Juan Cruz Ruiz | 26/6/2008
El autor y los otros
Tres escritores de los llamados consagrados escuchándose entre sí. No es habitual. No es habitual encontrar a escritores no consagrados hablándose entre sí, así que cómo va a ser habitual encontrarse con tres escritores de esta estatura que se muestren complacidos con la perspectiva de escuchar lo que dicen los otros y lo que se dice de los otros.
Pues ahí estuvieron, Vargas Llosa, Marías, Pérez-Reverte, escuchándose y escuchando lo que otros tenían que decir de ellos y lo que ellos mismos tenían que decir. El ciclo en el que participan se llama Lecciones y maestros. En el coloquio final, en el que intervino el trío, en el Paraninfo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, los más jóvenes le dijeron a Vargas:
-Tú sí que eres un maestro.
Y el maestro se revolvió en su asiento, y exclamó, con humor:
-¡Lo dicen por mi edad! ¡Si siguen así me levanto!
No se levantó, siguió ahí, hablando de literatura. A Mario Vargas Llosa le había comentado el día anterior, y no a propósito de este encuentro, sino en general, la impresión que existe de que los escritores se envidian tanto entre sí. Es más, dijimos, hay una leyenda real sobre la enemistad que tantas veces anima la relación entre los escritores.
Vargas Llosa se quedó pensativo, desgranó algunos nombres de la historia -Flaubert, Sartre, Shakespeare... -y dijo:
-Sí, verdaderamente sería un tema. La cantidad de escritores o de artistas que hicieron de la enemistad un modo de relacionarse.
Y la enemistad parte de la envidia, dijimos; la envidia forma parte de los afectos, en este caso de los afectos negativos, aquellos afectos que pueden borrar de la tierra a los que no son de nuestro gusto.
¿Y de dónde viene la envidia literaria? Ah, eso es como indagar en el origen del amor, o en el propio origen de la literatura.
Vargas Llosa tuvo suerte, me lo dijo él mismo. Comenzó muy joven a tener éxito, y desde que era un chiquillo -y eso se puso de relieve en el ciclo que protagonizó en Santillana- tenía muy claro cómo debía seguir en la vida; acuciado por el rechazo que su padre sentía por la poesía y por la literatura, él decidió que quería ser un escritor; estimulado por los versos de Neruda -y de otros poetas que su madre le prohibía, aunque los libros estaban en la casa-, empezó a ver fantasmas que quiso hacer personajes, y luego estudió con ahinco y felicidad, hasta que muy joven escribió Los cachorros y Los jefes y luego concluyó una novela de raíz autobiográfica, La ciudad y los perros, que supuso un puñetazo en el rostro tranquilo de la literatura en lengua española.
Los que leímos ese libro apenas apareció, en Tenerife, al calor de la Universidad de La Laguna, donde casi todo era literario, ese libro nos pareció magistral, un modo perfecto de combinar la realidad y el estilo, un modo nuevo de aplicar la imaginación a lo que pasa, y a lo que pasó.
Fue la época en que empezamos a leer, subyugados, Rayuela de Julio Cortázar, Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, Cambio de piel de Carlos Fuentes, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa... Por las noches salíamos por las calles y por los bares de Santa Cruz y cada uno de nosotros escenificaba uno de los libros; aunque no conocíamos a ninguno de esos autores, algunos de nosotros llamábamos Julio a Cortázar, Guillermito a Cabrera Infante, Gabo a García Márquez, Marito a Vargas Llosa..., y alguno de nosotros -Luis Alemany, en concreto- empezó a estudiarlos y a sabérselos de memoria, de modo que cuando Emilio Sánchez-Ortiz nos llevaba en coche él iba -detrás o delante- recitando párrafos enteros de algunos de esos libros... Había un amigo suyo y de Carlos A. Schwartz, Samuel creo que se llamaba, que llegó a saberse entero Bachata, uno de los capítulos de Tres tristes tigres.
O sea que Mario era un chiquillo cuando empezó a triunfar, este verbo de dos filos que se usa tanto en el mundo de la literatura. Se dedicó a trabajar, casi no miró a los lados -ni para la envidia-, se ocupó de otros -lo sigue haciendo- con una generosidad conmovedora, y sigue mostrando una curiosidad con la que asiste a riesgos suicidas que él asume con deportividad: ahora, por ejemplo, está a punto de estrenar su segunda (¿segunda?, quizá tercera) experiencia como actor, junto a Aitana Sánchez-Gijón, en Las mil noches y una noche, que también llegará a Canarias, seguro que a Tenerife, no sé aún si a Gran Canaria... Estudia, ensaya, se ocupa como un actor primerizo, y aun encuentra tiempo para ver los partidos de la Eurocopa, apasionado por España y (ay) por Francia...
Ese Mario de la curiosidad incesante es el que estuvo en Santillana del Mar, escuchando lo que los otros, sus colegas más jóvenes, tenían que decir de ellos mismos, y lo que otros -lectores, especialistas- tuvieran que decir de él. De vez en cuando, en los momentos de recreo, Vargas Llosa desaparecía, se iba a su cuarto, y proseguía con el trabajo -el teatro, su nueva novela, cualquier cosa que tuviera entre manos- con el mismo entusiasmo, la misma dedicación e igual perspicacia con que escribió desde que descubrió los versos de Neruda o de Baudelaire...
En uno de esos momentos de recreo estuve con él en un saloncito de la Fundación Santillana. Admiró los tapices, los cuadros, e incluso el suelo. Pero lo que más le interesó, lo que le cautivó verdaderamente, fue la mesa enorme que había en una de las salas más grande, en medio de una biblioteca apetitosa. Entonces dijo:
-¡Este es un sitio magnífico para trabajar!
Por eso no tiene envidia, porque no piensa en otra cosa que en trabajar. Y allí lo dejé, trabajando, como si tuviera luego un examen.
Juan Cruz Ruiz
Artículo publicado en: La Provincia, Diario de Las Palmas, 22 de junio de 2008.
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