El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de marzo de 2010

 Blog de Javier Rioyo

Tan lejos, tan cerca

 He vuelto al teatro. Lo tengo un poco abandonado. Y he vuelto por un clásico del siglo XX que, ¡ay!, se vuelve mucho más cercano, necesario y actual en éste final de euforia capitalista, en estos tiempos de crisis, en estos panoramas de para y trabajo débil.

La obra se llama "Muerte de un viajante", fue el gran triunfo de Arhur Miller en el final de los años cuarenta. Después vendrían la euforia, el crecimiento de los americano, la guerra fría, el plan Marshall y la desconfianza con todo lo que fuera o pareciera cercano a ideas comunistas o socialistas. La obra fue dirigida por Elia Kazan, e interpretada por Lee J. Cobb y Arthur Kennedy, entre otros. Es la historia de la decadencia de un americano prototípico, el vendedor ambulante Wily Loman. Tiene sesenta años y su mundo, su trabajo, su territorio se está desmoronando. En América, también en Europa, está a punto de llegar la euforia del consumo, del confort. No hablamos de España, aquí éramos diferentes. Para Wily Loman, un soñador, un ser humano que supervive engañándose- como tantos otros- el mundo que se comenzaba a pintar de technicolor, ya no es su mundo. Es un fracasado. Un desempleado. Un hombre sin fortuna, sin futuro. Eso no lo puede soportar. El final es trágico, desolador, sin salidas.

Estoy leyendo otra de las novelas americanas que marcaron época. Una novela que fue la más famosa de su tiempo y que creo estaba muy olvidada. Otra novela, que también muestra la cara menos amable de un mundo que se dedicaba a querer exportar los modelos, los lujos, la forma de vida del imperio americano. La mayor democracia, el modelo triunfador, también estaba lleno de derrotados. Y de hombres aburridos, previsibles y cansados a pesar de tener familia feliz, bonita casa, amigos, aficiones sanas, algunas escapadas y trabajo. Demasiado trabajo. De eso trata "El hombre del traje gris", de Sloan Wilson. Con un prólogo de Jonathan Franzen se acaba de publicar en "El Asteroide". Completa la visión desencantada de un imperio del que estamos viendo su caída.

Para completar esa mirada a las trampas, los agujeros y los bulevares de sueños rotos que surgieron del país más libre y poderoso, del país modelo de todo occidente, también habrá que acercarse al lúcido ensayo de Vicente Verdú, "El capitalismo funeral". Pero eso merece otra parada.

Espero que el mundo vuelva a empeorar. Es decir, pase del paro de "muerte de un viajante"  al trabajo, al aburrimiento y el hastío de la clase media y con trabajo. Que paren las desgracias de venir agrupadas. Esa manía de no venir solas.

[Publicado el 30/6/2009 a las 13:26]

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No estar necios en casa

Salir de casa, pasear por Santillana, por una historia de linajes extinguidos. Entre estrechas calles de un pueblo de palacios y escudos. Entre escritores y críticos En el silencio de su noche, con el pueblo despejado de turistas, los maestros y sus discípulos se vuelven cantantes de boleros. Por el día, con la fortuna de "tener un trabajo a la sombra" tal como le aconsejó su padre- un campesino que soñaba con ser ingeniero- a Antonio Muñoz Molina,  se dedicaban a escuchar las  elucubraciones que sobre sus obras,  sus vidas, sus trabajos y sus dudas al inventor de Mágina, al contador de heroicas vidas fracasadas que  se  inventó Celama, Luis Mateo Díez y a la mujer de risas y emociones, heredera de dos cajas con las cenizas de sus padres, "dos montones de arena y una  tristeza enardecida", Ángeles Mastretta.

Luis Mateo nos paseó por un "callejón de gente desconocida". En ese callejón se encuentran toda suerte de extraviados, inseguros, perdedores o perpetuos aprendices. Gentes como los escritores, como nosotros, necesitados de la compañía y la soledad. Cada uno a su forma, con su estilo, con su música. El callejón por el que también transitan las mujeres de las ficciones de Mastretta o los residentes en las habitaciones de Muñoz Molina.  Tres escritores buscando su patria. Viajeros, algunas veces extraviados, que siguen intentando desentrañar un particular mapa de una tierra a la que deben dar forma y sentido. Buscadores de las salidas de un laberinto encerrados en la misma habitación blanca en la que comenzaron sus encuentros con el oficio de novelistas.

Han pasado casas y años, vidas y muertes, pueblos y ciudades, ahí sigue el refugio: una habitación propia. Da igual que tenga vistas a Manhattan, un oscuro desván en Villablino o un jardín en México, ellos siguen inventándose patrias como si fueran perpetuos aprendices en un oficio en el que, aunque seas maestro, siempre llevas un alumno dentro. Lo decía Connolly, lo recordó Muñoz Molina: dentro de un hombre gordo hay un hombre delgado que grita pidiendo ayuda. A veces nadie le escucha, pero el escritor lo sigue intentando. Acude a Sor Juana Inés de la Cruz para encontrar un adjetivo,  invoca a Paul Klee  como modelo de concisión o espera la llegada de la inspiración, de la iluminación. De vez en cuando, están en el escritorio o en el burdel, en misa o bajo el aguacero, esos milagros les ocurren a elegidos escritores. Solo si  se "ama la literatura como ama el ermitaño el cilicio que le da placer". Y ni así existe el milagro También se puede escribir cantando como Mastretta por José Alfredo Jiménez. Recordando, como Mateo, las voces del filandón. O escuchando a Thelonious Monk, como Muñoz Molina. Los escritores son exóticos. Como un niño de pueblo con sombrero de paja y fotografiado por un turista en la España de los sesenta.

[Publicado el 29/6/2009 a las 09:11]

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un raro español, antonio muñoz molina

 

 

 

Hace muchos años me encontré en Madrid con un joven serio. Acababa de publicar "Beatus ille", una sorpresa en la narrativa de los años ochenta. Llegaron escritores de mi generación y se pusieron a contar historias. Recontar el pasado, rescribir el presente. Llamazares, Millás, Ferrero, Rosa Montero o Gándara con Muñoz Molina y otros renovaron nuestra literatura. O al menos fueron puente para otras formas y otros fondos. Fuera estaba creciendo la "movida" pero ellos tuvieron la sinceridad de mirar hacia dentro, hacia atrás y hacia los lados. Lo que no quiere decir que no estuvieran dotados, unos más que otros de un muy singular sentido del humor. También del hartazgo o del desencanto. Como os guste llamarlo.

Hablaré de los tres escritores- maestros dice la cita- otro día. Hoy quería empezar diciendo algo del último en intervenir, de Antonio Muñoz Molina.

Desde su primera novela, incluso desde sus primeros escritos en los periódicos que después fueron sus primeros libros, sorprendía, su mirada moral. Su capacidad para reflexionar sobre "éste país de todos los demonios". No ha dejado de preocuparse de Sefarat, sus vicios, sus sueltas virtudes, sus heterodoxias y sus insoportables maneras de afirmar, de vez en cuando, lo peor de nosotros mismos.

Entre las muchas cosas que señaló, en su reflexión de español que vive voluntariamente desterrado en la capital del mundo la mitad del año, dos me sorprendieron y me hicieron reflexionar. No tengo tiempo, ni quizá ganas de hacerlo ahora, pero lo dejo señalado para invitación del que quiera hacerlo. La primera es que no fuimos demócratas, al menos que la mayoría no lo éramos y por varias razones. No sabíamos. E incluso no queríamos. Es cierto que algunos estábamos más preparados para que esto fuera un republica de izquierdas- ¿cómo sería eso?- que una democracia occidental. De esa carencia éstos lodos. ¿Queremos y sabemos ser demócratas?

Y la segunda cuestión, que mucho tiene que ver con la anterior. Llegará un día que no nos parecerá raro que alguien entre nosotros se levante, por ejemplo de un desayuno placentero de un domingo, y:"diga perdonarme, pero tengo que ir a misa". Y no pensemos todos, quiero decir los nuestros, nuestras afinidades electivas, lo que hemos elegido cómo amigos, ¡qué tipo tan raro! Soportaríamos amistades que fueran creyentes de esas misas que nos parecen tan incomprensibles a nosotros los cultos y demócratas. ¿Tiene que llegar nuestra formación democrática hasta el extremo de tener que admitir esos fanatismos religiosos? Las creencias y las misas, ¿también debemos admitirlas como las admitimos en nuestras madres, aunque no las compartamos?

Otro día sigo con Muñoz Molina y sus reflexiones. Incluso con algunos de sus educados y vehementes cabreos sobre el cómo somos y dónde vamos.

 

 

[Publicado el 26/6/2009 a las 14:25]

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mercaderes en el templo

 

 

 

Estoy en Santillana del Mar, escuchando a maestros tan cercanos como Luis Mateo Díez, Ángeles Mastretta y Antonio Muñoz Molina, hoy miércoles terminan las jornadas. Otro día hablaremos de ellos. Ahora quiero contar algo sobre su impresionante templo, sobre la Colegiata, ese lugar al que no había podido entrar porque siempre llegaba en horas de culto y yo no debo tener la cara, ni la aptitud del que acude a misa. Un guardia jurado, de la misma empresa que vigila en el pueblo los bancos, me impedía la entrada.

No me extrañaba, pensé que los templos volvían a ser lo que fueron centros de poder y dinero. Hay que expulsar de ellos a los que no somos mercaderes. Los templos se hicieron para el poder, su representación y el mercadeo. También había que disimular repitiendo los ritos y los rezos que confirmaban nuestro sometimiento al poder.

Al templo de Santillana- si no eres del rebaño de las misas, rosarios y otros rituales- se entra pagando. Era así de sencillo. ¡Y yo pretendiendo entrar sin pasar por taquilla! Que inocencia, que ingenuidad la mía. Ayer, en compañía de escritores, periodistas, profesores y otros descreídos- con algunas excepciones- pude traspasar las puertas del templo. Y admirar su riqueza, sus símbolos de viejo poder. Ya no es l oque fue. Pero fue de una admirable belleza y de un gran poderío económico.

Colegiata porque no quiso depender de las órdenes y los monasterios castellanos. Colegiata para poder seguir manteniendo propiedades, prebendas y negocios. Se mantienen o arriendas las tierras. Y se amplían los derechos concedidos sobre el negocio de la pesca de la ballena en Suances o los salmones de Hinojedo, dos de las muchas concesiones para hacer dinero "limpio". Había otras y no siempre de negocios visibles. También estuvieron en negocios más turbios. Fueron tan poderosos, tan ricos sobre tierras y ganancias sobre la pesca, la caza y otras explotaciones comerciales, que generaron un  enfrentamiento con algunos de los nobles de la zona. Y surgieron laicismos seculares. Los abades, u obispos, negociando con los ricos o enfrentándose a ellos. Esa es la vieja razón de las riquezas de los templos. Esos lugares de negocio, poder y mercadería. Desde sus orígenes a nuestros días.

[Publicado el 24/6/2009 a las 09:29]

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La clase trabajadora no irá al paraiso

Me he pasado la semana utilizando una vieja estrategia de los pobres: escuchar. El maestro Pla decía que tener que escuchar era una lata y que una de las razones de envidiar a los rentistas es porque ellos puedan vivir sin escuchar a nadie. Nunca seré rentista, me sigue gustando escuchar y tampoco seré Pla. No es mi siglo Lo pasé bien escuchando a veteranos del verano en la Costa Brava. Y la escucha siguió en Barcelona, con incrustaciones  mesetarias y periféricos culturales.  Todos congregados por dos queridos trabajadores  de la "gauche divine", Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid. Cuarenta años haciendo posible una editorial que rentabiliza sus estrellas millonarias- Kundera, Almudena Grandes o Mankell- y poder publicar a Hidalgo Bayal, Pinilla o  un insólito secreto de nuestra literatura llamado Cristóbal Serra.

Escuché con sorpresa, aunque lo había leído, que obra tan satírica y saludable como "Viaje a Cotiledonia" sea la menos vendida en los cuarenta años de Tusquets. Libro paralelo y anterior al Cortázar de "cronopios y las famas". Ejemplo, los Onerarios: entusiastas del trabajo, para los que "sólo cuentan los jalones de la industria y el estiércol de la estadística. Y ponen códigos muy suyos para hacer trabajar al gandul y despabilar al contemplativo". Aburridos. Prefiero a  trabajadores que como de Moura o Lamadrid, son capaces de disimular su sudor presente o de enterrar un pasado de nobles negreros con su pasión por la vida y la literatura. Gentes que compartieron veranos, playas y bares del Ampurdám, con los Regás, Gil de Biedma, Puig Palau, Ridruejo, Herralde, Villavechia o con un joven Serrat que también trasnochó con esos maestros en bucear  placeres, en gozar, leer y burlar la dictadura. Algunos escucharon eso de  "señorito, los de la Brigada Político Social están en la puerta" pero siguieron jugando al ajedrez con Duchamp, fueron vecinos de Max Ernst y  conocieron ruidos o silencios de John Cage. Supieron vivir como si las vacaciones no se terminaran. Liberada tropa que supo rebajar sus diferencias, sus odios hasta convertirlos en elegantes menosprecios pasivos. Una lección de convivencia.

Elegantes, resistentes y un punto decadentes, como de corte republicana sin república. En esa pandilla podía estar la fumista, y experta en fugas de toda severidad, María Vela Zanetti. Acaba de publicar "Maneras de no hacer nada", con estilo inglés en español. Un relato habla sobre los misterios del armario eclesiástico, concluye: "...una niña aburrida mientras seguía la misa, al reparar en la tonsura del oficiante, preguntó por qué el cura tenía esa mella perfecta en lo alto: El poeta impío respondió: es para descorcharlos mejor". Como ya no vamos a misa apenas tenemos curas que descorchar. Hay menos tonsuras. Menos "gauche divine", ¡ay! Bebamos. Para entendernos, digo.

[Publicado el 22/6/2009 a las 08:39]

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Juegos de palabras

En la radio alguien pregunta a un ¿¿¿cargo??? del Instituto Cervantes sobre cuántas palabras tiene el idioma español. El no sabe, pero contesta. Da igual, ochocientas mil, novecientas mil, millones o mil palabras como ese método del inglés. Se preguntó con la excusa de ese concurso tan, tan, tan...no me sale la palabra. Lo siento es tarde y yo soy así.

El asunto, juego, concurso o cómo se lo quiera llamar, es banal pero no deja de ser divertido.¡¡¡A jugar!!!. Se trata de elegir la palabra que más nos gusta del español..

Muy pronto me vinieron algunas. Espanté otras, por ejemplo melancolía, misantropía, soledad, felicidad, sueño, deseo, realidad...y esas palabras que tanto nos acompañan.

Después pensé en picardía, tan amiga desde hace tanto tiempo. Ardor, que tanto me gustó sentir, y desear sentir. Y al lado llegaron otras más silenciosas. Esas que deberíamos usar ocultando. Y me imaginé una fuga. Recordé algún arte para la fuga, para  sus músicas y sus letras. Más tarde, venciendo a la amable indolencia, me dediqué a pensar palabras que me llevaban a otras vidas, otros mundos y comencé a jugar. Esa forma de buscar el placer. También el riesgo.

Terminado el juego verbal, el viaje magistral de un dominador de la palabra como es Gonzalo Hidalgo Bayal, después de leer "El espíritu áspero"- que está llena de muchas dulzuras y de muchas ironías- me refugié en otro mundo, otras decadencias. En una novela húngara de principios del siglo XX, "Los días contados" de Miklós Bánffy, tan atractiva que está haciendo esperar la última entrega de Larsson.

Todo eso la noche en que se está terminando el "Bloomsday". Me gustaría estar en esa ciudad católica, bebedora, pequeña, conflictiva, melancólica y con pocos miércoles al sol y un río que la cruza. Sí, me dan envidia algunos amigos, esa pandilla de la Orden del Finnegans- Vila Matas, Eduardo Lago, Antonio Soler, Garriga Vela y Malcon Otero Barral- que estarán entre cervezas, hermosa mujeres blancas y pecosas, riñones para desayunar y algún whisky para olvidar. Para recordar. La palabra odisea tampoco está mal.

[Publicado el 17/6/2009 a las 09:37]

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SECOS, HÚMEDOS, DEMÓCRATAS Y FASCISTAS

 

 

 

 

Estar húmedo me parece más agradable que estar seco. Más placentero, menos rígido, tieso, duro o quieto. No se me había ocurrido pensar en lo seco y lo húmedo como lo democrático o lo fascista. Como dice Andrés Neuman, ese escritor húmedo y viajero por varios siglos: "a veces leer es demasiado fértil". Acabo de leer, con esa osadía que usamos los prudentes pero con la pasión por la fuga de los viajeros, el libro que Jonathan Littell  dedica a uno de los más despreciables, inquietantes y cercanos fascistas que hemos conocido en éste país de todos los demonios que llamamos España. Que también es, fue, y esperó que lo siga siendo, tierra de los antifascismos. No pienso pedir perdón por la demagogia. Ya se que la sinceridad está entre lo kitsch y la demagogia.

El inquietante protagonista del libro de Littell se llamó León Degrelle, "el hijo belga" que nunca tuvo Hitler. Un nazi, católico y nada sentimental, que vivió  reverenciado por la España del franquismo. Aquí  fue mimado, agasajado, publicado, fotografiado y aplaudido. Lo recordamos con su uniforme de las SS, su aspecto saludable, su arrogancia tiesa y su pasión por lo rígido. Una pasión que no está olvidada a juzgar por las fotos, los votos, los gestos, los triunfos y las formas de algunos de los europeos que hacen equilibrios con el disimulo de ser o parecer demócratas. También conozco mezquinos de izquierdas, manipuladores, mamporreros, malos poetas y, lo que es más fácil, malas personas. No me preocupan, casi todos están colocados y tienen preparada su salida como artistas entre la delación y la dilatación. Nunca llegarán a nada de Benet. Ni se les espera. Lo que me inquieta es la vuelta del espíritu rígido de los seguidores de Degrelle con uniforme de demócrata. Los tumescentes, resistentes, con  priapismos de viagras, tiesos como una catedral católica, como un Alcázar de Toledo, como un invitado a las fiestas de Berlusconi.

La democracia, esa deseada, esa querida ausente tanto tiempo en nuestras vidas,  felizmente se instaló entre nosotros con tal vigor que es capaz de soportar  palabras tiesas, duras, cínicas y secas que pueda soltar por la boca un ¿demócrata? llamado Fabra. Asumo sus votos como si golpearan en nuestra razón, como si regresaran a mi memoria aquellos no olvidados cantos juveniles, aquellos himnos fascistas que no nos fueron ajenos: "la muerte del bolchevique, del holgazán". Perversos sueños de una Europa derrotada que triunfó entre nosotros. Así sea. España: un país sin partido de extrema derecha. Vale, seguimos el juego, nos engañamos, disimulamos y leemos a Flaubert, que nunca fue demócrata. Él también se equivocaba. Creyó que las palabras monarquía, república, democracia, serían superadas después del siglo XIX. N imaginó los fascismos del siglo XX. Ni la tibia decadencia del siglo XXI. Estamos secos. Que sed.

[Publicado el 15/6/2009 a las 18:54]

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Si el mundo fuera comunista

 

 

 

 

Si viviéramos en un mundo comunista yo estaría encarcelado. O exiliado. O fuera del mundo. Nunca fui comunista y creo que ya estoy curado de esa enfermedad senil. Alcancé a ser, sin mucha convicción, un trostskista de tendencias libertarias, por llamarlo de alguna manera. Nunca tuve esos catecismos, ni siquiera cuando fuimos más ciegos, más pequeños, más soñadores o más manipulados. No tengo conciencia de clase. No tengo muchas cosas, la verdad. Pero sí he conocido el paño, los militantes, los compañeros de viaje y otros tontos, listos, útiles e inútiles de aquellas causas. Incluso tengo muy queridos amigos, que por su inteligencia, bondad o sacrificio siguen creyendo que el mundo se podría organizar mejor desde esa izquierda que se llama, o llamaba, marxista -leninista. No he tenido la suerte de tener fe. Poca esperanza. Y poca caridad.

Todo esto para decir que Fogwill es uno de los escritores más imaginativos, atrevidos, listos y descreídos de nuestra lengua. Después de su peculiar atrevimiento con Borges, contra Borges, dando la vuelta a "El Aleph" en su muy divertida " Help a él"- y muchos años después de la muy seria "Los pichiciegos"- nos llega, otra vez por nuestra tan central editorial "Periférica", una nueva obra, una obra perdida del maestro paródico que es Fogwill. En "Un guión para Artkino", novela rescatada de los años setenta, el autor se imagina un mundo del siglo XXI dónde el comunismo es el gran imperio- se salvan unos reductos resistentes en USA y el Extremo Oriente- que unifica, ordena, manda y rige el planeta. Algo así como  Orwell de 1984 reescrito por un porteño irónico y descreído.

El mundo es comunista y uno de los referentes es el camarada Borges. Un escritor de referencia que, en su vida y su obra, tuvo que soportar la manipulación de sufrir ediciones apócrifas que ocultaban su fe en el comunismo y su lucha por la patria soviética. Estoicamente llevó una vida oculta, en compañía de una compañera comunista, su madre y camarada, Leonor Acevedo. Dos víctimas de las manipulaciones imperialistas/ capitalistas. Ahora reivindicados como padres del espíritu socialista, en la comunista capital de Bueno Aires se hace justicia a éste escritor que habitó como recuerda Fogwill en "un pequeño semipiso, que debe compartir con su madre, pensionada. No tiene mucama, ni automóvil y ni siquiera ha soñado con vacaciones anuales y secretaria, que son las mínimas conquistas que requiere el trabajador de las letras" Bajo esta sombra del gran padre y maestro de la escritura comunista crece el relato del futuro posible que imaginó el compañero Fogwill. Menos mal que la literatura no es un mandamiento.

[Publicado el 11/6/2009 a las 00:27]

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Perdidos, olvidados, rescatados

 

 

 

 

Hace unos años conocía a Eduardo Riestra, un apasionado lector, arriesgado editor y buceador por rarezas y olvidos. También un navegador contracorriente. No es fácil hacer desde A Coruña una editorial española, en español, y con un catálogo tan poco concesivo a ventas o lecturas fáciles.

Tuvo el olfato de editar a Óscar Esquivias entre los jóvenes narradores y siempre se lo agradeceremos. Otros cuántos agradecimientos le debemos a Riestra. Pero la última aventura tiene que ver con su colección de libros viajeros de grandes narradores, "viento simún". En ese catálogo se encuentran George Orwell, Evelyn Waugh, Lafcadio Hearn, Dos Passos, Isherwood y Auden o Caheaubriand, por citar algunos de esos escritores con los que siempre es un placer volver por sus sendas.

Lo que yo no esperaba es encontrarme con un olvidado- veo que con la habitual injusticia- de los alrededores de la conocida cono "Generación del 98". Se llama Ciro Bayo, una de las más terminadas "representaciones" reales de lo que entendemos por un bohemio. Peregrinó por libre en la literatura y en la vida. Gran viajero, el más hispanoamericano de nuestros escritores. Vivió muchos años por aquella América desconocida, conoció los últimos estertores de las colonias, recorrió el continente a caballo, sobrevivió a muchas aventuras, fundó revistas, trabajó en colegios y regresó. Murió olvidado en un asilo para escritores al final de la Guerra Civil. Dandi y vagabundo literario, particular cronista de Indias y bohemio cuentista por las tertulias del Madrid de los años veinte, de los años treinta. Valle Inclán, que fue su amigo, lo representa en "Luces de bohemia" como don Peregrino Gay.

El libro de viajes por la Bolivia  del final del siglo XIX es una delicia de historias, aventuras, vida cotidiana y excesos de los tiempos de la colonia. Se llama "Chuquisaca o la plata perulera". Chuquisaca es la antigua Sucre. Así se llamó cuando los españoles nos estuvimos enfrentando por repartirnos el botín. Así se llamaba en los tiempos de Catalina de Erauso, la "Monja Alférez".

Así se llamó en tiempos de guerras civiles entre aquellos españoles que habían ido hasta esas tierras para gobernarlas. Lo hicieron mal, ejercitaron esa vieja historia tan española de enfrentarse entre ellos. Lo decía Ángel González, la historia de España, como la morcilla, se hace con sangre, se repite.

Gracias a los editores que nos permiten leer a perdidos y olvidados como Ciro Bayo.

[Publicado el 09/6/2009 a las 13:58]

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DE LA DOLCE VITA A LA VIDA GOLFA

 

 

 

 

Hubo un tiempo en el que la "dolce vita"  descansaba en las islas del Golfo de Nápoles. Villas, hoteles, mansiones servían de refugio para que Visconti terminara sus guiones o  para que Patricia Highsmith pudiera escribir sobre la vida a pleno sol de atractivos y amorales seductores. Tom Ripley, con su elegante ambigüedad,  un tipo capaz de caer bien aunque estuviera metido en juegos sucios o asesinatos. Intento imaginar a Ripley, en ésta renovada vida golfa/ hortera a la italiana., mirarlo como uno de los invitados a una orgía estilo Berlusconi y me parece tan difícil como  confundir a Alain Delon con Gómez Bur. Los ricos y sus vidas,  inmoralidades, engaños, creencias o fiestas tenían su estilo, sus  escritores, sus cineastas, sus críticos, sus revistas y sus parodias.

De ese lado del mediterráneo, de esa Europa del sur que había ganado la al fascismo, venía una vitalidad capaz de exportar estrellas, mitos, cocina, canciones y cine. Era una reserva exclusiva de la buena vida. Highsmith, que vivió en Capri, que sigue siendo lectura necesaria si queremos entendernos aunque no nos gustemos, no fue complaciente, ni suave como un vino de Ischia, pero  supo contar a los seres humanos de su tiempo "como si una araña escribiera acerca de las moscas". Han pasado cincuenta años, hemos estado en los escenarios dónde los vividores de la "dolce vita" descansaban de no hacer nada y los mafiosos disimulaban sus armas y debemos reconocer que ni las películas ni la vida son la que fueron. Sin nostalgia, incluso con alabanza de paisajes, lugares y gentes de ahora, desde la Italia de Berlusconi debemos reconocer que todo es mucho más zafio. Todo mucho menos "dolce vita" aunque aquí sigan los golfos, sus vidas y sus milagros. Creo que hasta las moscas  tenían mejor estilo. O comían mierdas más cultas.

Hace unas noches, en  una isla del Golfo de Nápoles tuvimos que soportar la música hortera que unos seguidores de Berlusconi en campaña de elecciones europeas y en compañía de un grupo de católicos gritones seguidores del "kikoargüellismo". Una serenata que no se merecía nuestra cena, ni Europa, ni la música, ni el pasado, ni el futuro. Tropa de italianos, de europeos, poco dulces que  quizá no sepan que votar a Berlusconi es prohibir a Saramago. No confundir la vida golfa con la "dolce vita". Ni la calle de la Ballesta con Vía Veneto. Nuestra golfemia, sin  Fellini, no se salvaba ni aunque el pianista de un burdel de Ballesta se llamara Manuel Alejandro.

Terminamos en Nápoles, ciudad "monárquica y anárquica", española. Con fe en San Genaro y en Maradona. En compañía de un libro de Erri de Luca, el mejor de sus escritores, capaz de hacer un lugar para la felicidad de un oscuro patio de vecinos. Nocturnos y paseantes en compañía de los peligros y la libertad. "De noche, la ciudad es un país civilizado"  

 

 

[Publicado el 08/6/2009 a las 08:40]

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Foto autor

Biografía

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.

 

En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.

 

Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.

 

En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

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