El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de marzo de 2010

 Blog de Javier Rioyo

EL ORIGEN DEL MUNDO

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"El arte nunca es casto o, si es casto, no es arte". Eso dijo una vez el no muy casto Picasso. Así pensamos muchos que huimos del sometimiento de la castidad. Una enfermedad de la que no nos libramos del todo. Algo que deberíamos haber consultado a Lacan. O en su ausencia a algún lacaniano de confianza. A veces me arrepiento de no psicoanalizarme. De manera profesional quiero decir.

El azar o la necesidad aparecieron otra vez en esta barra abierta y con vistas. Estaba leyendo como si de una novela de acción o como una novela negra, el ensayo dedicado a rastrear la vida del uno de los cuadros más impresionantes y peculiares de la historia de la pintura, cuando algunos amigos de éstos lugares ya estaban comentando vicisitudes del famoso- y muchos años prohibido, escondido, deseado y oculto- de Courbet, "El origen del mundo"

Y el mismo azar, o lo que sea, hizo que mientras llevaba el libro en mis manos me tropezara en una calle de Madrid con el pintor Luis Gordillo. Uno de los padres pintores de nuestra modernidad y psicoanalizado desde hace muchos años. Brevemente le comenté algo de la apasionante historia del cuadro, de sus misterios y sus avatares. Uno de los coños más visitados, reproducidos y admirados desde que hace años pasó a formar parte de la colección del Museo de Orsay en París. Gordillo me dijo que habría que revisar  la obra de Courbet. Que la habían negado mucho tiempo y que, sin embargo, cuando veía el cuadro daban ganas de entrar en él. Se me olvidó comentarle que uno de sus propietarios había sido Lacan.

La historia del cuadro nos lleva a los años bohemios de los pintores y sus modelos, a los mecenas y los libertinos del XIX, al comercio de los cuadros eróticos al margen de las galerías oficiales. Y a la desmesurada historia del siglo XX, con nazis, soviéticos y otros dominadores queriendo apropiarse del cuadro. Felizmente ya no está prohibido, está a la vista del que quiera en reproducción y para el viajero parisino.

Mientras tanto, los viajeros por Madrid y los residentes, pueden escaparse al museo Thyseen- Bornemisza y pasear por la curiosa exposición temporal, "Lágrimas de eros". No está "El origen del mundo",  hay otros erotismos. También otro Courbet, "Mujer en las olas". ¿Sería ella la del famoso coño? Misterio que ni el autor del libro, Thierry Savatier nos podrá responder. El ojo debe seguir mirando. El misterio permanece.

[Publicado el 23/11/2009 a las 23:36]

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La ultima estatua

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El irónico Lech decía que lo mejor era conservar los pedestales después de haber derribado las estatuas. Era mejor ser precavidos para el ahorro de la comunidad. Vendría otro dictador, otro prócer, otro militar con el que se podría aprovechar el viejo pedestal. A los irónicos nunca les hacen caso. Y hemos perdido muchos pedestales. También, felizmente, muchas estatuas. Me gustan algunas, incluso muchas estatuas. Incluidas las de algunos dictadores. Siempre que no fueran los nuestros cercanos, esos que hicieron que durante muchos años viviéramos peor.

Hoy es 20-N, el día de la muerte de Franco, también el día de la muerte de José Antonio Primo de Rivera y de Buenaventura Durruti. Al anarquista lo sigo mirando con curiosidad, con cierta cercanía y con una muy matizada admiración. A Primo de Rivera con curiosidad y poca simpatía. A Franco con desprecio ético, estético, vital y visceral. Algo que se parece al odio que apenas conocemos.

He venido de Melilla, ciudad que disfruto por muchas cosas, algunos amigos, de curiosa e interesante arquitectura y de una ubicación que hacen de ella la más insólita ciudad española. Una rareza en el norte de Afrecha. Una plaza militar que se convirtió en ciudad civil y que conoce convivencias que en otros lugares son muy complicadas. Algún día hablaré de ella, de su curiosa historia y de algunos de sus personajes.

En compañía del historiador Vicente Moga Romero recorrí algunos de los últimos lugares públicos que en la ciudad recuerdan a Franco y a su ignominiosa victoria de guerra. Aquí se fraguaron muchas cosas. Hoy nadie- al menos no la mayoría- quiere ser la ciudad española que conserva la última estatua de Franco. Ahí sigue, en compañía de otros monumentos que hablan de "una, grande y libre patria". Eso para referirse a la pobre y secuestrada patria que nos arrebataron por la fuerza.

La estatua es tan prescindible como su representado comandante Franco. Disimula con la apariencia de militar tranquilo, casi parece un cazador, un ornitólogo. La cara es de ese estilo pánfilo que siempre tuvo y el gesto es el del asustado que convivía con el taimado. Es una birria escultórica que debería estar en el feo museo de algunos nostálgicos y no a la entrada portuaria de Melilla. Al menos está bastante solo. Deberían quitarlo un día de éstos y no aprovechar ni el pedestal porque sigue la representación en bronce de las "gestas" de  la historia del militar de la estatua. No esperemos a que sea un noble hierro herrumbroso. Mejor que termine como esas estatuas de piedra del poema de Ángel González:

"....Hacia la piedra regresaréis piedra,

indiferente mineral, hundido

escombro,

después de haber vivido el duro, ilustre,

solemne, victorioso, ecuestre sueño

de una gloria erigida a la memoria

de algo también disperso en el olvido"

 

Que se vaya al olvido. Y en compañía de otros.

 

 

 

 

 

[Publicado el 20/11/2009 a las 15:04]

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SIMPATIA POR LOS MALOS

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Una de las felicidades que la literatura nos procura es poder admirar a los malos. O, al menos, mirar con muchas simpatías. He leído una corta y excelente novela con la misma simpatía que los Rolling Stones sienten/sentimos por el diablo. Se llama "El caballo amarillo", es una ficción del diario de un terrorista ruso. Está escrito por Boris Savinkov, del que casi nada sabía pero ya tiene un admirador más en mí.

La vida de este escritor y peculiar artista ruso, tiene muchos paralelismos con el personaje de su obra. Formó parte de aquello pioneros del socialismo, de aquellos anarquistas rusos exaltados que lanzaban bombas contra la corrupta aristocracia zarista.

Los anarquistas rusos son casi un género literario. Y ahora entiendo mejor, después de leer a Savinkov, la admiración y deuda que con él tuvo Albert Camus para escribir personajes tan sin sentimientos ante el crimen, ante el asesinato. "El extranjero" y "Los justos" son deudores del libro de exaltación anarquista, del asesinato como una bella arte literaria.

Escritor rescatado por la editorial "Impedimenta", hombre de vida apasionante y contradictoria. Procedente de familia acomodada que sintió simpatías por los revolucionarios. Como tantos otros de la historia de las ideas izquierdistas y anarquistas. De él dijo Lenin que era "un burgués con una bomba en el bolsillo". Un hombre de acción que tuvo que marcharse al exilio, que conoció los mejores años bohemios parisinos, que se hizo amigo de Picasso, Cendras o Apollinaire. Regresa para luchar por la Revolución, es ministro con Kerenski, entra en contradicción con los bolcheviques, es condenado a muerte y termina cayendo por una ventana- suicidio o asesinato- en una de las cárceles de la Lubianka en Moscú.

Exaltado, genial, arbitrario, todo un personaje que nos cae bien a nosotros que apenas nos atrevemos a ser en la imaginación uno de esos vengadores contra los injustos, los canallas, los dictadores y los verdaderos malos de la historia. Los anarquistas de la historia rusa, algunos otros, aquellos místicos de la revolución, esos perdedores de la historia nos siguen provocando todas nuestras simpatías.

[Publicado el 16/11/2009 a las 22:11]

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¿Kafka en Sevilla?

 

Estoy en Sevilla. ¿Podría vivir aquí? Tengo mis dudas. Es una de las ciudades más interesantes del mundo. En estos días, por ejemplo, se está viendo el mejor cine europeo. Hay un teatro de la ópera notable. La mejor plaza de toros- después de la de Madrid-, algunos de los bares, de las barras, más tentadoras para uno que sabe bastante de barras. La ciudad con sus fiestas, sus santos en procesión, sus risas, sus llantos de diseño, sus calles enrevesadas, sus parques es una joya. Ciudad monumental, divertida, buena para el paseo, está cerca de Cádiz...y sin embargo no me veo viviendo en Sevilla.

Mi amigo el escritor, Juan Antonio Maesso, imaginó una  Sevilla con vampiros Y el genial Kiko Veneno, canta eso de "cuando nieva en Sevilla me gusta verte". Y Silvio, ese genio que se mató a chupitos de coñac, cantaba a sus vírgenes. Pues ni así me imagino viviendo en Sevilla. Es demasiado fácil vivir sin hacer nada, contemplando, tomando una tapitas, dándole a la manzanilla y dejando que la vida transcurra sin trabajar. "Menos mal que aquí en Sevilla la vida tengo ganada pues con tanto calor sudo aunque nada haga". Es eso, tal como lo cantaba Silvio. En Sevilla atacan unas enormes ganas de no hacer nada. Nada que tenga que ver con el trabajo. Preferiría no hacerlo podría ser el mejor eslogan de Sevilla. Aunque creo que ya nada es cómo antes. Ahora la gente que trabaja, madruga, se altera y ganan el pan con el sudor de su frente.

La Sevilla que me gusta es esa que enganchó a alguien tan vital vividor y tan poco trabajador como Pepín Bello. Pues bien, yo que siempre he pensado que quería ser eso,  un maestro de la contemplación y el "dolce far niente" me encuentro agotado después de tres días de practicar la buena vida. Tengo que huir. Volver al tedio del trabajo y las obligaciones.

Esa tentación de no hacer nada debe ser un mal que afecta a los visitantes de la ciudad. Que no se enfaden los trabajadores que viven en su ciudad, ellos se salvan de esa peculiar enfermedad del espíritu. Es una enfermedad poco contagiosa pero yo la pillé. Así que no me puedo quedar en Sevilla porque sería demasiado fácil buscar excusas para no hacer nada.

 

¿Hubiera sido posible ser Kafka  y sevillano?

[Publicado el 13/11/2009 a las 13:07]

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Berlin, después de tantos muros

 

 

 

Nunca olvidaré mi primer Berlín. Tan joven y sin embargo enamorado. No me olvido de aquella casa de la Bahaus, de aquellos cafés casi inalcanzables- ¡éramos tan pobres!- y de aquellas noches de jazz, cervezas y resistencia para no seguir bebiendo porque teníamos que luchar contra el poderoso marco.

No olvidar el viaje, un verdadero viaje en el tiempo, en metro hasta el otro mundo. El otro lado del muro. El viaje al socialismo real, al telón de acero. Yo ya había conocido dos o tres ciudades del control soviético, de sus mentiras y sus miedos. También de sus trampas y su deseo de supervivir, de no dejarse someter por la dictadura. Algo que los que veníamos del franquismo reconocíamos muy bien. Pero Berlín del este, con toda su mitomanía literaria, musical, fílmica; con su historia y su realidad, era más impresionante, más irreal en su belleza deteriorada que Sofía, que Budapest que Praga.

Berlín al otro lado del muro se parecía al peor de los decorados realistas de una novela de Le Carré. Ya nada quedaba del Berlín años veinte, ni de la arrogancia nazi, ni del mundo oculto del cabaret. No, Berlín era un decorado de la tristeza. Gentes vigiladas que no podían dar ningún salto. Y sin embargo, hermosa y pobremente conservada.

Paseamos bajo los tilos, respiramos su tristeza y volvimos a dormir al otro lado del muro.

Nunca fuimos comunistas, menos aún estalinistas, pero era imposible seguir disimulando, creyendo, mirando para otro lado, cuando desde el mundo injusto del Berlín capitalista y democrático, desde esa ciudad reconstruida después de tanta guerra, recordabas quién y porqué se había construido el muro mientras tomábamos nuestra cerveza en un garito con música. Menos mal que podíamos sentirnos izquierdistas no comunistas, seguir pagando alguna cerveza y ver, en libertad, la primera exposición de Eduardo Arroyo. El destino nos convertiría en amigos. Tengo que hablar con él de Berlín. Ahora que aquella ciudad tan muerta, el Berlín Oriental, esa nevera impenetrable, se haya convertido en la ciudad más dinámica de occidente.

Vuelvo a mis lecturas, tengo que hacer una lista de mis alemanes imprescindibles. Mañana si tengo tiempo. Ahora estoy terminando un libro de Berlín, con sus espías y sus mentiras, con sus miedos y sus cambios. Se llama "El muro de Berlín", es de un inglés llamado Frederick Taylor. Está en RBA. Me devuelve a ese Berlín de cuando fuimos jóvenes. He vuelto unas cuántas veces a esa ciudad. Me iría a vivir mañana si no fuera porque Madrid también es un poco Berlín y se habla mejor mi idioma.

Me sonrío con una cita del libro, después de inquietarme con otra de Sebald y Robert Lowell. La cita es de un cliente anónimo de un bar de Berlín Oriental el mismo día de la caída del muro. "Así que construyeron el muro para impedir que la gente se marchara, y ahora lo derriban para impedir que la gente se marche. Ya me dirás si es lógico"

La vida, la política y las ciudades casi nunca son lógicas. Ni la lógica.

[Publicado el 09/11/2009 a las 22:22]

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¿LIBERAL, ORTEGUIANO Y DE DERECHAS?

 

 

 

 

Sin ningún afán de polemizar diré algo sobre Ayala como un español de "derechas", tal como lo define un paseante por éstas páginas. Somos dueños de nuestros errores. También de nuestras convicciones. Los unos y las otras, los errores y las convicciones, son producto de nuestras ideas que muchas veces se forjan tan libres como osadas.

Nunca diría muy convencido que Francisco Ayala es un hombre de izquierdas. Al menos no de la manera "ortodoxa" en que entendíamos el ser de izquierdas. Quizá, siendo un tanto heterodoxos y generosos a la hora de entender que fueron las izquierdas, sí podríamos situar a Ayala en las izquierdas. En una izquierda no marxista. Que también podría ser tachada de liberal, burguesa, ilustrada, republicana y atea. Una izquierda culta, de café y preocupaciones sociales, que se agrupó en torno a Manuel Azaña. Se que tuvo muchos encuentros, y bastantes distancias, con el pensamiento de Ortega. Fue unos de sus maestros,  pero un maestro cuestionado. Como cuestionado fue el escritor Azaña. Tanto como el político. Pero en esas cercanías, entre esos pensamientos políticos y culturales se movía el siempre independiente Ayala.

Lo se de primera mano, por haberle escuchado muchas horas hablar de esos españoles, de sus ideas y de sus obras. De segunda mano por leer a Ayala. Y de tercera por leer y escuchar a los mejores conocedores de su obra y su vida.

 El joven Ayala, que nunca dejó de tener algo de joven maduro, irónico y muy serio, se mostró feliz, pero también independiente y sin euforias exteriores, con la llegada de la república. Aunque no quisiera pasear eufórico ondeando su bandera. Siempre fue de una independencia más allá de toda algarabía. Colaboró en sus intentos modernizadores, trabajó para ella en tiempos de paz y lo siguió haciendo en tiempos de guerra. Voluntariamente regresa del tranquilo Chile para ponerse al servicio de la República en guerra. Ya hemos contado las muertes de la familia. Después vendrían los exilios.

Se mantuvo a distancia física y moral del franquismo y de la derecha española. De la de entonces y de la de ahora. Vivió de sus escritos y de sus clases. Quizá como un pequeño burgués ilustrado. Nunca se arrodilló ni ética, ni estéticamente. Quizá se le puede considerar de la derecha si el beber uno o dos whiskies al día son rituales de derechas. O si el placer por algún buen vino, alguna comida tradicional, una formal elegancia en el vestir y la admiración por hermosas mujeres fueran patrimonio de la derecha. Como no lo creemos así, tampoco creeremos que Ayala fuera de "derechas". Ni lo fue ni se le esperó.

[Publicado el 04/11/2009 a las 20:38]

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AYALA Y LAS ILUSIONES PERDIDAS

 

 

 

 

Tengo la suerte de frecuentar a Francisco Ayala. El rodaje de un documental sobre su larga vida que estoy realizando en compañía de Luis García Montero y con la presencia de Carolyn Richmon, su mujer, su compañera desde hace décadas, ha sido el motivo de acercarnos hasta su casa, compartir algunos whiskies, hablar de sus recuerdos e i intentar que no nos habite el olvido. Hablamos de su memoria de las cosas, las gentes, la historia, el cine, de la cultura de un siglo. Una suerte, un raro privilegio poder compartir con el escritor, con el pensador Ayala, su lúcida manera de mirar atrás para poder entender el presente.

El placer de hablar con un español ni nostálgico, ni sentimental. Francisco Ayala, nuestro contemporáneo. Una rara suerte porque ya fue contemporáneo de la generación del 27. Estudió, se enamoró y se casó en el Berlín de entreguerras. Celebró la República. La rebelión franquista le pilló en Argentina, voluntariamente regresó para servir a la España leal. Durante la guerra colaboró en servicios de inteligencia para la defensa de la República. Sufrió en su propia familia- una familia tradicional, burguesa, liberales unos, conservadores otros- la crueldad de los vencedores. Su padre y uno de sus hermanos fueron fusilados. Ayala, derrotado, no vencido fue uno más de los exiliados. Profesor, editor y traductor en Argentina. Mantuvo su independencia e hizo crecer su obra literaria y ensayística. Brasil, Puerto Rico, Nueva York o Chicago fueron otras de las patrias de este granadino, este español cosmopolita. Un hombre libre que desde los años sesenta, silenciosamente, sin ocultamientos ni concesiones, compartió su vida y su trabajo en Madrid y Nueva York. No regresó definitivamente hasta la muerte de Franco. Sin banderas, pero con convicciones, con su particular manera de estar en la tierra, desde su independencia creadora, su vida y su obra son una lección  de libertad. Un camino poco transitado en nuestra literatura, en nuestro pensamiento. Un ejemplo que nos sigue ayudando para nuestros propios pasos por esta tierra.

 

VIAJE AL MONASTERIO DE LAS HUELGAS

 

Quisimos visitar el lugar del crimen. No quiso acompañarnos Francisco Ayala. Un viaje algo largo para sus cien años. Aunque no es esa la verdadera razón. Más lejos está Granada y hasta allí, hasta los lugares de su infancia y adolescencia, nos acompañó el centenario escritor. No quería volver a Burgos, al Monasterio de las Huelgas, porque fue allí dónde asesinaron a su padre. Dónde detuvieron a sus hermanos- uno, Rafael, fue ejecutado al final de la guerra-,  murió su madre y dónde una familia razonablemente feliz quedó destrozada por la barbarie. El padre, don Francisco Ayala, por intermediación de su hijo Paco, consiguió el puesto de Administrador del Monasterio, que con la llegada de la República pasó de la administración de la Casa Real a la administración del gobierno. No era el padre de Ayala un hombre progresista, ni siquiera republicano; era un hombre conservador, católico y dialogante. Un hombre bueno. Un empleado octogenario que sigue viviendo en las dependencias del monasterio, un trabajador que creció a la sombra de ese lugar central de la historia de Castilla, de España, recuerda con mucho agradecimiento los años de administrador del padre del escritor. Le concedió vivienda gratuita. Vivienda en la que años después, por decisión de la madre abadesa, tuvo que pagar alquiler.

Cuando los franquistas tomaron el Monasterio, en los primeros momentos de la sublevación, detuvieron a la familia Ayala. Encarcelados en el cercano Hospital Real, con la acusación sobre el padre de ser funcionario de la República. La tragedia se precipitó. Apenas unos pocos días la pequeña hija, Mari, tuvo que llevar la comida al padre. Muy pronto avisaron que ya no era necesario que llevaran más alimentos. El padre había sido fusilado. La familia, rota, huida, encarcelada o abandonada.

En ese retorno al monasterio, al lugar del crimen, nos acompañaron la hermana pequeña, Mari, y la hija de Ayala, Nina. Mari, que fue la adolescente que allí se quedó sin padre, sin familia, nunca había regresado. Nina no conocía el monasterio. La emoción era grande, los recuerdos volvían, pero los Ayala, saben contener sus sentimientos. Quizá una gran virtud. O una manera de supervivir sin mirar hacia atrás sin ira.

El lugar sigue siendo impresionante, conserva la historia de muchos siglos, fue símbolo del poder de la iglesia y del sometimiento de los gobernantes al poder religioso. Ahora es un símbolo del pasado. Aunque sigue siendo el principal monasterio de formación de abadesas, las vocaciones ya no son lo que fueron.

 

CUATRO AÑOS DESPUÉS

 

A falta de unos meses para sus 104 años, ha muerto Francisco Ayala, su amor a la vida, su amor a Carolyn,  a su familia de los exilios y desexilios, a unos pocos amigos, a bastantes libros, algunos vinos, buenos whyskies le han acompañado hasta el final de sus trabajos y sus días. Tampoco le faltaron  muchas discusiones, ironías educadas, ilusiones perdidas, recuerdos contados, vidas dignas, olvidadas muertes de perro y placeres cotidianos de un ciudadano universal, de Granada y Madrid. Un español atípico. Como atípica fue su obra que supo mantener su independencia, su originalidad así que pasaran cien años. Y casi cuatro. Lo echaremos de menos.

 

 

 

 

[Publicado el 03/11/2009 a las 16:04]

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UN ACTOR ESPAÑOL

 

Se parecía al país. Me refiero a esa España, aquella y un poco ésta. No era alto, ni guapo, ni valiente. No es fácil ser más tópicamente español desde por nombre, apellido o aspecto. Un español del pasado que felizmente no será ya el que fue.

José Luis López Vázquez es la representación mejor terminada de un español que supo supervivir disimulando. Podía haber sido un pelotilla de ministerio, un siervo simulador, un medico de provincias, un tapado republicano o un facha sin demasiado correaje. Un superviviente, un rijoso simulador o un hombre cerrado en el armario de sus secretos. Y un falso amigo, admirador o siervo. Un hombre que fue mejor actor que pensador, mejor ficción que realidad. Tal cómo fuimos.

No podía ser un galán pero ha sido imprescindible en lo mejor de nuestro cine. Sin olvidarnos del teatro y de historias de la televisión de tiempos pioneros. López Vázquez, capaz de estar bien en el cine de Ozores o en las más crípticas películas de Saura, un actor que fue capaz de que Chaplin o Cukor se fijaran en él.  Nunca se atrevió. Hizo bien, allí ya estaban Lemmon o Mathau. El era el hombre perfecto para la España berlanguiana que se parecía a la verdadera España. Siempre estamos cerca de nuestra imagen deformada. De nuestro esperpento.

Unas cuántas veces coincidí con él. Hablamos poco. Yo creo que tenía una perpetua desconfianza o una educada reserva. Era un gran actor. Lo que no quiere decir que fuera tan grande en otras actividades o cualidades. Era, cuentan, un hombre muy preocupado por el dinero. Sobre todo por la carencia de dinero. En la lista de los "roñosos" siempre ocupará un privilegiado lugar.

Una vez esperaba que se publicara una entrevista suya en "ABC". Haciendo una excepción, en un descanso de rodaje, compró el periódico. Se decepcionó porque la entrevista se había convertido en una corta información y sin foto. Una inversión inútil. Un compañero le pidió prestado el periódico. López Vázquez- viendo una salida digna para recuperar su inversión- se lo ofreció en propiedad por cincuenta pesetas. La mitad de su precio y ¡casi sin usar!

Los actores, incluso tan geniales, también son esos económicos seres humanos.

[Publicado el 02/11/2009 a las 18:22]

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DE JURADOS Y PREMIOS

 

Hace unos días hablamos de una novela de amor y estación, "En Grand Central Station me senté y lloré". Y hace unos meses de otra novela de estación sin amor, esta vez una extraña estación de algún lugar de este país, en algún tiempo pasado, "La paradoja del interventor", las dos novelas- de Elizabeth Smart y de Gonzalo Bayal- me conmovieron e inquietaron por razones muy diferentes. El tren, las estaciones, esos espacios de viajes, llegadas, retornos, salidas y caminos que nos hacen llegar de algún lugar a otra parte, incluyendo ninguna parte, siguen siendo uno de los espacios más necesarios de la literatura. Y del cine, el teatro, la pintura, la fotografía y toda propuesta artística que nos permite  viajar con la realidad y con la imaginación. Una manera de profanar los lugares que nunca conocimos.

Ahora, desde Valladolid, y después de un viaje en tren a Madrid para discutir sobre los poemas y las prosas del premio literario mejor dotado de los nuestros- quince mil euros para un cuento, lo mismo para un poema, primeros de los llamados "Premios del tren"- me vuelto las ganas de viajar en tren. De leer y mirar historias desde el tren. Nos pusimos de acuerdo, después de discrepancias, descalificaciones y otras peleas entre salvajes domesticados, entre detectives dispersos de la prosa y el verso que componíamos el jurado de éste año. Conseguimos consenso, llegar a los premios y no terminar ni cautivos, ni desarmados. El consenso es la victoria de un jurado. Me gustó premiar al querido y conocido narrador Luisgé Martin. Y recuperar para mi particular nómina de poetas a uno apenas conocido y ya muy apreciado.

No recuerdo las bases, pero no creo que les moleste a los autores, editores, agentes y otros ángeles de la guardia, y la vanguardia,  de nuestras letras si reproduzco algo de las obras ganadoras. Reproducir, por ejemplo, los primeros versos ganadores de un poeta que nos llegó de El Salvador. Se llama Jorge Galán, conoció otros premios, otras ediciones entre nosotros, pero esta feliz lotería, este machadiano premio nos acercará mejor a esa forma  belleza y dureza, esas vidas que tienen que soportar nieblas, historias de trenes lejanos que se nos cuentan en el poema "Los trenes en la niebla":

 

"Los trenes salían de la niebla. Me dejaban atrás. Yo era su pasado

más inmediato. Entonces vivía al final o al inicio de lo que llamábamos horizonte

y veía subir y bajar a tantos que aprendí a saber quiénes no iban a volver más.

No puedo decir que se los veía en los ojos ni que algo les cubría

Pero aprendí a distinguirlos como se distinguen los vivos de los muertos,

cuando el frío hace que no nos queden dudas.

Sé que nací un noviembre en una época donde aún existían las cartas de amor.

Ese día era otoño en alguna parte, pero acá era invierno con lluvias.

Yo se que a nadie interesan estas cosas, pero ese año,

el último día de diciembre, a medianoche, mi madre y la familia

de mi madre esperaron en el patio trasero, sentados a la mesa,

la caída del tiempo de los hombres. Pero nada pasó, les habían mentido,

las escrituras no cumplieron su promesa, ni una figura

emergió de las nubes ni se escuchó campana alguna ni trompeta.

Decepcionados, caminaron a través de una línea de tren hacia la oscuridad..."

 

Así empieza el largo, y hermoso, poema de Galán. Un poema que consigue que un jurado de dispersos gustos nos pongamos de acuerdo. Esta tarde decidimos otros premios en otro jurado.¡Esta rareza de tener que "juzgar", premiar o castigar obras que otros hicieron! De las veinte películas a concurso en la sección "Tiempo de Historia", la sección oficial de documentales, solo podemos premiar tres películas. No será fácil. El cine documental goza de buena salud. Y yo tengo tendencia a dudar. Mañana despejaremos las dudas.

 

  

[Publicado el 30/10/2009 a las 13:17]

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NUESTRO CINE FRANCÉS

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Una semana de cine en Valladolid. Sobre todo viendo cine documental. Viendo miradas a la realidad y sus interpretación. Películas sobre la historia reciente, el pasado que todavía nos sorprende y el presente que  no deja de sorprendernos. En otro momento, cuando los premio se hayan dado hablaré de lo mejor de ese cine en el Festival. Soy jurado y no debo hacerlo ahora.

Pero en las calles vallisoletanas, desde grandes carteles nos atraca la seducción del cine que nos hizo cambiar. Hay quién está marcado por guerras, postguerras, dramas, viajes, familia o religión; yo estoy marcado por el cine de la "Nouvelle Vague". Su cine, sus guiones, sus actores, sus fetiches, sus discursos fueron mi cine. Nuestro cine, mucho más que el español. Berlanga y Buñuel vinieron después. Antes llegó ese aire de París que nos llenó de deseos de libertad y modernidad.

Nosotros quisimos ser Jean Paul Belmondo besado por Jean Seberg. También fuimos los dos novios, Jules y Jim, de Jeanne Moreau. Y crecimos acercándonos al espíritu de nuestro amigo Antoine Doinel en el cuerpo de Jean Pierre Léaud. Somos los adolescentes que crecimos con la "Nouvelle Vague". Y éramos jóvenes y atrevidos, nos habiamos paseado por el Barrio Latino, fumábamos como si estuviéramos al final de alguna escapada. Teníamos veinte años y nuestros amores se llamaban, también, Catherine Deneuve, Francois Dorleác, Delphine Seyrig, Brigitte Bardot, Anna Karina, StéphanneAudran, Anouk Aimée y otras cuantas que no se enteraron de nada.

Por eso las tuvimos que engañar con otras. Pero esa es otra lista, otro documental.

Si alguien quiere amar el cine. Y amar los hombros, los ojos, la boca de Jean Seberg que vuelva al cine de la Nouvelle Vague. Si lo que quiere es elegir entre los pechos o los pezones de Brigitte Bardot, que vaya a la misma ola. Si lo que quiere son hombres el catálogo es plural, desde los ingenuos a los brutos como Eddy Constantine. Y que busque entre esos críticos que se pasaron a la dirección que son nuestros amigos de por vida. Gracias a Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol, Malle, Resnais, Vadim, Eustache, Rouch, Marker, Garrel, Rivette y otros.

Cine tan vivo, tan deseado y deseante como los labios de Jeanne Moreau.

Merci.

[Publicado el 26/10/2009 a las 18:37]

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Biografía

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.

 

En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.

 

Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.

 

En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

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