, que "Franquito es un cuquito que va a lo suyito".
Leyendo a Preston volvemos a pensar en la suerte, la mala suerte. España no tuvo suerte, no vio que el peligro tenía el rostro de un africanista que no sabía si ser el Cid o Felipe II. Lo malo es que consiguió ser Franco.
Su hermano Ramón, héroe de la aviación, republicano y masón, nada franquista y tan anticlerical que, ante los incendios anarquistas de algunas iglesias, dijo: "Contemplo con gozo aquellas llamas magníficas como la expresión de un pueblo que quiere liberarse del oscurantismo liberal". Con los Franco no había término medio. O te fusilaban por masón, por no ir a misa o por ser infiel en el matrimonio. O te quemaban si llevabas sotana. No son las únicas declaraciones del hermano Ramón que debieron alertar al manipulador enmascarado en salvador de patrias. Cuando llegó la República, un africanista, Guarner, le preguntó a Ramón por lo que pensaba Francisco del nuevo régimen: "Mira, Guarner: Paco, por ambición sería capaz de asesinar a nuestra madre, y por presunción mataría a nuestro padre".
Con mi antifranquismo renovado, me acerco hasta Boadas, brindo con Quim Monzó por habernos salvado de aquella plaga de cretinos que creyeron que Franco era justo y necesario. Lo imagino como un personaje de Monzó: ese señor tan serio que en el geriátrico se pinta las uñas, se pone tacones y da color a sus labios. ¿Qué hubiera pasado si Franco hubiera sacado su máscara femenina? Franco ese hombre, ese gay.
Artículo publicado en: El País, 27 de abril de 2008.
[Publicado el 28/4/2008 a las 11:45]
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Faro da Frouxeira, Galicia.
Estoy en Galicia. Me gusta estar en Galicia. En su paisaje y entre su paisanaje. He comenzado la lectura de una novela de Rei Núñez sobre un pintor que me interesa mucho, Urbano Lugrís. Uno de esos olvidados durante casi toda su vida que ahora es rescatado por pintores, poetas y otros recuperadores de los restos de naufragios. En la España franquista muchas propuestas, muchas obras y muchas vidas naufragaron antes de tiempo. Me interesa la novela y me interesa el entorno en el que se desarrolla.
Con mi avidez lectora ojeo otro libro, este un ensayo, de otro escritor gallego. Miguel Anxo Murado. Es una reflexión sobre Galicia, un libro que quiere que después de haberlo leído tengamos una idea menos tópica de Galicia...
Me detengo en un capítulo: "Lengua de pobres y de poetas", como llamaba Cunqueiro al gallego. Si una lengua tiene asegurada esa conquista, la de los pobres y la de los poetas, nunca podrán con ella otras fuerzas, otras lenguas. Lo malo -como señala Murado- es que si las cosas vienen mal se quede "solo" en lengua del pueblo. Eso sucedió en los llamados "siglos oscuros" de la lengua, la abandonaron los poetas. La dejaron sola entre el pueblo, en los pueblos. Y crecieron las ciudades con otra lengua. Las comunicaciones mejoraron y llegó con fuerza la otra lengua frente a la propia.
Menos mal que llegó Rosalía de Castro y devolvió la lengua a los poetas. Hermosa lengua para poetas, para narradores, para el pueblo y para el cantor. Hermosa lengua para todos. Envidia de no poder hablar la lengua de los gallegos, no poder expresar las cosas con esa música.
Celso Emilio Ferreiro, poeta en gallego, poeta de nuestros tiempos "progres", poeta rescatado siempre, escribió: "Lengua proletaria de mi pueblo/ La hablo porque sí/ Porque me gusta/ Porque me da por ahí/ Y porque me da la gana" Una suerte poder hablar una lengua porque te da la gana. Envidia de los bilingües.
Y eso a pesar de que Murado dice que no son bilingües, que en el siglo XX al menos han sido "generaciones diglósicas: han usado una lengua u otra según el contexto, a veces siguiendo una lógica un tanto extraña". La abuela y el padre del autor sólo se hablan castellano cuando hablan por teléfono. Como si el teléfono fuera un artilugio no gallego. Un exponente de lo que llega de fuera.
Hermosa lengua que resistió- como otras- la barbarie de un gallego que no amaba a su patria. En el franquismo llegaron a detener al suave gallego Andrés Do Barro por cantar en gallego sus inocentes baladas.
Feliz vida eterna para ésta lengua de poetas y de pobres.
[Publicado el 25/4/2008 a las 12:19]
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Dos asistentes a Sant Jordi en las Ramblas.
Hacía años que no pasaba un Sant Jordi en Barcelona. Lo he superado. No sin paciencia, sudores y codazos. Eso que no estuve haciendo cola en lo de Ruiz Zafón. No estoy para esos trotes. Ni para esas rosas que parecen de mentira.
El éxito arrasa con todo. El día del libro en Barcelona, día fetichista según Quim Monzó, nadie se quiere quedar sin su fetiche de libro, no importa cuál y su rosa -no importa que sea inodora e insípida-, corre peligro de verse seriamente desbordado por su éxito de masas.
Al libro, a la industria quiero decir, le vienen bien los éxitos de venta. Le viene bien esa estadística de las macroventas concentradas en un solo día. Entonces no le vendrá mal a nadie. Los pequeños, los invisibles, tendrán que afirmar su singularidad, su saber sobrevivir sin tener que estar en la lucha de cifras, en el número de ventas. Y recordar que la literatura, generalmente, es una cosa de minorías. De inmensas minorías cuando mejor.
Sigo pidiendo las firmas de los libros a sus autores. Unas veces porque me gusta ese fetichismo, esa señal de un encuentro. Pero ya no tengo paciencia, ni razones para hacer una cola ante un autor. Ni aunque fuera Cohetes.
Sí conseguí que mi admirado Quim Monzó me firmara su último ejemplo maestro de contar, con su humor, con su mala leche, la cantidad de cretinos con los que convivimos. Nuestro propio cretinismo. Y el mío. Todavía no he sido capaz de desentrañar su dedicatoria. Soy lento pero inseguro. Además lo oscuro es más culto.
Muchas veces creo que pido las firmas por vender un día más caros los libros que inundan mi vida. No sería un mal fin. Negociar con aquello que una vez fue capaz de darte placer. El libro es un buen negocio. Aunque sea una ruina.
No correré para vivir otra jornada de libros y rosas. A cada uno lo suyo. Y una rosa sigue siendo una rosa, una rosa, una rosa...
[Publicado el 24/4/2008 a las 19:15]
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Juan Gelman
No ha sido fácil su vida, tampoco la de su compañero de letras e infortunios, tampoco la de Miguel fue fácil. Hace años, cuando los malos, los peores quiero decir, gobernaban en su país le llamaban traidor. Y era verdad. Era traidor a los malos, a los peores. Y se tuvo que ir como otros, como tantos, como los mejores. Y allí, en su tierra, dejó el dolor, la muerte, el recuerdo de un tiempo en que pudieron ser felices. De unos tiempos en que lo fueron. Mataron a los suyos, una forma de matarlo a él. Pero siguieron vivos. Dispersos, perdidos, desconocidos, exiliados y alejados. Pasó el tiempo de los peores. Pasó el tiempo. Y Juan Gelman, el compañero de Cervantes, el escritor de muchos infortunios, encontró a la hija de sus hijos. Y volvió a sonreír. No se olvida del dolor, de la ausencia, de la muerte pero celebra la vida.
Hoy besará a los suyos. Tomará alguna copa, fumará mucho y de vez en cuando volverá a sonreír. Hoy la poesía está contenta. No olvida pero sabe supervivir. Y se venga con alegrías, dudas y preguntas.
Hace unos meses, el poeta que hoy está más cerca de Cervantes, publicó su último libro, Mundar, con él comenzaba una nueva colección poética. Con él hoy celebraré la lectura de algunos poemas.
"¿Qué se sabe?
Del poema, nada. Llega, tiembla
y raspa un fósforo apagado.
¿Se le ve algo? Nada. Tiende una
mano para aferrar
las olitas de tiempo que pasan
por la voz de un jilguero. ¿Qué
agarró? Nada. La
ave se fue a lo no sonado
en un cuarto que gira sin
recordación ni espérames.
Hay muchos nombres en la lluvia.
¿Qué sabe el poema? Nada"
[Publicado el 23/4/2008 a las 11:55]
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Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.
En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.
Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.
En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.
13/5/2008 13:19
Publicado por: Valentina
12/5/2008 23:54
El hielo de la Patagonia es...
Publicado por: el cartero
11/5/2008 21:14
Publicado por: Alex
11/5/2008 20:52
Publicado por: Bas@
10/5/2008 00:18
Otra carta, Sr.Rioyo. Parece...
Publicado por: el cartero
09/5/2008 23:35
Candela, eso que dices tiene un...
Publicado por: el cartero
09/5/2008 19:45
Publicado por: candela
09/5/2008 12:23
Publicado por: silverio
09/5/2008 08:44
Publicado por: amalia
08/5/2008 19:35
No me puedo morir sin visitarla!
Publicado por: chiqui
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